[R-P] Agenda de Reflexion de A.Pandra N 154: Ruben Dario
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Vie Feb 6 04:35:21 MST 2004
No para dar por pensado,
sino para dar en qué pensar
Agenda de Reflexión
Número 154, Año II, Buenos Aires, viernes 6 de febrero
de 2004
La lucha cultural
“La futura grandeza de nuestra raza”
Con motivo del aniversario del fallecimiento del gran
poeta nicaragüense Rubén Darío [18 de enero de 1867 -
6 de febrero de 1916], transcribimos el siguiente
artículo de su autoría, publicado originalmente en El
Tiempo de Buenos Aires el 20 de mayo de 1898. Luego
también se publicó con el encabezado “Rubén Darío
combatiente” en El Cojo Ilustrado de Caracas el 1º de
octubre del mismo año, cuya copia, reproducida en
Escritos inéditos, sirvió a los efectos del presente.
En Los raros (1894-96), Darío ya había anticipado a
Calibán.
El triunfo de Calibán*
* Calibán es el monstruo de La tempestad de
Shakespeare, que personifica a la fuerza brutal
obligada a obedecer a un poder superior, simbolizado
por Ariel, pero siempre en rebeldía contra él
No, no puedo, no quiero estar de parte de esos búfalos
de dientes de plata. Son enemigos míos, son los
aborrecedores de la sangre latina, son los Bárbaros.
Así se estremece hoy todo noble corazón, así protesta
todo digno hombre que algo conserve de la leche de la
Loba [se refiere al origen romano de la latinidad].
Y los he visto a esos yankees, en sus abrumadoras
ciudades de hierro y piedra, y las horas que entre
ellos he vivido las he pasado con una vaga angustia.
Parecíame sentir la opresión de una montaña, sentía
respirar en un país de cíclopes, comedores de carne
cruda, herreros bestiales, habitadores de casas de
mastodontes. Colorados, pesados, groseros, van por sus
calles empujándose y rozándose animalmente, a la caza
del dollar. El ideal de esos calibanes está
circunscrito a la bolsa y a la fábrica. Comen, comen,
calculan, beben whisky y hacen millones. Cantan ¡Home,
sweet home! y su hogar es una cuenta corriente, un
banjo, un negro y una pipa. Enemigos de toda
idealidad, son en su progreso apoplético, perpetuos
espejos de aumento; pero su Emerson bien calificado
está como luna de Carlyle; su Whitman con sus
versículos a hacha, es un profeta demócrata, al uso
del Tío Sam; y su Poe, su gran Poe, pobre cisne
borracho de pena y de alcohol, fue el mártir de su
sueño en un país en donde jamás será comprendido. En
cuanto a Lanier [Sidney Clopton Lanier (1842-1881),
poeta de Georgia, inspirado en Byron, Tennyson y los
románticos, que condenaba, desde sus sentimientos
ético-religiosos, los males que el espíritu comercial
traía a la sociedad], se salva de ser un poeta para
pastores protestantes y para bucaneros y cowboys, por
la gota latina que brilla en su nombre.
“¡Tenemos -- dicen -- todas las cosas más grandes del
mundo!”. En efecto, estamos allí en el país de
Brobdingnag [el país de gigantes en Gulliver's
Travels, de Jonathan Swift (1726)] tienen el Niágara,
el puente de Brooklyn, la estatua de la Libertad, los
cubos de veinte pisos, el cañón de dinamita,
Vanderbilt, Gould [se refiere al magnate de los
ferrocarriles y especulador Jay Gould (1836-1892) que
causó el Black Friday (el viernes 24 de septiembre de
1869) con sus maniobras con el precio del oro, y a
quien José Martí criticara agriamente como “gran
monopolizador... sobre la espalda del trabajador” y
“millonario duro y desdeñoso”], sus diarios y sus
patas. Nos miran, desde la torre de sus hombros, a los
que no nos ingurgitamos de bifes y no decimos all
right, como a seres inferiores. París es el guignol
[guignol es el nombre de una marioneta francesa creada
en Lyon a finales del siglo XVII; para la época en que
Darío escribe guignol era el nombre que se le daba a
los cabarets que presentaban shows decadentes, y en
este sentido parece usarse en el texto; a partir de
1897 vino a nombrar el teatro del horror con efectos o
trucos especiales, aunque resulta poco probable,
aunque no imposible, que Darío ya estuviera al tanto
del éxito de este teatro] de esos enormes niños
salvajes. Allá van a divertirse y a dejar los cheques;
pues entre ellos, la alegría misma es dura y la
hembra, aunque bellísima, de goma elástica.
Miman al inglés -- but English, you know? -- como el
parvenu [parvenu significa “advenedizo”; es paradójico
que Darío critique este deslumbramiento norteamericano
con los ingleses y para hacerlo use una palabra en
francés] al caballero de distinción gentilicia.
Tienen templos para todos los dioses y no creen en
ninguno; sus grandes hombres como no ser Edison, se
llaman Lynch, Monroe, y ese Grant cuya figura podéis
confrontar en Hugo, en El año terrible [L'année
terrible (1872), de Víctor Hugo; en “A Roosevelt”
(1905) (cf. la Agenda de Reflexión Nº 38), repite la
idea: “Ya Hugo a Grant le dijo: Las estrellas son
vuestras”; Hugo había atacado a Grant en varios
artículos]. En el arte, en la ciencia, todo lo imitan
y lo contrahacen, los estupendos gorilas colorados.
Mas todas las rachas de los siglos no podrán pulir la
enorme Bestia.
No, no puedo estar de parte de ellos, no
puedo estar por el triunfo de Calibán.
Por eso mi alma se llenó de alegría la
otra noche, cuando tres hombres representativos de
nuestra raza fueron a protestar en una fiesta solemne
y simpática, por la agresión del yankee contra la
hidalga y hoy agobiada España [se refiere a la guerra
entre EE.UU. y España por la “independencia” de Cuba].
El uno era Roque Sáenz Peña, el argentino
cuya voz en el Congreso panamericano opuso al slang
fanfarrón de Monroe una alta fórmula de grandeza
continental [nuestro Roque Sáenz Peña, luego
presidente (1910-1914), fue contradictor de Blaine
durante la Conferencia internacional americana de
1890, donde opuso a la doctrina Monroe y su slogan
“América para los americanos”, la fórmula “América
para la humanidad”], y demostró en su propia casa al
piel roja que hay quienes velan en nuestras repúblicas
por la asechanza de la boca del bárbaro.
Saenz Peña habló conmovido en esta noche de España, y
no se podía menos que evocar sus triunfos de
Washington. ¡Así debe haber sorprendido al Blaine de
las engañifas, con su noble elocuencia, al Blaine y
todos sus algodoneros, tocineros y locomoteros! [James
G. Blaine (1830-1893) fue también un empresario de los
ferrocarriles y candidato presidencial por el partido
Republicano en 1884; sirvió como Secretario de Estado
durante las administraciones de Garfield (1881-1883) y
Harrison (1889-1893), en las que fue portavoz de los
intereses norteamericanos para Latinoamérica y cabeza
visible de la ingerencia política y económica de los
Estados Unidos en el área bajo la política del
“Pan-Americanism”; las opiniones de Darío estaban
influenciadas por Martí, quien veía en Blaine
encarnada la codicia imperialista de los magnates
republicanos; de Blaine decía el patriota cubano: “a
su país, si lo tuviera en las manos, le pondría buques
por espuelas y un ejército por caballo, y lo echaría
en son de conquista por todos los ámbitos de la
tierra... Blaine no habla de poner en orden su casa,
sino de entrarse por las ajenas so pretexto de
tratados de comercio y paz”].
En este discurso de la fiesta de La
Victoria [el 2 de mayo de 1898, bajo el patrocinio del
Club español de Buenos Aires, Groussac, Tarnassi y
Sáenz Peña pronunciaron sus conferencias a propósito
de la guerra entre EE.UU. y España, en el teatro La
Victoria] el estadista volvió a surgir junto con el
varón cordial. Habló repitiendo lo que siempre ha
sustentado, sus ideas sobre el peligro que entrañan
esas mandíbulas de boa todavía abiertas tras la
tragada de Tejas; la codicia del anglosajón, el
apetito yankee demostrado, la infamia política del
gobierno del Norte; lo útil, lo necesario que es para
las nacionalidades españolas de América estar a la
expectativa de un estiramiento del constrictor.
Sólo una alma ha sido tan previsora sobre
este concepto, tan previsora y persistente como la de
Sáenz Peña: y esa fue -- ¡curiosa ironía del tiempo!
-- la del padre de Cuba libre, la de José Martí. Martí
no cesó nunca de predicar a las naciones de su sangre
que tuviesen cuidado con aquellos hombres de rapiña,
que no mirasen en esos acercamientos y cosas
panamericanas, sino la añagaza y la trampa de los
comerciantes de la yankería. ¿Qué diría hoy el cubano
al ver que so color de ayuda para la ansiada Perla, el
monstruo se la traga con ostra y todo?
En el discurso de que trato he dicho que
el estadista iba del brazo con el hombre cordial. Que
lo es Sáenz Peña lo dice su vida. Tal debía aparecer
en defensa de la más noble de las naciones, caída al
bote de esos yangüeses, en defensa del desarmado
caballero que acepta el duelo con el Goliat dinamitero
y mecánico.
En nombre de Francia, Paul Groussac. Un
reconfortante espectáculo el ver a ese hombre eminente
y solitario, salir de su gruta de libros [era el
director de la Biblioteca Nacional], del aislamiento
estudioso en que vive, para protestar también por la
injusticia y el material triunfo de la fuerza. No es
orador el maestro, pero su lectura concurrió y
entusiasmó, sobre todo al elemento intelectual de la
concurrencia. Su discurso, de un alto decoro literario
como todo lo suyo, era el arte vigoroso y noble
ayudando a la justicia. Y ha de oírse decir: “¿Qué?
¿Es éste el hombre que devora vivas las gentes? ¿Este
es el descuartizador? ¿Es éste el condestable de la
crueldad?”.
Los que habéis leído su última obra [se
refiere a De la Plata al Niágara, de 1897],
concentrada, metálica, maciza, en que juzga al yankee,
su cultura adventicia, su civilización, sus instintos,
sus tendencias y su peligro, no os sorprenderíais al
escucharle en esa hora en que habló después de oírse
la Marsellesa. Sí, Francia debía de estar de parte de
España. La vibrante alondra gala no podía sino
maldecir el hacha que ataca una de las más ilustres
cepas de la vena latina. Y al grito de Groussac
emocionado: “¡Viva España con honra!”, nunca brotó
mejor de pechos españoles esta única respuesta: “¡Viva
Francia!”.
Por Italia el señor Tarnassi. En una
música manzoniana, entusiasta, ferviente, italiana,
expresó el voto de la sangre del Lacio; habló en él la
vieja madre Roma, clarineó guerreramente, con bravura,
sus decasílabos. Y la gran concurrencia se sintió
sacudida por tan llameante squillo di tromba [toque de
trompeta].
Pues bien; todos los que escuchamos a esos
tres hombres, representantes de tres grandes naciones
de raza latina, todos pensamos y sentimos cuán justo
era ese desahogo, cuán necesaria esa actitud, y vimos
palpable la urgencia de trabajar y luchar porque la
Unión latina no siga siendo una fatamorgana [el
espejismo que se veía en el estrecho de Mesina y se
atribuía a Morgana, hermana del rey Arturo] del reino
de Utopía, pues los pueblos, sobre las políticas y los
intereses de otra especie, sienten, llegado el
instante preciso, la oleada de la sangre y la oleada
del común espíritu. ¿No veis como el inglés se
regocija con el triunfo del norteamericano, guardando
en la caja del Banco de Inglaterra los antiguos
rencores, el recuerdo de las bregas pasadas? ¿No veis
como el yankee, demócrata y plebeyo, lanza sus tres
¡hurras! y canta el God save the Queen, cuando pasa
cercano un barco que lleve al viento la bandera del
inglés? Y piensan juntos: “el día llegará en que los
Estados Unidos e Inglaterra sean dueños del mundo”.
De tal manera, la raza nuestra debiera unirse, como se
une en alma y corazón, en instantes atribulados; somos
la raza sentimental, pero hemos sido también dueños de
la fuerza. El sol no nos ha abandonado y el
renacimiento es propio de nuestro árbol secular.
Desde Méjico hasta la Tierra del Fuego hay
un inmenso continente en donde la antigua semilla se
fecunda y prepara, en la savia vital, la futura
grandeza de nuestra raza; de Europa, del universo, nos
llega un vasto soplo cosmopolita que ayudará a
vigorizar la selva propia. Mas he ahí que del Norte
parten tentáculos de ferrocarriles, brazos de hierro,
bocas absorbentes.
Esas pobres repúblicas de la América
Central ya no será con el bucanero Walker con quien
tendrán que luchar, sino con los canalizadores yankees
de Nicaragua [que luego resultaron los de Panamá];
Méjico está ojo atento, y siente todavía el dolor de
la mutilación [de la mitad de su territorio en favor
de los Estados Unidos]; Colombia tiene su istmo
trufado de hulla y fierro norteamericano; Venezuela se
deja fascinar por la doctrina de Monroe y lo sucedido
en la pasada emergencia con Inglaterra, sin fijarse en
que con doctrina de Monroe y todo, los yankees
permitieron que los soldados de la reina Victoria
ocupasen el puerto nicaragüense de Corinto; en el Perú
hay manifestaciones simpáticas por el triunfo de los
Estados Unidos; y el Brasil, penoso es observarlo, ha
demostrado más que visible interés en juegos de daca y
toma con el Uncle Sam. Cuando lo porvenir peligroso es
indicado por pensadores dirigentes, y cuando a la
vista está la gula del Norte, no queda sino preparar
la defensa.
Pero hay quienes me digan: “¿no ve usted
que son los más fuertes?, ¿no sabe usted que por ley
fatal hemos de perecer tragados o aplastados por el
coloso?, ¿no reconoce usted su superioridad?”. Sí,
¿cómo no voy a ver el monte que forma el lomo del
mamut? Pero ante Darwin y Spencer no voy a poner la
cabeza sobre la piedra para que me aplaste el cráneo
la gran Bestia.
Behemot [el animal monstruoso descrito por
el Libro bíblico de Job (40: 15-24)] es gigantesco;
pero no he de sacrificarme por mi propia voluntad bajo
sus patas, y si me logra atrapar, al menos mi lengua
ha de concluir de dar su maldición última, con el
último aliento de vida. Y yo, que he sido partidario
de Cuba libre, siquiera fuese por acompañar en su
sueño a tanto soñador y en su heroísmo a tanto mártir,
soy amigo de España en el instante en que la miro
agredida por un enemigo brutal, que lleva como enseña
la violencia, la fuerza y la injusticia.
“Y usted, ¿no ha atacado siempre a
España?”. Jamás. España no es el fanático curial, ni
el pedantón, ni el dómine infeliz, desdeñoso de la
América que no conoce; la España que yo defiendo se
llama Hidalguía, Ideal, Nobleza; se llama Cervantes,
Quevedo, Góngora, Gracián, Velázquez; se llama el Cid,
Loyola, Isabel; se llama la Hija de Roma, la Hermana
de Francia, la Madre de América.
¡Miranda preferirá siempre a Ariel [se
refiere a los personajes de la citada tragedia de
Shakespeare]; Miranda es la gracia del espíritu; y
todas las montañas de piedras, de hierros, de oros y
de tocinos, no bastarán para que mi alma latina se
prostituya a Calibán!
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