[R-P] César Benjamín:"Hitler también sonreía"
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Mie Nov 13 17:43:14 MST 2002
24 de octubre del 2002
Hitler también sonreía
César Benjamín
Resumen Latinoamericano
Hace algunos años vi, en la portada de un libro, una fotografía que
jamás olvidaré: mostraba a un Hitler bonachón, con un niño en el
regazo, rodeado de otros niños, con los cuales conversaba en un
descampado. Estaban todos tranquilos, alegres y relajados,
completamente espontáneos. Quedé perturbado al contemplar así, tan
humano, al constructor del régimen más odioso del que tuvimos
noticias en el siglo XX. Hitler siempre nos fue mostrado en imágenes
histéricas y grotescas, vociferando, amenazando, gesticulando, de
modo que nos habituamos a imaginar que normalmente era así.
Particularmente por eso, tenemos dificultades en comprender como
millones de personas pudieron tolerarlo, captarlo, respetarlo o
seguirlo.
Inmediatamente me di cuenta que los contemporáneos del nazismo,
especialmente los alemanes y los pueblos bajo su influencia, deben de
haber visto millares de veces ese otro tipo de imagen, hoy tan rara -
Hitler sonriendo, caminando entre asesores, abrazando personas,
agitando banderitas, explicando con calma sus ideas, incluso cuando
representaban un ultimátum a alguien. También me di cuenta que era
una falta de respeto a la democracia ocultar eso a las nuevas
generaciones. ¿Cómo podríamos reconocer una eventual vuelta del
fascismo o de otro tipo de barbarie, si solo fuésemos capaces de
imaginarlo en aptitudes grotescas y repugnantes? ¿Y si volviese con
otra imagen, mas amigable, cautivante y encantadora?
He pensado en ello cuando veo al presidente George W. Bush explicar
los nuevos procedimientos y doctrinas del Estado norte-americano.
Habla pausadamente, frunce el ceño, se rodea de niños y cachorritos,
se porta como el amigo con más experiencia. Pero aquella bendita foto
de Hitler me vacunó contra apariencias, al mostrarme que lo peor de
los dictadores de su época, también se exhibían así.
Bush y Hitler no son comparables. Tampoco el mundo y la sociedad
norte- americana de hoy son comparables al mundo y a la sociedad
alemana de setenta años atrás. Pero es forzoso reconocer que los
Estados Unidos han emitido una secuencia de señales perturbadoras,
que necesitan recibir una atención más sistemática. Algo esta
cambiando allí, rápidamente, y para peor. La notoria imbecilidad del
presidente no es explicación suficiente. Comienzo a pensar en cosas
más graves.
Como todos se recuerdan, Bush perdió las últimas elecciones
presidenciales por más de medio millón de votos, pero consiguió dar
la vuelta a esa desventaja mediante una grosera manipulación de los
resultados del estado de Florida, gobernado por su hermano. Consiguió
así, mayoría en el colegio electoral (solo entonces los medios de
comunicación nos explicaron que la elección del presidente de los
Estados Unidos se realiza por medio de elecciones directas). En
aquella ocasión, extrañamente, una misma señora acumulaba las
funciones de responsable por el proceso electoral en la Florida,
secretaria de Justicia de ese estado (subordinada pues, al hermano de
Bush) y coordinadora oficial de la campaña del propio Bush. Ella y
sus amigos impidieron un recuento decente de los votos, a pesar de
haber una diferencia mínima entre los candidatos -ochocientos votos-,
con enormes evidencias de fraude. Ochocientos votos que decidieron
una elección nacional en un país de 250 millones de habitantes.
Ningún otro presidente tomaría su cargo en esas condiciones con tanta
prisa e impunidad. Si fuese del tercer mundo, él y su país llevarían
consigo la marca del ridículo, que las agencias de noticias no nos
dejarían olvidar. Si fuese adversario de los Estados Unidos, no
obtendría reconocimiento internacional y sería "legítimamente"
derribado. La acusación de golpe de estado contaría con evidencias
demoledoras. Pero Bush asumió su cargo con extraña facilidad, sin
necesidad de rendir cuentas a nadie. Quedó claro que fuerzas
poderosas consideraban muy importante tenerlo en la presidencia,
incluso pagando el alto precio de sacrificar las apariencias
democráticas del sistema político norteamericano.
Desde entonces, y especialmente después de los atentados del 11 de
septiembre, el régimen se viene cerrando. Algunas medidas, apoyadas
por el presidente o sus seguidores, son ridículas, como la creciente
separación de niños y niñas en las escuelas o la prohibición de la
enseñanza de la teoría de Darwin en varios estados. Otras, sin
embargo, son indiscutiblemente serias. Por ejemplo, el gobierno norte-
americano dejó de reconocer derechos individuales elementales,
manteniendo hoy casi mil personas presas por simple sospecha, sin
acusación formal, sin plazos y sin proceso judicial regular. De
nuevo, eso sería un escándalo si ocurriese en otro lugar. En
paralelo, está siendo preparada la fusión de 25 agencias de seguridad
en una sola mega-agencia cuya base de operaciones será una red de un
millón de espías dentro del propio país. Ninguna democracia resiste a
un aparato así, que por su naturaleza, actúa en la sombra, se
infiltra, chantajea, desparrama desconfianzas, produce dosieres y,
con el tiempo, acumula enorme poder. Se trata de la simiente de un
Estado policial. El ideario democrático, pieza fundamental para la
legitimación de la sociedad norte-americana delante de sí misma y del
mundo, está bajo amenaza.
En paralelo, hubo en la economía dos novedades: el escándalo de las
bolsas y el fin del largo ciclo expansivo de la década de 1990. Las
repercusiones derivadas de ello también son significativas, dentro y
fuera de los Estados Unidos. Al contrario de lo que ocurre en Brasil,
las grandes corporaciones americanas son sociedades anónimas, con
gerencia profesional y acciones negociadas en las bolsas. Allí, el
ahorro de las familias es tradicionalmente aplicado en compra de
acciones, lo que generó la imagen de un "capitalismo de masas",
motivo de orgullo de aquel país. Desde 1992, sin embargo, Hyman
Minsky, premio Nóbel de economía, advierte que el sistema norte-
americano había transitado para un nueva etapa, que denominó
"capitalismo administrador de dinero" (groso modo, ello corresponde a
la famosa acumulación D-D', de Marx).
No son los capitales industriales los que están dirigiendo este
sistema, sino los administradores de activos líquidos (títulos,
acciones, participaciones, cotas, papeles de todo tipo, incluso
papeles que representan apenas papeles). Inmersos en un ambiente
altamente competitivo, esos ejecutivos son valorados por su capacidad
de valorizar en poco tiempo las carteras que administran, y sus
remuneraciones dependen de esos resultados. Ellos son, pues,
intrínsecamente especulativos, flexibles, inquietos, agresivos y, en
el límite, sin escrúpulos, pues solo sobreviven si consiguen
olisquear las próximas buenas jugadas. Si no fuesen predadores
competentes, acabarían siendo cazados.
En este contexto, la generalización de fraudes contables no fue un
accidente. Estos fraudes llevaron a la quiebra a millones de pequeños
y medianos accionistas, al tiempo que crearon algunos millares de
nuevos millonarios, que durante años recibieron remuneraciones
proporcionales a aquellos ficticios beneficios. En la secuencia de
los hechos, entre tres y cinco billones de dólares ( o sea, entre
seis y diez veces el producto interno bruto de Brasil),
desaparecieron de las bolsas norte-americanas. Las personas pasaron a
guardar sus ahorros bajo el colchón. Mas allá de los impactos
prácticos y objetivos en la economía, ello tiene una importante
dimensión ideológica y simbólica. Un segundo componente esencial de
la auto-imagen de los Estados Unidos - la idea del "capitalismo de
masas"- fue duramente golpeado.
Ese "capitalismo administrador de dinero" es, por definición, cada
vez más, una economía rentista. O sea, parte creciente de su riqueza
no procede de la actividad productiva, stricto sensu, sino de simples
rentas, que pueden resultar de fusiones y adquisiciones de empresas
ya existentes, de la compra y venta de activos, de la especulaciuón
en mercados futuros, de la explotación de marcas y patentes, de la
manipulación de expectativas, de la gerencia de contratos, de la
intermediación financiera y de otras operaciones con activos
intangibles, como derechos de autor e intelectuales. Para mantener
caliente este flujo de rentas, es preciso ampliar el alcance de esa
forma de gestión de la riqueza, subordinando a ella más actividades
económicas, más gente y más espacio geográfico. A ello, en los
últimos años, se dio el nombre de globalización.
El buen funcionamiento de un sistema basado en la expansión del
capital rentista depende crucialmente de la imposición al mundo de un
orden jurídico que establezca los "derechos"a esas rentas y de un
orden político que asegure que esos "derechos"serán acatados.
Depende, pues, de un fuerte poder estatal, único garantizador eficaz
de esos mandatos formales. Bien entendido, no se trata más de un
Estado de bienestar, sino de un Estado dotado de capacidad de imponer
reglas ( o "contratos") al mundo y hacerlas respetar. Tal Estado
necesita poseer muchos instrumentos de poder, entre ellos la
hegemonía militar, el más decisivo de todos.
Se juntan entonces el hambre y las ganas de comer. Pues los gastos
militares ayudan a mantener calientes, sectores decisivos de la
economía americana, que, como vimos, entró en un ciclo recesivo. La
continua expansión de esos gastos, a su vez, solo pueden legitimarse
en un ambiente permanente de tensión y de guerra, real o inminente.
Si a ello sumamos la necesidad de mantener abierto el acceso a
materias primas indispensables al modo de vida norte-americano -
siendo el petróleo el principal de ellos-, todo lo que viene
ocurriendo gana coherencia, sin que sea necesario apelar a la
imbecilidad de Bush.
Estamos delante de ingredientes que, unidos, abren un periodo de
enormes incógnitas y crisis: un debilitamiento de la democracia en el
interior de los Estados Unidos, con desplazamiento del poder hacia
los especialistas en seguridad; la ruptura del pacto americano de un
"capitalismo de masas"; la expansión de la esfera rentista en la
economía capitalista, ahora presionada por la llegada de un ciclo
recesivo; y la cuestión del petróleo. Todo ello converge, en el
ámbito de las relaciones internacionales, hacia el desprecio por el
orden jurídico tradicional, basado en la soberanía de los pueblos, la
escalada de los discursos guerreros y una sorprendente banalización
de la guerra, algo que no se veía desde la llegada del Tercer Reich.
Bush, con seguridad, no tiene nada que ver con el nazismo. Pero, no
olvidemos: Hitler también sonreía.
* César Benjamín integra la coordinación nacional del Movimiento
Consulta Popular y es autor de "A opção Brasileira".
Rio de Janeiro. Contraponto Editora. 1998. Novena edición.
http://www.rebelion.org/imperio/benjamin241002.htm
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Néstor Miguel Gorojovsky
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