[R-P] Otro punto de vista sobre la muestra de Ferrari

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Mar Dic 7 16:08:31 MST 2004


Ferrari, en el frente de batalla 
Por Noé Jitrik  
 
 
 No cabe duda de que el alboroto, o la polémica, que
produjo y seguirá produciendo la exposición
retrospectiva de León Ferrari tiene el mayor interés
porque promueve una seria discusión sobre arte y
representación. Tal vez hay una desigualdad entre los
posibles participantes de esa eventual polémica, pero
es evidente que Ferrari la inicia y se expone, lo cual
ha hecho reaccionar a enfervorizados partiggianni de
la Iglesia. Sería, más allá de los intentos de
depredación de algunos soldados de Cristo –según se
consideran a sí mismos–, una lástima que la Iglesia
perdiera la oportunidad de exhibir sus ideas respecto
de esos temas –presumo que las tiene–, nada menos que
arte y representación, cuestiones en las que tiene
partido tomado desde que Cristo, sus acompañantes y
los santos que le siguieron tuvieron cada uno a lo
largo de la historia múltiples imágenes que,
justamente, los representaban. 

Mi larga experiencia en diálogos frustrados me dice
que difícilmente se logre un acuerdo entre las partes;
pero eso no importa, lo que importa es que la
controversia posible nos permitiría pensar en asuntos
tan principales.

Por mi parte, creo que hay que remontarse un poco en
el tiempo para situar el –insisto– posible debate. A
la Edad Media, por ejemplo; en ese momento, al parecer
los artistas ignoraban que lo eran: maravillosos
ejecutores pensaban que lo que pintaban o esculpían
–sobre todo las representaciones de la Pasión de
Cristo– les reservaba un puesto en el cielo o, aquí
abajo, la benevolencia de la Iglesia, que les pagaba
con bendiciones aunque no, tal vez, con moneda fuerte.
Más o menos eso siguió ocurriendo durante el llamado
“Renacimiento”, sólo que a la Iglesia se le añadieron
los señores que solían ser también la Iglesia, caso
Borgia el más notorio: con tal de que representaran ya
sea la excelsitud del martirio o la grandeza de los
duques, condes y demás, y lo hicieran bien, se hacían
merecedores de un reconocimiento, pocas veces,
igualmente, de un pago; si, por el contrario, se
apartaban del pedido, eran humillados, condenados a la
miseria, al destierro o a las más penosas maldiciones.
Puede haber excepciones, no lo dudo: Leonardo, Miguel
Angel, se permitían en ocasiones negarse a un pedido u
orden, y los poderosos o los dignatarios de la Iglesia
no se animaban a castigarlos del todo. Los artistas
fingían que aceptaban las reglas oficiales de la
representación, pero en ocasiones las burlaban: en la
aparentemente ortodoxa Anunciación, una obra
deslumbrante, Simone Martini y Lippo Memmi pintan una
Virgen retraída y con una expresión de rechazo. No
parece hacerle gracia que deba ser o estar
celestialmente embarazada de quien poco después, a sus
33 años, será “Hijo de Dios”.
Cosa parecida ocurrió con el Cántico espiritual, de
San Juan de la Cruz; si lo vemos bien, esos poemas
parafrasean los “Cantos del Rey Salomón” y las Eglogas
de Garcilaso, bien profanas: como no ignoraba lo que
le podía suceder si se daban cuenta del carácter de su
poesía, añadió unos comentarios teológicos que ni
agregan ni alteran la belleza de los versos, pero que
lo protegieron de las iras de la Inquisición. 

A propósito, me parece que esta institución –de cuyo
recuerdo la Iglesia de nuestro tiempo abomina y no
termina de abominar– surge de la desconfianza que
produce que tantos “infieles” se pasen a sus filas no
por revelación sino porque no les queda otro remedio,
dado los medios que emplean para que salven sus
equivocadas almas. Como nada garantizaba la sinceridad
de la conversión, la Inquisición vino a poner las
cosas en orden. Vista a la distancia, la Inquisición
encarna una especie de inseguridad, un sentimiento que
podría verse como de culpa, aunque Torquemada y
adláteres podían no experimentar ninguna al enviar a
la hoguera, paradójicamente, a gente que no prendía el
fuego de sus cocinas los viernes por la tarde. No
obstante las duras condiciones en las que debían
trabajar, los artistas, muchos, produjeron obras de
una belleza asombrosa, todavía hoy nos arrebatan y nos
hacen pensar en lo excepcional de la época, tantos y
tan buenos.

Justamente porque eran tan buenos había un misterio en
ellos, un don que dio lugar bastante después, a medida
que cambiaban las cosas y cuando la pintura y la
escultura dejaron de representar imágenes de los
Evangelios, al surgimiento de la estética, rama de la
filosofía que intenta desentrañar el misterio del arte
y que, por cierto, es “democrática”. Ese misterio
sigue abierto, pero eso no quita que desde un
pensamiento estético los puntos de vista dejaron de
ser lo monolíticos que habían sido. Se abrió campo,
por ejemplo, a la idea de la libertad del artista y,
sobre todo, se amplió el horizonte de ala
representación. Poco a poco, uniendo las dos cosas,
los artistas les perdieron el respeto a las órdenes,
necesidades o deseos de los consumidores y fueron
desafiándolos, obligándolos a entender que eso que se
ponía ante sus ojos no tenía valor porque expusiera
escenas ejemplificadoras o morales –de las que la
Iglesia es convencida partidaria– o políticas –como
ocurrió con el realismo llamado “socialista”– sino
porque en su hacer residía un poder, nada menos que el
poder de significar.

Se diría que en arte hay dos dimensiones que lo
recorren: el referente y la transformación. Es obvio
que no es posible evitar el referente, pero lo que
confiere jerarquía de arte es la transformación. Esto,
me parece, es válido tanto para lo religioso como para
lo antirreligioso: en ambos casos, si no hay
transformación del referente lo que se obtiene es
pobre, a lo sumo vale como presentación argumentativa,
pero no como arte. Y, para volver al punto de partida,
Ferrari tomará o no tomará referentes que tienen que
ver con la Biblia, los Evangelios, la vida y/o muerte
de Cristo, Videla, Vietnam o lo que se le ocurra, pero
no es eso lo que hay que considerar sino su sin igual
inventiva y la sorprendente riqueza de sus
ocurrencias.

Me pregunto por qué ciertos elementos de la Iglesia no
lo comprenden cuando es tan simple: sólo miran el
referente, no ven la transformación; no ven, tampoco,
las contradicciones, todavía piensan, como el
stalinismo, que el arte debe estar al servicio de algo
o de alguien. Creen que porque le atribuyen a ese algo
o alguien carácter sagrado deja de ser un referente
transformable y, por eso, aceptan como bueno un pálido
arte de sacristía, o de propaganda, y se animan a
censurar –tienen que tener poder para hacerlo– o
rechazan lo que son auténticas creaciones de un
artista excepcional a quien todos deberíamos cuidar
como a un bien público.

Me atrevo a decir que los que elevan su voz contra el
tratamiento que Ferrari le da a cierta simbología
religiosa no lo han pensado bien –los invito a
hacerlo– y han seguido una rutina mental que no los
lleva a nada. No han pensado, por ejemplo, que si
Ferrari transforma ciertos mitos visuales en irrisión,
ante todo los ha reconocido, se diría incluso que los
ha admitido; hace más o menos lo mismo que hicieron en
su momento Lutero, Calvino y tantos otros
reformadores: reconocen a Cristo, pero le piden algo
más, precisamente lo que se silencia de su lección, si
hay quien cree que la hay. Y la Iglesia, al
reconciliarse con las iglesias que aquéllos fundaron,
como acaba de hacerlo con la Iglesia Bizantina,
excomulgada hace cerca de 1000 años, corrige un gran
error, una mala interpretación de lo que es el
cristianismo. Tal vez, tengamos fe, lo mismo pueda
ocurrir con Ferrari; dentro de unos años, o un siglo o
diez siglos, lo perdonarán, se reconciliarán con él.

Ferrari sería, si nos detenemos en sus obras de tema
religioso, no un agnóstico sino un desencantado, un
rastreador infatigable de lo que el cristianismo no
da, pero que podría haber dado, histórica y
actualmente. Su obra, en ese sentido, no es un pisoteo
sino un reproche: invito a verlo de este modo.

Y, de paso, que haya quien diga que la ofensa que
Ferrari puede inferir a espíritus creyentes se hace a
costa del pueblo cristiano que paga sus impuestos, no
sólo rebaja el debate sino que pone a todos los que
pagamos, cristianos o no, en una situación incómoda.
Es un hecho conocido que los argentinos, todos por
igual, sea cual fuere su afiliación, están movidos por
una religión que felizmente los une: el sagrado horror
al pago de impuestos. Por el contrario, con los
impuestos que pagan los argentinos que no están
tocados por esa gracia, crean en lo que crean, se
sostiene la Iglesia Católica, mientras que a los
agnósticos, dejados de la mano de Dios, nadie los
ayuda.
 


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