[R-P] [Nota de E. Oliva] Arabia saudita, la próxima guerra?

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Lun Jul 5 14:38:49 MDT 2004


ARABIA  SAUDITA:  ¿PRÓXIMO MANOTAZO DEL IMPERIO?

5/VII/04 					         Por Enrique Oliva

	De los 19 inmolados e implicados directamente en el 
atentado de las Torres Gemelas de Nueva York y del Pentágono, 
15 de ellos eran ciudadanos de Arabia Saudita. A esta cifra 
debe agregarse al mismísimo Osama bin Laden, la “oveja negra” 
de una numerosa y millonaria familia saudí con grandes 
negocios petroleros con Estados Unidos en sociedad con los 
Bush. 

	Alrededor de todo esto, flotó un misterio profundo 
sobre las verdaderas vinculaciones de los  altos miembros de 
la familia real wahabita (la aristocracia saudí)  con el jefe 
de Al Qaeda. Más incomprensible aun fue el hecho de invadir 
Afganistán por suponer que de allí habrían salido los 
terroristas, cuando ya se los sabía sauditas.

	Pero, al fin y al cabo, la operación Afganistán aparece 
hoy como un pretexto para aproximarse el Imperio a las 
principales fuentes de petróleo como Iraq y Arabia Saudita, 
pero sin nombrar nunca a esta última como un peligro a la 
seguridad, y considerada hasta hoy en discursos como “la 
principal aliada de los yanquis en la Península Arábica”, de 
la que ocupa más de las dos terceras partes, con más del 90 % 
de desiertos, sin ningún río en sus 2.248.000 K2. En el resto 
del territorio peninsular (755.204 K2) se sitúan otros siete 
reinos o emiratos menores: Bahrein, Kuwait, Omán, Aden, 
Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Yemen, siendo este último el 
único sin petróleo y, por ende, pobre.

	Ahora vemos con frecuencia que en Arabia Saudita se 
registran atentados terroristas muy sangrientos, dirigidos a 
matar en especial a norteamericanos e ingleses, quienes suman 
allí más de 20.000 personas, algunas con sus familias, 
trabajando como técnicos en yacimientos petrolíferos o como 
mercenarios guardianes de personas e intereses occidentales.
Hace una veintena de días, se tomaron unas docenas de 
rehenes extranjeros en la ciudad de Jóbar, de los cuales 
mataron luego a 19 y a 3 sauditas que los cuidaban. Los 
cautivos árabes fueron liberados, pero no a unos pocos de 
ellos de religión cristiana. El cadáver de un británico fue 
atado a un auto y arrastrado durante dos kilómetros antes de 
abandonarlo. En otros atentados contra ejecutivos petroleros, 
efectuados a plena luz del día, se han registrado días atrás 
varias víctimas.

	Por el incremento de la violencia, el Reino Saudí ha 
dispuesto una segunda postergación por 30 días al 
ofrecimiento de una amnistía, declarando: “Abrimos las 
puertas del perdón por última vez”. A su vez, el gobierno 
norteamericano ha aconsejado a sus súbditos  abandonar el 
país.

	Quien haya conocido las ciudades sauditas, sabe que las 
residencias, en especial de extranjeros, son verdaderas 
fortalezas muy vigiladas. Ese es el caso del lujoso grupo de 
edificios llamado Al-Khobar Petroleum Center, a unos 400 
kilómetros de Riad, la capital del Reino. En ese complejo 
están instaladas las oficinas y viviendas de ejecutivos de 
grandes empresas multinacionales como Total, Schlumberger, 
Shell, General Electric y Honeywell, entre otras. Y fue allí 
donde se centraron los más sangrientos atentados.

	También los palacios residenciales de sauditas están 
rodeados de altos muros para evitar ser vistos desde el 
exterior, como precepto fundamental del islamismo que condena 
la ostentación de riqueza.

	Lo evidente es que las fuerzas mujaidines sauditas 
están bien organizadas, cuentan con muchos medios y tendrían 
partidarios en todos los estratos del gobierno y fuerzas 
armadas. Sus objetivos declarados son “expulsar a las 
compañías estadounidenses e inglesas que roban la riqueza de 
los musulmanes y terminar con la monarquía”, según repiten en 
sus comunicados.

	No será fácil desarticular a las organizaciones 
guerrilleras sauditas pues se trata de grupos tribales usando 
dialectos distintos. Hay más, el Reino mantiene de siempre 
sus actividades en el mayor secreto y las pendencias e 
intrigas son frecuentes, entre los más de cinco mil (5.000) 
príncipes de la familia en el poder, donde por lo menos dos 
de los pocos reyes habidos en esa joven monarquía, fueron 
asesinados por parientes cercanos. Desde 1996 ocupa el trono 
“provisoriamente” el príncipe heredero Abdullah, por razones 
de salud del titular, su hermanastro.

	Sin lugar a dudas, si Estados Unidos desea cerrar el 
círculo para reinar sobre el valioso e indispensable 
petróleo, no tendrá ningún inconveniente en tomar el país, 
pero allí le ocurrirá lo mismo que en Afganistán e Iraq, pues 
le harán la vida imposible por la vía de la vietnamización. 

	La desconfianza en yanquis e ingleses es tradicional en 
los pueblos árabes por los atropellos que históricamente 
debieron sufrir. Por eso nacionalizaron su petróleo, aunque 
tecnológica y comercialmente han caído en manos occidentales. 
Desde siempre se negaron a dar bases a Estados Unidos, pero 
cedieron con la misteriosa guerra Iraq-Kuwait y “el peligro 
de una invasión de Saddam Hussein a Arabia Saudita”. Ahora 
las tienen dentro. Tanto el monarca como los habitantes piden 
el retiro de los “infieles” pero siempre se  inventan nuevos 
peligros y raros pretextos  para quedarse en las bases, 
aunque deban vivir allí como prisioneros y sufrir atentados.

	Otra razón religiosa de mucho peso para pedir el retiro 
es que los fanáticos islámicos sauditas, casi en su 
totalidad, estiman que los occidentales profanan la tierra 
sagrada de Mahoma y los lugares santos (La Meca y Medina, 
entre otros) que reconocen como tales los musulmanes de todo 
el globo. Una de las obligaciones que impone el Corán a sus 
fieles es una visita, durante su vida, a esos sitios, donde 
acuden anualmente millones de creyentes. Quien haya recorrido 
los tramos iniciales de la ruta que lleva del Puerto de Jidda 
a La Meca, habrá visto abundantes carteles indicadores de no 
avanzar a los no islámicos,  hasta llegar a un señalamiento 
que muestra pintada una ametralladora de pie. Allí nadie 
puede hacerse el pícaro para “profanar” con su presencia los 
lugares sagrados sin arriesgar la vida. No hay otra pena.

	A más del necesario dominio del petróleo por el 
Imperio, Estados Unidos desconfía de la numerosa nobleza 
saudí. Es sabido que el príncipe Turki Faisal, jefe de los 
poderosos servicios de inteligencia de su país, fue íntimo 
amigo y socio de Osama bin Laden y, aunque dispuso su 
expulsión del país por presiones norteamericanas, algunos no 
descartan que continúen vinculados estos dos personajes.

	Pero la mayor inquietud de Washington es por haber 
tolerado, por razones coyunturales, que Arabia Saudita 
financiara la obtención de la bomba atómica por parte del 
fundamentalista Pakistán, lo que se llama la “Bomba Verde 
Islámica” (verde es el color del Profeta Mahoma y está en 
casi todas las banderas de países de mayoría musulmana). La 
“Bomba Verde” se comenzó a mediados de la década de los 70 
porque Pakistán, gobernado por el moderado Alí Bhutto, 
Washington lo pensó un freno contra la India, a quien la 
entonces Unión Soviética apoyó también a tener su propio 
poder atómico. Desde la independencia como colonia inglesa, 
hindúes y pakistaníes, ahora como potencias nucleares, han 
tenido dos guerras e infinidad de incidentes por la cuestión 
de Cachemira, otro volcán gigantesco que los yanquis pueden 
activar con cualquier imprudencia. Antes debería pensarse que 
ambos países, con múltiples y sangrientas facturas a cobrar 
al colonialista occidental, juntos tienen 1.104 millones de 
habitantes, casi tantos como la China (1.227 millones). 

	En fin, volviendo al peligro que vive Arabia Saudita 
hoy, lo vemos muy similar al de Iraq, pues tiene la 
“desgracia” de poseer más petróleo que nadie. Y también 
avanza el grado de riesgo para el resto del mundo ante la 
falta de estadistas en serio y la proliferación del poder 
atómico en naciones enfrentadas por razones religiosas y 
étnicas dificilísimas de conciliar.


Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar

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"Sí, una sola debe ser la patria de los sudamericanos".
Simón Bolívar al gobierno secesionista y disgregador de 
Buenos Aires, 1822
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