[R-P] Tres Héroes, por José Marti (Agenda de Reflexion N 208)
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Dom Ago 8 17:37:51 MDT 2004
No para dar por pensado,sino para dar en qué pensar
Agenda de Reflexión Número 208, Año III, Buenos Aires,
domingo 8 de agosto de 2004
En el Día del Niño, Crónicas de La edad de oro [1882],
por José Martí
Tres héroes
Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al
anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no
preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba
adonde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el
viajero, solo con los árboles altos y olorosos de la
plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se
movía, como un padre cuando se le acerca un hijo. El
viajero hizo bien, porque todos los americanos deben
querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a todos
los que pelearon como él porque la América fuese del
hombre americano. A todos: al héroe famoso, y al
último soldado, que es un héroe desconocido. Hasta
hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean
por ver libre a su patria.
Libertad es el derecho que todo hombre
tiene a ser honrado, y a pensar y hablar sin
hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni
pensar ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa,
o no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre
honrado. Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin
trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un
hombre honrado. Un hombre que se conforma con obedecer
a leyes injustas, y permiten que pisen el país en que
nació los hombres que se lo maltratan, no es un hombre
honrado.El niño, desde que puede pensar, debe pensar
en todo lo que ve, debe padecer por todos los que no
pueden vivir con honradez, debe trabajar porque puedan
ser honrados todos los hombres, y debe ser un hombre
honrado. El niño que no piensa en lo que sucede a su
alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive
honradamente, es como un hombre que vive del trabajo
de un bribón, y está en camino de ser bribón. Hay
hombres que son peores que las bestias, porque las
bestias necesitan ser libres para vivir dichosas: el
elefante no quiere tener hijos cuando vive preso; la
llama del Perú se echa en la tierra y se muere, cuando
el indio le habla con rudeza, o le pone más carga de
la que puede soportar. El hombre debe ser, por lo
menos, tan decoroso como el elefante y como la llama.
En América se vivía antes de la libertad como la llama
que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse
la carga, o morir.
Hay hombres que viven contentos aunque
vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía
cuando ven que los hombres viven sin decoro a su
alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de
decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz.
Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre
otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres.
Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra
los que les roban a los pueblos su libertad, que es
robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van
miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad
humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres
son sagrados: Bolívar, de Venezuela; San Martín, del
Río de la Plata; Hidalgo, de México. Se les deben
perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue
más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más
perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz
con que calienta. El sol tiene manchas. Los
desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los
agradecidos hablan de la luz.
Simón Bolívar, libertador suramericano nacido en
Caracas, Venezuela
Bolívar era pequeño de cuerpo. Los ojos le
relampagueaban, y las palabras se le salían de los
labios. Parecía como si estuviera esperando siempre la
hora de montar a caballo. Era su país, su país
oprimido, que le pesaba en el corazón, y no le dejaba
vivir en paz. La América entera estaba como
despertando. Un hombre solo no vale nunca más que un
pueblo entero; pero hay hombres que no se cansan,
cuando su pueblo se cansa, y que se deciden a la
guerra antes que los pueblos, porque no tienen que
consultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos
tienen muchos hombres y no pueden consultarse tan
pronto. Ese fue el mérito de Bolívar, que no se cansó
de pelear por la libertad de Venezuela, cuando parecía
que Venezuela se cansaba. Lo habían derrotado los
españoles: lo habían echado del país. El se fue a una
isla, a ver su tierra de cerca, a pensar en su tierra.
Un negro generoso lo ayudó cuando ya no lo
quería ayudar nadie. Volvió un día a pelear, con
trescientos héroes, con los trescientos libertadores.
Libertó a Venezuela. Libertó a la Nueva Granada.
Libertó al Ecuador. Libertó al Perú. Fundó una nación
nueva, la nación de Bolivia. Ganó batallas sublimes
con soldados descalzos y medio desnudos. Todo se
estremecía y se llenaba de luz a su alrededor. Los
generales peleaban a su lado con valor sobrenatural.
Era un ejército de jóvenes. Jamás se peleó tanto, ni
se peleó mejor, en el mundo por la libertad. Bolívar
no defendió con tanto fuego el derecho de los hombres
a gobernarse por sí mismos, como el derecho de América
a ser libre. Los envidiosos exageraron sus defectos.
Bolívar murió de pesar del corazón, más que de mal del
cuerpo, en la casa de un español en Santa Marta. Murió
pobre, y dejó una familia de pueblos.
El Padre Hidalgo de México
Mujeres y hombres valerosos que no eran muchos, pero
valían por muchos: media docena de hombres y una mujer
preparaban el modo de hacer libre a su país. Eran unos
cuantos jóvenes valientes, el esposo de una mujer
liberal, y un cura de pueblo que quería mucho a los
indios, un cura de sesenta años. Desde niño fue el
cura Hidalgo de la raza buena, de los que quieren
saber. Los que no quieren saber son de la raza mala.
Hidalgo sabía francés, que entonces era cosa de
mérito, porque lo sabían pocos. Leyó los libros de los
filósofos del siglo dieciocho, que explicaron el
derecho del hombre a ser honrado y a pensar y a hablar
sin hipocresía. Vio a los negros esclavos, y se llenó
de horror. Vio maltratar a los indios, que son tan
mansos y generosos, y se sentó entre ellos como un
hermano viejo, a enseñarles las artes finas que el
indio aprende bien: la música, que consuela; la cría
del gusano, que da la seda; la cría de la abeja, que
da miel.
Tenía fuego en sí, y le gustaba fabricar:
creó hornos para cocer los ladrillos. Le veían lucir
mucho de cuando en cuando los ojos verdes. Todos
decían que hablaba muy bien, que sabía mucho nuevo,
que daba muchas limosnas el señor cura del pueblo de
Dolores. Decían que iba a la ciudad de Querétaro una
que otra vez, a hablar con unos cuantos valientes y
con el marido de una buena señora. Un traidor le dijo
a un comandante español que los amigos de Querétaro
trataban de hacer a México libre. El cura montó a
caballo, con todo su pueblo, que lo quería como a su
corazón; se le fueron juntando los caporales y los
sirvientes de las haciendas, que eran la caballería;
los indios iban a pie, con palos y flechas, o con
hondas y lanzas. Se le unió un regimiento y tomó un
convoy de pólvora que iba para los españoles. Entró
triunfante en Celaya, con músicas y vivas. Al otro día
juntó el Ayuntamiento, lo hicieron general, y empezó
un pueblo a nacer. El fabricó lanzas y granadas de
mano. El dijo discursos que dan calor y echan chispas,
como decía un caporal de las haciendas. El declaró
libres a los negros. El les devolvió sus tierras a los
indios. El publicó un periódico que llamó El
Despertador Americano. Ganó y perdió batallas. Un día
se le juntaban siete mil indios con flechas, y al otro
día lo dejaban solo. La mala gente quería ir con él
para robar en los pueblos y para vengarse de los
españoles. El les avisaba a los jefes españoles que si
los vencía en la batalla que iba a darles los
recibiría en su casa como amigos. ¡Eso es ser grande!
Se atrevió a ser magnánimo, sin miedo a que lo
abandonase la soldadesca, que quería que fuese cruel.
Su compañero Allende tuvo celos de él, y él le cedió
el mando a Allende.
Iban juntos buscando amparo en su derrota
cuando los españoles les cayeron encima. A Hidalgo le
quitaron uno a uno, como para ofenderlo, los vestidos
de sacerdote. Lo sacaron detrás de una tapia, y le
dispararon los tiros de muerte a la cabeza. Cayó vivo,
revuelto en la sangre, y en el suelo lo acabaron de
matar. Le cortaron la cabeza y la colgaron en una
jaula, en la Alhóndiga misma de Granaditas, donde tuvo
su gobierno. Enterraron los cadáveres descabezados.
Pero México es libre.
José de San Martín, Libertador de Argentina y Chile
San Martín fue el libertador del Sur, el padre de la
República Argentina, el padre de Chile. Sus padres
eran españoles, y a él lo mandaron a España para que
fuese militar del rey. Cuando Napoleón entró en España
con su ejército, para quitarles a los españoles la
libertad, los españoles todos pelearon contra
Napoleón: pelearon los viejos, las mujeres, los niños;
un niño valiente, un catalancito, hizo huir una noche
a una compañía, disparándole tiros y más tiros desde
un rincón del monte: al niño lo encontraron muerto,
muerto de hambre y de frío; pero tenía en la cara como
una luz, y sonreía, como si estuviese contento.
San Martín peleó muy bien en la batalla de
Bailén, y lo hicieron teniente coronel. Hablaba poco;
parecía de acero; miraba como un águila; nadie lo
desobedecía; su caballo iba y venía por el campo de
pelea, como el rayo por el aire. En cuanto supo que
América peleaba para hacerse libre, vino a América:
¿qué le importaba perder su carrera, si iba a cumplir
con su deber?; llegó a Buenos Aires; no dijo
discursos; levantó un escuadrón de caballería; en San
Lorenzo fue su primera batalla; sable en mano se fue
San Martín detrás de los españoles, que venían muy
seguros, tocando el tambor, y se quedaron sin tambor,
sin cañones y sin bandera. En los otros pueblos de
América los españoles iban venciendo; a Bolívar lo
había echado Morrillo el cruel de Venezuela; Hidalgo
estaba muerto; O'Higgins salió huyendo de Chile; pero
donde estaba San Martín siguió siendo libre la
América. Hay hombres así, que no pueden ver la
esclavitud. San Martín no podía; y se fue a libertar a
Chile y al Perú.
En dieciocho días cruzó con su ejército
los Andes altísimos y fríos; iban los hombres como por
el cielo, hambrientos, sedientos; abajo, muy abajo,
los árboles parecían yerba, los torrentes rugían como
leones. San Martín se encuentra al ejército español y
lo deshace en la batalla de Maipú, lo derrota para
siempre en la batalla de Chacabuco. Liberta a Chile.
Se embarca con su tropa, y va a libertar al Perú. Pero
en el Perú estaba Bolívar, y San Martín le cede la
gloria. Se fue a Europa triste, y murió en brazos de
su hija Mercedes. Escribió su testamento en una
cuartilla de papel, como si fuera el parte de una
batalla. Le habían regalado el estandarte que el
conquistador Pizarro trajo hace cuatro siglos, y él le
regaló el estandarte en el testamento al Perú.
Un escultor es admirable, porque saca una figura de la
piedra bruta; pero esos hombres que hacen pueblos son
como más que hombres. Quisieron algunas veces lo que
no debían querer; pero ¿qué no le perdonará un hijo a
su padre? El corazón se llena de ternura al pensar en
esos gigantes fundadores. Esos son héroes; los que
pelean para hacer a los pueblos libres, o los que
padecen en pobreza y desgracia por defender una gran
verdad. Los que pelean por la ambición, por hacer
esclavos a otros pueblos, por tener más mando, por
quitarle a otro pueblo sus tierras, no son héroes,
sino criminales.
José Martí fue uno de los más grandes poetas
americanos, y el gran héroe de la independencia
cubana, donde se lo conoce y venera como el Apóstol.
Nació en La Habana en 1853 y vivió en España entre
1871 y 1874, deportado a raíz de sus ideas políticas.
Se dedicó a la poesía desde muy joven. A la vez,
estudió en Zaragoza Derecho y Filosofía y Letras.
Residió posteriormente en México desde 1874 a 1877.
Vivió en Guatemala poco tiempo y regresó a México
donde contrajo matrimonio y tuvo un hijo, a quien
plasmó en sus poesías que llevan su nombre,
Ismaelillo. En su prolongado destierro vivió en
Caracas y luego residió en Nueva York, donde trabajó
como traductor de una editorial y colaboró con varios
diarios y revistas, entre ellos La Nación de Buenos
Aires.
En 1889 publicó La Edad de Oro, su revista
para niños [cf. Agendas de Reflexión Nº 6 y Nº 40]. En
1892 fundó el Partido Revolucionario Cubano y se
dedicó a esta causa en México, Santo Domingo y otros
países. En 1895 estalló la Revolución, y se entablaron
luchas en la Isla, adonde habían desembarcado las
fuerzas; en un enfrentamiento, en el Combate de Dos
Ríos, José Martí perdió la vida, en 1895, a los 42
años de edad.
Su literatura es de una gran sencillez y
ternura, con un excelente manejo del vocabulario
castellano. Fue un escritor que representó la
transición americana entre el romanticismo y el
modernismo literarios. Pero el modernismo de José
Martí se opone a la literatura cargada de artificios
de su época.
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