[R-P] El arca rusa o el largo adiós
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Vie Abr 16 19:23:08 MDT 2004
Enrique Lacolla respondió velozmente a nuestra encarecida solicitud.
He aquí su envío, completo.
Disfruten.
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Estimado amigo Néstor:
No bien lo dejé días pasados en Córdoba, le remití el comentario sobre El
Arca Rusa. Se debe haber perdido en el cielo cibernético. Aquí se lo
reitero, como attach a este correo.
Un abrazo,
Enrique Lacolla
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El arca rusa
El largo adiós
Por Enrique Lacolla
Alexander Sokurov ha logrado una película innovadora y de
gran belleza, pero no inmune a la superficialidad
posmoderna.
La magistral película de Alexander Sokurov, El arca rusa, no
marca una solución de continuidad en la historia del cine,
como se ha afirmado quizá con demasiada desenvoltura. Pero
sí descubre, en plenitud, la potencialidad que la tecnología
digital tiene para la elaboración de un discurso audiovisual
suelto y envolvente, capaz de lograr una subjetividad casi
absoluta. Cosa que, con el recurso a la película
tradicional, siempre se había revelado muy difícil, si no
imposible, en razón de la articulación que supone el
montaje. Los 90 minutos que dura El arca rusa fueron
rodados, en cambio, en una sola toma, en un largo plano
secuencia que se grabó directamente, a partir de una steady
cam, a un disco rígido.
El filme fue concebido como parte de los festejos que
celebraron el 300 aniversario de la fundación de San
Petersburgo. En este sentido no tiene una motivación muy
distinta a la de Octubre, la película que Sergio Eiseinstein
rodara en 1927 para evocar el décimo aniversario de la
revolución bolchevique y buena parte de cuyo recorrido
discurre por los mismos lugares donde Sokurov ha elaborado
ahora su filme.
Pero, ¡qué distancia separa a la concepción formal e
ideológica de ambas obras! El torrente de imágenes hachadas,
vehementes, casi jadeantes, de la obra de Eisenstein, es
suplantada aquí por el deslizarse sedoso e inaparente de una
cámara que recorre la historia de la ex capital rusa,
captándola desde el seno del edificio donde se concentraba
el poder cortesano en la Rusia de los zares: el Palacio de
Invierno.
Del brazo de un noble francés del siglo 19, el director
Sokurov o su alter ego el Narrador, se introduce en los
meandros de un palacio inabarcable, vestido por un barroco
de una preciosidad exquisita, y en los vaivenes de las
historias que se esconden detrás de sus puertas. El noble
francés es el comentarista, alternativamente desdeñoso o
extasiado, de las peculiaridades de la alta sociedad rusa,
tan imitadora de lo europeo y tan condicionada por una
naturaleza salvaje que ronda fuera de las paredes del
palacio y que, también, por momentos, se intuye adentro.
En esa personalidad dividida puede rastrearse,
probablemente, la huella de la permanente polémica entre
eslavófilos y occidentalistas de la cual, entre otras cosas,
surgió la misma San Petersburgo.
Delicia
La película de Sokurov es un puro deleite para la vista y el
oído. Plásticamente, es de una perfección absoluta. Los
encuadres están elaborados al máximo, lo que hace presumir
largos meses de ensayo para obtener la precisión de ballet
que se requería de los miles de personajes y figurantes
entre los que se desliza el objetivo durante la hora y media
que dura la obra. Pictóricamente, es de una resolución
perfecta, lo que a su vez hace suponer un prolongado trabajo
sobre el software para arrancarle las tonalidades dramáticas
que el color debía tener. Ignoramos si el sonido es directo.
Es casi seguro que lo sea; pero, de cualquier manera, el
mixage de la posproducción tiene que haber requerido de un
considerable esfuerzo para acordar con tanta perfección las
voces, los rumores y la música.
El arca rusa concluye con un largo baile dado en enero de
1913, cuando se cernían ya sobre ese lustroso escenario,
bien que inaparentes, las sombras de la guerra y la
revolución. La alegría, el esplendor, la despreocupación de
esa sociedad condenada, contrastan, desde la perspectiva del
espectador y del Narrador, con las catástrofes que se
avecinan. Y el desdén que al noble francés y al director esa
época revuelta les inspira, es verbalizada por el primero,
quien declara no querer dejar la sala del baile y no seguir
a los invitados en su retirada, pues “lo que viene”, dice,
no le interesa.
Comparaciones y diferencias
La película de Sokurov suscita comparaciones egregias, lo
que de alguna manera habla de su entidad como pieza de arte.
Con la película de Eisenstein, que ya mencionáramos, por un
lado, debido a su absoluta contraposición a ella, y con El
gatopardo de Luchino Visconti, cuya secuencia final anticipó
el baile de gala con que epiloga el filme de Sokurov.
Ahora bien, si en concepción y estilo El arca rusa está
mucho más cerca del filme de Visconti que del de Eisenstein,
no por esto deja de haber una gran diferencia en el clima
espiritual que impregna a ambas obras.
Las dos películas engranan sobre la visión de una
decadencia. Al menos, si se entiende por tal, la inminencia
de la desaparición de un estilo de vida prestigioso y
elegante. Pero lo que en Visconti es un desgarramiento que
se preocupa en discernir la podredumbre interna de ese
organismo enfermo, y sabe transmitir esa condena junto a un
insanable sentimiento de melancolía por la extinción de los
valores que le están vinculados, en Sokurov se transforma en
una especie de adhesión patética y aterciopelada a un mundo
del que no se discierne –o se resuelve no discernir– la
fundamental injusticia.
Esta sensibilidad podría emparentarse a la melancolía un
poco afectada del Chateaubriand de Las memorias de
ultratumba. Pero lo que en el escritor francés era la
genuina emanación de una experiencia de vida que pasó por
una infancia noble, una emigración escuálida, una
experiencia familiar y social de cárceles y patíbulo, y por
la contemplación de las aventuras fulgurantes de la
Revolución y del Imperio deshechas en una lucha titánica, en
Sokurov esa melancolía es prestada. Sokurov no vivió sino de
oídas las catástrofes que se ciernen imaginariamente sobre
los personajes de su película, y la afirmación del Narrador
en el sentido de que “aquí hubo una Convención que duró
ochenta años y durante la cual sucedieron cosas horribles”,
sumada a la actitud del noble francés retrayéndose de un
futuro que desprecia, están más cerca de la pose que de una
genuina preocupación por la historia.
La peripecia revolucionaria de Rusia durante esos ochenta
años fue enorme, sombría y durante un largo período
siniestra, pero no desesperada. Hubo un gran resplandor de
esperanza en sus comienzos, que estuvo a punto de contagiar
al mundo entero. Y no surgió de la nada; brotó del rechazo a
la brutal injusticia que existía fuera de los muros del
Palacio en el que Sokurov se recluye y al que las
muchedumbres tomarían por asalto.
¿O nuestro director piensa que la revolución bolchevique fue
tan sólo un gesto de mal gusto, una especie de eructo de la
historia?
En la tormenta de las décadas que siguieron a la caída del
zarismo, perecieron no sólo los viejos usos; también
sufrieron ostracismo y muerte muchos de los artistas que
encarnaban a la misma revolución y que, lejos de refugiarse
en el arca del pasado, intentaron testimoniar en contra del
rumbo que la revolución había tomado y que, de hecho,
terminó negándola. Osip Mandelstam, Isaac Babel, Vladimir
Meyerhold y el mismo Sergio Eisenstein tuvieron enormes
dificultades, murieron en el destierro o fueron ejecutados,
por no renegar de sus convicciones.
Alexander Sokurov no pasó por nada de esto. Es hijo de la de
la experiencia gris y mediocre de la era brezhneviana y, más
que debatirse contra la historia, parece querer adecuarse a
la verbalización “políticamente correcta” que sucedió a la
caída del comunismo.
Sokurov ha compuesto una obra muy bella y técnicamente
innovadora. Pero el estilo atorbellinado y suave impuesto
por su plano secuencia tal vez remede, peligrosamente, el
deslizamiento posmoderno sobre la superficie de las cosas.
Se trata, de alguna manera, de una elección deliberadamente
provocadora. En Octubre, Eisenstein había puesto en práctica
su esforzada teoría del "montaje intelectual", por la cual
el espectador debía aproximarse a la comprensión de lo que
se le expresaba en la pantalla a través de una gimnasia
mental que le permitiría extraer, de la contraposición entre
dos planos aparentemente heterogéneos, un tercero, virtual,
en el cual se condensaría la carga crítica que suponía la
colisión entre los dos primeros. Un pavo mecánico girando
sobre su eje, un busto de Napoleón y un funcionario subiendo
siempre el mismo tramo de escalera mientras acumulaba cargos
en el gobierno, eran formas de significar el vacío que
habitaba a las ambiciones de Kerensky (1). Tesis, antítesis
y síntesis , esa era la ecuación dialéctica que proponía
Eisenstein, quien intentaba comprimir, en su estilo, el
núcleo doctrinario que regía su pensamiento en una hora
histórica significada por la ilusión lírica y la esperanza
de cambio.
En Sokurov esa exigencia casi prusiana de un pensamiento
programático, se ve suplantada por la fluencia de una cámara
que aparenta dejarse ir, acariciando los ropajes, los
salones y las personas, sin otro motivo que el puro goce de
disfrutar un momento irrepetible.
Y así, una vez más, la forma, el contenido y las
circunstancias de la cultura, se entretejen
inescindiblemente en el tramado de una obra de arte.
1)Alexander Kerensky, político social revolucionario ruso,
caudillo ampuloso y retórico, que acumuló toda la apariencia
del poder en los meses anteriores a la revolución de Octubre
y fue desalojado sin dificultades por los bolcheviques,
cuando estos se adueñaron del gobierno.
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
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"Sí, una sola debe ser la patria de los sudamericanos".
Simón Bolívar al gobierno secesionista y disgregador de
Buenos Aires, 1822
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