[R-P] DISCURSO DE KIRCHNER EN EL CIERRE DE MONTERREY

Beer ebeer en infovia.com.ar
Mar Ene 13 11:23:31 MST 2004


DISCURSO DEL PRESIDENTE NESTOR KIRCHNER EN EL CIERRE DE LA CUMBRE
EXTRAORDINARIA DE LAS AMERICAS


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Pensamos que es bueno aprovechar estos encuentros multilaterales para hacer
conocer nuestra visión acerca de la marcha de la región. Compartimos que la
mayor prueba que tiene que afrontar esta Cumbre y la que esperamos se pueda
luego concretar en nuestro país es la creación de oportunidades reales para
que la gente de nuestro hemisferio pueda mejorar su calidad de vida. Para
ello es fundamental no aceptar el doble estándar que supone la dualidad
crónica entre el discurso y la acción, entre lo que se programa y lo que se
realiza. Mejorar la vida de nuestros conciudadanos requiere la puesta en
práctica de medios adecuados a los fines que postulamos.

Para tener mejor democracia, más educación, mejor salud, más eficacia en la
lucha contra la corrupción, más equidad, necesitamos dotarnos de
herramientas apropiadas y controles que permitan ir midiendo los avances
reales en casos y países concretos.

El acceso a una educación de alta calidad, como el contar con un sistema de
salud pública adecuado, resultan para nuestros pueblos condiciones
necesarias parra lograr la inclusión en la economía de este nuevo milenio y
con ello la concreción del ideal de la igualdad de oportunidades.

Sin una lucha frontal contra la corrupción no podrá incrementarse la calidad
de nuestras democracias. El combate contra el flagelo de la corrupción y el
de la evasión fiscal son caras de una misma moneda que pone a resguardo los
fondos públicos para contar con los medios suficientes que permitan encarar
la solución de los problemas que plantea la gobernabilidad.

Un claro posicionamiento contra el terrorismo internacional y la adopción de
políticas de inclusión y desarrollo de las que hablamos son centrales para
incrementar la seguridad hemisférica.

Por otro lado, no se trata ya de conformarnos con el afianzamiento de la
democratización que ha recorrido todo el hemisferio y aleja el fantasma de
los gobiernos dictatoriales con sus secuelas de prácticas criminales de
terrorismo de Estado, el derecho a vivir en democracia se ha ido integrando
al patrimonio cívico de los americanos de modo creciente e irreversible. Se
trata sí, en un marco de políticas que internalicen la necesidad de un
manejo responsable, eficiente y sin corrupción de las finanzas públicas, de
lograr un crecimiento sustentable en base a incremento de la producción, el
crecimiento del empleo y de la ocupación en un marco de equidad
distributiva.

El pasado reciente y la actualidad prueban día a día, a un altísimo costo,
la fragilidad de los modelos que encandilados con los números de la
macroeconomía, basados en el ajuste permanente y en la concentración del
ingreso en unos pocos, generan la exclusión social de millones de hombres y
mujeres de nuestro continente. Si la desigualdad gana la batalla no existe
desarrollo sustentable. Sin desarrollo sustentable las crisis
institucionales y las caídas de gobiernos democráticos seguirán siendo
moneda corriente en nuestro continente. Gobernabilidad democrática está
definitivamente vinculado con viabilidad económica e inclusión social.

Hemos aprendido con sufrimiento que un programa económico no es sostenible
si no incluye a la población. En ningún país ningún programa puede convivir
mucho tiempo con altas tasas de pobreza, desempleo e informalidad. El mundo
necesita un nuevo paradigma de desarrollo inclusivo, equitativo. En
síntesis, más justo. Los 2.800 millones de pobres, más de la mitad de la
población mundial, son la demanda más urgente que emerge ante los que tienen
responsabilidad de gobierno.

Debemos entender que los principios que fueron sostenidos a rajatabla en la
década del 90, que van desde la apertura financiera indiscriminada y la
desaparición del Estado a las privatizaciones a cualquier precio, fueron los
que consolidaron un modelo de injusticia, de concentración económica, de
quiebra de nuestras economías, profundizando hasta puntos extremos la
injusta distribución del ingreso, la exclusión y la corrupción en nuestras
naciones.

La ampliación de la brecha entre países ricos y países pobres no contribuirá
a la sustentabilidad de ningún modelo mundial. El mundo no podrá seguir
soportando la aparente paradoja de una economía en crecimiento que en
paralelo nos haga sufrir el aumento del desempleo y la desigualdad, con su
saldo de inédita profundización de la pobreza y la condena de millones de
seres humanos a la desprotección social y a la exclusión. Es necesario
internalizar un nuevo paradigma, que reconociendo que no existe desarrollo
sostenido sin equidad valore de otro modo el cumplimiento de las metas
fiscales y económicas.

La única manera de hacer sustentable el proceso de desarrollo es el
incremento de la creación permanente de riqueza. Hace falta que en los
programas macroeconómicos la variable distributiva se tenga presente y lo
esté activamente. Se trata de que se aumente la producción, la inversión y
por ende la creación de riqueza, y de ayudar a distribuir mejor la riqueza
que se crea.

La teoría del derrame o del goteo no ha funcionado, los organismos
multilaterales deben tomar cuenta de ello. Resulta inaceptable, desde la más
objetiva racionalidad, insistir con recetas que han fracasado. Sería una
formidable demostración de salud institucional y comprensión económica
reformular programas e instrumentos que reemplacen a los que fracasaron. Han
quedado demostradas las limitaciones de la sola apertura e integración
financiera, corregir entonces los problemas de inserción de países en
desarrollo en la economía internacional es presupuesto básico para generar
consenso y estabilidad.

Son esos elementos indispensables para reducir el nivel de conflictividad
mundial. El camino del fortalecimiento del consumo interno de los países en
desarrollo y el favorecimiento de una apertura simétrica de los mercados
internacionales contribuirá a ese objetivo. La nueva estrategia de inserción
internacional debe basarse en el proceso de integración productiva con
fuerte interacción de aquellas naciones que poseen complementación comercial
mutua.

Por eso pensamos que no servirá cualquier Acuerdo de Libre Comercio de las
Américas. Firmar un convenio no será un camino fácil ni directo a la
prosperidad. El acuerdo posible será aquel que reconozca las diversidades y
permita los beneficios mutuos. Un acuerdo no puede ser un camino de una sola
vía, de prosperidad en una sola dirección; un acuerdo que no se haga cargo
ni resuelva las fuertes asimetrías existentes no hará más que profundizar la
injusticia y el quiebre de nuestras economías. Un acuerdo no puede resultar
de una imposición en base a las relativas posiciones de fuerza. Por el
contrario, como en otras latitudes -está allí el testimonio de la Unión
Europea- los acuerdos de integración comercial deben completar salvaguardas
y compensaciones para los que sufren atrasos relativos de modo que el
acuerdo no potencie sus debilidades.

Cabe recordar que la liberación financiera tornó más vulnerables a las
economías en desarrollo a los grupos de capitales, sus mercados se tornaron
volátiles y proclives al contagio. Los fondos de inversión directa no
alcanzaron a compensar los movimientos especulativos de los capitales
financieros. Para colmo, la subsistencia de las barreras arancelarias y
para-arancelarias, la política de subsidios y el proteccionismo de los
países centrales oponen trabas al comercio internacional.

Como efecto de lo apuntado muchos países en desarrollo compartimos un
diagnóstico común: debemos mucho y exportamos poco. Debe admitirse que nadie
podrá honrar sus deudas si no puede crecer y vender sus productos.

Facilitar la reestructuración no traumática y sostenible de deudas
soberanas, contar con mecanismos de alerta temprana sobre situaciones de
riesgo que eviten el sobrendeudamiento de los países, disminuir barreras y
eliminar subsidios que permitan exportar, resultan asignaturas pendientes
del mundo actual.

Nuestro país tiene en el desarrollo sustentable con producción, trabajo y
equidad un objetivo central. Hemos iniciado un camino que poniendo en
preponderante lugar el respeto de los derechos humanos y la dignidad del
hombre e incrementando la calidad de nuestra democracia se dirige hacia el
logro de un crecimiento sustentable con eje en lo productivo, el empleo y la
equidad en la distribución del ingreso.

Hoy crecemos en torno al 8 por ciento anual, con estabilidad de precios,
crecimiento del nivel de consumo, de las exportaciones y de las
importaciones, con creación de empleos y con un superávit fiscal primario
sin precedentes en nuestro país.

Intentamos clausurar un ciclo histórico que culminó en la más colosal crisis
moral, cultural, política, social y económica, que nos arrastró hasta el
fondo de un profundo abismo. La solvencia fiscal, la prudencia monetaria, la
flexibilización cambiaria, el fortalecimiento del consumo interno y la
inclusión social, más una agresiva política exportadora, son pilares de
nuestro programa económico.

Sin embargo sufrimos presiones, incomprensión, indefiniciones y demoras de
parte de los organismos internacionales que parecen no entender nuestra
necesidad de crecer para resolver el problema de nuestra deuda de una manera
eficaz. En nuestro último y reciente acuerdo con el Fondo Monetario
Internacional hemos acordado condiciones que estamos cumpliendo con
esfuerzos límite, sin embargo surgen en forma permanente nuevas demandas y
nuevas exigencias que parecen no querer ver la situación límite de nuestro
país. Asumiendo que nuestra deuda es un problema central mantenemos una
posición que nos interesa aquí reafirmar: no podemos pagar de un modo que
lesione las perspectivas de crecimiento económico y la gobernabilidad
generando más pobreza, hambre, exclusión y conflictividad social. Esto ya se
hizo y el resultado fue poner al país al borde de la ruptura institucional y
la desintegración social.

Por eso ratificamos la propuesta hecha por nuestro país en Dubai. Las
máximas posibilidades de pago son las contenidas en el acuerdo con el Fondo
Monetario Internacional y esa propuesta de reestructuración resultaría un
burdo engaño, nocivo para la Argentina y para el sistema financiero
internacional que firmáramos o prometiéramos otra cosa de antemano destinada
a fracasar por imposibilidad de cumplir.

Nadie obtendrá beneficios si se ahoga el crecimiento de nuestra economía. La
falta de crecimiento imposibilitaría pagar siquiera lo comprometido con los
organismos multilaterales; la falta de crecimiento mataría nuestras
esperanzas y ya se sabe que nadie puede cobrar de los muertos.

La especialidad del caso de la deuda argentina indica la necesidad de
realizar los análisis desde nuevas perspectivas sin caer en el error de
pretender analizarla y resolverla con la metodología tradicional de los 90.
Dos datos relevantes deben resaltarse para comprender cabalmente la
situación; primero: el crecimiento desmesurado de esa deuda se aceleró y fue
posible como consecuencia de un programa macroeconómico inviable, pero
porque fue sostenido y financiado durante muchos años por los organismos
multilaterales; segundo: nuestro caso no ha sido objeto de ningún salvataje
de los organismos, como era usual en la década anterior, sino que enfrenta
la exigencia del repago a aquellas entidades. La ausencia de salvataje hace
que los acreedores privados deban asumir que así como en su momento
obtuvieron altísimos intereses, que les cubrieron de pérdidas un 30 por
ciento anual, ganando en un año lo que otros ganan en 30, habían asumido un
fuerte riesgo que hoy deben afrontar. Era en definitiva la envergadura del
riesgo que asumían. Es una regla del capitalismo serio que los altos
intereses respecto de la media internacional indiquen que el inversor ha
optado por el riesgo en detrimento del valor seguridad.

En la mayor crisis de mi país me tocaba gobernar la provincia de Santa Cruz
y retiré los fondos de mi país llevándolos a la Reserva Federal de los
Estados Unidos a una tasa de un 1 por ciento anual, mientras había gente que
invertía en mi país al 30 por ciento anual, ganando en un año lo que
nosotros nos proponíamos ganar en 30. Cuando uno tiene altas tasas de
interés asume como meta el riesgo y no la seguridad de la inversión.

En esas condiciones no resulta inmoral ni racional la protección que por
allí se postula a favor de quien manejó sus fondos como si concurriera a un
casino de juego. El camino más razonable es el de revalorizar el crecimiento
para resolver de un modo estratégico este tema tan urticante.

Para finalizar, debemos despojarnos de toda hipocresía y en el intento de
construir vínculos maduros, racionales y de mutua conveniencia buscar
precisiones en otro tema de interés hemisférico. Descontamos que la
presencia en nuestra reunión de la primera potencia mundial, parte de
nuestro hemisferio, tiene el sentido de canalizar de algún modo la ayuda
estadounidense a sus vecinos americanos. En definitiva, el Consenso de
Monterrey se postula como la búsqueda del financiamiento para el desarrollo.

Recordamos los grandes esfuerzos que el pueblo y el gobierno de los Estados
Unidos hicieron para la reconstrucción de Europa en la implementación de lo
que se conociera como Plan Marshall. Son aun recientes las manifestaciones
en el ámbito internacional en pos de concretar el perdón para la deuda
iraquí en función de que habían sido créditos obtenidos por un dictador.
Queremos entonces aquí recordar que el continente americano, hoy con
gobernantes elegidos por sus pueblos, ha visto muchas dictaduras de toda
especie y ha sufrido por ello en carne propia. En nuestro caso, sólo para
recordar un ejemplo, durante el período 1976-1983 se concretó el más
acelerado y significativo crecimiento relativo de nuestra deuda, que se
incrementó entonces en un 364 por ciento. Sólo se le acerca al ritmo de
crecimiento de la deuda el período de 1989 a 1999, que lo ubicó en un 123
por ciento.

Es obvio que esta reunión agrupa a países y realidades muy diferentes, donde
unos pueden aportar más que otros. El continente americano necesita la ayuda
de Estados Unidos para su desarrollo, para su crecimiento, para la
sustentabilidad de sus sociedades. Sería muy bueno que los gobernantes de
Estados Unidos se dispongan juntamente a nosotros, con el espíritu que le
animó para ayudar a Europa, con el criterio de compensación que se postula
el perdón de la deuda en otras latitudes, a ayudar a América a crecer con
fondos que lleven a ese destino y a obtener sustanciales rebajas de sus
deudas. Necesitamos que América mire a América.

Creemos que los principios contenidos en el Documento Final de la
Conferencia Internacional sobre la Financiación del Desarrollo, conocido
como el Consenso de Monterrey, suscrito aquí los días 21 y 22 de marzo de
2002, son una buena base para comenzar a diseñar desde aquí un verdadero
Plan Marshall con ayuda para todo el continente americano.

Por último, no quiero dejar de pasar esta ocasión, que sirva además para
invitarles a continuar estas discusiones en mi Patria, la República
Argentina, para condenar con firmeza el terrorismo internacional,
comprometiendo todo el esfuerzo de mi país para la prevención, el
esclarecimiento y castigo de cualquier acción de terrorismo que nos agreda.
Nos han agredido con atentados a la embajada de Israel y a la sede de la
AMIA y la DAIA en la Argentina, como los trágicos sucesos del 11 de
septiembre, que asolaron Nueva York y la conciencia de la humanidad.

Ya para finalizar queremos dejar planteada la necesidad de adoptar firmes
políticas de defensa de los derechos humanos, de la dignidad del hombre, a
la par de un ferviente combate contra la impunidad y la corrupción, como el
sendero más seguro que propicie la continuidad y mejora de nuestras
democracias. Integración equitativa y multilateralidad son las claves de un
porvenir donde el mundo sea un lugar equilibrado y más seguro.

Si trabajamos con coraje y decisión, si concretamos nuestras acciones y si
nuestros discursos los transformamos en realidades, si somos capaces de
construir la convivencia y la solidaridad en América y si entendemos que
tenemos objetivos y caminos comunes, yo sé que todos los presidentes de esta
querida América vamos a alcanzar la síntesis que nos permita definitivamente
construir una alternativa donde la justicia, la equidad, la convivencia, el
combate al terrorismo internacional y la inclusión social se conviertan en
banderas corrientes en nuestra tierra. Por eso hago desde aquí, desde todo
el sentir del espíritu de los argentinos, una fuerte convocatoria a tener el
coraje decisorio para construir las nuevas políticas que necesitan los
hombres y las mujeres de América para ver que la justicia social no es un
discurso, para ver que la inclusión social no es un discurso y para ver que
un nuevo tiempo y un nuevo mundo es posible si vencemos la corrupción y la
desesperanza. Muchísimas gracias.

13-01-2004

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