[R-P] [Tupamaros] Los compañeros de Engler
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Mar Jul 6 06:45:57 MDT 2004
[Rolando mandó algo sobre Engler. Reenvío esto también, sobre
Mauricio Rosencof, uno de sus compañeros. Es para que se entienda de
qué madera están hechos estos tipos, todos y cada uno. Solo una firme
convicción trascendente pare tigres. Apareció en RP el 6 de abril de
este año.]
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Con motivo de la presentación de uno de sus libros,
Laura Isola reportea y compone una pintura fiel que
refleja la filosofía, la sensibilidad y humor de los
Tupa.No se lo pierdan.
Esta vez,es un reportaje a Mauricio Rosencof.
Rolando
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El pozo
Personajes
En 1972, Mauricio Rosencof fue detenido en Uruguay por
ser dirigente de Tupamaros. Los siguientes trece años
los pasó parado en una celda de dos por uno,
incomunicado y sin agua. De paso por Buenos Aires para
presentar Las cartas que no llegaron, cuenta con un
asombroso sentido del humor cómo mantuvo la cordura
reinventando el código morse, escribiendo poemas a
cambio de comida y concibiendo la novela que acaba de
publicar.
POR LAURA ISOLA
Un día el cartero no paró más en la casa de la familia
Rosencof. No había más cartas desde Polonia hacia
Uruguay. Eran épocas de guerra, de campos de
concentración y de tristeza, y los familiares de Isaac
y de Rosa, los padres de Mauricio, dejaron de escribir
como dejaron de comer y luego de vivir. Sin embargo,
esas letras que nunca se escribieron por manos de los
familiares judíos de los Rosencof de Polonia tomaron
la bella forma de una novela. Las cartas que no
llegaron, la última novela del escritor uruguayo
Mauricio Rosencof, reescribe estas posibles cartas, al
tiempo que cuenta la historia de un niño, que desde su
particular visión infantil describe su casa, su patio,
su padre sastre, su madre, su barrio y esa escena de
lectura de cartas que, por no haber nuevas, repetía
incansablemente las que habían logrado llegar. “Me
crié en un hogar obrero de inmigrantes judíos,
fundador del Sindicato Unico de la Aguja, en una casa
de inquilinato y en un barrio lleno de los personajes
que están en la novela. Don Evelio, por ejemplo,
estaba en un comité de apoyo a las Brigadas
Internacionales en España. Es muy difícil sustraerse
de todo ese clima. Ahora bien, cuando tengo que
escribir un artículo político, no escribo una novela
ni escribo novelas ni teatro para pensar la política.
No se me mezclan los piolines. Mis viejos vivían
pendientes de la llegada del cartero que traería las
cartas de los familiares de un pueblito perdido de
Polonia. Una carta que debía atravesar toda Europa en
carretas, trenes para luego salir en barco y volver a
repartirse y llegar a Uruguay. Era todo un
acontecimiento. Ahí venían la noticias de los abuelos,
los tíos y los sobrinos. También las de los animales,
porque les contaban si la gallina ponía huevos o
estaba clueca. Y el cartero era recibido con una
copita y se lo hacía pasar. Hasta que un día no vino
más”, explica Rosencof con una larga trayectoria como
dramaturgo, poeta y narrador.
MEMORIAS DEL SUBSUELO
La patria es la infancia y durante ella Mauricio
Rosencof aprendió dos palabras. Seguramente incorporó
muchas más pero, en el transcurso de un período muy
corto entre una y otra, supo de la existencia de la
palabra socialismo y burgués. La primera se la escuchó
a Don Evelio, el zapatero que pasaba las películas de
Chaplin y que cuando no podían pagar los dejaba pasar
igual porque, como él decía, “eso era socialismo”. La
otra se la dijo Ramón Lezcano, un vecino que preparaba
unos pucheros inolvidables, cuando lo fue a visitar
porque el pequeño Mauricio estaba en la cama de sus
padres con edredón de plumas y todo, como consecuencia
de un golpe en la cabeza. Allí mismo, parado a los
pies de la cama, le dijo: “Estás hecho un burgués”. Y
desde esa vez, la primera vez, le sonó como una cosa
muy delicada.
A esa historia del niño se le suma la historia del
hombre que está encerrado en un calabozo y que utiliza
las palabras para sobrevivir por medio de un
conmovedor diálogo imaginario con su padre. También la
autobiografía tiene su cruce con la ficción y Mauricio
Rosencof fue dirigente de Tupamaros. En 1972 fue
detenido y durante 13 años estuvo en una cárcel
subterránea: “Trece años en calabozo subterráneo y
haber sido dirigente de Tupamaros hacen muy difícil
que pueda tocar un tema que no esté referido a eso. En
la vida de cualquier persona se provocan
acontecimientos que te marcan para siempre. En la
novela, en el segundo capítulo, se cuentan estas
cosas, pero más se habla con el Viejo. Ese diálogo que
se quiere tener con los padres, las cosas que se te
ocurren preguntarles o que te cuenten, cuando no están
más”.
Me cuesta encontrar la forma más apropiada de
preguntarle por los trece años de encierro. Creo que
lo mejor es que me cuente lo que quiera sobre esos
años.
–Te voy a contestar con una frase que usaba un
dramaturgo uruguayo que iba a todos los espectáculos y
cuando no le gustaban se acercaba al finaly decía:
“Esto ha sido una experiencia muy interesante”.
Cuando salimos, no por la ley de amnistía sino por una
ley especial que nos computaba cada día de prisión por
tres, así que tengo todavía unos cuantos días por
cualquier cosa que pase, nos ubicamos en los conventos
de los franciscanos; desde allí fui a visitar a mis
viejos al asilo y a una reunión con gente de teatro.
Allí me encontré nuevamente con este dramaturgo y
luego de un abrazo en que comprobé su flacura y lo
viejito que estaba, lo miro y le digo: “Don Atahualpa,
hemos vivido una experiencia muy interesante”. Mi
periplo fue: nueve meses de “risas y besos, biaba
corrida”, parafraseando al tango, y después
incomunicado, al igual que otros ocho dirigentes. El
jefe del operativo declaró que como no pudieron
matarnos, nos iban a volver locos. De los nueve, uno
murió en el calabozo y dos enloquecieron. Estábamos
bajo tierra en calabozos de dos metros por uno, que
alternaban las ratas y los milicos. Siempre parados y
a media ración. No nos daban agua, así que bebíamos
nuestros orines. A veces no nos daban de comer y te
digo: las moscas son dulzonas, las arañas no tienen
gusto a nada y el bichito de la humedad es crocante.
Seguramente se habrá preguntado cómo se hace para
resistir en esas condiciones.
–Hay que tener cuidado de sentir lástima por uno
mismo. Es mal síntoma. Tampoco transferir la cruz que
te tocó en el sorteo a todos los demás; nosotros
teníamos una militancia que nos preparó para resistir.
Pero todos los individuos tienen reservas interiores
suficientes como para encarar las situaciones más
terribles. La resistencia no está determinada por una
condición ideológica, está determinada por una
condición inherente al ser humano y que la podés
encontrar en judíos, musulmanes, comunistas,
católicos. Yo, por ejemplo, pensaba en mi viejo. Toda
la historia que se narra en la novela es la que estuve
pensando en esos años. El Ñato, que era mi vecino de
celda y coautor de un sistema de comunicación por
golpecitos mediante el cual teníamos infinitas
conversaciones y nos “contábamos” nuestras vidas,
pensaba en sus tíos españoles. Este sistema de código
morse reinventado nos estimuló para lograr sobrevivir
para testimoniar. Con el Ñato nos hicimos un juramento
de que, si salíamos, íbamos a escribir. Lo hicimos y
son los tres tomos de Memorias del calabozo (en
colaboración con Eleuterio Fernández Huidobro).
GRAMATICA DEL HORROR
En la novela no hay adjetivos. Una prosa diáfana, sin
golpes bajos que cuenta cosas terribles. Un modo de
acercarse a la historia del nazismo y de la dictadura
sin nombrarlos, pero sin perderlos del vista: “Que las
cosas se infieran de los hechos. El adjetivar hace
perder el sentido a los hechos. Las palabras se
gastan. En mis textos no aparece la palabra tortura y
yo tampoco digo la sangrienta dictadura militar”.
¿Cómo piensa la relación entre escritura y la
experiencia?
–El haber estado preso, la única patente que te da es
la de preso y nada más. Podés haber estado preso y
haber sido un hijo de puta, un delator y robarle a un
enfermo. No te da ninguna certeza.
¿Qué opinión le merece lo de Barenboim tocando Wagner
en Israel?
–Lo de Daniel Barenboim ni me enfría ni me calienta.
Comprendo lo de uno y lo de otro, y no me siento ni
binario ni dicotómico. Agregaría que en Alemania se
observa un fenómeno muy curioso en muchos alemanes
militantes jóvenes. Ellos tenían que explicar que la
historia empezaba con ellos y que no podían mirar
hacia atrás porque se encontraban con sus propias
familias metidas en el nazismo. Por eso noto que les
resulta mucho más fácil militar en solidaridad con
Chiapas, El Salvador, la ecología o por las mujeres,
que son todas cosas formidables, que volver hacia
atrás. Los alemanes les han regalado el folklore
popular al nazismo y les da vergüenza cantar canciones
que fueron tomadas como propias durante eseperíodo,
pero que existían antes de Hitler. Tampoco es cuestión
de regalarlo.
¿Por qué agregó fotos al final de la novela?
–Porque son fotos de mis padres y familiares con
epígrafes sacados de la novela y ya forman parte de la
ficción.
¿Cómo fue el encuentro con sus padres luego de su
libertad?
–Una parte está contada en la novela. Cuando los voy a
visitar al hogar israelita, donde estaban hospedados
porque les habían quitado la casa, mi madre me mira y
como si no me hubiera visto por unos días me pregunta:
“¿Comiste?”.
Con mi padre fue distinto, me hace sentar a su lado y
me dice: “Boino, ahora que estás afuera, ¿me podés
explicar la diferencia entre los Tupamaros y los
comunistas? El Viejo estaba sordo y yo un poco
cansado, entonces le digo: “Los Tupamaros somos los
comunistas”. Y me vuelve a preguntar: “Entonces,
¿ellos son los Tupamaros?”.
LA VIDA ES BELLA
Aunque resulte singular, la novela tiene unas ráfagas
de humor chispeante, que en la buena técnica teatral
distienden a una platea o un lector cuando está por
llegar a los límites de tolerancia. En la charla,
Rosencof utiliza el mismo recurso y parece que lo ha
puesto en práctica durante sus años de prisión con
excelentes resultados: “El humor es inherente a mi
personalidad y con el Ñato sacábamos humor de
cualquier situación. Un 31 de diciembre, que nos
dejaron sin agua, habíamos meado en la lata, luego del
proceso de dejar reposar, como dicen las cocineras,
para que lo más pesado vaya al fondo, brindamos con el
Ñato y dijimos ‘Pommery’ y chocamos las copas, pared
de por medio. Otro día hicimos un descubrimiento que
nos llenó de alegría: nos habían dado unos elementos
de limpieza, pedazo de jabón y desodorante. El Ñato me
golpea y me dice: ‘Chupá el antisudoral’. ‘Estás loco,
Ñato’, le contesto. ‘¡Tiene alcohol!’”.
Su modo de plantear el humor se diferencia bastante de
una película como La vida es bella de Roberto Benigni.
–La película no me gustó nada y Benigni me parece un
mercachifle en un país como Italia que dio artistas
del carajo. No uso el humor para desvirtuar los hechos
como creo que se hace en la película.
Hay un referente en su escritura que es insoslayable y
es Primo Levi.
–Claro. Me siento muy identificado porque es un hombre
que no adjetiva y que da testimonio. Sus textos son
impecables. También la experiencia de la escritura en
la cárcel o el campo es muy cercana. Un día baja un
milico y me pregunta: “Manda a decir el sargento si
usted es el escritor”. Yo respondí que sí. Entonces me
dice: “Ordena el sargento que le escriba una carta a
la novia, a la del sargento”.
Desde ese día comencé a escribir cartas, arreglé
matrimonios, dediqué poemas a madres, novias,
hermanas. Además de que logré cierto intercambio: un
poema por un huevo duro, cigarrillos por cartas.
Tenían un valor de cambio de la gran puta y a veces
conseguía la parte de adentro del bolígrafo y en las
hojillas de papel de armar escribía las cosas que
tenían pensadas. Me hice especialista en acrósticos;
me tiraban el nombre de una mujer y yo empezaba a
armar las palabras horizontales. Ellos tenía prohibido
comunicarse con nosotros, so pena de biaba, entonces
bien despacio y con disimulo, me decían: “Rosencof,
¿no me hace uno de esos acrílicos?”.
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
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"Sí, una sola debe ser la patria de los sudamericanos".
Simón Bolívar al gobierno secesionista y disgregador de
Buenos Aires, 1822
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