[R-P] (Fwd) [Pol-cien] Nostalgias del país perdido

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Vie Sep 13 16:40:15 MDT 2002


Esto salió en el _Clarín_ de ayer. Me parece que vale la pena. Además 
está muy bien escrito.

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Nostalgias del país perdido 


Somos herederos de una historia inconclusa, irrealizada, soñada y 
renunciada por generaciones. El desafío es recrear la proeza de su 
fundación. 

Silvia Bleichmar. Psicoanalista.
     

Durante más de cincuenta años los argentinos leímos, una y otra vez, 
en el Billiken, la gesta de Mayo. Durante más de cien años, a partir 
de la fundación de la enseñanza pública representamos, una y otra 
vez, en los actos escolares, damas de miriñaque, caballeros de 
galera, negritas mazamorreras, vendedores de velas, serenos, 
aguateros.

Durante varias generaciones dibujamos, una y otra vez, la casa de 
Tucumán con sus trencitas retorcidas delanteras y el Cabildo con 
ventanitas verdes, cantamos la marcha de San Lorenzo y esbozamos, 
calcamos, difuminamos, pegamos, imágenes de San Martín a caballo, de 
frente, de viejo, de joven, salvado por Cabral, montado en su caballo 
blanco, rodeado de mulas, abrazado a O''Higgins...

Año tras año, en mayo, julio y agosto, recibimos, intentando adherir 
a nuestro ser, la gesta libertadora, la fundación de la Patria, la 
Revolución y la Independencia. No nos fue fácil diferenciarlas: nunca 
entendimos muy bien, ni siquiera de niños, qué querían decir política 
y económicamente cada uno de esos gestos fundantes. 

Supimos desde siempre que existimos a partir de ellos; se nos dijo 
que somos libres y nos ganamos el respeto del mundo a partir de 
ellos, que no seríamos sino una colonia sin ellos, que a partir de 
eso ya no dependemos de la voluntad de rey extranjero alguno, que no 
tendríamos bandera, himno ni escarapela si no fuera por ellos, que 
somos dignos y que, a Dios gracias, todo ello nos permite, en los 
actos escolares, bailar el pericón y no la gavota.

Y sin embargo, pese a todo esto, irreductiblemente, 
irremediablemente, los argentinos seguimos diciendo, cuando nos 
referimos a la que deberíamos llamar nuestra patria, "este país". Y 
seguimos buscando la identidad en cosas aparentemente triviales, la 
buscamos desesperadamente, ardientemente, hasta que nos duelen las 
manos y los ojos de añoranza, explorando en esas pequeñas cosas 
rastros de aquello que nos permita detectar un resto de la que 
suponemos es nuestra identidad perdida: nos sentamos en aviones de 
Aerolíneas Argentinas, buscamos las estaciones YPF para cargar nafta, 
comemos alfajores Havanna, sumergimos en el té bizcochitos Canale, 
vamos a ver la quebrada de Humahuaca, nos detenemos un momento en 
Purmamarca, pasamos rápido ante la sala del velatorio de Lavalle en 
Jujuy, escuchamos turísticamente que hasta allí se llevaron a través 
del país los restos mutilados de un cuerpo despedazado sin juntarlo 
con los cuerpos despedazados con los que en cada siglo "el país", "e!
ste país" se cobra de manera siniestra su cuota de horror, no sólo de 
sangre. 

Sentimos, sin saberlo del todo, que ya no hay aviones de línea 
nacional, ni nafta de extracción nacional, ni bizcochitos Canale ni 
alfajores Havanna hechos por viudas o familias de inmigrantes, y que 
el norte fue arrasado hace ya tanto tiempo que ni siquiera podemos 
sospechar que los bosques de quebracho que alguna vez poblaron la 
desolada tierra salteña se fueron en el tanino con el cual se 
curtieron los cueros que salieron al mundo, y que junto a los cueros 
se curtieron los cuerpos de quienes los trabajaron hasta dejarlos 
grises y parejos con el color de la miseria, y que los sabores se 
tornan cada día más extraños, y que por eso buscamos 
desesperadamente, aferrados a esas migas de alfajor de maizena 
despedazado de lo que alguna vez fue la patria, el sabor y el olor de 
lo que amamos.

Y cuando nos levantamos a la mañana seguimos buscando en el 
guardapolvo blanco el símbolo de un proyecto de país tendido hacia el 
futuro, sabiendo que ese guardapolvo ha devenido la marca de la 
pobreza, que cada niño que porta el uniforme del país que quisimos 
ser es hoy un candidato a la miseria y la marginación, y que nos 
alegramos cuando los vemos manchados con mate cocido, café con leche 
o sopa, porque el color impoluto que fue orgullo de generaciones de 
madres es hoy la uniformidad de la miseria que sólo se ve arrancada 
de sí misma por la voluntad infantilmente férrea de quienes se 
resisten a dejar de ser.

Y como los esclavos negros que en el Brasil colonial acuñaron una 
palabra con la cual expresar sentimientos que estaban más allá de lo 
representable, y encontraron en el vocablo banzo -un fragmento de la 
lengua madre de Angola caído para llenar el vacío que el portugués 
abría sobre la nostalgia- un modo de expresar esa extraña añoranza de 
lo no conocido, de la tierra de los ancestros, del escenario mítico 
en el cual se despliega el recuerdo de la libertad nunca vivida, los 
argentinos intentamos capturar el reflejo empobrecido en sonidos e 
imágenes de la patria que las figuritas y representaciones de la 
infancia nunca terminaron de hacer vívida. 



Derecho a la identidad

Porque si seguimos diciendo "este país" es porque nunca pudimos 
sentirnos dueños de su cuerpo. Y el territorio cercado por el cual 
periódicamente circulamos libremente nunca terminó de ser poseído por 
nosotros, y cada vez que intentamos poseerlo nos despedazaron, y cada 
vez que dijimos que teníamos derecho a definir su historia nos 
derrotaron, y la identidad es entonces un sueño que periódicamente se 
torna pesadilla y nos vemos compulsados a un dormir sin sueños. 

Por eso añoramos lo que nunca tuvimos, y a cada niño que aprende la 
historia patria deberíamos enseñarle que los héroes de la 
Independencia no nos legaron más que un proyecto, y que la única 
manera de que la independencia deje de ser una figurita que se pega 
en el cuaderno es enseñándole que él es el heredero de esta historia 
inconclusa, irrealizada, soñada y renunciada por generaciones, y que 
cada uno deberá reeditar y recrear la proeza de su fundación. 

Y deberemos enseñarles, también a nuestros niños, que sí tienen 
derecho a la identidad, pero que esta identidad no es simplemente la 
herencia étnica del crisol en el cual se gestó la amalgama entre la 
Argentina indígena y el país criollo, ni del mestizaje entre gringos 
y charrúas, ni entre negros y lo que fue sedimentando de todo lo 
demás, ya que la extinción de los tobas es también la extinción de la 
pampa gringa a manos de los rentistas de la tierra. Y deberemos 
decirles también que esa identidad no fue nunca concluida, y que es 
mentira que Argentina y Australia tuvieron el mismo punto de partida 
y nosotros, los argentinos, por imbéciles, dejamos que todo se nos 
fuera de las manos, ya que en realidad el destino no estuvo en 
nuestras manos sino por breves períodos, y no lo dejamos ir sino que 
nos lo arrancaron. Y en eso sí tenemos una responsabilidad, que no es 
lo mismo que tener la culpa, ya que no tuvimos la fuerza necesaria 
para impedir que los ladrones, los verdaderos c!
ulpables de nuestra miseria, fiestearan a nuestra costa y aceptamos 
en cierto momento los huesos y en otro salvamos el pellejo, pero 
nunca pudimos evitar que se llevaran lo nuestro.

Y también deberemos transmitirles la idea de que la historia por la 
Independencia no acabó en el 1800, y que si no hay muchos que tengan 
algún ancestro que peleó en Vilcapugio y Ayohuma, ya hay millones de 
nietos de hombres y mujeres que pelearon batallas durante todo el 
siglo XX, y que los padres, abuelos y bisabuelos de nuestros 
escolares estuvieron en el 30 defendiendo la democracia o siendo 
arrasados por el golpe de Uriburu, y avanzaron sobre la Capital en el 
45, y fueron reprimidos en el 50, y luego masacrados en el 55, y 
estuvieron en la fundación de sindicatos y escuelas, y participaron 
de las luchas en defensa de la Universidad de los 60, y se 
plantearon, de uno u otro modo, construir un país distinto en los 70, 
y se quedaron y resistieron como pudieron o se fueron al exilio y 
volvieron, y siguieron resistiendo, y murieron en la Plaza de Mayo en 
el 2001, y en los piquetes en el 2002, y fundaron comedores populares 
e hicieron teatro en las plazas, y escribieron poemas!
, artículos, libros, botellas al mar de la Web. Y que diariamente 
reparten si no escarapelas celeste y blancas, comidas en ollas 
improvisadas en el medio de la calle que comparten con sus hijos que 
se ponen los guardapolvos blancos luego de marchar por esas mismas 
calles construyendo una historia que les permita sentir que recuperan 
su posibilidad de futuro.

Y entonces sí, cuando hayamos podido cobrar dimensión de esta 
historia, la rudimentaria identidad de sabores y olores con la que 
persistimos tenazmente aferrándonos para seguir siendo algo más que 
habitantes de este territorio, podrá ser afirmada en el pasaje a la 
apropiación definitiva de un país que llevamos inscripto hasta el 
borde de la desesperación y la nostalgia. 


     
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Néstor Miguel Gorojovsky
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"Aquel que no está orgulloso de su origen no valdrá nunca 
nada porque empieza por depreciarse a sí mismo".
Pedro Albizu Campos, compatriota puertorriqueño de todos 
los latinoamericanos.
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