[R-P] Sobre la costa pacífica de Bolivia (2 de 2)

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Jue Feb 5 12:00:12 MST 2004


[continuación]

"La Segunda" - 26 de diciembre de 2003

La Mediterraneidad desde Chile 
Jorge Edwards
Escritor chileno, ganador del Premio Cervantes de Literatura. 

Nos dicen que debemos opinar sobre la salida al mar de Bolivia con 
responsabilidad. Estoy de acuerdo. Debemos opinar sobre Bolivia y 
sobre todas las cosas de este mundo con reflexión, con estudio de los 
antecedentes, con visión de las consecuencias. Opinemos, pues, con la 
mayor responsabilidad posible sobre Bolivia y Argentina, sobre Irak e 
Irán, sobre Chechenia, sobre el cine contemporáneo, sobre la 
literatura de G. W. Sebald y la de J. M. Coetzee. Nos dicen en 
seguida, con definitiva seriedad, con todo el peso de la ley a favor: 
no hay controversia con Bolivia. El tema fue resuelto por medio de 
tratados libremente aceptados y firmados, hace ya alrededor de un 
siglo, y no hay más vueltas que darle. Pero ocurre que hay un país 
entero, vecino nuestro, limítrofe con nosotros, que clama, que 
protesta, que no tiene relaciones diplomáticas normales con Chile, 
fenómeno, desde luego, altamente anormal, y que consigue apoyos 
internacionales cada día más fuertes, visibles, variados. 

¿No hay controversia? No hay, en apariencia, en la letra de los 
tratados, controversia jurídica, diplomática, pero en los hechos sí 
la hay, y grave, de fondo. La diplomacia brasileña es y siempre ha 
sido la más profesional, la mejor preparada de América Latina. Viene 
el ministro de Relaciones Exteriores del Brasil, el señor Celso 
Amorim, y nos declara, en resumidas cuentas, que tenemos toda la 
razón, que el problema entre Chile y Bolivia es bilateral, pero que 
"no deja de tener repercusiones regionales en Sudamérica y que por 
eso nos interesa a todos". ¿Han leído ustedes con atención, han en
tendido lo que nos quiso decir, con el lenguaje refinado de 
Itamaraty, el diplomático brasileño? El problema es bilateral, sí 
señores, pero interesa y preocupa a toda la región, a todo un 
continente, y tiene, por lo tanto, aunque no queramos admitirlo, 
aunque no nos guste, un aspecto multilateral. 

Kofi Annan, el secretario general de las Naciones Unidas, dice una 
cosa, y nosotros corremos a desmentirlo, a explicarle, a pedirle que 
no se meta en los asuntos nuestros. Jimmy Carter dice otra y volvemos 
a ponernos nerviosos, sumamente nerviosos. 

Yo, por mi lado, me hago preguntas: me permito dudar de la solidez, 
de la sensatez, de la seguridad casi dogmática de nuestra posición. 
Se habla desde hace un tiempo del aislamiento internacional de Chile, 
se especula, se atribuye todo a una especie de envidia. También me 
permito dudar. Creo que es otra falta de perspectiva. No tenemos 
tanto éxito como nosotros mismos nos imaginamos y no provocamos tanta 
envidia en nuestros vecinos. Provocamos, eso sí, una frecuente 
irritación, y eso debido a una mezcla de ingenuidad, de farsantería, 
de falta de tacto. ¿Han comparado ustedes, por ejemplo, aunque sólo 
sea por afición, por espíritu deportivo, nuestro ingreso por 
habitante, nuestros niveles de educación, nuestros índices de 
comprensión de lectura, nuestros porcentajes de distribución de la 
riqueza y nuestros indicadores de extrema pobreza, con los del mundo 
desarrollado? Hemos progresado algo, hay que admitirlo, pero es poco, 
y queda mucho por hacer en todos los terrenos. 

He escrito muchas veces sobre el tema boliviano. Me ha preocupado 
siempre y considero que existe en nuestras relaciones con Bolivia un 
conflicto esencial, muy mal resuelto por Chile, por el Perú, ya que 
ha sido parte aunque no haya querido serlo, y hasta por los propios 
bolivianos. El Cono Sur latinoamericano podría constituir un espacio 
geográfico de relaciones ejemplares, de desarrollo, de solidaridad 
regional, de estabilidad, y no consigue serlo. Reducir esto a una 
cuestión de tratados, de fórmulas, de viejas prácticas diplomáticas, 
es una argucia o una irremediable limitación. Podemos firmar 
convenios comerciales con medio mundo, y esto, desde luego, merece 
aplauso, pero tenemos aquí, en nuestras fronteras, a la vista de 
todos, un problema que salta a la vista y que puede no ser jurídico, 
pero que sí es político, humano, histórico, de cultura. En este 
aspecto, la vieja diplomacia chilena fue mucho más efectiva, más 
informada, más abierta en el momento de buscar soluciones 
imaginativas. El asunto de las exportaciones de gas natural fue 
llevado por los bolivianos con evidente torpeza, con desatada 
demagogia, con desprecio de los mecanismos democráticos que habían 
llevado a la presidencia de Bolivia a Gonzalo Sánchez de Lozada, pero 
la intervención nuestra en el caso fue siempre tibia, poco segura. 
Ahora nos reprochan en Bolivia no haber defendido nuestro punto de 
vista con más energía, con argumentos más vigorosos, y es probable 
que no les falte razón. Pero ocurre que nosotros, frente a esas 
controversias que no son, como se nos asegura, verdaderas 
controversias, tenemos posiciones endebles, incómodas. Nos escudamos 
detrás de letras, de papeles, de protocolos, de palabras 
altisonantes. Y creemos que son escudos muy impresionantes, pero en 
realidad, en el mundo contemporáneo, están muy lejos de serlo. 

Un hecho evidente, que a nosotros nos ha tocado de cerca, es el 
completo cambio de foco del sentido jurídico internacional en los 
últimos tiempos. Los diplomáticos del Chile de hoy deberían estudiar 
este punto a fondo, con la máxima seriedad. El principio de no 
intervención, para citar un concepto clásico, tiene mucho menos 
fuerza hoy que hace, digamos, 50 ó 60 años. Se observa, por el 
contrario, y por razones que no son en absoluto menores, un 
crecimiento sostenido, coherente, de una conciencia universal, de una 
opinión pública mundial, que tiende, precisamente, a intervenir en 
todas partes. La detención del general Pinochet en Londres fue una 
manifestación evidente de todo este proceso. Era una ruptura 
flagrante de las normas tradicionales, territoriales, del derecho 
penal, pero obedecía a un sentimiento claro de la conciencia ética de 
estos días. La única respuesta sólida, convincente a nivel 
extraterritorial, consistía en sostener que el juicio era posible en 
Chile. Así se actuó, con ese criterio, y la verdad es que la justicia 
chilena avanzó más de algo en materias de derechos humanos, aun 
cuando estuvo lejos de llegar hasta donde podría haber llegado. Pero 
sólo recuerdo el caso para referirme a la notoria universalización 
del pensamiento ético, filosófico, político de fines del siglo XX y 
comienzos del XXI. Ya no es posible escudarse en la territorialidad 
de la legislación penal o en el carácter exclusivamente bilateral de 
algunas relaciones entre Estados, cuando son asuntos que pueden 
inquietar a toda una región y que afectan a cierta conciencia 
universal contemporánea. 

Cuando se trata de relaciones entre un Estado más fuerte y otro más 
débil, el asunto se vuelve todavía más sensible. Nosotros podemos 
hacer campañas de información de todo orden, pero no hay que ser 
adivino para suponer que el tema de la mediterraneidad de Bolivia va 
a seguir adquiriendo presencia en los escenarios regionales y quizá 
más allá de ellos. No podemos elaborar una política exterior sólida 
sin tener en cuenta este proceso, esto que podríamos definir como un 
nuevo dinamismo de las presiones externas de toda especie. 

En 1975, a partir de las conversaciones entre los generales Banzer y 
Pinochet, se llegó a estar cerca de una solución aceptable. Es 
probable que el Gobierno chileno de entonces actuara presionado por 
las posibilidades de conflicto bélico con Argentina y quisiera 
cubrirse las espaldas. En cualquier caso y por los motivos que sea 
hubo propuestas concretas y se avanzó en las negociaciones. Sin tener 
información desde adentro, llegué a la conclusión de que la actitud 
del gobierno militar peruano impidió llegar a un acuerdo. La llamada 
Revolución Militar estaba lanzada en un plan de reconquista de los 
territorios del norte de Chile antes del centenario de la Guerra del 
Pacífico, esto es, antes de 1979. Ahora la situación política de la 
región ha mejorado en forma notoria. En democracia, sin regímenes 
militares, sería posible replantear esos acuerdos que en 1975 
quedaron a mitad de camino. Sabemos que antes de la caída de Sánchez 
de Lozada había conversaciones bilaterales con Bolivia y suponemos 
que había algún convenio global en ciernes. Ahora, después del 
fracaso doloroso, lamentable, además de tonto, de las negociaciones 
sobre el gas natural, me parece que todo este conflicto de Chile y 
Bolivia, resuelto en el papel, pero en la realidad verdadero nudo 
gordiano del Cono Sur del continente, debe encararse con imaginación, 
con visión de largo plazo, con generosidad. 

Uno siente al escribir sobre estas cosas el peso de una autocensura 
difusa, no explícita, pero se podría citar una larga lista de 
opiniones chilenas que ya son clásicas y que no participan para nada 
del formalismo de nuestros argumentos actuales. El presidente Domingo 
Santa María declaraba ya en 1880: "No olvidemos que no podemos ahogar 
a Bolivia". Vicente Huidobro, el gran poeta de Altazor y de Temblor 
de cielo, escribió en 1938: "Es curioso cómo los hombres se alarman 
por cualquier cosa. Bolivia pide un puerto. ¿Hay algo más lógico?" 
Podríamos multiplicar las citas. Se podría sostener que personajes 
como Vicente Huidobro o Carlos Vicuña Fuentes, el autor de La tiranía 
en Chile, eran disidentes, pero nunca se podría decir lo mismo de 
Domingo Santa María o de Luis Barros Borgoño, quien sostenía algo 
parecido en 1892. Un Cono Sur integrado, modernizado, estable en la 
democracia política, con proyectos económicos del estilo del que 
implicaba la exportación del gas boliviano por puertos chilenos, 
sería un foco de desarrollo extraordinario, un punto de atracción 
notable para las inversiones extranjeras. 

¿O estoy soñando, o estoy pensando sin la responsabilidad que me 
exigen las autoridades competentes? 

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Granvalparaiso.cl  - 26 de enero de 2004

Por la razón de la fuerza
Paul Walder

La historia oficial es una historia sesgada. Nuestra memoria, 
fragmentada y por cierto adulterada, es tratada como un mito 
funcional, un molde seriado de identidades. Un mito necesario 
introducido a la fuerza desde la educación pre-básica, reforzado en 
la familia y vigilado hacia la adultez. Como si ser chileno, el ser 
nacional, fuese una condición tan débil e inestable que cualquier 
reflexión la hiciera tambalear.

La violencia cruza la historia nacional y es también piedra angular 
de la patria, en tanto el discurso patriótico se sustenta en la 
violencia. Este fue el lenguaje de Ricardo Lagos en México, un idioma 
con el que se ha edificado el Estado chileno y que trascendía el 
habla del presidente. No era necesariamente Lagos quien discurseaba 
en Monterrey, era el Estado de Chile, acaso el Ejército, con certeza 
la oligarquía que cruza nuestra malograda historia. 

El discurso de Monterrey, que no es necesariamente -repetimos- el 
habla de Lagos, es un discurso contradictorio, distorsionado. La 
publicitada modernidad económica chilena se estrelló con las bases de 
una nación decimonónica y violenta, dicotomía exhibida hacia toda la 
región que está presente en todos nuestros actos de la política 
doméstica. 

Lagos habló del mismo modo que lo hace cada día nuestra oligarquía, 
la que impulsa el neoliberalismo más desatado, mientras permanece 
amarrada a los ritos más conservadores. 

El neoliberalismo convive en Chile con prácticas feudales. Si ya 
somos súbditos de Estados Unidos, tal vez el país más violento del 
mundo, hemos también reproducido estos genes. Sin embargo, hemos 
dejado estupefacta a toda la región. Como si la amenaza fuese hoy en 
día una virtud, como si el discurso violento pudiera lograr ventajas.

¿Cuál es el mérito cuando se amedrenta al país más pobre de 
Sudamérica? El nuevo rico lo que ha hecho es demostrar su pavor ante 
los más pobres. El gobierno chileno no quiere hablar del pasado; sin 
embargo, se aferra como nadie a un evento pasado, la Guerra del 
Pacífico. Y lo invoca como quien alude a designios divinos, míticos, 
o, acaso, a las fuerzas de la naturaleza. El discurso chileno expresa 
una cerrazón total, que expone, por cierto, la debilidad argumental, 
el temor, la obcecada ceguera. Negarse a una abierta discusión sobre 
la mediterraneidad boliviana es reconocer implícitamente una 
distorsión de la historia y es también expresar un atávico temor 
nacional. Al síndrome boliviano de la mediterraneidad, del encierro, 
los chilenos oponemos el síndrome de la insularidad, del rincón. Nos 
reconocemos como la última frontera regional (y tal vez mundial), "la 
que se cae del mapa", motivo por el que cada centímetro de tierra es 
como una necesaria boya.

Pero también, centímetros más o centímetros de tierra menos, hay 
factores de moldeado cultural. 

No mirar hacia Bolivia es una actitud racista. Es la misma actitud 
que la oligarquía chilena, que ha extendido su cerrazón ideológica 
hacia las otras clases a lo largo de nuestra historia, ha tenido 
durante siglos con el pueblo mapuche. Es una etnia que no se ve, a la 
que se margina y olvida. El mapuche pasa a ser una extraña entidad, 
por cierto que una cultura recóndita y exótica, alejada y bien 
segregada de lo que se entiende como lo chileno. ¿Y qué es lo 
chileno? ¿Lo ibérico, lo ario, lo británico, lo francés y hoy también 
norteamericano? Lo chileno, respondemos, es la hibridez, el mestiz
aje, es lo mapuche enraizado en prácticamente toda la población. Ser 
chileno es reconocerse -tan simple como mirarse en un espejo- en esta 
historia de mixturas étnicas y culturales.

La política exterior chilena está perdida. Por un lado se jacta de 
sus éxitos económicos; por otro, da la espalda y desprecia a sus 
vecinos. Chile, en lo que ha sido una práctica de la política 
contemporánea, olvida, vacía la memoria. Como si no pensar e invocar 
a viejos mitos fuese una solución ante una comunidad reflexiva y 
lúcida. El discurso chileno en Monterrey fue elaborado esta vez no 
para elogiar al Banco Mundial y al FMI, sino al Ejército y a la 
oligarquía nacionales. Un discurso de un gobierno oportunista: 
neoliberal con los neoliberales y conservador, como el que más, para 
los conservadores. 

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Rebelión - 30 de diciembre de 2003

La historia favorece petición de Bolivia
Hernán Uribe

Periodista y escritor chileno

En 1879 Chile tenía una superficie de 576 mil kilómetros cuadrados, 
pero en la mal llamada Guerra del Pacífico que se inició ese año y 
finalizó en 1883 creció al apoderarse de l80.000 km2 pertenecientes a 
Bolivia y Perú. Este último perdió las extensas provincias deTarapacá 
y Arica y el primero la de Antofagasta cuyo territorio limitaba con 
el mar Pacífico.

Esa guerra de conquista propiciada por una pujante y agresiva 
burguesía chilena y que contó con el respaldo económico de 
Inglaterra, potencia imperial de la época, es la causa primaria del 
enclaustramiento boliviano, cuya reivindicación marítima se renueva 
en estos días finales de 2003.

Algo que pasa, del sofisma al cinismo, es el "argumento" invocado, 
entre otros, por Augusto Pinochet, de que Bolivia nunca tuvo mar. 
Hechos históricos, léase confirmados, contradicen de plano tal 
planteamiento. Bolivia se independizó en 1825 y en 1829 el presidente 
Andrés Santa Cruz fundó la provincia de Antofagasta y en seguida la 
ciudad-puerto del mismo nombre.

Hasta la mencionada guerra, Chile limitaba al norte con Bolivia, 
aunque es verdad que, desierto de Atacama (l32.000 km2) de por medio, 
las fronteras eran imprecisas y es por ello que en l866 se firma 
entre ambos países un tratado de límites por el cual Chile reconoce 
la soberanía boliviana en la región de Antofagasta y se fija el 
límite septentrional (para Chile) en el paralelo 24.

El conflicto que estalló un siglo y cuarto atrás, debió, en puridad, 
llamarse Guerra del Salitre y del Guano (estiércol de aves) ya que 
fueron empresas chilenas las que comenzaron la explotación de ambos 
productos(apreciados fertilizantes) en territorios bolivianos y 
peruanos. Fue la imposición de impuestos y el peligro de una 
expropiación de las industrias chilenas, lo que desató realmente las 
acciones bélicas.

Se trató, entonces, de un ataque invasor que en Chile se convertiría, 
por obra y gracia de la propaganda, en una "guerra patriótica". ¿Por 
que ese calificativo? Que los soldados chilenos pelearon con bravura 
es una verdad, pero también es cierto que lo hicieron- sin quererlo- 
para defender los intereses de los multimillonarios de la época.

Al margen de que Chile incrementó su territorio, el gran beneficiado 
con la explotación del nitrato de sodio (salitre) fue el imperialismo 
inglés. Después de la guerra, los capitalistas británicos compraron 
depreciados bonos emitidos por el gobierno de Perú y adquirieron así 
nuevos yacimientos. John Thomas North fue motejado como el "rey del 
salitre", y lo era, ya que en l886 controlaba el 70 por ciento de esa 
riqueza teóricamente ahora chilena.

La guerra comenzó el l4 de febrero de 1879 precisamente en territorio 
boliviano y con la ocupación de Antofagasta por tropas chilenas 
trasladadas por vía marítima. Tan pronto como en l880 se firmó entre 
Bolivia y Chile un Tratado de Tregua y en 1904 el denominado Tratado 
de paz, por el cual Chile se quedó con la provincia de Antofagasta y 
Bolivia perdió su litoral. Es claro que, vencida, esa cláusula le fue 
impuesta con el poderoso argumento de las armas, Santiago Carrillo 
dixit. Chile pudo de esa manera limitar al Norte con el Perú y en eso 
fue previsor pues Lima jamás ha renunciado a la eventualidad de 
recuperar los que fueron sus territorios sureños.

Esos son los factores históricos que le dan poderosa fuerza moral a 
Bolivia para deshacer algo que se impuso por la fuerza. Mas, tampoco 
se puede satanizar a Chile si rememoramos que en la segunda mitad del 
siglo XIX la mayoría de las naciones europeas tenía colonias en todos 
los continentes luego de haber agredido y ocupado a centenares de 
naciones sin ninguna justificación ética, como no fuera la falsedad 
mayor de "civilizar" y cristanizar.

Es asimismo el tiempo en que Estados Unidos se ha apoderado de la 
mitad del territorio de México restándole nada menos que dos millones 
de km2. La guerra era admitida como un método normal y apropiarse de 
lo ajeno regía en aquella suerte de desorden internacional. En 
Shangay, China, ocho naciones habían construido instalaciones en el 
puerto y en la entrada del recinto habían colocado un letrero 
ominoso: "Prohibido el ingreso de chinos y perros"...Todo aquello era 
practicado por naciones que se decían "democráticas" y los nacientes 
países latinoamericanos procuraban imitarlas.

Cerca del fin de año aún permanece en los medios políticos y 
periodísticos chilenos la tempestad que desató en noviembre pasado el 
presidente venezolano Hugo Chávez cuando dijo "sueño con bañarme en 
una playa de Bolivia", frase de corte metafórico que fue un claro 
respaldo a la reivindicación boliviana de recuperar su litoral en el 
Pacífico.

Como Chávez habló en la Cumbre Iberoamericana efectuada en la ciudad 
boliviana de Santa Cruz de la Sierra y en presencia del presidente 
chileno Ricardo Lagos, el gobierno de este último, se molestó de tal 
manera que llamó a su embajador en Caracas e insinuó hasta un 
congelamiento de las relaciones diplomáticas.

Chávez, empero, mantuvo la calma y en diciembre en su programa radial 
"Aló Presidente", proclamó en dos ocasiones que Chile le quitó el mar 
a Bolivia mediante una guerra. "Bolivia tuvo mar y tiene derecho al 
mar y Chile no debe desfigurar una verdad histórica", afirmó.

Después de Chávez, la demanda boliviana ha recibido el respaldo del 
ex presidente yanqui Jimmy Carter, del propio secretario general de 
la ONU, Kofi Annan y del canciller de Brasil, Celso Amorim quien 
adujo que si bien es un problema bilateral, lo es también de interés 
regional. "Preocupa avance boliviano. Bolivia y Venezuela complican a 
canciller" escribe el 24 de diciembre el diario chileno "El 
Mercurio", el cual reconoce que la tesis oficial de Santiago de que 
"no hay problemas pendientes con Bolivia" se está desmoronando.

Aunque tozuda, la postura chilena es de extrema debilidad y por ello 
teme a que el problema se internacionalice, sobre todo en una etapa 
como la actual en que Chile es observado como un país que sólo mira 
hacia Estados Unidos y Europa y abandona cualquier esfuerzo 
integracionista regional. No se olvida la cancillería chilena que hay 
antecedentes favorables a Bolivia. En 1979 -al cumplirse el 
centenario de la guerra- la Organización de Estados Americanos (OEA) 
respaldó la salida al mar por 25 votos a favor y en contra el 
solitario de Chile. En 1983, los cancilleres del Movimientos de los 
No Alineados apoyaron, de nuevo, sin vacilaciones la petición de La 
Paz.

Como es sabido, las relaciones diplomáticas entre Santiago y La Paz 
están rotas desde 1962 (con una reanudación breve durante las 
dictaduras de Pinochet y Banzer), pero ello es sólo una de las 
secuelas de la Guerra del Salitre, ya que son frecuentes los 
conflictos con Perú, incluidos los espionajes mutuos.

El anuncio de una alianza estratégica entre Brasil y Argentina es 
ahora, en vísperas del 2004, un golpe sin defensa por parte de Chile, 
que emerge como un recalcitrante "yes man" de Washington en un 
periodo en que se constatan relevantes cambios políticos en la 
geografía del subcontinente latinoamericano.

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Granvalparaíso.cl - 19 de enero de 2004

Evo Morales y el mar boliviano
Alejandro Navarro

Diputado PS de Chile

Categórico repudio merece el portazo que se le dio en Chile al 
diputado boliviano Evo Morales, utilizándolo como chivo expiatorio 
para eludir el tema de fondo, que son nuestras relaciones con el país 
vecino, en el contexto latinoamericano y de cara al futuro. Tal 
portazo resulta aún más incomprensible después de que Evo aclarara la 
tergiversación de sus declaraciones que le hicieron admitiendo la 
posibilidad de una guerra con Chile y manifestara su apoyo a la 
propuesta del Presidente Lagos de reanudar, inmediatamente, las 
relaciones diplomáticas entre ambos países.

No deja de llamar la atención que frente a temas que requieren una 
visión de Estado del siglo 21, aparezcan entre nosotros voces que 
hablan de Patria a diestra y siniestra, queriendo adueñarse de ella. 
En este caso, se ha desatado una suerte de esquizofrenia en algunos 
sectores políticos para negarse a dialogar con Evo Morales y, 
adicionalmente, descalificar y estigmatizar a priori a quienes 
hacemos del diálogo una de las fuentes de nuestros principios y de 
nuestra práctica política.

El problema pareciera ser -aunque me resisto a asumirlo- que Evo 
Morales es aimará, tiene la tez morena y los cabellos duros. Tal vez 
si fuera descendiente de español o europeo, tuviera la piel blanca y 
el pelo castaño o rubio, seguramente si habrían aceptado el diálogo 
e, incluso, lo habrían defendido. Claro ejemplo de este tipo de 
discriminación y de doble discurso, es el caso del Paul Schaffer, de 
la Colonia Dignidad. Ninguna de las patrióticas voces que hoy se 
alzan contra Evo se levantó para denunciar al siniestro pedófilo 
germano.

Otro argumento en el mismo sentido es que en nuestro país se llama 
terroristas a los lonkos mapuches acusados y condenados a cinco años 
de cárcel, luego de repetir el juicio que los había absuelto, sobre  
la base de testimonios y pruebas dudosas. Pareciera ser que se quiere 
establecer como precedente que todos los indígenas, sean chilenos o 
extranjeros, son merecedores de los peores descalificativos, por el 
sólo hecho de serlo. Lamentablemente, pareciera que este virus de la 
intolerancia y de rechazo al diálogo -peor que la neumonía asiática y 
la 'fiebre de los pollos'- también ha 'contagiado' a los sectores y 
representantes del llamado sector progresista de la política chilena, 
enfermándola de los mismos defectos que rechazamos -o rechazábamos- 
en los sectores conservadores de nuestra sociedad. 

¿Dónde está la lucha por el latino americanismo del PS, representada 
por el hacha sobre el mapa de Sudamérica en su bandera?.

Respecto de la invocación de la sangre derramada en la guerra contra 
Bolivia, como argumento para rechazar cualquier diálogo con Bolivia, 
cabe señalar que los mismos que se llenan la boca con el heroísmo de 
aquellos patriotas, olvidan mencionar que todos murieron pobres y 
olvidados, que de su legado y testimonio hoy nadie se acuerda. Cuando 
uno ve el mausoleo a estos héroes en Iquique, pareciera que la 
Patria, la sangre y el heroísmo sólo sirvieron para resolver un 
problema de política coyuntural.

Aunque la propuesta del Presidente Lagos en Monterrey, en el sentido 
de ofrecer reanudación de relaciones diplomáticas, aquí ahora, es un 
paso concreto hacia una nueva dimensión en los vínculos entre ambos 
países, cada día se hace más difícil negar la existencia de un 
conflicto. A pesar de que Chile no cesa de precisar que se trata de 
un tema bilateral, tiene que pasarse dando explicaciones al resto de 
los países del continente.

La negación del conflicto es el peor error de la diplomacia chilena. 
El problema de Chile entre Chile y Bolivia no es Evo Morales, ya que 
él sólo es el reflejo de la historia entre ambos pueblos: los niños 
bolivianos crecen reivindicando un mar 'arrebatado' por la fuerza, y 
los niños chilenos se educan sobre una historia de guerra y de muerte 
victoriosa.

Los problemas con los países vecinos no se pueden ni se deben obviar. 
No podemos caer en la misma actitud de quienes juzgaron a Galileo, 
queriendo imponer una verdad que no era. Negar el conflicto no es una 
política estratégica. Chile se ha dedicado -y está bien- a hacer 
buenos negocios. Es la hora de tener, también, más y mejores 
relaciones diplomáticas.

Mantener relaciones económicas sólo con los países del Mercosur no es 
suficiente. Además de la materialización de un tratado de libre 
comercio con el país vecino, Chile debiera adoptar otras medidas que 
demostraran buena voluntad, como nombrar a un Cónsul General en 
Bolivia que equipare al que Bolivia nombró en nuestro país, cargo que 
ocupa el ex Canciller Víctor Ricco. 

Chile debe ser consecuente con su discurso y no hacer el juego a las 
pretensiones electorales ni de Morales ni de Mesa -que sólo potencia 
el discurso duro-, porque nuestras relaciones internacionales están 
por sobre eso. Nos guste o no, Evo Morales es un líder agricultor e 
indígena que representa un sentimiento y una sensibilidad boliviana. 
Dialogar no nos obliga a nada y, por el contrario nos permite 
mantener una política de puertas abiertas con quien, eventualmente, 
puede llegar a ser Presidente del vecino país.

Abrigo la esperanza de que más allá de esta serie de desafortunados 
desencuentros diplomáticos, chilenos y bolivianos podamos encontrar 
puntos de trabajo e interés común. Uno de ellos, sin duda, será el de 
las comunidades indígenas y los pueblos originarios, que confío 
puedan llegar a convertirse en un punto de integración, especialmente 
en la macro región andina que, por cierto, involucra de muchas formas 
a la zona norte de Chile.

Confío en que el gobierno del Presidente Lagos seguirá asumiendo la 
tarea de defender a Chile, pero también la de liderar Latinoamérica, 
teniendo iniciativa política y diplomática ante nuestros vecinos. 
Igualmente, espero que el PS asuma, con lealtad para con el gobierno 
de Lagos, pero también con libertad, el diálogo con todos los 
sectores y líderes progresistas del continente.

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selección de textos:
augusto alvarado
aonikenk02 en hotmail.com
buenos aires - argentina


Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar

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"Sí, una sola debe ser la patria de los sudamericanos".
Simón Bolívar al gobierno secesionista y disgregador de 
Buenos Aires, 1822
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