[R-P] [Colonización cultural] Otra biografía m itrista, esta vez de Kirchner

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Lun Ago 30 08:10:54 MDT 2004


[También del CIDOB]


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Néstor Kirchner
Argentina

De nombre completo Néstor Carlos Kirchner Ostoic.

* 25 de febrero de 1950, Río Gallegos, provincia de Santa Cruz. 	 

Pertenece a una familia con ascendientes europeos de religión 
católica; su padre, Néstor Carlos Kirchner, laboraba de funcionario 
de correos y descendía de alemanes y suizos, mientras que su madre, 
María Ostoic, era hija de inmigrantes croatas radicados en Punta 
Arenas, Chile. Los Kirchner residían en Río Gallegos, capital de la 
provincia de Santa Cruz, un territorio de la Patagonia austral frío, 
muy escasamente habitado (hoy en día continúa siendo la provincia
argentina con menos densidad demográfica, unas 180.000 personas para
una extensión comparable a la del Reino Unido, lo que da menos de un
santacruceño por kilómetro cuadrado) y tradicionalmente relegado de
las instancias de poder político y económico nacionales.

El muchacho cursó la enseñanza primaria en escuelas públicas 
provinciales y el bachillerato en el Colegio Nacional República de
Guatemala. Desde temprana edad militó en el Movimiento Justicialista,
primero como miembro de una Juventud Peronista que en aquella época, 
a finales de la década de los sesenta, estaba impregnándose de
radicalismo izquierdista al calor de la oposición a las dictaduras
militares, hasta dar lugar a grupos partidarios de la lucha armada y
la guerrilla urbana como los Montoneros y las Fuerzas Armadas
Revolucionarias, los cuales entraron en conflicto con el general Juan
Domingo Perón en 1973 cuando éste retorno triunfalmente del exilio y 
a la Presidencia de la República de la que había sido expulsado en 
1955.

[Otra vez la técnica de la calumnia.  Kirchner, en rigor, nunca 
participo de las "formaciones especiales";  por lo demás, ni 
Montoneros ni FAR "surgieron del peronismo", como pretende el 
articulista ignorante, como queriendo atribuir al MNJ la 
responsabilidad por la espiral de violencia de los 70]

En marzo de 1975 Kirchner era un militante de la izquierda peronista
no extremista y un estudiante de Derecho en la Universidad Nacional 
de La Plata (UNLP) cuando contrajo matrimonio con Cristina Fernández,
natural de la citada capital de la provincia de Buenos Aires y 
compañera de estudios y de partido, que iba a desarrollar su propia
carrera política, paralela a la de su esposo. En 1977 la pareja tuvo 
a su primer retoño, Máximo, y trece años después nació una niña,
Florencia.

[Compárese con la bio de Rodríguez Saá:  aquí empiezan por el "tono 
familiero", contrastando con el duro retrato del hijo del policía...]

En 1976, el año del derrocamiento por las Fuerzas Armadas de la viuda
del fundador y caudillo del justicialismo, María Estela (Isabel)
Martínez de Perón, Kirchner recibió el título de abogado y
posteriormente regresó a su Río Gallegos natal para ejercer la
profesión. Apenas se han divulgado datos de su trayectoria durante el
infausto septenio en que Argentina estuvo regida por las juntas
militares y el peronismo, muy en particular su ala izquierda, padeció
las sevicias de la guerra sucia. En lo tocante a estos tenebrosos
años, las biografía publicadas por la prensa argentina reseñan que
Kirchner y su esposa montaron un estudio jurídico y que él sufrió un
encarcelamiento cuya duración y motivos no se precisan.

En 1982, a la caída de la tercera junta militar, noqueada por el
desastre bélico en las islas Malvinas y el inicio de la restauración
democrática, Kirchner emergió a la vida pública desde un puesto de
funcionario en la administración provincial en Río Gallegos. Luego de
poner en marcha un círculo de encuentro político, el Ateneo Teniente
General Juan Domingo Perón, a finales de 1983 fue nombrado presidente
de la Caja de Previsión Social de la ciudad. Aunque en julio de 1984,
debido a una disputa sobre las políticas financieras de la entidad,
fue destituido de este puesto por el entonces gobernador provincial,
el peronista Arturo Puricelli, Kirchner llegó a convertirse en una
celebridad local y comenzó a construirse una base de apoyos
fundamental para sus aspiraciones políticas.

En 1986 ya había alcanzado el suficiente caché como para hacerse con
la candidatura a intendente (alcalde) de Río Gallegos en la elección
interna de la sección local del Partido Justicialista (PJ). Dicho y
hecho, en los comicios del 6 de septiembre de 1987 Kirchner ganaba su
primer mandato representativo con apenas un centenar largo de votos 
de ventaja sobre su contrincante radical, mientras que su camarada
Ricardo del Val retenía para el PJ la gobernación una provincia que 
en los años siguientes iba a mantenerse férreamente en manos 
peronistas. 

La gestión de Kirchner como primer edil de la capital provincial en 
el período 1987-1991 satisfizo a la dirección nacional peronista y a 
los votantes, un acopio de méritos que le calificó para ser el 
aspirante del oficialismo para el puesto de gobernador provincial. El 
ascenso de Kirchner se vio favorecido por la caída de del Val, que en 
junio de 1990 fue depuesto en un juicio político. En las elecciones 
del 8 de septiembre de 1991, cuando ya habían cumplido el bienio de 
vida el Gobierno federal presidido por el peronista Carlos Saúl Menem 
y el mandato de Cristina Fernández de Kirchner como diputada en la 
Cámara de Diputados provincial, el abogado santacruceño se apuntó la 
victoria con el 61,1% de los votos.

El 10 de diciembre Kirchner asumió la gobernación de Santa Cruz 
cuando la provincia, que aportaba sólo el 1% del PIB nacional con
producciones del sector primario, estaba azotada por la crisis
económica, el paro y un déficit en sus cuentas públicas de 1.200
millones de dólares. La receta que aplicó consistió en fuertes
inversiones para estimular la actividad productiva, la contratación
laboral y el consumo, con lo que se situó en las antípodas del modelo
neoliberal, concentrado en la eliminación de la hiperinflación, en el
reajuste monetario y en la desregulación del Estado, que estaba
aplicando Menem en el Gobierno federal.

Toda vez que Kirchner hizo un manejo eficiente del presupuesto 
provincial, con eliminación de gastos improductivos, y de las 
regalías de la explotación de los hidrocarburos, la principal riqueza
del territorio, la consecuencia de sus políticas expansionistas y
sociales fue que al cabo de una década Santa Cruz estaba metida por 
la senda de la prosperidad y en el camino además logró el equilibrio
fiscal, incluso superávit en algún ejercicio. Encuestas actuales
señalan a Santa Cruz como la provincia con mejor distribución de
riqueza y menor índice de pobreza, tras la capital federal.

Kirchner se labró un perfil un tanto singular de peronista de 
centroizquierda, crítico tanto con el modelo neoliberal de Menem como
con la burocracia sindical del justicialismo, y que otorgaba tanta
importancia al control del déficit fiscal como a un modelo de
crecimiento sobre bases productivas, no especulativas, y nacionales.
En lo referente a los Derechos Humanos y la consideración de los años
de la dictadura, Kirchner estaba considerado progresista. Así, en
diciembre de 1990 manifestó su repudio a la decisión de Menem de
indultar a los antiguos comandantes de la dictadura y a dirigentes de
los Montoneros.

Desde luego, la labor administradora de Kirchner fue facilitada por
las escasas dimensiones del aparato económico y el mercado laboral de
Santa Cruz, y además no estuvo exenta de críticas. Para sus
detractores, Kirchner no era muy diferente de otros gobernadores
peronistas a la hora de hacer y deshacer con talante personalista y
autoritario, sobre todo en el manejo de los medios de comunicación
provinciales y los nombramientos para las magistraturas judiciales de
personas de confianza. Por lo demás, el control público de los nuevos
puestos de trabajo y una economía acusadamente subsidiada facilitaban
la manutención de una electoralmente provechosa red de clientelismo
político, típica de los feudos de provincias.

Además, Kirchner dispuso la enmienda de la Constitución provincial en
dos ocasiones, en 1994 y 1998, para habilitar la reelección 
indefinida del gobernador, una reforma hecha a su medida que siguió 
los pasos de la realizada por Menem en el ámbito nacional. Elegido en 
1992 secretario de Acción Política del Consejo Nacional del PJ y 
presidente del Concejo justicialista en Santa Cruz, amén de 
presidente de la Organización Federal de Estados Productores de 
Hidrocarburos (OFEPHI), el 10 de abril de 1994 Kirchner salió elegido 
convencional nacional constituyente a la par que su esposa Cristina. 
Como miembro de la Asamblea Constituyente que pactaron Menem y el ex 
presidente y líder radical Raúl Alfonsín en diciembre de 1993, 
Kirchner fue copartícipe en la elaboración de la nueva Carta Magna, 
que entre otras novedades incluía la reelección presidencial para un 
segundo período cuatrienal consecutivo en lugar del mandato sexenal 
no prorrogable.

Al socaire de su propia reforma constitucional en casa, en los 
comicios del 14 de mayo de 1995 Kirchner fue reelegido con un 
contundente 66,5% de los votos, que duplicó ampliamente la cuota
obtenida por su rival de la Unión Cívica Radical (UCR), para un
segundo cuatrienio, el mismo período ganado por Menem en la votación
presidencial. El distanciamiento con el carismático y controvertido
jefe del Estado y jefe nominal del partido lo expresó a las claras
Kirchner en 1996 con la puesta en marcha de la llamada Corriente
Peronista, una línea interna del Movimiento Justicialista con
pretensiones de ser un espacio de reflexión y debate suprapartidista 
y que hacía hincapié en la política frente a las soluciones
economicistas para confrontar los problemas del país.

La decisión de Menem en 1998 de postularse de nuevo para la 
Presidencia a través de una segunda reforma constitucional ad hoc si
era preciso suscitó un muy fuerte movimiento de rechazo en las filas
peronistas, ya agrietadas por la polémica gestión económica y social
del equipo de Gobierno, que pasó a capitanear el gobernador de la
provincia de Buenos Aires y ex vicepresidente de la República, 
Eduardo Alberto Duhalde. Entonces, Kirchner salió a posicionarse con 
Duhalde para detener en seco a un líder que, con sus deseos de 
perpetuarse en el poder y la defensa a capa y espada de los intereses 
de los leales a su servicio, estaba perjudicando las propias 
ambiciones y cotos de poder territorial de un amplio elenco de 
dirigentes que no comulgaban con muchas de las políticas del jefe del 
Estado. Paradójicamente, quien empezó a darse a conocer ante la 
opinión pública nacional como un firme detractor de la "re-reeleción" 
de Menem en la Casa Rosada porteña, no veía ningún problema a su 
propia renovación indefinida en Río Gallegos.

En las elecciones generales del 24 de octubre de 1999 Duhalde fue
batido por el candidato de la pujante Alianza entre la UCR y el
centroizquierdista Frente País Solidario (Frepaso), Fernando de la 
Rúa Bruno, mientras que en la Cámara de Diputados el PJ fue 
desbancado del primer puesto. La marea ascendente del aliancismo se 
notaba también en Santa Cruz, pero en su elección doméstica, 
celebrada el 23 de mayo anterior, Kirchner aguantó sin grandes apuros 
el envite y ganó su tercera gobernación consecutiva con el 54,7% de 
los votos frente al 44,1% cosechado por el radical Anselmo Alfredo 
Martínez, intendente de Río Gallegos desde 1995 y sublema mejor 
situado dentro de la Convergencia, el lema electoral formado, en 
pintoresca coalición de fuerzas, por la Alianza y el menemista 
Movimiento Federal Santacruceño (Mofesa), este último animado por 
Arturo Puricelli, el gobernador peronista de Santa Cruz en 1983-1987 
y viejo adversario de Kirchner dentro del peronismo.

Llamado por sus paisanos Lupín, al parecer, por su supuesto parecido
físico (porte desgarbado, nariz prominente y ojos camaleónicos) con 
un personaje de tebeo argentino, Kirchner se ubicó nítidamente en las
filas duhaldistas, dedicadas a la doble tarea de regatear las fintas
de un menemismo desacreditado pero resuelto a defender sus parcelas 
de poder, y de plantear la oposición al aliancismo en el Gobierno
federal. El santacruceño ganó ascendiente en la alta política
nacional, dentro de una tendencia que otorgaba a los caudillos
territoriales del peronismo, a fin de cuentas, los detentadores del
capital electoral de un partido mermado tras los últimos comicios, un
peso creciente en los órganos de dirección internos del PJ.

Con la seguridad y la confianza que brindaba estar al frente de una 
de las provincias menos golpeadas por la pobreza, el desempleo y la
crispación social, Kirchner fue testigo del imparable deterioro del
Gobierno de de la Rúa, que se mostró incapaz de confrontar 
eficazmente una crisis económica y financiera de enorme magnitud, la 
más aguda desde la independencia en 1816, que le estalló en las manos 
como, en buena parte que era, la herencia funesta de Menem.

En efecto, los gobiernos menemistas habían terminado con la pesadilla
inflacionaria, conseguido varios años de crecimiento económico y
emprendido una profunda reforma del Estado, con desregulaciones,
privatizaciones y supresión de subvenciones, en aras de la
concurrencia competitiva de Argentina en las dinámicas librecambistas
subregionales y en la nueva economía globalizada. Pero todo el 
sistema se hizo descansar sobre estructuras más bien hueras o 
hipotecadas, con destrucción de tejido industrial nacional, 
dependencia de la inversión foránea, proliferación descontrolada de 
los capitales especulativos, recurso al endeudamiento interno y 
externo para compensar el déficit fiscal en ausencia de un sistema 
tributario racional y, finalmente, resentimiento de las exportaciones 
como consecuencia del tipo de cambio fijo y sobrevalorado entre el 
peso y el dólar.

[Fíjense cómo el articulista defiende el período de Menem, aunque 
parece criticarlo:  las ideas eran buenas, pero estuvieron mal 
implementadas...]

El 19 de diciembre de 2001 se produjo el temido y anunciado estallido
social en Buenos Aires y otras ciudades del país con el detonante
inmediato del corralito financiero, esto es, la inmovilización 
parcial y temporal de todos los saldos bancarios como medida 
desesperada del Gobierno aliancista para evitar la fuga masiva de 
depósitos. En los días siguientes se abatió sobre Argentina una 
vorágine de mudanzas políticas e institucionales sin precedentes, 
empezando por la renuncia de de la Rúa el 20 de diciembre. Por lo que 
se refiere a Kirchner, jugó un papel relevante en las graves 
decisiones políticas que se tomaron en estos días convulsos.

Así, los medios periodísticos citaron al santacruceño entre los 
participantes en un conciliábulo restringido de líderes regionales
justicialistas que consensuó la colocación de uno de los suyos, 
Adolfo Rodríguez Saá, gobernador de la provincia de San Luis desde 
1983, para el puesto de presidente de la República interino. Todos 
estos capitostes provinciales, inclusive el bonaerense Carlos 
Ruckauf, el santafesino Carlos Alberto Reutemann y el cordobés José 
Manuel de la Sota sostenían, o se sospechaba que sostenían, 
ambiciones presidenciales, y otorgaron la investidura congresual a 
Rodríguez Saá en la creencia de que éste se iba a conformar con 
servir el interinato y convocar elecciones presidenciales anticipadas 
para marzo.

Cuando el puntano dejó entender que no se descalificaba para la 
carrera electoral y además dio muestras de afrontar la calamitosa
situación económica con talante populista y con escaso sentido de la
realidad, 

[!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!]

Kirchner y los demás barones le retiraron al punto el apoyo, de 
manera que el 30 de diciembre, con la calle hirviendo en una
segunda ola de protestas, Rodríguez Saá hubo de renunciar al cabo de
una semana de ejercicio. El santacruceño calificó la efímera
presidencia de su colega de filas de "retorno al populismo de los 
años 30". El minué de inquilinos en la Casa Rosada tocó a su fin el 1 
de enero de 2002 con la investidura de Duhalde como presidente 
interino, y aunque la sensación de una inminente y catastrófica 
desintegración social, e incluso de una guerra civil al decir de los 
agoreros, se difuminó, siguió respirándose una atmósfera 
extraordinariamente enrarecida, con la tensión a flor de piel.

[La fuente es poco confiable, así que no sabemos si realmente se 
habla del "populismo de los 30"; pero si así fuera, entonces es un 
dato importante para entender a Kirchner, esta definición que hizo de 
la semana de ARS...  Marca con toda precisión cuáles son sus límites: 
 está por detrás de... Raúl Scalabrini Ortiz y F.O.R.J.A.  Es un 
hombre de la década del 20, de la dorada era alvearista.  Suena 
razonable, dicho sea de paso, aunque en un sentido completamente 
inesperado para el biógrafo.]

Kirchner no cuestionó las medidas de contingencia que el Gobierno de
Duhalde fue aplicando a lo largo de 2002, las cuales apuntaron a un
nuevo modelo económico y social en Argentina. Estas fueron
fundamentalmente dos, y ambas hicieron notar sus efectos balsámicos:
una de tipo estructural, la abrogación de la Ley de Convertibilidad,
con la consiguiente devaluación de la divisa argentina y la
pesificación de los créditos de los particulares; y otra puramente
coyuntural, el levantamiento gradual del corralito, a medida que la
crisis de iliquidez del sistema financiero iba apagando luces rojas.
Ahora bien, en su jurisdicción Kirchner se las ingenió para minimizar
el impacto brutal que el corralito y la pesificación estaban teniendo
sobre el poder adquisitivo de la población sacando más de 500 
millones de dólares del erario provincial provenientes de los 
devengos petroleros del Estado y depositándolos en la Reserva Federal 
de Estados Unidos y en cuentas bancarias de Suiza y Luxemburgo.

Mientras el traumatizado país parecía dejar atrás la fase más 
angustiosa de la crisis, si bien en el camino se quedaban millones de
damnificados entre trabajadores despedidos, ahorradores arruinados y
nuevos pobres, en el justicialismo fueron descubriéndose sobre la 
mesa las distintas ambiciones presidenciales, hasta entonces más o 
menos soterradas, un proceso que se aceleró después de que Duhalde 
decidiera en julio adelantar a marzo (posteriormente se retrasó la 
fecha a abril) de 2003 las elecciones presidenciales previstas al 
principio para septiembre.

Kirchner, Menem, Rodríguez Saá, de la Sota y el gobernador de Salta,
Juan Carlos Romero, anunciaron su intención de presentarse a un
proceso de elecciones primarias del PJ que primero se anunció para
noviembre de 2002 y que luego se postergó a febrero de 2003. Duhalde
estaba resuelto a frustrar las posibilidades de Menem y Rodríguez 
Saá, máximos favoritos en unas primarias justicialistas. A tal fin, 
primero confió en la presentación de Reutemann, pero el ex piloto de 
Fórmula 1 declinó competir en estas condiciones de atomización de las
postulaciones justicialistas.

Entonces Duhalde trasladó sus preferencias a de la Sota, pero el 15 
de enero de 2003 anunció que su apuesta para la sucesión presidencial 
era Kirchner, hasta hacía bien poco hundido en las encuestas sobre
favoritos para la Presidencia, porque compartía "sus ideas vinculadas
a la defensa de la producción" y porque figuraba entre los que no
querían "volver atrás", en alusión a las políticas de ajuste de 
Menem. El apoyo de Duhalde implicaba para Kirchner tener detrás, no 
sólo el núcleo oficialista del partido y la institución presidencial, 
sino todo el aparato peronista de la provincia de Buenos Aires, con 
mucha diferencia, el distrito político y económico más importante del 
país. Al día siguiente, Kirchner celebró el acto de presentación 
oficial de su candidatura arropado por una representación del 
peronismo bonaerense y por funcionarios del Gobierno federal. 
Desbordando autoconfianza, el gobernador patagónico afirmó que no le 
faltaba coraje "ni todo lo que hay que tener" para sacar a Argentina 
de su postrada situación.

El 24 de enero Duhalde, con el acuerdo de Kirchner, remachó su 
estrategia al obtener la aprobación del Congreso del PJ a su moción
para suspender la elección partidaria interna y trasladar la liza del
santacruceño y los dos ex presidentes directamente a la elección
presidencial del 27 de abril. La decisión fue tomada pese al fallo de
una juez federal con competencia electoral prohibiendo la reforma de
la Carta Orgánica del PJ con aquel objeto, y en ausencia del sector
menemista.

Con el argumento de que los tres aspirantes, de hecho, presentaban
programas contrapuestos, el aparato del partido controlado por los
oficialistas resolvió que Kirchner, Menem y Rodríguez Saá 
concurrieran bajo un régimen llamado de neolemas, es decir, con la 
autorización de exhibir los símbolos partidarios comunes y los lemas 
específicos de cada lista, pero sin adjudicación de todos los 
sufragios justicialistas al más votado de entre ellos, de suerte que, 
desde el principio hasta el final, los tres iban a enfrentarse como 
si pertenecieran a partidos diferentes. El artificio era una 
variedad, teóricamente pergeñada para esta ocasión excepcional, de la
tradicional ley de lemas, concebida para dar satisfacción a una
pluralidad de ambiciones presidenciales en un partido, pero que al
mismo tiempo favorecía la dispersión del voto de dicha fuerza
partidaria.

Desprovisto del carisma, el conocimiento público y el empuje 
mediático de Menem y Rodríguez Saá, y, en opinión de algunos 
analistas, de esa visión estratégica, propia del estadista avezado, 
de la situación de Argentina en el mundo de la que tanta gala hacía
Menem, el gobernador santacruceño arrancó la campaña en una posición
zaguera en los sondeos de intención de voto frente a sus dos
conmilitones y adversarios y al ex ministro delarruísta Ricardo López
Murphy, valedor de una plataforma liberal. Para atraer votos, 
Kirchner se apoyó en la figura del ministro de Economía de Duhalde, 
Roberto Lavagna, que tenía una imagen positiva por su gestión 
anticrisis, y anunció que lo mantendría en su futuro gabinete, lo que 
equivalía a dar continuidad al programa económico duhaldista. 
Cristina Fernández de Kirchner, que desde 1995 venía realizando una 
labor política descollante como senadora y diputada santacruceña en 
el Congreso Nacional, aportó a la campaña de su marido un elemento de 
atracción no desdeñable.

La lista presidencial de Kirchner, el Frente para la Victoria, 
presentó el programa Un país en serio, que incidía en una serie de
primeridades: la producción, la justicia, la educación, el trabajo, 
la equidad y la salud, de alguna manera sintetizadas en el eslogan de
Primero Argentina. En esta declaración, de regusto socialdemócrata e
intencionadamente contrastada con la experiencia y la herencia del
menemismo, Kirchner ha propuesto un modelo de producción y trabajo 
que exige "articular inteligentemente y con sentido nacional lo 
público y lo privado", tal que Estado y mercado (preferentemente, el 
interno) puedan "asociarse en la construcción de un país distinto" 
con un reparto de funciones: el primero, "promoviendo, regulando y
controlando"; el segundo, "invirtiendo, produciendo y ganando".

En el terreno de lo concreto, Kirchner se ha planteado un buen número
de objetivos: obtener la reducción de las amortizaciones y los
intereses de la deuda externa, y la reprogramación de los servicios;
mantener el sistema monetario flotante, con el peso cotizando
libremente con el dólar, y vinculado a las necesidades del sistema
productivo, con el fin de estimular las exportaciones y permitir la
reducción progresiva de la dependencia de las importaciones; rebajar
gradualmente los impuestos al consumo y establecer un sistema
tributario simplificado y "progresivo", con tipos de retención más
ceñidos al nivel de rentas contributivas, así como luchar
vigorosamente contra el fraude fiscal y el contrabando; lanzar un
vasto plan "neokeynesiano" de inversiones públicas en vivienda,
transportes y servicios educativos y sanitarios, con el objeto de
reparar la arrasada red de prestaciones sociales y, de paso, generar
cinco millones de empleos, directa o indirectamente; crear un 
programa laboral específicamente orientado a la microempresa; 
prolongar las subvenciones y ayudas sociales del Gobierno, en 
especial las destinadas a combatir la indigencia extrema y el hambre 
en regiones concretas del país, en tanto dure la situación de 
emergencia; y, renegociar los contratos y tarifas de las empresas 
proveedoras de servicios, aceptando un ajuste inicial del 10% al 15% 
en algunas prestaciones.

La puntualización "cuidando el equilibrio fiscal" o "sin déficit
fiscal" coletea como un mantra en las propuestas de Kirchner, en 
parte por convicción personal y en parte para mitigar las 
reluctancias del FMI, que, pese a haber accedido el Gobierno de 
Duhalde a varias de sus exigencias, sigue demandando restricción 
monetaria, no obstante hallarse la inflación controlada -en abril el 
índice mensual fue el 15%, frente al 41% anual de 2002, como 
consecuencia de la devaluación del peso- y el peso en vías de 
recuperación frente al dólar, así como la reindexación de las tarifas 
de los servicios públicos privatizados. 

El FMI pide al Estado argentino nuevos ajustes y correcciones para
avalar la financiación del sobrepago de intereses de la deuda en 
bonos con acreedores privados, que asciende a 60.000 millones de 
dólares, y para conceder reestructuraciones en la deuda crediticia 
propia y, eventualmente, nuevas postergaciones de pagos ya vencidos 
que no se cancelaron en su momento, so pena de incurrir Argentina en 
el ominoso default. Por lo demás, desde la implosión de diciembre de 
2001 el FMI se ha negado a socorrer al país sudamericano con más 
ayudas de contingencia.

Aquellos compromisos financieros fueron congelados, al igual que las
tarifas de los servicios públicos, por Duhalde en enero de 2002, y
desde entonces el Gobierno saliente vino tejiendo, con actitud más
retardataria que resolutiva en algunos aspectos, un extremadamente
complicado encaje de bolillos que ha intentado ahorrar a una
ciudadanía con los ingresos derrumbados el reajuste alcista de las
tarifas -lo que afecta muy negativamente a las necesidades de
inversión de las empresas proveedoras para sostener sus servicios y a
la capacidad de atender sus propias deudas- mientras contiene el 
gasto público y recauda más impuestos para alcanzar los objetivos de 
un superávit fiscal primario (antes del pago de los intereses de la
deuda) del 2,5% del PIB en 2003 y el 4% en 2004, considerados
imprescindibles para cumplir las obligaciones financieras del Estado 
y recuperar la confianza de los fiadores domésticos y foráneos.

En resumidas cuentas, Kirchner se lanzó a la justa presidencial 
haciendo suyo lo esencial de las políticas económicas y sociales del
Gobierno Duhalde y comprometiéndose -aunque sin excesivas
rotundidades- con las grandes tareas dejadas intactas o inconclusas
por su colega partidario, a saber: la reforma del sistema tributario 
y una lucha eficiente contra los delitos económicos; la remoción de 
las angustias contables del Estado, con los dogales que suponen los
sucesivos vencimientos de deuda; la reforma del sistema bancario y la
restitución de la solvencia de las entidades financieras privadas; y,
una reforma general de las instituciones del Estado, que incluya
reducciones de los cuerpos legislativo y judicial para reducir los
gastos de la política. 

Pero además, como si todo lo anterior no fuera suficiente, había que
devolver las esperanzas de futuro a un país devastado socialmente,
donde la pobreza en alguna de sus formas golpea ya al 54% de la
población (20 millones de argentinos, de los cuales la mitad son
considerados indigentes al percibir ingresos mensuales inferiores a
los 220 dólares), la tasa de desempleo excede el 20%, la previsión
social recibe cotizaciones de sólo el 40% de la población ocupada, y
las penurias especialmente dramáticas de la desnutrición y el hambre
están causando mortandad infantil en Misiones y Tucumán.

Sobre el cálculo de Kirchner gravitan las ya citadas tendencias 
moderadamente halagüeñas del índice de precios y la cotización 
monetaria, así como el curso de la producción, que registró un 
crecimiento del 5% en el primer trimestre del año, frente a la brutal
recesión, el -11%, experimentada en el conjunto de 2002.

Al cabo de una campaña caracterizada por la apatía y el escepticismo
del electorado, mientras seguía reverberando el grito de hastío "Que
se vayan todos" que ha presidido las revueltas y movilizaciones del
último año y medio, Kirchner llegó a la jornada del 27 de abril en
competición muy reñida con Menem y con López Murphy por el derecho a
disputar la segunda vuelta, requerida constitucionalmente si el
candidato más votado no reúne el 45% de las papeletas válidas o más
del 40% y una diferencia de 10 puntos porcentuales sobre el siguiente
candidato. En opinión de politólogos y expertos en análisis 
electoral, las opciones estaban abiertas en una tesitura muy fluida, 
donde las lealtades partidarias y las ataduras ideológicas clásicas 
cuentan menos que la preferencia subjetiva y mudable por uno u otro 
candidato. Por primera vez en 57 años, la antinomia clásica peronismo-
radicalismo no presidía unas elecciones generales y el peronismo,
además, se presentaba fraccionado en candidaturas rivales.

Pues bien, Kirchner, con el 22% de los votos, fue superado por Menem
(Lista Frente por la Lealtad), que obtuvo el 24,3%. Descalificados
para la segunda ronda quedaron López Murphy (Lista Movimiento Federal
Recrear), Rodríguez Saá (Lista Frente Nacional y Popular) y la
independiente de izquierda y ex radical Elisa María Carrió (Lista
Alternativa por una República de Iguales), receptores respectivamente
del 16,3%, el 14,2% y el 14,1% de los sufragios. 

[Ni siquiera conocen bien los nombres de los partidos.  Y para colmo 
dicen que la Carrió es de "izquierda"...]

En un distante y testimonial sexto puesto quedó el candidato de la 
UCR, Leopoldo Raúl Guido Moreau, que sólo recogió el 2,3% de los 
votos. A la sazón, el peor resultado nunca cosechado por un 
presidenciable radical era todo lo que quedaba del efímero fenómeno 
aliancista, que tantas expectativas suscitó a finales de los años 
noventa. La papeleta de Kirchner acaparó el 78,7% de los votos en 
Santa Cruz y fue también la preferida en la provincia de Buenos Aires 
(25,2%) y en el conurbano o gran Buenos Aires (27,8%); ahora bien, en 
la circunscripción propiamente capitalina, otrora bastión del voto 
radical y frepasista, Kirchner sólo quedó en tercer lugar tras López 
Murphy y Carrió. 

Kirchner celebró su paso a la segunda vuelta del 18 de mayo haciendo
un llamamiento a la población para que escogiera entre dos modelos de
país, el de la "exclusión y el endeudamiento", en alusión a Menem, y
el de una "Argentina de igualdad y con posibilidades para todos".
También expresó su confianza en aglutinar todo el voto de rechazo que
Menem suscitaba, especialmente en los votantes de López Murphy y
Carrió, el electorado urbano susceptible de definirse en la categoría
socioeconómica (barrida por la crisis) de clase media, o en aquellos
que podían apreciar en el santacruceño un perfil más frepasista que
peronista.

El apoyo implícito de Carrió y el espaldarazo de líderes peronistas
como de la Sota y de los presidentes socialistas de Brasil, Luiz
Inácio Lula da Silva, y Chile, Ricardo Lagos, ante quienes comunicó 
en Brasilia y Santiago su deseo de priorizar un MERCOSUR integrado
económica y políticamente frente al Área de Libre Comercio de Las
Américas (ALCA) que patrocina Estados Unidos -con el respaldo
entusiasta de, precisamente, Menem-, convirtieron a Kirchner en un
presidente in péctore. Las encuestas tras la primera vuelta electoral
adjudicaban entre un 60% y un 70% de intención de voto para el
santacruceño, si bien semejante caudal de apoyos no obedecía tanto a
méritos propios como a un rechazo frontal a ver de nuevo a Menem
presidiendo el país.

Sin embargo, la segunda ronda no llegó a disputarse porque el 14 de
mayo Menem, al cabo de un día largo de rumores y desmentidos, anunció
su retirada del proceso electoral en una decisión que suscitó la
increpación general. La opinión compartida fue que el riojano arrojó
la toalla antes que sufrir su primera derrota, y por goleada, en una
carrera cuajada de éxitos electorales, y también para arrojar una
sombra de ilegitimidad sobre Kirchner, que de esta manera inopinada 
se proclamó presidente electo con el nivel de voto popular más bajo 
en la historia de Argentina. También se habló de un intento de Menem 
de condicionar al futuro presidente, mala noticia para un aspirante a
estadista que ya se embarcó en la carrera hacia la Casa Rosada con la
imagen de factótum de Duhalde.

Visiblemente irritado por este escamoteo de un capital electoral
masivo que, con certeza, le habría permitido gozar de un período de
gracia popular más prolongado a la espera de resultados concretos de
su gestión, Kirchner devolvió los dardos dirigidos por Menem
acusándole de "cobarde" y de "huir" de sus responsabilidades, y
definió expresamente su decisión como un "intento de deslegitimar la
voluntad de cambio expresada por la sociedad" y de "mostrar débil y
frágil al Gobierno que se inicia para tratar de imponerle la
continuidad de las políticas llevadas adelante durante la década de
los noventa".

Consciente de esa necesidad, Kirchner aseguró que presidirá "con 
todos los argentinos" y explicó que su idea era que "el consenso se 
refleje en el país que se va a construir" y no en "acuerdos entre 
dirigentes para cambiar apoyos por cargos", una "práctica vieja que 
los argentinos no quieren más". Por de pronto, deberá gobernar 
durante medio año, hasta las elecciones legislativas de octubre, con 
la actual composición del Congreso, en la que predomina un bloque 
justicialista de unos 150 diputados y senadores, de los cuales menos 
de la tercera parte son duhaldistas.

El 25 de mayo, cinco días después de cesar en la gobernación de Santa
Cruz, Kirchner recibió de Duhalde en el Congreso los atributos de
presidente constitucional e inició su mandato que expira en 2007, en
una ceremonia a la que asistieron sólo uno (Alfonsín) de los otros
cuatro presidentes de la Argentina democrática y una decena de
mandatarios sudamericanos, inclusive Lula da Silva, Lagos, el cubano
Fidel Castro, el venezolano Hugo Chávez y el ecuatoriano Lucio
Gutiérrez.

En su discurso de inauguración, que no registró mención alguna a Juan
y Eva Perón o a Duhalde, Kirchner hizo una vehemente defensa del
Estado como articulador social de la función económica del mercado,
interviniendo allá donde éste "excluye y abandona", esgrimió las
nociones de "capitalismo nacional" y "modelo argentino de producción,
trabajo y crecimiento sustentable", y llamó a extender la seguridad
jurídica a todos y cada uno de los argentinos independientemente de 
su estatus socioeconómico. Durante toda su alocución gravitó el 
rechazo de Kirchner al modelo neoliberal practicado en los años 
noventa. (Última actualización: 27 mayo 2003) 

Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar

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"Sí, una sola debe ser la patria de los sudamericanos".
Simón Bolívar al gobierno secesionista y disgregador de 
Buenos Aires, 1822
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