[R-P] RV: Surgimiento y Desaparición de la Gran Colombia
Víctor Morón
vicmoron en cantv.net
Mie Dic 29 06:38:36 MST 2004
Un excelente envío de Bob Weiss.
www.aporrea.org (28/12/04) -
http://www.aporrea.org/dameletra.php?docid=11292
Surgimiento y Desaparición de la Gran Colombia 1819 – 1830, una visión
alternativa
En conmemoración de los aniversarios 185° de la creación de la República de
Colombia y 174° de la muerte de su Padre Fundador El Libertador, Simón
Bolívar
Por: Fermín Toro Jiménez
El proyecto de Monarquía en Colombia fue una amenaza a la autodeterminación
popular conquistada a sangre y fuego por los pueblos de la América Hispana,
amenaza que fue repudiada explícitamente por el Libertador. Pero la secesión
de Venezuela que fue un golpe cierto y mortal, significó simplemente la
desaparición misma del Estado nacido de esa autodeterminación popular . A
los ojos británicos pareció la vía mas expedita para remover radicalmente el
obstáculo de una organización política que, a pesar de sus carencias, de
haber sobrevivido habría constituido, independientemente de la forma
política adoptada, un centro de poder irrefutable en América del Sur. Este
golpe de gracia fue el resultado de una habilidosa diplomacia que al mutilar
y disolver la República dejó simultáneamente en reemplazo una constelación
de pseudo Estados sin consistencia interna, al garete, excéntricos e
inermes, aislados unos de otros, sometidos a un régimen de dependencia y
subordinación económica y política sin futuro ni viabilidad política.
Retomemos ahora la secuencia de dicha acción diplomática, cuyos perfiles no
fueron otros que los de una conjura de lesa patria por parte de quienes la
secundaron en Venezuela, lo que hasta ahora ha estado oculto como resultado
de una amnesia colectiva inducida por la Historia oficial.
Si desplegamos un mapamundi correspondiente al año 1830, descubriríamos
enseguida como aparecieron en aparente sincronía dentro del sistema
internacional de Estados naciones, varios nuevos Estados, con algunas
características similares, ubicadas en distintas regiones de la geografía
mundial. Grecia, al fondo del Mediterráneo Oriental dentro de los confines
del Imperio Otomano y próxima a los Estrechos y a Rusia por el Mar Negro;
Bélgica situada frente a las costas británicas, deslindada entre el Canal de
la Mancha, los Países Bajos y Francia; la República Oriental del Uruguay
entre el Imperio del Brasil, el Paraguay y las Provincias Unidas del Río de
la Plata y Venezuela, un inmenso territorio sin límites hacia el Sur, de
frente al arco de colonias británicas del Caribe y disociada de la Nueva
Granada. Los rasgos particulares que identificaron por igual los llamados
“procesos nacionales” según la Historia Universal eurocéntrica, de formación
de Grecia, Bélgica, Uruguay, Ecuador y Venezuela consistieron en la carencia
originaria de identidad socio política y de intereses nacionales, lo que
todavía perdura en mayor o menor grado, en diversos continentes y latitudes
del planeta donde perdurarán los regímenes neocoloniales surgidos de la
descolonización de la segunda mitad del Siglo XX. Estados creados desde
afuera por la “benevolencia” de un poder extraño y ajeno a ellos como
reflejo de estructuras internacionales, es decir como repúblicas de fachadas
requeridas y diseñadas por los intereses imperiales británicos.
Reflexionemos por un instante sobre la identidad de un belga, de un griego,
de un oriental o uruguayo de un ecuatoriano o de un venezolano en aquel
momento y difícilmente podríamos reunir rasgos identificatorios decisivos de
una formación político-social específica. A lo sumo podríamos vincular a los
griegos con reminiscencias de un pasado clásico conocido en la historia de
Esparta y Atenas y sus respectivas civilizaciones de la Antigüedad. Pero
nada tenían que ver los griegos de 1830 con ese pretérito como no fuera el
testimonio de las ruinas de templos, ágoras y circos entre las cuales
apacentaban las cabras de un pueblo pastoril por lo demás reculturizado por
siglos de dominación otomana; poco podemos también decir de los belgas a
quienes, según su procedencia difícilmente podríamos distinguir de un
francés o de un holandés de las regiones aledañas, si recordamos a un
uruguayo, todavía hoy nos cuesta algún trabajo distinguirlo de un argentino.
Es un hecho conocido en el debate historiográfico uruguayo que una de las
tesis o posiciones asumidas se funda todavía con o sin razón en la
interrogante si se trata de un Estado viable, en razón de sus orígenes. Si
finalmente, nos topáramos con un venezolano de aquel momento y aun de muchos
años después, salvo el recuerdo del “ejemplo que Caracas dio”como dice
nuestro Himno nacional producto de episodios de guerra civil con rasgos
posteriores de insurrección anticolonial, en poco nos diferenciamos de los
colombianos de la montaña, de la costa o de los llanos. Si hay algún
destello de una primera identidad afirmada desde finales del Siglo XVIII en
la Historia vernácula venezolana, correspondería en propiedad a los
orientales; los demás eran y fueron, a pesar de su indeclinable voluntad de
autodeterminación, virreinales o de rasgos virreinales. Excluimos
expresamente a la élite cívico-militar libertadora cuya acción libertadora
integró en un solo destello la América del Sur de origen hispánico,
alumbrada por la consciencia de sus pueblos en rebelión anticolonial.
Lo que queremos expresar con lo dicho, es que los Estados nombrados no
fueron otra cosa, en el momento de su aparición y por mucho tiempo después
criaturas del Imperio británico, emanaciones de éste, fachadas cosméticas de
un estatuto neocolonial, sin vida propia y con fuerte dependencia del
Imperio en grados variables. Si observamos en particular el momento mismo de
la creación de los Estados en cuestión veremos que constituyeron cada uno la
solución a un nudo de contradicciones diseñadas por el gabinete británico en
respuesta a necesidades de seguridad o de propósitos de expansión económica.
Grecia aglutinada, débilmente alrededor de la Hetairía, resultó ser un
producto de un compromiso político entre los intereses en pugna de Rusia en
su expansión hacia el Mediterráneo y su rivalidad consiguiente con el
Imperio Otomano, guardián en los Estrechos del acceso al Mar Negro, que
resistía a la expansión Rusa a pesar de su descomposición interna desde el
siglo XVIII, y los intereses imperiales ingleses en el Mediterráneo Oriental
que desde sus bases en las islas jónicas rivalizan con Rusia y utilizan el
respaldo a la Sublime Puerta para frenar las intereses del imperio
moscovita. Es una resultante también de la expansión del Imperio de los
Habsburgo y sus intereses danubianos en contraposición a Rusia y al Imperio
Otomano y de la reaparición de Francia como potencia mediterránea a partir
de 1818, generalmente subordinada a las decisiones inglesas. El desenlace de
las contradicciones, el reconocimiento del movimiento filohelénico por
Canning en 1825, el tratado franco-anglo-ruso de 6 de julio de 1827, la
derrota de la flota otomana en Navarino en 1827 y la paz de Adrianópolis en
1829, fueron los hilos que condujeron al surgimiento de un Estado griego
tutelado por la Gran Bretaña y dotado como tal de un gobernante escogido por
la Casa real inglesa, una tajada territorial arrancada al Imperio Otomano y
una pieza política inglesa en el Mediterráneo Oriental para mantener el
control sobre los Estrechos y cerrar el paso a las pretensiones rusas de
acceso y dominio del Mediterráneo.
Si atendemos el caso de Bélgica, arribaríamos a una conclusión parecida. La
insurrección belga de 25 de agosto de 1830, de por si insuficiente para
triunfar sin apoyo externo, desató otro mundo de contradicciones entre
Francia, Inglaterra, los Países Bajos y Rusia principalmente, que fué la
primera fractura del estatuto territorial establecido en 1815.
Contradicciones entre los Países Bajos y quienes habían formado parte de
éstos en el pasado; entre Francia, pescando en río revuelto por el
engrandecimiento territorial con la posible incorporación de las regiones
francesas de Bélgica y la Gran Bretaña que veía amenazada su flanco de
seguridad por las aspiraciones francesas sobre la costa de Flandes;
finalmente contradicciones entre Rusia como potencia legitimista defensora
del statu quo postnapoleónico, Francia e Inglaterra. La salida al conflicto,
fue también diseño británico a saber: la independencia de Bélgica un régimen
de neutralidad y un príncipe propuesto por los británicos como soberano del
nuevo Estado: Leopoldo de Sajonia-Coburgo.
Si nos trasladamos al Río de la Plata el escenario de la guerra entre el
Imperio brasileño y las Provincias del Río de la Plata por la Banda Oriental
desde 1825 hasta 1828, prolongaba el viejo conflicto territorial entre los
antecesores, Imperios coloniales español y portugués en América del Sur. El
conflicto termina con la Convención Preliminar de Paz de 27 de agosto de
1828 de donde emerge prácticamente por arte de magia la República Oriental
del Uruguay como Estado tapón entre el Imperio del Brasil y las Provincias
argentinas. La acción decisiva en este parto político a pesar de la figura
el liderazgo y la huella del prócer de José Gervasio Artigas y quienes lo
secundaron, fué la intervención británica a través de la mediación de Lord
Ponsonby. El mundo de las contradicciones entre las Provincias Unidas del
Río de la Plata y el Imperio brasileño entre aquellas y éste y el movimiento
de José Gervasio Artigas y los intereses ingleses tras y uno otro bando,
concurrieron a la construcción del nuevo Estado, que al momento era difícil
diferenciar de una provincia argentina.
Por último volvemos la mirada a la aparición de la República de Venezuela
por la secesión de la clase dirigente venezolana y la consiguiente
disolución de la República de Colombia. La fragmentación y extinción de
Colombia, así como la creación de Venezuela fueron también obra británica.
En esta acción política y diplomática también tuvieron una importante
participación los Estados Unidos de América en su doble condición de aliados
y simultáneamente de rivales de Inglaterra. En este caso los hechos se
produjeron igualmente como una salida a un complejo de contradicciones
inextricables. Dentro de ellas, entre otras, mencionamos los conflictos
entre las nacientes oligarquías venezolana y neogranadina, el antagonismo
comercial y político entre Inglaterra y los Estados Unidos; el conflicto
potencial entre las posesiones coloniales británicas en el Caribe, Colombia
y las iniciativas del gobierno francés bajo la restauración que renacía de
las guerras napoleónicas, que después para disputar a Alivión, territorios y
pueblos de ultramar. Sin embargo, la ejecución del plan de desmembración de
Colombia fue exclusivamente británico; la forma que adoptó fué una
conspiración cuyo actor principal fue el Almirante Charles Elphistone
Fleeming, nacido en 1774 y fallecido en 1840, Jefe de la Estación naval
británica en las Antillas y miembro del Parlamento su esposa de nacionalidad
española Catalina Paulina Alessandro. Sus cómplices internos no fueron otra
cosa que un cenáculo minúsculo de personajes civiles y militares de Caracas
y Valencia, ajenos a toda voluntad popular motivados por el líder visible de
los conspiradores, General José Antonio Páez, enemigo jurado del Libertador
y de Colombia, seducido y financiado por sus “amigos” ingleses. Es necesario
colocar este complot en el centro de nuestra historia como bisagra que
explica el surgimiento de Venezuela como Estado en 1830 y como instrumento
de demolición de Colombia a fin de no seguir escamoteando la verdad y
falsificando nuestros orígenes como Estado. La dinámica de esta
confabulación que se desarrolló entre 1829 y 1830 concluyó exitosamente.
Las instrucciones vinieron seguramente de Londres donde se analizó la
situación de Colombia y se tomaron las decisiones pertinentes.
Si nos situáramos en Londres como observadores y tratáramos por un momento
de ponernos, como se dice, en los zapatos de los autores y ejecutores de la
política exterior británica, no nos habrían inquietado al principio las
informaciones ambiguas y contradictorias recibidas a diario, sobre la
creación de un nuevo Estado en Angostura a fines de 1819, consolidado en 821
en Cúcuta, que pretendía abarcar las cabeceras; fachada norte de América del
Sur, ya que su supervivencia dependía al momento de la suerte de las
victorias y reveses en que se debatían las armas republicanas, que tarde o
temprano tendrían que enfrentarse al poderoso baluarte realista del Perú.
Pero una vez que el correo de ultramar informó del postrero clarín español
en América en diciembre de 1824 y la creación de la República de Bolivia en
agosto del año siguiente, serios motivos de inquietud deben haber aparecido
para el futuro del Imperio. En un vasto territorio asolado por las guerras
de independencia y dividido por facciones, se irguió de pronto como una
arquitectura política de dimensiones colosales (si atendemos a la medida de
los Estados que existían para la fecha, incluidos los Estados Unidos) que
alteraba el equilibrio universal. La República de Colombia, como Estado
protonacional, representó una eclosión política natural, contemporánea
paralela y sincrónica al ascenso de las nacionalidades en Italia, en
Polonia, en las posesiones desintegradas del Imperio Otomano en los Balcanes
y en los Países Bajos austriacos, dolor de cabeza para las testas coronadas
del absolutismo europeo, recién restauradas unas o reforzadas otras por la
restauración. El Gabinete Inglés no podía enjuiciar en lo adelante, con la
misma displicencia calculada que había demostrado un Canning ante los
verdugos de la Santa Alianza, cuando lo invitaban a la represión de los
movimientos nacionales en el continente europeo.
La República de Colombia, con vocación y tendencia democrática, nace en los
confines el Imperio británico como un desafío a la hegemonía anglosajona y
un obstáculo a su libre expansión. Aparece de pronto como único actor
internacional interlocutor, en una periferia mundial excluyendo los Estados
Unidos donde todo era sumisión, miseria y resignación para los pueblos de
Asia, América y Africa. Esta edificación política, a los ojos británicos no
era cosa de tomar a la ligera; nació fraguada a sangre y fuego por una élite
cívico-militar basada en los propios recursos y auxilios de venezolanos y
neogranadinos, probada en la guerra y en los quehaceres de la administración
del Estado; sus bases eran sólidas y sus potencialidades de crecimiento
auspiciosas. La base económica fuente de sustento y prosperidad de un
Estado, consistía en la producción agrícola y pecuaria como relaciones y
actividades dominantes, y como actividades secundarias la manufacturera
artesanal y minera. La población de 4 ó 5 millones de habitantes, se
distribuía dispersa sobre un territorio, muy amplio, en parte inexplorado
concentrada por la herencia colonial, en islotes establecidos y sólidos de
producción y exportación, que necesariamente habrían de ser el punto de
partida de su desarrollo económico para formar un mercado nacional; disponía
también de costas y accesos fluviales y lacustres que la conectaban al
interior y exterior del continente, como el Esequibo al este, el Amazonas al
sur, ríos y lagos en el istmo de Panamá, costas marítimas en el Caribe, en
el Atlántico y en el Pacífico. Disponía de un ejército de 26.000 hombres en
pié de guerra, aguerrido y fogueado en diez años de lucha, acostumbrado a
recorrer las mayores distancias y superar obstáculos para culminar en
victoria; del poder naval de una marina corsaria con buques modernos,
ejerciendo un poder dominante y sin rival en el teatro de operaciones del
Caribe, temible, para la todavía incipiente marina de guerra norteamericana,
o las marinas españolas o francesa, capaz de liberar el último reducto
español en México en San Juan de Ulúa, de asolar el comercio español francés
y norteamericano en las Antillas, de llevar a bordo el proyecto de
independencia de Cuba, Puerto Rico y hasta de las Filipinas; una
organización burocrática cimentada inicialmente en la infraestructura
político-administrativa central del Virreinato de la Nueva Granada y las
extensiones regionales de ésta, en Quito y en Caracas, que ofrecían un punto
de partida necesario y probado desde el siglo XVI para ulterior crecimiento
y perfectibilidad. Finalmente, una diplomacia integradora y lúcida con
Bolivia, el Perú, Chile, la República de Centro América y México y los
proyectos de una Confederación Andina. Una masa o núcleo de poder como ésta,
irresistible en América del Sur y del Centro, no podía ser pasado por alto
por el Foreign Office. Una vez se le había escapado ya de las manos al
Gabinete inglés el brote de identidad nacional colombiana que los primeros
legionarios británicos habían tratado de abortar en sus orígenes, en el
Palacio de Gobierno de Angostura. Pero ahora la peligrosidad del nuevo ente
político debió haber sido percibida como múltiple desde diversas
perspectivas. En primer lugar, era un impedimento al libre acceso de las
mercaderías a toda la costa norte de América del Sur, cuyo acceso había que
negociar, no imponer en posición de supra-subordinación, como hubiera podido
hacerse con la débil y devaluada y dependiente monarquía española, sino de
soberanía a soberanía, para suspender o neutralizar las medidas fiscales que
había comenzado a legislar el nuevo Estado en beneficio de su autarquía
económica y su autodeterminación política. En segundo lugar, la presencia
del Estado colombiano en ambas riberas de la desembocadura del Orinoco, en
posición dominante frente a Trinidad, no sólo era un impedimento a las
aspiraciones británicas sobre el sistema fluvial, también acechaba el
dominio inglés sobre Trinidad, de reciente y aún no consolidada posición. En
tercer lugar, un gran temor señoreaba en las autoridades británicas de las
Antillas ante el destino de la mano de obra esclava en las islas coloniales
caribeñas. La insurrección de los esclavos era una amenaza cotidiana que la
Revolución en Haití y la libre nación de los esclavos en Tierra Firme no
hacía sino incrementar. El hecho de que sobre la costa norte de Suramérica
desde el Esequibo hasta los confines de Costa Rica con Panamá existiera un
Estado donde se había abolido la esclavitud, constituyó también un factor de
peso en los analistas británicos. Al respecto un militar irlandés en tierra
venezolana, que pareciera haber sido una contrafigura de Daniel Florencio
O’Leary en carta dirigida al Duque de Wellington desde Trinidad, el 1° de
agosto de 1829, Jorge D. Flinter, explicaba:
“…Estas fieras de la revolución, no contentas con haber establecido
la anarquía, la miseria y la guerra civil entre 17 millones de habitantes –
felices y satisfechos bajo el dominio de la España, más felices con mucho
que los habitantes de cualquier otra colonia de la Tierra – quisieron en la
rabia de la revolución, en la esperanza del pillaje, envolver a españoles,
franceses y holandeses, en una ruina común. Su objeto no es, Señor, la
libertad, es el robo y la venganza, su objeto es soltar los esclavos contra
sus amos y hacer a los pacíficos negros los instrumentos de sus horrendos
vicios. ¡Que el cielo evite este golpe! ¡Que la sabiduría del gobierno de
S.M interponga una mediación poderosa y oportuna!. Aún no es demasiado
tarde, pero la dilación está llena de peligros. Si la chispa escondida llega
a hacerse llama todas nuestras islas occidentales serán consumidas en el
incendio general. Tal, Señor, es el estado de la efervescencia entre los
individuos de color que si se agita la cuestión de la emancipación de
cualquier modo ahora, llenará de peligros y convertirá a los pacíficos y
contentos negros en enemigos implacables, haciendo a todas las Indias
Occidentales un teatro de conmoción y derramamiento de sangre. Qué
consecuencias espantosas no debemos de consiguiente temer de que se manden
deliberadamente emisarios instruidos a Cuba y Puerto Rico, que contienen más
de un millón de esclavos, con el objeto de reducirlos a la rebelión con
promesas de libertad, los atractivos de la riqueza y la esperanza del rango
y el poder…Desgraciadamente, Señor, en todas nuestras colonias, por ejemplo
y contagio de la Independencia de América del Sur, un espíritu de subversión
e innovación fundado en sistemas visionarios no aplicable a la vida real, se
ha posesionado del espíritu público: sus efectos están escritos en
(con)colores demasiado permanentes para que puedan borrarse con facilidad.
La rabia de la reforma, los pleitos de partido, el conflicto de (en) los
intereses y pasiones contradictorias, han producido una tempestad cuyas
consecuencias están en nuestra vista”.
En cuarto lugar, la presencia de Colombia en el Caribe Occidental, en el
Pacífico y en el istmo de Panamá, era un factor incómodo a las pretensiones
inglesas de control sobre las comunicaciones entre o a través del istmo de
Panamá hacia y desde el Lejano Oriente, y también sobre las comunicaciones
entre el Río San Juan, el Lago de Nicaragua y el golfo de Fonseca. En quinto
lugar, lugar la posición de la nueva República en el Caribe Occidental
apuntaba también hacia el bastión estratégico de la Gran Bretaña en el
Caribe desde el siglo XVII, Jamaica. En sexto lugar se trataba de un Estado
protonacional republicano que casi rodeaba de norte a sur la Monarquía
absolutista del Brasil, cuyas fronteras no trascendían del río Amazonas, por
lo que era motivo de inquietud no sólo para la Corte de los Braganza, sino
para el Procónsul británico en Río de Janeiro. En séptimo lugar, el delicado
equilibrio de poder en la cuenca del sistema fluvial Río de La Plata,
Uruguay, Paraguay y Paraná y la disputa secular entre la Argentina y el
Imperio brasileño, manipulado en doble juego por la diplomacia británica,
amenazaba de complicarse por la presencia del nuevo factor de poder estatal,
no sólo diplomático sino militar. Colombia habría podido alterar la balanza
de poder que garantizaba la hegemonía de Inglaterra en la región; por
último, la hegemonía colombiana en el Perú y el mecanismo de las alianzas
con la República de Centro América, México y Chile era una barrera, al menos
potencial, también a la penetración británica en Centro América y en toda la
costa occidental de la América Central y del sur y una posición estratégica
o dominante en la segunda alternativa de tráfico marítimo en las rutas de la
expansión británica en ciernes hacia el Lejano Oriente, el estrecho de
Magallanes.
Este universo de peligros, barajado y analizado en Londres después de largo
y detenido cocimiento, posiblemente generó la decisión de reconocer a
Colombia y de celebrar con ella un Tratado de Amistad y Comercio en 1825 y
de iniciar la labor de zapa subterránea, para disolverla en concierto o con
la inteligencia benevolente de la diplomacia y la intriga norteamericana,
para cuya clase dirigente (la aristocracia esclavista sureña), Colombia era
también una entidad política en las proximidades del golfo de México, rival
y activa en las costas del azúcar, del tabaco y el algodón desde New Orleáns
hasta Charleston, donde la esclavitud vivía uno de sus capítulos más
oprobioso.
La realización del designio británico se puso en práctica durante el reinado
de Jorge IV, siendo Primer Ministro el Duque de Wellington y Secretario de
Asuntos Exteriores Lord Aberdeen se inició formalmente el 7 de abril de 1829
con una visita a Caracas del Almirante Fleeming. Según José Manuel Restrepo,
testigo de excepción de los acontecimientos y autor de “Historia de la
Revolución de Colombia”
“…algunos dijeron entonces que había dado buenos consejos a Páez a
favor de la Unión colombiana; pero lo cierto es que se declaró enemigo del
Gobierno del Libertador; que desde Caracas fue a Valencia repetidas veces a
verse con Páez, a quien diera consejos para que llevase a cabo su
revolución; que ofreció premios y empleos en la isla de Trinidad a algunos
de los mas atrevidos separacionistas; que dio plomo de la fragata inglesa
que le había conducido, y ofreció a Páez elementos de guerra para sostenerse
en el caso de ser atacado; que activó, en fin, por cuantos medios estuvieron
a su alcance la separación de Venezuela.”
A su vez, Rafael María Baralt, también próximo a los acontecimientos y vivos
aún muchos de los autores del drama. En su obra “Resumen de la Historia de
Venezuela” expone que en diciembre de 1829,
“Se hallaba en Caracas el Vicealmirante inglés Sir Carlos Elphistone
Fleeming con el designio de hacer un tratado relativo al tráfico de
esclavos, según lo supieron personas instruidas en las cosas de Venezuela y
que tuvieron con él amistad y trato frecuente. Obvias razones y muy
particularmente su conducta desmienten semejante suposición. Sir Carlos no
podía creer que le fuese posible concluir con Páez, Jefe del Distrito
militar una negociación de tal especie, y que no estaba de viaje para
Bogotá, asiento entonces del Gobierno general, lo prueba su misión de muchos
meses en Venezuela; de donde regresó a Europa. El porte del Vicealmirante
autoriza para decir que su viaje a Costa Firme sólo tuvo por objeto influir
en los negocios de aquel país. Viósele allí acalorando los partidos y
activando los manejos revolucionarios para derrocar a Bolívar. No de otro
modo puede explicarse su contínua asistencia a reuniones públicas, su
intimidad con los principales y más fogosos agentes de la revolución de
Venezuela, la grande si bien poco costosa generosidad de promesas con que
halagaba a muchos y animaba a los mas, sus frecuentes paseos a Valencia para
verse con el Jefe Superior, el contínuo navegar de sus buques a las islas
vecinas y a varios puntos del continente, buscando noticias o
esparciéndolas, y en suma, los ofrecimientos de todo género que hizo a Páez
para el caso probable de una guerra con el Libertador.”
De la recepción del Almirante Fleeming en Caracas ofrecida por Páez,
Soublette y Vargas, da fe un impreso publicado por el compilador Blanco y
Azpúrua y el propio José Rafael Revenga.
Fleeming regresa a Caracas el 29 de septiembre de 1829 acompañado del
Gobernador de Trinidad, Lewis Grant. El 29 de noviembre escribe un informe
al Conde de Abeerden, donde dice:
“...Un gobierno de Venezuela separado permitiría sin duda la
libertad de religión: libertad de culto (en español en el texto); eliminaría
el monopolio del tabaco y dejaría libre la exportación del ganado; estas dos
medidas solas determinarían inmensa demanda de mercancías inglesas, porque
las islas consumirían este artículo y el primero caería en manos de nuestros
negociantes, de preferencia a cualesquiera otros.”
Comenta Caracciolo Parra Pérez prestigioso historiador contemporáneo
venezolano respecto a los documentos anexos al Informe de Fleeming que:
“...Vese en segundo lugar que Fleeming, temiendo la monarquía
orleanista, aboga porque Venezuela se constituya en república separada
independiente, lo cual, por otra parte, considera convenir mucho a los
intereses comerciales de Inglaterra....”
Por último la participación activa del Almirante en el movimiento
separatista promovida por la naciente oligarquía venezolana se infiere
directamente de una comunicación dirigida al General Pedro Briceño Méndez el
25 de noviembre de 1829 donde le dice:
“...Ha sido en este momento acordado por la Junta del Convento de
San Francisco que Venezuela se separa de hecho de la Nueva Granada y que
este pronunciamiento se transmita a S. E. El General Páez, para que
convocando los Colegios Electorales, se constituya un congreso. Por este
acontecimiento que cambia la existencia política de Colombia en su
territorio, es consiguiente que influya en que se suspenda la marcha de los
Diputados que se habían nombrado al Congreso Constituyente, y por tanto creo
que es de mi deber ponerlo en su conocimiento para lo que convenga en su
proyectada marcha. Quedo de Vd. Atento servidor y amigo. C.E. Fleeming.” [el
subrayado es nuestro].
Independientemente de estos testimonios y pruebas directas e indirectas
convincentes, Cónsules y Agentes consulares extranjeros acreditados en
Venezuela así como autoridades de Curazao, corroboran la existencia y
magnitud de la conspiración inglesa contra Colombia. En la obra que contiene
el resultado de la investigación dirigida por Alberto Filippi, en los
archivos europeos sobre “Bolívar y Europa, Vol. I, Siglo XIX” se citan
textualmente documentos emanados del Comandante de la Guarnición de Curazao,
del Vicecónsul de Holanda en Caracas, del Embajador holandés en Londres,
documentos numerados en la Sección Neerlandesa con los números 317a, 317b,
318, 324, 325, 329 y 331 donde los funcionarios respectivos refieren a sus
respectivos gobiernos sobre la pública y notoria intromisión de Fleeming en
la destrucción de Colombia. Mas tarde el Coronel Belford Hinton Wilson,
Encargado de Negocios de S.M.B. en Caracas, informó en 1846 al Foreign
Office:
“La conducta del Almirante (en 1830) puede interpretarse en el
sentido de que fomentó y alentó activamente la revolución... La creencia de
que el Almirante Fleeming siguió entonces las instrucciones de su Gobierno
es universal en Venezuela”
El Foreign Office, por su parte en forma elusiva confirmó también en 1846
los hechos al expresar:
“No parece necesario ni prudente entrar ahora en una controversia
concerniente a lo que sucedió hace diez y seis años.
Al terminar quisiera simplemente recordar que el Libertador, en el ápice de
su lucidez escribió a José Manuel Restrepo desde Lima el 7 de marzo de 1825:
“El mal de que adolece Colombia, mi querido amigo, no depende de
usted ni de mí, ni de nadie, sino de un poder extraño y muy grande de la
Inglaterra, si viene a ser nuestra aliada.”
Concluyamos con Francisco Tosta García, conocido hombre público y escritor
venezolano de finales del Siglo XIX, quien en 1910, nos narra
acontecimientos sucedidos entre los años 1829 y 1831 poniendo en boca de uno
de sus personajes novelescos lo que sigue:
“Colombia, señores, no es un delirio chimborázico, ni un mito, ni
una quimera; la unión de estas nacientes Republiquetas de la América del Sur
para formar una Entidad respetable, es una necesidad y el único medio de
conservar nuestra soberanía, a través de los tiempos, no por temor a España,
ni a ninguna otra nación europea, sino por salvarnos de caer en el porvenir,
en las poderosas garras del águila del norte, en manos de los Estados Unidos
de esa nación poderosa y colosal, que será siempre una amenaza para estos
países débiles de aquende el Atlántico y el Pacífico”.
Con la muerte del Libertador desaparece casi de inmediato la obra magna del
líder y su pueblo: la República de Colombia. A partir de este decisivo,
aciago y traumático episodio se abre un prolongado ciclo histórico de
retrocesos para los pueblos de Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá, en que
paso a paso se impone la presencia en los antiguos territorios de la
República extinta de una Oligarquía vernácula, variopinta y circunstancial
de mentalidad eurocéntrica antibolivariana, anticolombiana y neocolonial. En
los antiguos territorios de la región oriental de la Gran Colombia ella
colmará el vacío de una élite política venezolana, dirigente del proceso de
autodeterminación, prácticamente devorada en su segmento civil por los
estragos de la guerra emancipadora. Este grupo de poder se implanta por casi
dos siglos como clase explotadora hegemónica, y como élite política que
desarrolla una cultura, una conciencia social y una ideología
contrarrevolucionarias, necesarias para mantenerse en el poder y someter al
pueblo a la ignorancia, la miseria y la exclusión política por cuenta de los
intereses imperiales de la Gran Bretaña, primero y del imperio anglosajón,
norteamericano, que asumió el relevo de aquel, a partir de 1908.
No obstante, a Simón Bolívar le sobrevivien sus más allegados pares
militares de la revolución libertadora: Rafael Urdaneta, Santiago Mariño,
Pedro Briceño Méndez, Mariano Montilla, Diego Ibarra, Lino de Clemente. José
Laurencio Silva, José de la Cruz Paredes, Bartolomé Salom, José Francisco
Bermúdez, Manuel Valdéz, José Tadeo Monagas y José Gregorio Monagas, entre
otros, que rinden su vida, sucesivamente, en el transcurso del siglo. Estos,
próceres exilados en 1830, de regreso a la patria en 1834, después de haber
sido desterrados por los autores del magnicidio de Colombia, como una sola
voluntad enarbolan la bandera del restablecimiento de la República de
Colombia es su unidad Suramericana. En esta decisión se enfrentan, en
combates sucesivos a la Oligarquía recién instalada en el poder de la recién
nacida República de Venezuela, en el propósito de reanudar el camino de la
Revolución política abortada. La Revolución de Reformas en 1835, los sucesos
del 24 de enero de 1848, en el Congreso, son los momentos luminosos
iniciales de esta lucha, falsificados por relatores y tinterillos de la
Oligarquía, como pronunciamientos de militares ambiciosos estigmatizados y
satanizados como enemigos de la paz social y de las instituciones
republicanas, como todo, pretexto para reducirlos al ostracismo político.
Desaparecida la generación militar de nuestros Libertadores, sus vástagos
bolivarianos han sobrevivido, en sucesivas generaciones a pesar de los
efectos paralizantes del culto a Bolívar y otros mitos políticos componentes
de una ideología reaccionaria, en espera de un nuevo amanecer, que ha
comenzado a despuntar con la Revolución Bolivariana iniciada en 1999.
Fermín Toro Jiménez, historiador, es el Embajador Representante Permanente
de la República Bolivariana de Venezuela ante Naciones Unidas (ONU)
Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular