[R-P] Manifiesto para la renovación de la historia -Eric Hobsbawm

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Vie Dic 17 05:10:01 MST 2004


Para los historiadores de la lista.
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El desafío de la razón
Manifiesto para la renovación de la historia 


Eric Hobsbawm
El Diplo

En el curso de las últimas décadas el relativismo en
la Historia ha armonizado con el consenso político. Es
hora de "reconstruir un frente de la razón" para
promover una nueva concepción de la Historia. A ello
invita Eric Hobsbawm, en el discurso de cierre del
coloquio de la Academia británica sobre historiografía
marxista (13-11-2004) 


"Hasta ahora, los filósofos no han hecho más que
interpretar el mundo; se trata de cambiarlo". Los dos
enunciados de la célebre "Tesis Feuerbach" de Karl
Marx inspiraron a los historiadores marxistas. La
mayoría de los intelectuales que adhirieron al
marxismo a partir de la década de 1880 -entre ellos
los historiadores marxistas- lo hicieron porque
querían cambiar el mundo, junto con los movimientos
obreros y socialistas; movimientos que se
convertirían, en gran parte bajo la influencia del
marxismo, en fuerzas políticas de masas. Esa
cooperación orientó naturalmente a los historiadores
que querían cambiar el mundo hacia ciertos campos de
estudio -fundamentalmente, la historia del pueblo o de
la población obrera- los que, si bien atraían
naturalmente a las personas de izquierda, no tenían
originalmente ninguna relación particular con una
interpretación marxista. A la inversa, cuando a partir
de la década de 1890 esos intelectuales dejaron de ser
revolucionarios sociales, a menudo también dejaron de
ser marxistas.
La revolución soviética de octubre de 1917, reavivó
ese compromiso. Recordemos que los principales
partidos socialdemócratas de Europa continental
abandonaron por completo el marxismo sólo en la década
de 1950, y a veces más tarde. Aquella revolución
engendró además lo que podríamos llamar una
historiografía marxista obligatoria en la URSS y en
los Estados que adoptaron luego regímenes comunistas.
La motivación militante se vio reforzada durante el
período del antifascismo.
A partir de la década de 1950 se debilitó en los
países desarrollados -pero no en el Tercer Mundo-
aunque el considerable desarrollo de la enseñanza
universitaria y la agitación estudiantil generaron en
la década de 1960 dentro de la universidad un nuevo e
importante contingente de personas decididas a cambiar
el mundo. Sin embargo, a pesar de desear un cambio
radical, muchas de ellas ya no eran abiertamente
marxistas, y algunas ya no lo eran en absoluto. 
Ese rebrote culminó en la década de 1970, poco antes
de que se iniciara una reacción masiva contra el
marxismo, una vez más por razones esencialmente
políticas. Esa reacción tuvo como principal efecto
-salvo para los liberales que aún creen en ello- la
aniquilación de la idea según la cual es posible
predecir, apoyándose en el análisis histórico, el
éxito de una forma particular de organizar la sociedad
humana. La historia se había disociado de la
teleología (1).
Teniendo en cuenta las inciertas perspectivas que se
presentan a los movimientos socialdemócratas y
socialrevolucionarios, no es probable que asistamos a
una nueva ola de adhesión al marxismo políticamente
motivada. Pero evitemos caer en un
occidentalo-centrismo excesivo. A juzgar por la
demanda de que son objeto mis propios libros de
historia, compruebo que se desarrolla en Corea del Sur
y en Taiwán desde la década de 1980, en Turquía desde
la década de 1990, y hay señales de que avanza
actualmente en el mundo de habla árabe.

El vuelco social

¿Qué ocurrió con la dimensión "interpretación del
mundo" del marxismo? La historia es un poco diferente,
aunque paralela. Concierne al crecimiento de lo que se
puede llamar la reacción anti-Ranke (2), de la cual el
marxismo constituyó un elemento importante, aunque no
siempre se lo reconoció acabadamente. Se trató de un
movimiento doble. 
Por una parte, ese movimiento cuestionaba la idea
positivista según la cual la estructura objetiva de la
realidad era por así decirlo evidente: bastaba con
aplicar la metodología de la ciencia, explicar por qué
las cosas habían ocurrido de tal o cual manera, y
descubrir "wie es eigentlich gewesen" [cómo sucedió en
realidad]. Para todos los historiadores, la
historiografía se mantuvo y se mantiene enraizada en
una realidad objetiva, es decir, la realidad de lo que
ocurrió en el pasado; sin embargo, no parte de hechos
sino de problemas, y exige que se investigue para
comprender cómo y por qué esos problemas -paradigmas y
conceptos- son formulados de la manera en que lo son
en tradiciones históricas y en medios socio-culturales
diferentes.
Por otra, ese movimiento intentaba acercar las
ciencias sociales a la historia, y en consecuencia,
englobarla en una disciplina general, capaz de
explicar las transformaciones de la sociedad humana.
Según la expresión de Lawrence Stone (3) el objeto de
la historia debería ser "plantear las grandes
preguntas del 'por qué'". Ese "vuelco social" no vino
de la historiografía sino de las ciencias sociales
-algunas de ellas incipientes en tanto tales- que por
entonces se afirmaban como disciplinas evolucionistas,
es decir históricas.
En la medida en que puede considerarse a Marx como el
padre de la sociología del conocimiento, el marxismo,
a pesar de haber sido denunciado erróneamente en
nombre de un presunto objetivismo ciego, contribuyó al
primer aspecto de ese movimiento. Además, el impacto
más conocido de las ideas marxistas -la importancia
otorgada a los factores económicos y sociales- no era
específicamente marxista, aunque el análisis marxista
pesó en esa orientación. Esta se inscribía en un
movimiento historiográfico general, visible a partir
de la década de 1890, y que culminó en las décadas de
1950 y 1960, en beneficio de la generación de
historiadores a la que pertenezco, que tuvo la
posibilidad de transformar la disciplina.
Esa corriente socio-económica superaba al marxismo. La
creación de revistas y de instituciones de historia
económico-social fue a veces obra -como en Alemania-
de socialdemócratas marxistas, como ocurrió con la
revista "Vierteljahrschrift" en 1893. No ocurrió así
en Gran Bretaña, ni en Francia, ni en Estados Unidos.
E incluso en Alemania, la escuela de economía
marcadamente histórica no tenía nada de marxismo.
Solamente en el Tercer Mundo del siglo XIX (Rusia y
los Balcanes) y en el del siglo XX, la historia
económica adoptó una orientación sobre todo
socialrevolucionaria, como toda "ciencia social". En
consecuencia, se vio muy atraída por Marx. En todos
los casos, el interés histórico de los historiadores
marxistas no se centró tanto en la "base" (la
infraestructura económica) como en las relaciones
entre la base y la superestructura. Los historiadores
explícitamente marxistas siempre fueron relativamente
poco numerosos. 
Marx ejerció influencia en la historia principalmente
a través de los historiadores y los investigadores en
ciencias sociales que retomaron los interrogantes que
él se planteaba, hayan aportado o no otras respuestas.
A su vez, la historiografía marxista avanzó mucho en
relación a lo que era en la época de Karl Kautsky y de
Georgi Plekhanov (4), en buena medida gracias a su
fertilización por otras disciplinas (fundamentalmente
la antropología social) y por pensadores influidos por
Marx y que completaban su pensamiento, como Max Weber
(5).
Si subrayo el carácter general de esa corriente
historiográfica, no es por voluntad de subestimar las
divergencias que contiene, o que existían en el seno
de sus componentes. Los modernizadores de la historia
se plantearon las mismas cuestiones y se consideraron
comprometidos en los mismos combates intelectuales, ya
sea que se inspiraran en la geografía humana, en la
sociología durkheimiana (6) y en las estadísticas,
como en Francia (a la vez, la escuela de los Anales y
Labrousse), o en la sociología weberiana, como la
Historische Sozialwissenschaft en Alemania federal, o
aun en el marxismo de los historiadores del Partido
Comunista, que fueron los vectores de la modernización
de la historia en Gran Bretaña, o que al menos
fundaron su principal revista.
Unos y otros se consideraban aliados contra el
conservadurismo en historia, aun cuando sus posiciones
políticas o ideológicas eran antagónicas, como Michael
Postan (7) y sus alumnos marxistas británicos. Esa
coalición progresista halló una expresión ejemplar en
la revista "Past & Present", fundada en 1952, muy
respetada en el ambiente de los historiadores. El
éxito de esa publicación se debió a que los jóvenes
marxistas que la fundaron se opusieron deliberadamente
a la exclusividad ideológica, y que los jóvenes
modernizadores provenientes de otros horizontes
ideológicos estaban dispuestos a unirse a ellos, pues
sabían que las diferencias ideológicas y políticas no
eran un obstáculo para trabajar juntos. Ese frente
progresista avanzó de manera espectacular entre el fin
de la Segunda Guerra Mundial y la década de 1970, en
lo que Lawrence Stone llama "el amplio conjunto de
transformaciones en la naturaleza del discurso
histórico". Eso hasta la crisis de 1985, cuando se
produjo la transición de los estudios cuantitativos a
los estudios cualitativos, de la macro a la
microhistoria, de los análisis estructurales a los
relatos, de lo social a los temas culturales.
Desde entonces, la coalición modernizadora está a la
defensiva, al igual que sus componentes no marxistas,
como la historia económica y social.
En la década de 1970, la corriente dominante en
historia había sufrido una transformación tan grande,
en particular bajo la influencia de las "grandes
cuestiones" planteadas a la manera de Marx, que
escribí estas líneas: "A menudo es imposible decir si
un libro fue escrito por un marxista o por un no
marxista, a menos que el autor anuncie su posición
ideológica. Espero con impaciencia el día en que nadie
se pregunte si los autores son marxistas o no". Pero
como también lo señalaba, estábamos lejos de semejante
utopía. Desde entonces, al contrario, fue necesario
subrayar con mayor energía lo que el marxismo puede
aportar a la historiografía. Cosa que no ocurría desde
hace mucho tiempo. A la vez, porque es preciso
defender a la historia contra quienes niegan su
capacidad para ayudarnos a comprender el mundo, y
porque nuevos desarrollos científicos transformaron
completamente el calendario historiográfico. 
En el plano metodológico, el fenómeno negativo más
importante fue la edificación de una serie de barreras
entre lo que ocurrió o lo que ocurre en historia, y
nuestra capacidad para observar esos hechos y
entenderlos. Esos bloqueos obedecen a la negativa a
admitir que existe una realidad objetiva, y no
construida por el observador con fines diversos y
cambiantes, o al hecho de sostener que somos incapaces
de superar los límites del lenguaje, es decir, de los
conceptos, que son el único medio que tenemos para
poder hablar del mundo, incluyendo el pasado.
Esa visión elimina la cuestión de saber si existen en
el pasado esquemas y regularidades a partir de los
cuales el historiador puede formular propuestas
significativas. Sin embargo, hay también razones menos
teóricas que llevan a esa negativa: se argumenta que
el curso del pasado es demasiado contingente, es
decir, que hay que excluir las generalizaciones, pues
prácticamente todo podría ocurrir o hubiera podido
ocurrir. De manera implícita, esos argumentos apuntan
a todas las ciencias. Pasemos por alto intentos más
fútiles de volver a viejas concepciones: atribuir el
curso de la historia a altos responsables políticos o
militares, o a la omnipotencia de las ideas o de los
"valores"; reducir la erudición histórica a la
búsqueda -importante pero insuficiente en sí- de una
empatía con el pasado.
El gran peligro político inmediato que amenaza a la
historiografía actual es el "anti-universalismo": "mi
verdad es tan válida como la tuya, independientemente
de los hechos". Ese anti-universalismo seduce
naturalmente a la historia de los grupos identitarios
en sus diferentes formas, para la cual, el objeto
esencial de la historia no es lo que ocurrió, sino en
qué afecta eso que ocurrió a los miembros de un grupo
particular. De manera general, lo que cuenta para ese
tipo de historia no es la explicación racional sino la
"significación"; no lo que ocurrió, sino cómo
experimentan lo ocurrido los miembros de una
colectividad que se define por oposición a las demás,
en términos de religión, de etnia, de nación, de sexo,
de modo de vida, o de otras características. 
El relativismo ejerce atracción sobre la historia de
los grupos identitarios. Por diferentes razones, la
invención masiva de contraverdades históricas y de
mitos, otras tantas tergiversaciones dictadas por la
emoción, alcanzó una verdadera época de oro en los
últimos treinta años. Algunos de esos mitos
representan un peligro público -en países como India
durante el gobierno hinduista (8), en Estados Unidos y
en la Italia de Silvio Berlusconi, por no mencionar
muchos otros nuevos nacionalismos, se acompañen o no
de un acceso de integrismo religioso-.
De todos modos, si por un lado ese fenómeno dio lugar
a mucho palabrerío y tonterías en los márgenes más
lejanos de la historia de grupos particulares
-nacionalistas, feministas, gays, negros y otros- por
otro generó desarrollos históricos inéditos y
sumamente interesantes en el campo de los estudios
culturales, como el "boom de la memoria en los
estudios históricos contemporáneos", como lo llama Jay
Winter (9). "Los Lugares de memoria" (10) obra
coordinada por Pierre Nora, es un buen ejemplo.

Reconstruir el frente de la razón

Ante todos esos desvíos, es tiempo de restablecer la
coalición de quienes desean ver en la historia una
investigación racional sobre el curso de las
transformaciones humanas, contra aquellos que la
deforman sistemáticamente con fines políticos, y a la
vez, de manera más general, contra los relativistas y
los posmodernistas que se niegan a admitir que la
historia ofrezca esa posibilidad. Dado que entre esos
relativistas y posmodernos hay quienes se consideran
de izquierda, podrían producirse inesperadas
divergencias políticas capaces de dividir a los
historiadores. Por lo tanto, el punto de vista
marxista resulta un elemento necesario para la
reconstrucción del frente de la razón, como lo fue en
las décadas de 1950 y 1960. De hecho, la contribución
marxista probablemente sea aun más pertinente ahora,
dado que los otros componentes de la coalición de
entonces renunciaron, como la escuela de los Anales de
Fernand Braudel, y la "antropología social
estructural-funcional", cuya influencia entre los
historiadores fuera tan importante. Esta disciplina se
vio particularmente perturbada por la avalancha hacia
la subjetividad posmoderna. 
Entre tanto, mientras que los posmodernistas negaban
la posibilidad de una comprensión histórica, los
avances en las ciencias naturales devolvían a la
historia evolucionista de la humanidad toda su
actualidad, sin que los historiadores se dieran
cabalmente cuenta. Y esto de dos maneras.
En primer lugar, el análisis del ADN estableció una
cronología más sólida del desarrollo desde la
aparición del homo sapiens en tanto especie. En
particular, la cronología de la expansión de esa
especie originaria de África hacia el resto del mundo,
y de los desarrollos posteriores, antes de la
aparición de fuentes escritas. Al mismo tiempo, eso
puso de manifiesto la sorprendente brevedad de la
historia humana -según criterios geológicos y
paleontológicos- y eliminó la solución reduccionista
de la sociobiología darwiniana (11).
Las transformaciones de la vida humana, colectiva e
individual, durante los últimos diez mil años, y
particularmente durante las diez últimas generaciones,
son demasiado considerables para ser explicadas por un
mecanismo de evolución enteramente darwiniano, por los
genes. Esas transformaciones corresponden a una
aceleración en la transmisión de las características
adquiridas, por mecanismos culturales y no genéticos;
podría decirse que se trata de la revancha de Lamarck
(12) contra Darwin, a través de la historia humana. Y
no sirve de mucho disfrazar el fenómeno bajo metáforas
biológicas, hablando de "memes" (13) en lugar de
"genes". El patrimonio cultural y el biológico no
funcionan de la misma manera.
En síntesis, la revolución del ADN requiere un método
particular, histórico, de estudio de la evolución de
la especie humana. Además -dicho sea de paso- brinda
un marco racional para la elaboración de una historia
del mundo. Una historia que considere al planeta en
toda su complejidad como unidad de los estudios
históricos, y no un entorno particular o una región
determinada. En otras palabras: la historia es la
continuación de la evolución biológica del homo
sapiens por otros medios.
En segundo lugar, la nueva biología evolucionista
elimina la estricta diferenciación entre historia y
ciencias naturales, ya eliminada en gran medida por la
"historización" sistemática de estas ciencias en las
últimas décadas. Luigi Luca Cavalli-Sforza, uno de los
pioneros pluridisciplinarios de la revolución ADN,
habla del "placer intelectual de hallar tantas
similitudes entre campos de estudio tan diferentes,
algunos de los cuales pertenecen tradicionalmente a
los polos opuestos de la cultura: la ciencia y las
humanidades". En síntesis, esa nueva biología nos
libera del falso debate sobre el problema de saber si
la historia es una ciencia o no.
En tercer lugar, nos remite inevitablemente a la
visión de base de la evolución humana adoptada por los
arqueólogos y los prehistoriadores, que consiste en
estudiar los modos de interacción entre nuestra
especie y su medio ambiente, y el creciente control
que ella ejerce sobre el mismo. Lo cual equivale
esencialmente a plantear las preguntas que ya
planteaba Karl Marx. Los "modos de producción" (sea
cual fuere el nombre que se les dé) basados en grandes
innovaciones de la tecnología productiva, de las
comunicaciones y de la organización social -y también
del poder militar- son el núcleo de la evolución
humana. Esas innovaciones, y Marx era consciente de
eso, no ocurrieron y no ocurren por sí mismas. Las
fuerzas materiales y culturales y las relaciones de
producción son inseparables; son las actividades de
hombres y mujeres que construyen su propia historia,
pero no en el "vacío", no afuera de la vida material,
ni afuera de su pasado histórico.

Del neolítico a la era nuclear

En consecuencia, las nuevas perspectivas para la
historia también deben llevarnos a esa meta esencial
de quienes estudian el pasado, aunque nunca sea
cabalmente realizable: "la historia total". No "la
historia de todo", sino la historia como una tela
indivisible donde se interconectan todas las
actividades humanas. Los marxistas no son los únicos
en haberse propuesto ese objetivo -Fernand Braudel
también lo hizo- pero fueron quienes lo persiguieron
con más tenacidad, como decía uno de ellos, Pierre
Vilar (14).
Entre las cuestiones importantes que suscitan estas
nuevas perspectivas, la que nos lleva a la evolución
histórica del hombre resulta esencial. Se trata del
conflicto entre las fuerzas responsables de la
transformación del homo sapiens, desde la humanidad
del neolítico hasta la humanidad nuclear, por una
parte, y por otra, las fuerzas que mantienen
inmutables la reproducción y la estabilidad de las
colectividades humanas o de los medios sociales, y que
durante la mayor parte de la historia las han
contrarrestado eficazmente. Esa cuestión teórica es
central. El equilibrio de fuerzas se inclina de manera
decisiva en una dirección. Y ese desequilibrio, que
quizás supera la capacidad de comprensión de los seres
humanos, supera por cierto la capacidad de control de
las instituciones sociales y políticas humanas. Los
historiadores marxistas, que no entendieron las
consecuencias involuntarias y no deseadas de los
proyectos colectivos humanos del siglo XX, quizás
puedan esta vez, enriquecidos por su experiencia
práctica, ayudar a comprender cómo hemos llegado a la
situación actual.

Eric Hobsbawm es historiador británico, autor entre
otros de Historia del siglo XX, Barcelona, Crítica,
1996.

1 Teleología, doctrina que se ocupa de las causas
finales.

2 Reacción contra Leopold von Ranke (1795-1886),
considerado el padre de la escuela dominante de la
historiografía universitaria antes de 1914. Autor,
entre otros títulos, de "Historia de los pueblos
romano y germano de 1494 a 1535" (1824) y de Historia
del mundo" (Weltgeschichte), (1881-1888 - inconclusa).

3 Lawrence Stone (1920-1999), una de las
personalidades más eminentes e influyentes de la
historia social. Autor, entre otros títulos, de "The
Causes of the English Revolution, 1529-1642" (1972),
"The Family, Sex and Marriage in England 1500-1800"
(1977).

4 Respectivamente dirigente de la socialdemocracia
alemana y de la socialdemocracia rusa, a comienzos del
siglo XIX.

5 Max Weber (1864-1920), sociólogo alemán.

6 Por Emile Durkheim (1858-1917), que fundó "Las
reglas del método sociológico" (1895) y que por ello
es considerado uno de los padres de la sociología
moderna. Autor, entre otros títulos, de "La división
del trabajo social" (1893) , "El suicidio" (1897).

7 Michael Postan ocupa la cátedra de historia
económica en la universidad de Cambridge desde 1937.
Co-inspirador, junto a Fernand Braudel, de la
Asociación Internacional de Historia Económica.

8 El partido Bharatiya Janata (BJP) dirigió el
gobierno indio desde 1999 hasta mayo de 2004. 

9 Profesor de la universidad de Columbia (Nueva York).
Uno de los grandes especialistas de la historia de las
guerras del siglo XX, y sobre todo de los lugares de
memoria. 

10 "Les lieux de mémoire", Gallimard, París, 3 tomos.

11 Por Charles Darwin (1809-1882), naturalista inglés
autor de la teoría sobre la selección natural de las
especies. 

12 Jean-Baptiste Lamark (1744-1829), naturalista
francés, el primero en romper con la idea de
permanencia de la especie. 

13 Según Richard Dawkins, uno de los más destacados
neodarwinistas, los "memes", son unidades de base de
memoria, supuestos vectores de la transmisión y de la
supervivencia culturales, así como los genes son los
vectores de la subsistencia de las características
genéticas de los individuos. 

14 Ver fundamentalmente "Une histoire en construction:
approche marxiste et problématique conjoncturelle",
Gallimard-Seuil, París, 1982. 






	

	
		
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