[R-P] Mariano Grondona: Maquiavelo para Duhalde-Kirchner

edgar smith condornacional en yahoo.com.ar
Dom Dic 5 10:14:35 MST 2004


Según Maquiavelo, los príncipes nuevos pueden llegar
al poder por fuerza propia o por fuerza ajena. En el
primer caso, lo más difícil para el príncipe es
conquistar el poder porque necesita vencer la
resistencia del antiguo ocupante, pero una vez que lo
vence ya no le quedan rivales a la vista. 

Por Mariano Grondona

Fuente La Nación

Lo contrario ocurre cuando el príncipe nuevo accede al
poder por fuerza ajena. En este caso, es otro quien
derrota al antiguo ocupante para ofrecerle el
principado a quien considera su protegido y, en cierta
forma, su dependiente. Este llega fácilmente a la
cumbre porque es el mero beneficiario de una acción
ajena, pero una vez que llegó aún le queda la tarea
más ardua: desembarazarse de su protector. 

Maquiavelo encuentra natural que el príncipe nuevo
despliegue contra su protector lo que éste podría
interpretar como una traición, lo cual quiere decir
que, en tanto el príncipe nuevo que adquiere el poder
con fuerza propia debe librar una sola batalla, contra
el antiguo ocupante, el príncipe nuevo que llega al
poder con fuerza ajena debe librar dos batallas. La
primera, obtener el favor de su protector. La segunda,
librarse de él pese a que al principio es, por
definición, más poderoso que él. La primera batalla se
libra antes del traspaso del poder. La segunda, se
libra después. 

Maquiavelo comprende y aprueba que el príncipe nuevo
tenga la ambición de desprenderse de su protector.
Advierte, sin embargo, que esta tarea es
extraordinariamente difícil y que ha salido más veces
mal que bien en la historia. Para probarlo acude al
ejemplo de uno de los príncipes que más admira: César
Borgia. Habiendo llegado al poder gracias a fuerzas
ajenas, César Borgia desplegó una astucia inusual para
cimentarlo y, sin embargo, fracasó. 

De ahí que el florentino remate su análisis con estas
palabras: "Es algo muy natural el deseo de adquirir y
cuando lo hacen hombres que pueden y saben hacerlo,
siempre serán alabados, pero cuando no pueden o no
saben y pese a ello quieren hacerlo, es justo
censurarlos". 

Duhalde y Kirchner 

Estas observaciones de Maquiavelo son de tal manera
universales que parecen haber sido escritas para un
sinnúmero de situaciones a lo largo de la historia,
entre ellas la nuestra. 

Menem era el antiguo ocupante del poder que describe
Maquiavelo. Quien libró la más dura batalla contra él,
venciéndolo al fin, fue Duhalde. El peso de esta
primera gran batalla no recayó sobre los hombros de
Kirchner, sino sobre quien resultó, al fin, su
protector. Ahora Kirchner, príncipe nuevo que debe su
poder a Duhalde, está en la presidencia. Ya logró
seducir a su protector para asociarse con él en la
primera batalla. Pero ahora el argumento central de la
política argentina ya no es la primera sino la segunda
batalla porque el objetivo de Kirchner es librarse de
su protector. 

Maquiavelo encontraría natural que Kirchner aspire a
dar y a ganar esta batalla. Pero también le advertiría
la gran dificultad de una empresa de este porte. Por
eso es quizá que Kirchner, en lugar de buscar una
confrontación abierta y decisiva con Duhalde, esté
"tanteando" para saber hasta dónde llega la
resistencia de su protector. 

Vimos, así, que el Presidente decidió no concurrir a
la reunión cumbre de Cuzco, donde se lanzará la
ambiciosa idea de la Unión Sudamericana. Desde su
posición eminente como presidente del MERCOSUR,
Duhalde apadrina esta idea y seguramente pensaba
contar con la presencia de Kirchner en Cuzco para
promoverla. Pero también hay que reconocer que el
proyecto de la Unión Sudamericana de naciones no
pertenece a la tradición diplomática de la Argentina
sino a la tradición diplomática brasileña. 

Nosotros hemos hablado siempre de "América latina".
Brasil habló siempre en cambio de "América del Sur",
un concepto geopolítico más reducido que deja afuera a
México, América Central y los países del Caribe. Esto
es así porque Brasil estima que el norte de América
latina, por pertenecer a la zona de influencia
norteamericana, le está vedado. ¿Qué es América del
Sur, entonces, para nuestro gran vecino? Es sólo
aquella parte de América latina cuyo Estado hegemónico
podría ser Brasil. 

Al frente de América del Sur, Brasil podría sentarse
en el gran directorio de naciones que gobernaría el
mundo con la presidencia de los Estados Unidos y que,
según el esquema de Henry Kissinger, también incluiría
a la Unión Europea, China, Japón y la India. Por eso,
Brasil reclama desde hace mucho tiempo un asiento
permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas, objetivo contra el cual se ha pronunciado
sistemáticamente la Argentina. 

Pero ¿qué lugar tendríamos nosotros en este esquema?
Cuando Guido Di Tella lanzó la consigna de las
"relaciones carnales" con los Estados Unidos, más allá
de este giro de ciento ochenta grados de nuestra
tradición antinorteamericana, estaba pensando en
"frenar" de alguna manera al Brasil con una poderosa
presencia extrasudamericana, no sólo norteamericana
sino también mexicana. Duhalde supone, en cambio, que
su propia "relación carnal" con Lula podría compensar,
de alguna manera, la diferencia de magnitud entre
Brasil y la Argentina. 

Lavagna en el medio 

El otro punto de roce entre Kirchner y Duhalde ya no
es externo sino interno. Tiene que ver con la
situación del ministro Lavagna en el gobierno. Cuando
Kirchner lanzó su candidatura presidencial con el
padrinazgo de Duhalde, no levantó en las encuestas
hasta que anunció que mantendría a Lavagna, hombre de
Duhalde, al frente de la política económica. La
relación entre Kirchner y Lavagna se ha enfriado más
por razones políticas que económicas. Duhalde conserva
a Lavagna como un as en la manga, dejando saber como
un secreto a voces que podría suceder a Kirchner en
2007. El "director técnico" Duhalde lo tiene a
Kirchner en la "cancha" y a Lavagna en el "banco". No
bien Lavagna apareció no ya como su ministro de
economía sino como un candidato político, Kirchner
sintió que invadía su territorio. Lo mismo le había
pasado a Menem con Cavallo. Mientras son técnicos
útiles, los ministros de Economía parecen jugar a
favor de sus presidentes. Cuando dejan asomar una
ambición política, sus presidentes pasan a verlos como
rivales. Pero Cavallo no tenía ningún protector contra
Menem. Lavagna, contra Kirchner, lo tiene a Duhalde. 

Estas son las escaramuzas de la "segunda batalla" de
Kirchner por la totalidad del poder. Tanto el
protegido como el protector prueban de vez en vez sus
fuerzas sin arriesgarlo todo de un solo golpe. Hasta
que esta batalla crucial, tan crucial como lo fue en
su momento la batalla Menem-Duhalde, no se decida, no
sabremos a ciencia cierta quién manda en la Argentina.
Si la gana Kirchner, mandará. Si la gana Duhalde,
quizá lo haga a través de Lavagna, un nuevo protegido
a su juicio más confiable. 

Cuando llegaron al poder como protegidos, nuestros
presidentes se alzaron muchas veces contra su
protector. A esta pugna por liberarse del protector se
le dio el nombre criollo pero descriptivo de la patada
histórica. Derqui la intentó contra Urquiza; Juárez
Celman, contra Roca, y Cámpora, contra Perón. En cada
una de estas batallas, confirmando la advertencia de
Maquiavelo, el protegido perdió. Kirchner aspira nada
menos que a ser la excepción. 

Por Mariano Grondona 


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