[R-P] ARS, EL BENEFICIO DE LA DUDA

Daniel N. Moser dnmoser en yahoo.com
Dom Sep 22 19:21:35 MDT 2002


El discurso de ARS entusiasma, como entusiasmaba el de Menem en 1988.
Sus pocos días como presidente dejaron ver algunas medidas
trascendentes, como la de la moratoria que –la verdad sea dicha, era ya
un hecho consumado–.
Yo estaba en Argentina en esos días y me entusiasmé tanto como me
desepcioné después.

Estuve en Argentina durante las jornadas en que RSAA asumió y renunció:
Las expectativas que creo, él mismo se encargo de defraudarlas. Fue
cierto que las condiciones que antecedieron a su salida fueron críticas
pero, en mi opinión, fue RSAA el principal responsable de esa salida.
Siguiendo con las frases populares "En la cancha se ven los pingos" y,
en esa ocasión, RSAA se vió muy mal. Salió corriendo y renunció por
mensajería.
 
¿Porqué –me pregunté ese día y aún ahora– en lugar de leer su discurso
en condiciones casi patéticas, no convocó al pueblo a la Plaza de Mayo
y a cada plaza del país? ¿Porqué, en lugar de acusar sin precisar,
dando a entender que tenía claro a los traidores y vendepatria, no dió
sus nombres y apellidos? ...por ejemplo.
 
Es muy cierto que las condiciones eran críticas pero 

¿No es en esas ocasiones donde se muestra el liderazgo? 

¿CÓMO VA ENFRENTAR HOY LO QUE NO PUDO O QUIZO HACER HACE TAN POCO
TIEMPO? 

¿NO ESTÁN LOS MISMOS ENEMIGOS DE LA PATRIA AHORA?

¿NO ESTÁN ACASO AHORA MÁS ORGANIZADOS Y AL ACECHO?

¿NO ESTÁ ESTÁ, ACASO, EL PUEBLO ARGENTINO MÁS DESGASTADO Y SIN LA
MOTIVACIÓN, EL ÍMPETU Y LA PARTICIPACIÓN Y MOVILIZACIÓN QUE TUVO EN
AQUELLAS JORNADAS?

¿NO ERA ESA LA OPORTUNIDAD A LA QUE HOY ASPIRA ARS?

¿Podemos llevarnos únicamente por lo que dice, sin tener en cuenta sus 
antecedentes? Qué no califico pues desconozco lo que hizo en los
últimos años. Agradeceré el aporte de algún compañero.

¿Dónde estaba él, haciendo qué, durante los últimos 25 años y, en
especial durante los gobiernos de Menem?

NO SON CHICANAS, SON PREGUNTAS FRANCAS. SEGURAMENTE NO SOY EL ÚNICO QUE
SE LAS HACE.
 
Si se concreta el amañado proceso electoral destinado a salvar a la
partidocracia (o como se le quiera llamar a la manga de astutos,
ignorantes y vendepatrias que hoy integran la "clase política" parída
por la dictadura civico-militar de 1976, continuadora de sus políticas
por medios "democráticos"), quien obtenga el triunfo –QUE NO EL PODER–
no tendrá la fuerza suficiente para gobernar, por las condiciones del
país, por el papel que juega EU y por el caracter del proceso.

Sea quien sea el ganador, lo que marcará la diferencia con el
¿presidente? Duhalde, la acción que determinará el fin del Proceso de
Reorganización Nacional iniciado en 1976, será la convocatoria a una
Asamblea Contituyente de caracter refundacional, un primer paso
indispensable para dejar atrás estos casi treinta años de decadencia y
horror y la única manera de poner en marcha una revolución pacífica
que, necesariamente deberá contar con la paticipación activa de los
argentinos patriotas sin discriminaciones, donde los trabajadores y los
militares ocupan, por distintas razones,un lugar estratégico.
 
¿Saldrá de estas elecciones una argentina o argentino dispuesto a
asumir ese papel histórico? 

"El que se quema con aquel Menem (¡Siganme, no los voy a defraudar!) ve
a ARS y llorá". Sin embargo, sin dejar de ser crítica, nuestra posición
respecto a ARS debería ser la del "beneficio de la duda", el "ver para
creer", NADA MÁS.

ARS parece tener buenas intenciones, pero con eso no basta aunque se le
debe conceder el beneficio de la duda, NO MÁS.
 
Daniel N. Moser

PD: La descalificación por medio de adjetivos no conduce más que al
descrédito de quien la profiere.
Opino que NADIE tiene derecho a presentarse como ÚNICO referente de la
IN –menos aún cuando NO EXISTE ninguna organización legalmente
reconocida como tal– y TODOS quienes han militado o militan en ella
tiene derecho a opinar y debatir como integrante de la IN.
¡basta de discutir por los "derechos de propiedad"!

Como se ha descalificado en RP a GC a partir de referencias parciales,
considero justo que se conozca el texto completo donde plantea su
posición sobre la actual situación política y la salida de la crisis. A
continuación el texto completo, por respeto a los integrantes de este
foro, que sabrán sacar sus propias conclusiones.

Un abrazo
Daniel N. Moser

PARA QUE SE VAYAN TODOS
RECONSTRUIR EL FRENTE NACIONAL ANTIIMPERIALISTA
El contubernio, etapa superior de la “alternancia”. La trampa
electoral. ¿La clase obrera al poder? La alternativa revolucionaria. 
Gabino Correa

La temperatura del último verano, medida en términos políticos, fue la
más elevada de las últimas décadas. Los clase media estafada por
Cavallo se amontonaba frente a los bancos exigiendo, furiosa, la
devolución de sus ahorros. Los piquetes de los desocupados mostraban
descarnadamente el verdadero rostro de un país que había soñado con
pertenecer al “primer mundo”. Asambleas vecinales proliferaban haciendo
tronar las cacerolas. Miles de ciudadanos se concentraban semanalmente
frente a los Tribunales para exigir la renuncia de la Corte. La
Argentina era un hervidero. Los políticos partidocráticos, que poco
antes se floreaban por los canales televisivos exhibiendo sus sonrisas
radiantes, debían ocultarse de la ira popular. Al ex presidente
Alfonsín lo fueron a buscar hasta su casa para insultarlo. Otras
estrellas de la política mediática corrieron peor suerte. Identificadas
en lugares públicos, recibieron golpes y escupitajos. 

Mientras todo esto sucedía, un grupo selecto de escritores y profesores
se reunía para debatir qué era lo que estaba sucediendo. Eran los
mismos que a partir de 1983 habían ocupado los lugares privilegiados en
los aparatos ideológicos, desde la universidad hasta los suplementos
culturales de los diarios, pasando por los medios radiales y
televisivos. Después de repetir durante casi dos décadas que las reglas
de juego “democráticas” constituían la garantía de que los males
endémicos de la sociedad argentina serían resueltos de una vez y para
siempre, ahora confesaban: “Que muchos de nosotros, después de la
reacción ciudadana, estemos presos de una buena dosis de perplejidad,
se debe al hecho de que no nos imaginábamos que todo esto podía
suceder”. Pero lo que los profesores eran incapaces de imaginar que iba
a suceder, finalmente sucedió. Los “representados” se hartaron de sus
“representantes” y les exigieron con vehemencia “que se vayan todos y
no quede ni uno solo”. Entonces, los profesores dictaminaron con
renovada sapiencia: “se vive una crisis de hegemonía sin alternativas
contrahegemónicas a la vista”. 

El contubernio, etapa superior de la “alternancia”
La hegemonía de la que hablan los profesores es la que ejerce la rosca
oligárquico-imperialista sobre el conjunto de la sociedad argentina a
través de la mediación político-ideológica de los políticos
partidocráticos y los intelectuales que los asesoran. Este control se
efectiviza mediante una serie de mecanismos institucionales y reglas de
funcionamiento cuyo núcleo duro lo constituye la llamada “alternancia”.
Se trata de una trampa en la que un polo progresista o de
centroizquierda y otro más o menos conservador o de centroderecha se
reparten alternativamente los espacios instituidos del gobierno y la
“oposición”. De este modo, la resistencia popular a las políticas
impuestas por el imperialismo resulta inexorablemente deglutida y
procesada por el propio régimen que aplica aquellas políticas. La
“alternancia” es la versión moderna del gatopardismo: cambiar algo para
que nada cambie. Sacar un Menem para poner un De la Rúa, sabiendo que
siempre habrá un Cavallo para resguardar la continuidad del modelo.

Es esta “alternancia” la que entró en crisis con el levantamiento
popular de diciembre. El descrédito de los unos ya no se compensaba con
el crédito otorgado a los otros, sino que afectaba a todos por igual.
El equilibrio estaba roto. En estas condiciones, el juego de la
alternancia ya no era viable, y sus protagonistas recurrieron casi por
instinto de supervivencia al contubernio, es decir, a una cohabitación
ilícita pergeñada en el Parlamento a espaldas de la voluntad popular y
bajo protección policial. La “crisis de hegemonía” impuso entonces un
carácter transicional al gobierno duhaldista, hasta tanto ella se
resolviera.

Pero la resolución de la crisis de hegemonía admite diferentes
posibilidades. Una de ellas, de carácter regresivo, consiste en la
recuperación del control hegemónico por parte del bloque dominante,
devolviendo la representatividad perdida a sus aparatos políticos e
ideológicos. La otra, de carácter progresivo, implica profundizar la
crisis hasta que un nuevo bloque de poder construya esa “alternativa
contrahegemónica” que los profesores no tienen a la vista. Esta
disyuntiva es la que aún permanece abierta, y que se irá definiendo en
uno u otro sentido en los próximos meses.

La trampa electoral
El radical Leopoldo Moreau declaró que “soy de los que creen que, en
vez de que se vayan todos, en un momento de gravedad como el que
vivimos debemos sumarnos todos para salvar la democracia que está en
peligro si sigue primando la irracionalidad”. El frepasista Aníbal
Ibarra, en la misma tónica, calificó de “oportunista” a la consigna
“que se vayan todos”, proponiendo que “sea la gente la que elija a
través del voto”. Que dos encumbrados representantes de la casta
partidocrática se pronuncien en favor de una salida electoral frente a
la crisis y en contra del “que se vayan todos”, está revelando el
significado que adquieren los comicios programados: se trata de una
ingeniería política diseñada para devolverle la legitimidad a quienes
la perdieron durante las jornadas de diciembre.

Curiosamente –o quizá no tanto– un pretendido dirigente de los
trabajadores se expresó en términos parecidos. Dijo Moyano: “Yo analizo
tres alternativas: vamos a protestar los millones de argentinos y nos
apoderamos del Congreso, la Casa de Gobierno, del poder, o que todos
los políticos se vayan y que vengan los militares y se hagan cargo de
nuevo de la situación, o una tercera, que apoyamos nosotros, que es por
la vía de las urnas: elegir un hombre que nos gobierne y darle poder
suficiente. Para nosotros ese hombre es Rodríguez Saá”. Al dirigente de
la CGT rebelde debe reconocérsele el mérito de la claridad: la “vía de
las urnas” es una vía contrapuesta a la perspectiva de que “millones de
argentinos tomemos el poder”. En lugar de esto último, el poder debe
quedar en manos de los mismos dirigentes políticos que después de
veinte años de gobierno condujeron el país al estado actual. Moyano
sólo explicita lo que fue el propósito perseguido por los
contubernistas que impusieron a Duhalde. Un propósito con el que el
propio Moyano colaboró operando en estos meses como desmovilizador de
las energías populares: dejar que la rebelión popular se desgaste y,
sobre ese desgaste, ir reoxigenando, sin prisa pero sin pausa, el
averiado régimen partidocrático. En este marco, aun cuando las vagas
promesas “nacional-populares” del candidato de Moyano fueran algo más
que un recurso demagógico semejante al que empleó Menem en 1989,
quedarían prisioneras de un sistema de fuerzas comprometido con la
conservación del statu quo, lo que les impediría traducirse en hechos
concretos. Tal vez sea ésta la razón por la cual Cavallo ya está
evaluando la conveniencia de apoyar a “el Adolfo”.

¿La clase obrera al poder?
Si la “vía de las urnas”, diseñada en el curso mismo de una crisis de
hegemonía, es decir, de una crisis de poder, adquiere un sentido
regresivo al intentar descomprimir la situación reoxigenando al
sistema, entonces se impone una pregunta: ¿cuál será la salida
progresiva y posible? Cuando Moyano menciona la posibilidad de que los
argentinos “nos apoderemos del Parlamento y la Casa de Gobierno”, es
para descartarla de inmediato . Para Moyano, al igual que para los
profesores perplejos, no existe “alternativa contrahegemónica”. Quienes
sí creen, en cambio, que hay una alternativa a la vía electoral, son
algunos grupos de izquierda como el Partido Obrero. Según Jorge
Altamira, es “la unidad histórica del movimiento piquetero y de las
asambleas populares la que llevará a la clase obrera argentina al
poder”. Piqueteros y asambleístas deben protagonizar “una nueva
rebelión popular” para echar al gobierno e imponer una “Asamblea
Constituyente con poder” que inice “la transición hacia un gobierno de
trabajadores entendido como la dictadura del proletariado”.

El lenguaje maximalista del dirigente del PO constituye el mejor
obsequio a quienes proclaman que “no existe alternativa
contrahegemónica” e intentan abortar electoralmente la potencialidad
revolucionaria de las fuerzas desatadas en diciembre último. La
perspectiva de un gobierno de los piqueteros y las asambleas barriales
constituye un sueño ultraizquierdista por el momento irrealizable. El
fenómeno piquetero es el resultado de más de veinticinco años de
destrucción de las bases materiales del movimiento obrero, como
resultado de un modelo de acumulación centrado en la valorización
financiera y la destrucción del aparato productivo. Refleja la
debilidad de la clase obrera, y no su fortaleza. Por sí mismos, los
trabajadores desocupados no están en condiciones de tomar el poder.
Como Altamira intuye esto, invoca “la unidad histórica con las
asambleas populares”. Pero las asambleas “populares”, es decir,
barriales, hace tiempo que han perdido su calor inicial. Motorizadas
fundamentalmente por la pequeña burguesía porteña, tienden a evaporarse
a medida que la clase que las animó es recapturada por el régimen
partidocrático, que es el que mejor encaja a sus intereses más
profundos.

La alternativa de poder planteada por PO es en realidad una alternativa
inexistente. Pero no por ello dejará de incidir sobre el desenlace de
la situación. Contraponer al régimen partidocrático una abstracta
“dictadura del proletariado”, basada en la democracia directa de
piqueteros y asambleístas, es lo mismo que no contraponerle nada. La
táctica del PO, tributaria de las concepciones seudoclasistas de la
ultraizquierda, deja el camino expedito a quienes no encuentran ni
desean encontrar una alternativa contrahegemónica.

La alternativa revolucionaria
Tras descartar la “toma del poder por los millones de argentinos”,
Moyano aventuró que si se renuncia a la “vía de las urnas”, sólo cabe
esperar que vengan los militares y se hagan cargo de nuevo de la
situación”.

Por supuesto, en caso de que la partidocracia no consiga controlar la
crisis desviándola por canales parlamentarios, los altos mandos
liberales de las fuerzas armadas intentarán hacerse cargo de la
situación. Pero la propuesta de Moyano para que esto no suceda se
asemeja a la decisión de entregarle voluntariamente la billetera a un
ladrón para impedir que nos la quite por la fuerza. Tanto la “vía de
las urnas” como la intervención militar directa de la que habla Moyano
constituirían meras variantes de una misma política: disciplinar a las
masas para replantear las condiciones de la sumisión al imperialismo
sin que la correlación de fuerzas sea favorable a las masas.

La advertencia de Moyano, por otra parte, pierde de vista un aspecto
decisivo de la situación actual. El respaldo militar al orden
instituido no requiere, salvo en circunstancias excepcionales, de la
intervención directa sobre los poderes del Estado. El “profesionalismo”
siempre ha sido la opción preferida de las clases dominantes en el seno
del ejército, porque es la que mayores garantías ofrece a su cohesión
interna y a la verticalidad en que ella se asienta. El golpe de 1976 no
puso en peligro esa cohesión debido a que un factor externo –el
terrorismo– operaba en su favor (es por tal razón, entre otras, que
Montoneros y el ERP fueron objetivamente funcionales al proyecto
videlista, más allá de la honestidad revolucionaria de muchos de sus
cuadros). En 1943, en cambio, ese factor externo de cohesión faltaba, y
los antagonismos sociales se trasladaron al seno del ejército generando
una lucha interna de la que salió triunfante el sector nacionalista
popular encabezado por Perón.

La situación actual se asemeja más a la de 1943 que a la de 1976. Eso
explica, en parte, que las clases dominantes aún no hayan recurrido a
las fuerzas armadas. La implicación directa de los militares en el
ejercicio del poder podría tener consecuencias impredecibles. En la
actual coyuntura, el ejército interviene no interviniendo, es decir,
permitiendo por omisión que la partidocracia se arrodille ante la usura
mundial mientras la resistencia popular se debate en la impotencia de
no poder torcer el rumbo de entrega y miseria crecientes.

¿Significa esto que los socialistas de la Izquierda Nacional apostemos
a un golpe militar? Eso es lo que han comenzado a decir de nosotros los
voceros de la izquierda cipaya. La respuesta contundente es que cuando
en el centro de la escena se plantea la cuestión del poder, no se puede
prescindir de una política hacia las fuerzas armadas. No la tiene
Moyano, que claudica frente al régimen resignándose a la “vía de las
urnas”. Tampoco la tienen la ultraizquierda y el PO, para quienes, a
contramano de lo que enseña nuestra historia, el ejército es un bloque
sin fisuras, inmune a las tormentas desatadas por la lucha de clases.
Para la Izquierda Nacional, por el contrario, no puede descartarse a
priori que el ejército se convierta en el agente catalizador que abra
el curso a una nueva situación más favorable para las masas. Los
militares, cuando renuncian al calor popular, terminan sirviendo a los
peores intereses. El inmenso pobrerío que clama por su derecho a la
vida, sin un brazo armado, se condena a la derrota. Es en la unión de
los patriotas, civiles y militares, en un Frente Nacional
Antiimperialista, donde reside la clave de la victoria. 



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