[R-P] (Fwd) Lopez Rega y la triple A_Controversia Poggi-Larraquy

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Mar Feb 24 08:33:06 MST 2004


Interesante y fundamental polémica la que plantea Horacio Poggi en 
respuesta a H. Larraquy.  Poggi destruye la argumentación gorila de 
Larraquy.  Sin embargo, tras la lectura de su escrito de Poggi quedan 
muchos interrogantes, sobre los que trataremos de conversar en 
próximos envíos.
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Gentileza de: "NAC&POP" <nacypop en ciudad.com.ar>

No cesa la falsificación de la historia

ACERCA DE JOSE LOPEZ REGA
Y LAS CULPAS DEL PERONISMO
Por Horacio Poggi (*) 
 

1.- El periodista Marcelo Larraquy ha incurrido en una serie de 
desaciertos (¿a designio?) en el artículo El preámbulo del terror, 
que publicara el suplemento Enfoques del diario La Nación del domingo 
11 de enero de 2004. Autor del reciente libro López Rega, la 
biografía, en la nota aborda aspectos que desarrolla en la obra y 
acicatea la conciencia del presidente Néstor Kirchner, para que éste 
investigue –tal como parece haberlo prometido- -los crímenes de la 
Triple A, perpetrados entre 1973 y 1976 durante los gobiernos 
constitucionales de Juan Domingo Perón y su esposa Isabel. En esa 
época, la Triple A mató a alrededor de dos mil personas.

Una lectura detenida del artículo deja más dudas que precisiones y la 
pomposidad de Larraquy es superior a la objetividad y a las pruebas 
irrefutables que presenta para dilucidar aquel momento de la tragedia 
nacional. Las pocas pruebas son opiniones que adquieren un valor 
relativo a partir de la forma y el contenido que les da el autor para 
fundamentar su tesis no explicitada: la tercera presidencia del 
peronismo fue un engranaje del terrorismo de Estado que luego la 
dictadura del 76 perfeccionó.

Planteado el tema con parcialidad manifiesta, el lector incauto 
asociará peronismo con dictadura, peronismo con represión, peronismo 
con desgracia argentina. Además, Larraquy se preocupa por llamar 
Partido Justicialista al Movimiento de los 70 como si esa fuese la 
denominación usual. Sin dudas, está mirando la historia con los ojos 
actuales. Error inconcebible que pone al descubierto su 
intencionalidad que sería colocar al PJ en el banquillo de los 
condenados sin juicio previo.

La ristra de falsedades propagadas en pocas líneas por Larraquy 
demandaría una refutación más extensa. Pero vamos a demoler algunas 
de las más perjudiciales, a la memoria de miles de peronistas que 
ofrendaron sus vidas por una Patria Justa, Libre y Soberana, sea con 
militancia efectiva en cualesquiera de los sectores del vasto y 
amplio Movimiento Nacional Justicialista.

2.- Es falso de falsedad absoluta que -la Triple A fue creada en el 
contexto de una guerra entre la ortodoxia peronista y la izquierda 
peronista, a quienes los primeros llamaban los infiltrados del 
Movimiento.

Porque así planteada la afirmación, la Triple A sería una creación 
del sector ortodoxo, es decir, del general Perón. Ergo, Perón e 
Isabel son tan criminales como López Rega y los  integrantes de esa 
patrulla asesina, desligando cualquier responsabilidad del entonces 
determinante partido militar liberal. Tampoco es cierto que se trató 
de una exclusiva guerra interna del peronismo. Reducir el 
enfrentamiento armado de los 60 y 70 a un conflicto bélico entre 
derecha e izquierda peronistas es tan pueril como mentiroso. Hubo 
enfrentamiento fratricida, es indudable. Sin embargo, con Perón en el 
Gobierno ese enfrentamiento adquirió otras dimensiones. Nadie paró la 
mano, las diferencias se radicalizaron y Perón tomó el toro por las 
astas. De una parte, quedó el grueso del Movimiento alineado detrás 
de la conducción y de la jefatura gubernamental del General, y de la 
otra, las vanguardias armadas.

3.- En la Argentina la lucha armada traspasó los límites del 
peronismo. De ningún modo fue una reyerta por espacios de poder de 
una interna caprichosa. Fue una guerra por el poder real. Sí, Guerra, 
como anunciaban los partes de los grupos en pugna con las fuerzas 
regulares. 

4.- Hubo una guerrilla surgida de las filas peronistas y otra 
antiperonista como el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), que 
una vez instalado Perón en el gobierno decidieron continuar en 
operaciones. Los primeros porque consideraban que la ortodoxia 
conspiraba contra la patria socialista y los segundos porque 
estimaban que Perón era -el jefe de la contrarrevolución (Santucho 
dixit).

5.- Un gobierno asediado por la guerrilla de tinte peronista y 
marxista –funcional al golpismo que en Chile hacía estragos- apeló a 
los resortes constitucionales para garantizar la estabilidad 
democrática. Este era el contexto local y regional en el que surge la 
Triple A que le sirvió en bandeja los pretextos desestabilizadores al 
partido militar liberal. Por las evidencias y por los beneficios que 
le tributó al golpismo, la Triple A nada tuvo de peronista, más bien 
se trató de un dispositivo ilegal que accionó congraciándose con 
capillas oficiales y se amparó en los pliegues del poder 
lopezrreguista.

El Brujo tenía autonomía y construía su propio espacio al margen de 
Perón que ideológicamente se ubicaba en el antimarxismo y procuraba 
con métodos constitucionales   la  erradicación de la violencia 
política. En ocasiones López Rega daba muestras de ser el rostro 
visible de un poder exógeno y se mostraba más papista que el Papa. 
Esta puede ser quizás una de sus tropelías predilectas al colaborar 
con la Triple A. Decimos colaborar porque era un instrumento de los 
otros infiltrados: los golpistas ocultos detrás del ropaje 
antisubversivo, que aprovechaban la guerra contra los montoneros y 
erpianos para generar el caos que se aguardaba con impaciencia en los 
cuarteles.

6.- Perón utilizó su prestigio profético para aislar a los violentos. 
Quiso persuadirlos, pero fracasó Los de signo peronista, que habían 
servido a su conducción estratégica en tiempos de organizar el 
retorno del exilio forzado, optaron por reemplazarlo y terminaron 
expulsados del Movimiento. El Viejo General los calificó de imberbes 
e infiltrados. El proyecto de los muchachos era incompatible con el 
del fundador del peronismo y se daba de patadas con la paz social. Se 
negaron a ser formaciones especiales de acuerdo a la concepción de 
Perón y se convirtieron en opositores acérrimos del gobierno popular, 
con ribetes patéticos durante la gestión de Isabel.

7.- Al intentar la salvaguardia de la conducción estratégica del 
Movimiento –luego del artero asesinato de José Ignacio Rucci que 
ningún grupo reivindicó en el momento-, Perón avala un plan de 
disputa frontal contra los infiltrados que asoman como enemigos del 
gobierno constitucional. Pero lo hace no para colocar al peronismo en 
la ultraderecha ni para apañar a ésta, sino para que el Movimiento 
siga siendo tercerista, nacional, popular y cristiano. Y para que la 
normalización institucional y la revolución en paz puedan llevarse a 
cabo tras ganar los comicios por el 63% de los votos. El plan contra 
los infiltrados son directivas  de ningún modo secretas que ahora 
Larraquy presenta como el descubrimiento de la pólvora. Dichas 
directivas conforman un conjunto de medidas de fortalecimiento de la 
conducción estratégica, en un marco de violencia impredecible y de 
unánime apoyo a su segunda reelección presidencial.

8.- Apenas se produjo el criminal asalto al Regimiento de Azul (que 
provocó las muertes del coronel Arturo Gay y su esposa, entre otros), 
ocurrido el 19 de enero de 1974, Perón le habla al país por radio y 
televisión y denuncia que los atacantes erpianos no son un grupo de 
delincuentes, sino -una organización que, actuando con objetivos y 
dirección foráneos, ataca al Estado y sus instituciones como medio de 
quebrantar la unidad del pueblo argentino y provocar un caos que 
impida la Reconstrucción y la Liberación en que estamos empeñados. 

De inmediato el Poder Ejecutivo Nacional envió al Congreso una 
modificación del Código Penal para enfrentar con la ley a los 
terroristas. Los diputados de la tendencia se opusieron a las 
reformas y se entrevistaron con Perón, quien se enfureció ante el 
rechazo de sus instrucciones: -Nosotros no somos dictadores de golpes 
de Estado. No nos han pegado con saliva. Nosotros vamos a proceder de 
acuerdo con la necesidad, cualesquiera sean los medios. Una lectura 
sesgada de esta declaración puede interpretar que por medios podría 
leerse Triple A. Sin embargo, la explosión verbal de Perón respondía 
a apaciguar las aguas encrespadas en las Fuerzas Armadas que veían 
madurar la precipitación de los acontecimientos.

El 7 y el 14 de febrero de 1974 Perón convoca a los jóvenes 
adversarios de la tendencia revolucionaria y les dice que -en el 
Movimiento se está produciendo una infiltración que no es 
precisamente justicialista. Utiliza su arsenal teórico para acorralar 
a los que en nombre del peronismo recurren a la violencia. Sería en 
vano. Su muerte apresura los enfrentamientos declarados. Montoneros 
pasa a la clandestinidad y la respuesta oficial se hace sentir a 
través de decretos antisubversivos. Pero la escalada criminal de 
izquierda a derecha escapa a cualquier control. Todo ello acompañado 
de una campaña de acción psicológica sin precedentes, que provoca la 
apatía y el hartazgo de la sociedad receptora del golpe liberal con 
cierta naturalidad.

9.- También es falso de falsedad absoluta responsabilizar sólo a 
López Rega de todos los males del tercer gobierno peronista. Hubo un 
entramado de relaciones –y en esto acierta Larraquy- que 
posibilitaron la instauración del crimen político. Pero la Triple A 
fue mucho más que López Rega. Su misterio quedó dilucidado con el 
golpe del 24 de marzo de 1976: desapareció mientras desaparecían 
miles de personas inocentes.

10.- ¿Sabían Perón e Isabel de -las acciones clandestinas e ilegales 
perpetradas desde el Estado como afirma muy suelto de cuerpo 
Larraquy?  La respuesta es no. Primero, porque individuos enquistados 
en ciertas parcelas estatales que cometen delitos no representan el 
Estado y menos puede culparse al Presidente de esos actos. Segundo, 
porque hay que tener cuidado en la calificación de las respuestas 
represivas del Estado ante cualquier desafío a su monopolio de la 
violencia física. Una medida represiva dentro de la ley, nunca es un 
crimen ni un acto de terrorismo de Estado. Con ese criterio, cuando 
un policía se tirotea con un ladrón y lo mata sería un terrorista y 
no un defensor de la seguridad pública. Tercero, porque en aquel 
momento reinaba la confusión y la deslealtad. Cuarto, porque es tan 
complicado y complejo el aparato estatal en un contexto de virtual 
guerra civil que resulta imposible saber a pie juntilla lo que hacen 
sus integrantes militares y policiales, máxime con una Presidente en 
constante debilitamiento y agresión golpista. 

11.- En conclusión, nos parece aberrante buscar argumentos para 
colocar al peronismo en la vereda del terrorismo de Estado. Cargarles 
a Perón y a Isabel el estropicio de la Triple A y de la represión 
ilegal, poniéndolos a la altura de los chacales de la dictadura, es 
lisa y llanamente una canallada oligárquica que sirve a la 
falsificación de la historia y responde a reiteradas ignominias 
contra el Movimiento Nacional y Popular, como el oro nazi, las 
cuentas suizas de Evita, el pacto militar-sindical, la creación de 
una iglesia nacional peronista, el origen de la subversión, la 
decadencia del país, etcétera. Canalladas de esta índole de ningún 
modo ayudan a saldar el pasado, recargan los espíritus academicistas 
e intoxican a las nuevas generaciones. Pero que nunca olviden los 
farsantes que -se puede engañar a poca gente por mucho tiempo y a 
mucha gente por poco tiempo, pero nadie puede engañar a mucha gente 
por mucho tiempo (Abraham Lincoln).

(*) Horacio Poggi <hpoggi en ciudad.com.ar> 

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Lo que escribio Marcelo Larraquy en La Nacion 
La Nación , suplemento Enfoques, 11 de enero de 2004

El tabu justicialista
El peronismo: el preámbulo del terror Por Marcelo Larraquy * 
José López Rega no era un extremista aislado en los gobiernos 
constitucionales de Perón e Isabelita, sino un exponente del papel 
del justicialismo en el terrorismo de Estado antes de 1976 

Hace menos de un mes, cuando anunció la creación del Archivo Nacional 
de la Memoria para reunir documentación sobre los crímenes de la 
dictadura, el presidente Néstor Kirchner se comprometió también a 
reconstruir los crímenes de la Triple A, perpetrados entre 1973 y 
1976 durante los gobiernos constitucionales de Juan Domingo Perón y 
de su esposa, Isabel. En esa época, la Triple A mató a alrededor de 
dos mil personas. 

Es fácil imaginar que Kirchner, al intentar rescatar la memoria de 
aquellos años, estaba pensando en Rodolfo Achem y Carlos Miguel, dos 
dirigentes de la Juventud Peronista de la Universidad de La Plata, 
donde él estudiaba y militaba, que fueron secuestrados el 8 de 
octubre de 1974 en la sede del sindicato de no docentes de esa ciudad 
y cuyos cadáveres fueron tirados en un baldío de Sarandí. Y también 
pensaba en Roberto Tatú Basile, la muerte que olió más de cerca: 
Basile había estado junto con Kirchner en el velorio del militante 
Rodolfo El ruso Ivanovic, que había muerto ametrallado. Mientras 
lloraban frente a su cadáver, una patrulla del terror esperaba la 
caza de otra presa: Basile. Lo acribillaron esa misma madrugada 
cuando salió del velorio y atravesaba con su Citroen un puente sobre 
un arroyo de Punta Lara. Fue en marzo de 1975. Por ese motivo se 
entiende que, en el homenaje a Basile en la ciudad de Benito Juárez, 
Kirchner comentara: -Nos podría haber tocado a nosotros. El también 
era considerado un infiltrado por el Partido Justicialista de 
entonces. 

Pero si de verdad el Presidente quiere impulsar la investigación 
sobre esos crímenes de la Triple A, la indagación de la Justicia 
debería comenzar por la represión ilegal y clandestina que se lanzó 
desde el Estado peronista de ese período constitucional. 

La Triple A fue creada en 1973 en el contexto político de una guerra 
entre la ortodoxia peronista y la izquierda peronista, a quienes los 
primeros llamaban los infiltrados del Movimiento. 

Esta guerra tuvo el aval político del Consejo Superior Peronista. En 
un documento reservado, que se publica en el libro López Rega, la 
biografía, el órgano de conducción del Partido Justicialista ordena 
atacar al enemigo en todos los frentes y con la mayor decisión. Y se 
enumeran una serie de ítems para la represión: inteligencia (se 
creará un sistema de inteligencia al servicio de esta lucha); medios 
de lucha (se utilizarán todos los que se consideren eficientes, en 
cada lugar y oportunidad). Y también convocan a los funcionarios a 
hacer uso de todos los elementos de que dispone el Estado para 
impedir los planes del enemigo para reprimirlo con todo rigor. Las 
instrucciones comenzaron a circular el 1° de octubre de 1973, pocos 
días después de que Montoneros asesinara al jefe de la CGT José 
Ignacio Rucci. 

Como muchos sectores del peronismo ortodoxo, José López Rega, apenas 
ingresó a la gestión pública en 1973, armó su banda criminal en 
consonancia con el paradigma de la época: eliminar al infiltrado 
marxista. Lo hizo desde el Ministerio de Bienestar Social, el puesto 
que le había elegido Perón con la aceptación del presidente Héctor J. 
Cámpora. En el Ministerio, a la par de la entrega de colchones, 
sillas de ruedas, pan dulce y pensiones a jubilados, que son gestos 
solidarios que hacen a la beneficencia y a la identidad peronistas, 
también encontraron refugio estatal militantes de las agrupaciones 
ortodoxas del peronismo, sindicalistas y agentes de las fuerzas de 
seguridad para participar de operaciones contra la izquierda 
peronista. 

López Rega no era un criminal de Villa Urquiza, ni tenía su banda 
delictiva afincada en El Tábano, el club del barrio donde cantaba 
canciones líricas a capella y jugaba a las barajas junto con los 
obreros de la textil Sedalana. Sí es cierto que era un estudioso de 
las ciencias ocultas, que hacía trabajos espirituales para armonizar 
los siete chakras y que creía que el hombre era una manifestación 
astral, compuesta por millonésimas de partículas que arribaban y 
partían del Eter para encarnarse en sucesivos cuerpos, y que a cada 
hombre le correspondía la misión de encontrar su átomo madre, su 
propio Maestro Interior, la chispa que le insufló Dios en el momento 
de su Creación y cuyo hallazgo le entregaría la perfección y la 
sabiduría. Pero tampoco estas creencias volvieron a López Rega un 
criminal. Sí es cierto que con el paso de los años se había 
convertido en el brujo del barrio, que curaba las várices de las 
vecinas con plantas, que hacía horóscopos, cartas astrológicas y 
predicciones al instante y encantaba a las mujeres con sus relatos de 
las leyendas hindúes, y les marcaba el camino para alcanzar la 
Divinidad y recibir las radiaciones supremas de Dios en su espíritu. 
Con este tipo de discursos, López Rega también encantó a Isabel 
Perón, que había sido educada en el espiritismo, y ambos formaron una 
alianza afectiva, política y espiritual con el propósito de sacar a 
Perón del ostracismo de su exilio madrileño, eliminar a todas las 
fuerzas que lo estaban dañando e impulsar su regreso triunfal a la 
Argentina. 

López Rega, además, le prometió a Isabel que ella sería la nueva 
Evita: le transferiría su espíritu. 

La lógica del poder 

Pero lo que volvió a López Rega un criminal no fueron sus brujerías 
ni sus supuestos ritos satánicos, en los que, según la vulgar 
leyenda, le cortaba el cogote a las gallinas. Se convirtió en un 
criminal cuando entró a participar en la lógica de poder de las 
distintas facciones del peronismo de aquellos años. Después la 
historia oficial, la hipocresía política y la necesidad de buscar un 
único culpable de tanto terror y tanta muerte demonizaron su figura 
para que pasaran al olvido los hechos más gravitantes: las 
complicidades y alianzas que López Rega cosechó en el justicialismo 
para encabezar la campaña contra la eliminación del infiltrado 
marxista y que luego los militares continuaron para aniquilar a la 
subversión. Por eso, López Rega representa la memoria más íntima y 
secreta del peronismo, el lado oscuro de la Argentina, y es necesario 
conocer su historia. 

Tanto la izquierda como la ortodoxia peronista intentaron desligar a 
Perón y a su esposa Isabel de sus responsabilidades en las acciones 
del que fuera ministro de Bienestar Social. Les resultaba incómodo. 
Prefirieron imaginar a un Perón momificado y ausente en los últimos 
meses de su vida, a una Isabel inexperta para la función pública y 
dominada por un brujo que había ingresado en la intimidad del poder, 
por afuera de las estructuras partidarias. 

Pero el matrimonio Perón conocía las acciones clandestinas e ilegales 
perpetradas desde el Estado. 

A tal punto que fue el presidente Perón el que, a fines de enero de 
1974, reincorporó al comisario Alberto Villar y lo designó subjefe de 
la Policía Federal. Perón le pidió que actuara porque el país lo 
necesita. Y Perón sabía quién era Villar porque éste, en la 
presidencia de Lanusse, ya había reprimido al peronismo. 

Como primera medida, Villar creó el Departamento de Extranjeros en la 
policía, que facilitó a las dictaduras de Brasil, Chile, Bolivia y al 
bordaberrizado Uruguay la caza de los exiliados que escapaban de esos 
países para buscar refugio en el gobierno democrático argentino. Ya 
en agosto de 1974, decenas de ellos comenzaron a aparecer fusilados. 
Villar era uno de los jefes de la Triple A, en la que también 
participaban grupos paraestatales de todas las fuerzas de seguridad. 

En el caso de Isabel, para esa época, en las reuniones de gabinete 
que ella presidía como jefa de Estado en la residencia de Olivos se 
proyectaban diapositivas de los subversivos y se hablaba de la 
amenaza que significaban para la paz social. Era muy sencillo 
interpretar esos gestos como una invitación a la eliminación física. 
Le ocurrió a Julio Troxler, uno de los héroes del peronismo que 
sobrevivió a los fusilamientos de la Revolución Libertadora de junio 
de 1956. Su imagen fue exhibida el 8 de agosto en Olivos. Un 
funcionario le hizo llegar la información y le recomendó que se fuera 
del país. Troxler no aceptó. Dijo que no era subversivo: era 
peronista. El 19 de setiembre de 1974 apareció en una calle de 
Barracas de cara al sol del mediodía. Muerto. 

Luego de la muerte de Perón en julio de 1974 y con la izquierda 
peronista y no peronista en proceso de eliminación, López Rega se 
convirtió en el hombre más poderoso de la Argentina. Tenía absoluto 
control político y personal sobre la presidenta. Entonces, el 
ministro comenzó a sufrir el embate de otras facciones que le 
disputaban el poder: los sindicatos ortodoxos y las Fuerzas Armadas, 
encabezadas por la figura del almirante Emilio Massera. La alianza 
entre ambos, aprovechando la explosión económica del "Rodrigazo", 
obligó a López Rega a marchar a un exilio otoñal durante más de diez 
años, en los que durante algunos meses fue protegido por el Estado 
español, y luego los que vivió con una concertista de piano que le 
masajeaba los pies para paliar su diabetes. 

La guerra interna del peronismo en el período 1973-1976 redujo la 
política a una lucha entre personas y facciones que se disputaban el 
poder, con un claro perjuicio para las instituciones. No tenían 
posibilidades ni la Justicia ni el Congreso, y mucho menos el Poder 
Ejecutivo, para frenar los cadáveres carbonizados lanzados a la calle 
que aplastaban la realidad de cada día, porque era el mismo Estado el 
que superponía las fuerzas legales e ilegales para la represión del 
enemigo interno. De la debilidad de las instituciones devino el vacío 
de poder que le abrió el camino a las Fuerzas Armadas para 
profesionalizar el terror de una manera mucho más ordenada y pulcra, 
frente a los ojos de una sociedad que prefirió desertar de su 
responsabilidad civil para ya no ver más nada. Luego, en 1983, un 
pacto político por la unión nacional del gobierno radical y el 
justicialismo se propuso olvidar las acciones ilegales de los tiempos 
de Perón y su esposa. Pero lo cierto es que de aquel período 
constitucional quedaron más de seiscientos desaparecidos. 
Posteriormente, el Estado, que asumió su responsabilidad, indemnizó a 
sus familiares, pero jamás se hizo justicia sobre los responsables de 
esas desapariciones, ni de los dos mil crímenes como los de Achem, 
Miguel y Tatu Basile. El mismo López Rega murió en 1989, en la 
cárcel, pero sin condena judicial. 

* El autor, Marcelo Larraquy, es periodista. Autor del libro López 
Rega, la biografía, que acaba de publicar editorial Sudamericana, y 
coautor del libro Galimberti.


Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar

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"Sí, una sola debe ser la patria de los sudamericanos".
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Buenos Aires, 1822
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