[R-P] Reprtaje a Horacio Tarcus: Esperando la carroza

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Mie Dic 1 09:11:11 MST 2004


Página/12 de Argentina - 29 de Noviembre de 2004 

Horacio Tarcus historiador y sociólogo 
Esperando que llegue una nueva izquierda 

Director del CeDinCi, el archivo de material
socialista más grande del país, ya no espera una
“autorreforma” de la izquierda tradicional. Ve con
esperanza la “acumulación” de ideas creativas y
renovadoras que puede germinar en una “izquierda
emergente” que haga un cambio. 

José Natanson

Horacio Tarcus dirige el Centro de Documentación e
Investigación de la Cultura de Izquierda (CeDinCi),
uno de los archivos más completos de material
marxista, anarquista y socialista de Latinoamérica.
Doctor en historia y profesor en la carrera de
Sociología, Tarcus analiza el complicado lugar de la
izquierda en la era K. 
–El repliegue de Néstor Kirchner al PJ, el acuerdo con
Eduardo Duhalde en la provincia de Buenos Aires,
¿crean el espacio para una opción centroizquierdista? 
–El aparato del PJ se reconstituyó al calor de la
gestión Kirchner y volvió a tener cierta legitimidad.
Estamos lejos, por ejemplo, de la impugnación al
aparato del duhaldismo de hace poco tiempo atrás. Esta
relegitimación del aparato del PJ operada por la
gestión de Kirchner, como un líder típicamente
político, no se puede desconocer. Y angosta el espacio
de la transversalidad como opción política, por más
que puedan producirse encontronazos entre el
kirchnerismo y el aparato del PJ.  
–¿Y un centroizquierda opositor, con un discurso
antiperonista y antihegemónico al estilo Carrió? 
–No me queda claro a dónde va Carrió. Pero sí creo que
un planteo del ARI, de la CTA, de algunos sectores
intelectuales, que podría convertirse en el eje de
articulación de un nuevo espacio es el proyecto del
ingreso ciudadano. Es un espacio de intervención
interesante para la izquierda. Es una propuesta que
permite desclientelizar la política, en lugar de
disputar planes y entrar en esa lógica. La izquierda
podría dejar de estar pendiente de los regímenes
burgueses, esperando que caigan para reemplazarlos, y
quizá podría elaborar una estrategia propia. El
régimen capitalista no tiene una respuesta al problema
de la desocupación. La perspectiva de largo plazo, si
se proyecta en el futuro la dinámica capitalista, es
una sociedad crecientemente dual. Ya no es la
situación del ejército industrial de reserva de Marx,
sino una situación estructural e irresoluble. Desde mi
punto de vista, esta crisis implica una crisis
civilizatoria que solamente un orden social diferente,
se llame socialista, poscapitalista o de otro modo,
podría resolver. Esa función civilizatoria que en
algún momento tuvo el capitalismo podría ser
recuperada por una izquierda que piense en términos de
estos problemas estratégicos. Y una forma, aún
experimental, puede consistir en ensayar políticas que
vayan en camino al ingreso ciudadano.  
–¿Hay algún país que tenga un ingreso ciudadano? 
–No. En los países más desarrollados hay seguros de
desempleo. 
–Pero la desocupación y la pobreza no afectan a la
mitad de la población. 
–Claro. 
–¿Entonces sería algo nuevo? 
–Sí, lo cual no significa que esté mal. Un siglo atrás
el derecho a la huelga o la jornada de ocho horas
parecían descabellados y hoy son una realidad.  
–¿Y la izquierda tradicional? ¿Cree que está a la
altura de ese desafío? 
–Yo veo tres corrientes dentro del universo de la
izquierda. Por una lado, la izquierda nacional y
popular, que intenta articularse con la
transversalidad; la vieja izquierda populista, que
recobra un nuevo aire con Kirchner, representada por
el acto en el Luna Park, donde estuvieron Luis D’Elía,
Miguel Bonasso y otros. Es una tradición que se
remonta a figuras como Puiggrós o Abelardo Ramos y que
apuesta a la unidad nacional, que tiene un proyecto,
una identidad y una tradición claras. Por otro lado
está la izquierda tradicional, del Partido Comunista,
las organizaciones troskistas, el maoísmo. Sigue atada
a ese imaginario de ver si éste o aquel sector
troskista gana la pulseada, si la gana el maoísmo o el
comunismo. Es un imaginario que sólo funciona en el
marco de estas pequeñas sectas, marcado por un
lenguaje que ya no habla la sociedad, en el contexto
de un mundo que se derrumbó. La izquierda tradicional
sigue atrapada en ese pequeño imaginario, disputando
una interna que le preocupa sólo a ellos. Y algo más:
tengo la impresión de que corren atrás de la
inmediatez.  
–Justamente lo contrario a una vanguardia iluminada. 
–Sí. Es arcaico su lenguaje, su prensa, profesan un
marxismo que no está a la altura de los tiempos. Yo no
creo que el marxismo esté muerto, pero tal como lo
plantean ellos es como hablar en latín. La izquierda
no logra salir de este lugar, de esa estrategia
leninista, que no se compadece con la realidad, ni de
la Argentina ni del mundo.  
–La sensación es que están esperando una revolución
que nunca llega. 
–Es una espera tensa. Y cuanto más estructurada en
pequeñas organizaciones, que la sociología clásica
llamaba sectas, al modo de las sectas milenaristas,
más marcado es el cuadro. Las situaciones de crisis,
como la de 2001, reavivan las esperanzas mesiánicas.
Para ellos es el momento de decir: “Llegó lo que
nosotros esperábamos y en lo que nadie creyó”. Pero
ese momento ya se cerró. Kirchner, aunque a muchos no
les guste, expresó una de las variantes posibles del
“Que se vayan todos”. Era una consigna abierta, que
podía ser significada políticamente de diversas
maneras. Desde las vertientes más libertarias que
fantasearon con el autogobierno hasta el kirchnerismo.
Kirchner expresó una vertiente menos utópica, más
realista, pero no menos efectiva, en el sentido de
llevar a cabo, en muy poco tiempo, un blanqueo y una
racionalización de la Corte y del sistema político. En
los primeros meses de gobierno el período de crisis
orgánica que se abrió en diciembre del 2001 se cerró.
Estos grupos de izquierda no terminan de aceptar que
el esperado argentinazo se esfumó, que una vez más se
perdió una oportunidad histórica, de esas que hay
pocas. No aceptan que la crisis se cerró desde el
propio sistema político y siguen soñando con la vuelta
al argentinazo. Sería importante aceptar que ésta es
una nueva etapa, que ese momento se cerró. Esta es la
segunda vertiente de la izquierda. Yo soy muy crítico
de sus estrategias, pero tampoco estoy de acuerdo con
esa izquierda posibilista, la franja de la
intelectualidad progresista, la izquierda progresista,
que se angustió con la crisis de 2001 y apostó a una
rápida normalización institucional, sin ver que tenía
una potencialidad para entender qué pasaba y producir
transformaciones. Yo no creo en la revolución como en
los ’70, en términos de asalto al Palacio de Invierno,
pero sigo manteniendo el horizonte revoluciuonario
como principio–esperanza. El deseo de una
transformación profunda, un anhelo de cambio, me
parece que es un ingrediente importante. Y en este
sentido tengo más esperanza en el tercer grupo dentro
de la izquierda. 
–¿Cuál es? 
–La izquierda emergente, los movimientos críticos a la
globalización capitalista, los movimientos
autonomistas, que surgen en diciembre de 2001 y
trabajan en algunas asambleas, la izquierda que anima
a cierto sector del movimiento piquetero, la izquierda
más autónoma, más independiente, que recupera
aggiornando algunos de los viejos temas de izquierda
histórica. Un nuevo espíritu internacionalista, una
voluntad de transformación, de movilización callejera,
de discutir estratégicamente cuáles son las fuerzas en
pugna, las viabilidades de intervención, la crítica al
fatalismo y la naturalización de la globalización. Me
parece que es una izquierda más productiva, más rica y
más interesante. 
–Puede ser interesante desde el discurso, pero parece
difícil que se articule en una opción que dispute el
poder real. 
–Sí. Pero lo que menos se propone es armar una
estructura político-electoral. 
–¿Y es posible entonces transformar la realidad y
avanzar en los objetivos declarados de la izquierda?
¿Es posible, por ejemplo, erradicar la pobreza en el
conurbano sin ganarle el poder al duhaldismo? Sino,
parece algo muy interesante pero totalmente abstracto.

–Admito esa dificultad. Es un pensamiento que se
articula en grupos y que no se estructura en una
fuerza política para postularse la disputa de un poder
electoral. Es lo que pasa con Holloway: ¿Cómo es esto
de hacer la revolución sin tomar el poder? No
necesariamente ganarle el poder al duhaldismo implica
transformar la pobreza y la desigualdad. Yo no pondría
la prioridad en la necesidad de articularse
electoralmente.  
–¿No? 
–No. En sus períodos formativos la izquierda siempre
necesitó una larga etapa de acumulación
político-intelectual hasta convertirse en una fuerza
política. ¿Cuántas décadas tuvieron que pasar hasta
que el movimiento socialista pudo constituirse en una
opción electoral? Aunque es cierto que en 1896 se
fundó el Partido Socialista y ya en 1904 Palacios era
senador, si tuviera que hacer un paralelo histórico
diría que ahora estamos en un momento como en la
década de 1870 o 1880, en un período previo a la
articulación de una corriente política. Había grupos,
periódicas, libros, debates, hasta que un movimiento
los recogió y se articuló.  
–Parece algo lejano. 
–Puede ser, pero tengo más esperanza en que surja una
nueva izquierda que en una autorreforma de la vieja
izquierda, que esperé mucho tiempo y que nunca se dio.


	

	
		
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