[R-P] El Quijote de los Andes: Felipe Varela (Eduardo Rosa)
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Dom Jul 11 09:12:01 MDT 2004
El Quijote de los Andes
Por Eduardo Rosa
Salta, 1867. Mañana del 10 de octubre....
Alto, ascético, con grandes bigotes blancos y mirada
profunda, venido por vaya a saber que oculto camino de
la cordillera, Felipe Varela contempla la ciudad de
Salta.
Sus perseguidores lo buscan por otros lados: Paunero
lo supone en San Juan y Navarro lo espera en
Catamarca.
¿Quién es este quijotesco personaje? ¿Qué lo mueve a
llevar su bandera con la inscripción “UNIÓN
AMERICANA”?
Felipe Varela, nacido en Catamarca y estanciero en
Guandacol, en los contrafuertes andinos era coronel de
la nación con despachos firmados por Urquiza. Por
unirse a la patriada del Chacho Peñaloza estaba en
1866 exiliado en Chile. Seguía con atención los
sucesos de su patria envuelta en la impopular
guerra de la “Triste Alianza” aliada con Brasil contra
Paraguay.
Recibe noticias de las levas forzosas de “voluntarios”
que eran conducidos engrillados al frente y se sabía
que los “libertadores” brasileros capturaban
paraguayos para venderlos como esclavos
en sus fazendas. Se indigna cuando ve personalmente el
bombardeo de Valparaíso (luego seguido en otros
puertos chilenos y peruanos) por el almirante español
Méndez Núñez sin que el gobierno de Mitre siquiera
proteste. Y comprende que la visión de Buenos Aires no
era americanista Y no podría serlo, ya que la escuadra
española era abastecida por sus aliados brasileros. Y
para colmar la vergüenza, acababa de conocerse el
pacto secreto entre Mitre y el Brasil repartiéndose
los despojos del Paraguay.
Pero Paraguay aún no había muerto y en Curupaytí
acababa de darle una formidable paliza a Mitre, donde
su mesianismo dejó 10 mil muertos en los pantanos
guaraníes y la bandera azul y blanca humillada por el
heroísmo de ese pequeño país.
La guerra era terriblemente impopular y los
contingentes de voluntarios se sublevaban y, como en
los viejos tiempos, tomaban las lanzas para libertar
los paisanos que capturados como “voluntarios”. En
Mendoza, los soldados mandados a recapturar los
levantiscos, que al grito de “viva la santa
federación” se habían liberado, se unen a la
montonera.
Varela no puede quedar indiferente a esto, y hace
vender su estancia para comprar algunas armas, entre
ellas dos cañoncitos a los que llamará “los bocones” y
con cien gauchos y una bandita de música cruza los
Andes. En poco tiempo tiene un ejército de 4 mil,
porque paisanos de todos lados se le unen en su
campamento de Jáchal, montados en su mejor caballo y
llevando la vieja lanza con la que siguieron al Chacho
y los más viejos a Facundo.
Al campamento de Jáchal una noche llega un viejo de
setenta años, con un parche de gutapercha en la cabeza
y al que le falta un brazo. El anciano lleno de
cicatrices toma una guitarra y con su única mano
puntea:
Dicen que Clavero ha muerto
Y en San Juan fue sepultado
No lo lloren a Clavero
Clavero ha resucitado
Una ola de emocionado asombro corre por el gaucho
campamento. El coronel Francisco Clavero, granadero de
San Marín, era una leyenda. Se lo había dado por
muerto e inclusive su fusilamiento se había publicado.
Varela parte de Jáchal y peleará con más coraje que
armas hasta que en Pozo de Vargas encuentra la derrota
y pierde los bocones y la zamba. Desde entonces se
convierte en una sombra que, por misteriosos caminos
que solo él conoce, acosa a los coroneles de Mitre.
Mañana del 10 de octubre... Varela ya casi no tiene
ejército, pero aún tiene vida y fuego en sus ojos.
Mucho tiempo tuvo la esperanza que Urquiza, el jefe de
los federales se pronunciara.
Es tal vez el sino de nuestra ingenua forma de pensar.
Elegimos jefes que prefieren los negocios.
Salta lo espera y tiene.... Un corazón y un fusil.
No un corazón cualquiera: un corazón honrado y
abrigado, pues el gobernador Ovejero ha dado armas
sólo a la clase principal, pues a su juicio únicamente
ellos abrigan un corazón honrado.
Los gauchos salteños no. Son capaces de unirse a la
montonera.
Pero un corazón honrado y abrigado no basta. Hace
falta pelear y los principales salteños solo resisten
cuarenta minutos. Luego se meten en la iglesia de San
Francisco y exigen que se respete su asilo.
Varela sabe que el asilo eclesiástico no ampara a
prisioneros de guerra ni a sus armas, pero respeta a
los aterrorizados refugiados.
Se limita a recoger los fusiles y en una hora se va de
Salta. Tenía lo que había venido a buscar. Aún pensaba
que “con un pequeño esfuerzo de los hijos de la patria
todavía salvaremos a América” como le escribiera a
Latorre, caudillo federal salteño.
Su lejano espejo, el Quijote de la Mancha razonó de la
misma manera frente a los molinos de viento.
Una hora estuvo la montonera en Salta. Cuando los
principales se aseguraron que no había peligro,
salieron de la iglesia y quisieron ver rastros de
saqueos y violaciones. No los vieron pero los
proclamaron. Lo cierto es que del sumario posterior,
surge que los montoneros, aparte de las armas se
habían llevado “un caballo” y un par de botas que a su
pedido les entregó una vecina.
¡Feroces bárbaros!
Lo único real es que Salta, la que dice la canción
echó a Felipe Varela, ni lo echó ni le pasó nada. Los
principales siempre tuvieron la coquetería de creer
que ellos son “todo el mundo” tout salta. Los
gauchos que pelearon con Güemes no cuentan. Tal vez
por no abrigar un corazón honrado.
Pero lo real es que tal fue el susto, que cien años
después siguen repitiendo en una bella pero mentirosa
canción las glorias de algo que no sucedió.
Como tampoco es cierto eso de “lo echarán a la
frontera, de allá no podrá volver”. Volvió pero ya
poco pudo hacer. Habían llegado las décadas de la
noche de la patria.
Ésa fue la última montonera.
gentileza de Bambupress.
El Movimiento Bambú está contra lo «políticamente
correcto», el «pensamiento único» y la «globalización»
impuesta desde arriba.
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