[R-P] Los Discursos Invisibles !!!.
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Dom Nov 10 10:15:24 MST 2002
Ya en la Argentina lo había descubierto Don Arturo...
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Los discursos invisibles *
Por Javier Gimeno Perelló
Los discursos invisibles pretenden, en última instancia, un
adormecimiento de las conciencias. Una vez impregnadas éstas de su
semántica, resulta casi imposible ser conscientes de la realidad en
la que vivimos. Un gran triunfo del sistema.
Los discursos invisibles son eufemismos, palabras, frases
pronunciadas o escritas sobre todo en los medios de comunicación, en
discursos, en declaraciones, en leyes, que enmascaran una realidad
bien distinta de la que pretenden representar. Palabras que reflejan
un supuesto bienestar social, un supuesto progreso, unas libertades,
unos derechos, que ocultan muy a menudo todo lo contrario. Cuando se
nos habla tan insistentemente, por ejemplo, de las bondades de
algunas tecnologías, de las maravillas del estado democrático de
derecho, de las delicias de las libertades jurídicas conquistadas, de
lo bello que es el consumo, el mercado libre o la protección del
medio ambiente, se nos está hurtando la posibilidad de entender
realmente el significado verdadero de todo lo que llevan implícito
—nunca explícito— esos discursos.
¿Qué ocultan precisamente esos discursos invisibles, esos eufemismos
que oímos y leemos a diario de políticos, periodistas, legisladores,
intelectuales al uso, comentaristas, escritores, científicos, etc?
Ocultan todo un proceso complejo de estructuración social y de
perversión de las conciencias individuales y colectivas.
Estructuración y perversión que conforman un modelo social y cultural
basado justamente en lo opuesto a las
bondades que los discursos invisibles pretenden representar en su
estructura superficial. Un modelo de sociedad fundamentado en la
competitividad feroz entre las personas, en la ley de la oferta y la
demanda, en la libertad pero del mercado, de la empresa y de la
adquisición incontrolada de bienes y servicios, de la contaminación y
la degradación del planeta a niveles ya críticos, en la participación
democrática ciudadana consistente sin más en emitir un voto cada
cuatro años, pagar impuestos y callar durante los cuatro años
siguientes (el ciudadano NIF que llama Ramonet), en la incomunicación
en virtud de unas tecnologías al servicio de unos intereses espúreos,
en el abismo inconmensurable entre ricos y pobres.
Decía Eduardo Galeano: “Hermosa tarea la de anunciar el mundo de los
justos y los libres; digna función la de negar el sistema del hambre
y de las jaulas (...) Si la sociedad tiende a organizarse de tal modo
que nadie se encuentra con nadie, y a reducir las relaciones humanas
al juego siniestro de la competencia y el consumo, los hombres solos
usándose entre sí y aplastándose los unos a los otros, ¿qué papel
puede cumplir una literatura del vínculo fraternal y la participación
solidaria?
Estos discursos, además de ocultar una realidad que sin embargo se
evidencia en una cotidianeidad inevitable, cumple la función exitosa
de adormecimiento y esterilidad de las conciencias y del pensamiento.
El ejercicio de la disimulación de la realidad evidente y de
metamorfosis en una suerte de realidad virtual, plena de ensoñaciones
y de imaginería fantasiosa, tiene como fin último el engaño.
El racionalismo y el pragmatismo dominantes son las armas filosóficas
que nutren esta dinámica de enmascaramiento y de virtualidad. El
racionalismo sirve de coartada perfecta para justificar el imperio
absoluto de la razón, de las razones de peso, todo un entramado bien
construido sobre cimientos de supuestas verdades absolutas, de
certezas incuestionables. Así, cuando se nos habla, por ejemplo, de
justicia social, ¿a qué justicia se están refiriendo? ¿Existe tal
justicia social? Si como tal entendemos aquélla que afecta a todos
por igual, que busca un mayor bienestar según criterios equitativos
de igualdad de oportunidades y de extensión de los servicios sociales
como la educación y la sanidad para todos, evidentemente, esa
justicia no se da en absoluto. Y lo mismo podemos decir de los
discursos en torno a los derechos humanos, al medio ambiente, al
racismo, a la exclusión social, etc.
Vivimos en un mundo en el que el rechazo a todo lo que viene del
exterior, al otro, es la norma —salvo si se trata de procurar
beneficio a unos pocos—, donde los derechos humanos no existen para
gran parte de la humanidad, la desigualdad entre ricos y pobres crece
por segundos, la destrucción del medio físico ya es demasiado
alarmante. Y todo ello, en virtud de lo que, para los hacedores de
esta discurso, es el mejor de los mundos posibles, de suerte que,
para ellos, no hay posibilidad ninguna de transformar la realidad,
más bien al contrario: se trata de afianzar el sistema aunque sea a
costa de la exclusión de muchos, de la degradación medioambiental o
del sufrimiento de una gran mayoría.
No importa que mueran decenas de personas todas las semanas en las
carreteras con tal de que se compren muchos, muy caros, muy lujosos y
muy veloces utilitarios, en virtud de una libertad de mercado
incuestionable; no importa que la gente se endeude hasta el fin de
sus días con tal de que consuman a espuertas; da lo mismo que
sucumban en pateras miles de inmigrantes en busca de un dorado
inexistente; es normal que mueran a diario mineros o albañiles; no
importa —y es de interés general— que la gente se emborrache de
fútbol con tal de estar entretenida y de no pensar más allá de su
sofá, ¿qué más da, si se cumplen las estadísticas, que la gente se
aliene en jornadas laborales de 12 y más horas con sueldos de miseria
y contratos espúreos? Todo vale en bien de la democracia que vela por
la libertad de empresa, el bienestar de ¿todos? Y los grandes
beneficios de los monopolios y de la banca.
Adalides de la liberación nacional, héroes del pueblo por mor de una
genética frenéticamente superior, víctimas de una opresión
supranacional de un Estado imperial, no vacilan en articular
pomposos discursos en una lengua inventada, artificialmente batua,
para justificar el valiente tiro en la nuca, el estratégico coche
bomba asesino de quien pasee por delante, si niños mejor, el
secuestro del capitalista salvaje opresor del pueblo o del militar
fascista español heredero del caudillo. Todo vale en nombre de la
lucha por la liberación nacional, por los derechos de un pueblo
históricamente oprimido tras 25 años de supuesta democracia.
Términos asiduamente empleados, que forman parte de lo políticamente
correcto, ocultan una realidad nada feliz para buena parte de los
afectados: las empresas, por ejemplo, en virtud de su gestión de
calidad total (mejor en inglés: Total Quality Management, las siglas
quedan más adhoc: TQM), y de una planificación estratégica, con sus
puntos fuertes y sus puntos débiles, no necesitan personas, sino
recursos humanos, que contribuyan a la realización del pleno empleo,
siempre bajo la condición de abaratamiento del despido, para cumplir
los compromisos adquiridos en el marco de la reforma laboral con los
sindicatos institucionalizados, y así, satisfacer las promesas
electorales de los votantes que, en su pleno derecho del ejercicio
democrático de voto, han confiado en la buena voluntad de sus
representantes, quienes tendrán carta blanca para hacer y deshacer
durante cuatro años, gracias a la voluntad popular.
La Administración pública ya no atiende al ciudadano, sino al
cliente, el cual satisfará mejor sus necesidades cuanto más caro las
pague porque ya no recibirá un servicio, sino que comprará un
producto.
Este supuesto bienestar social que evocan los discursos invisibles
pretenden, en última instancia, un adormecimiento de las conciencias.
Una vez impregnadas éstas de la semántica del confort, de la
libertad, de la familia monoparental, o de la justicia social,
resulta casi imposible tomar conciencia de la realidad en la que
vivimos. El resultado es a todas luces exitoso: la racionalidad que
domina el contexto discursivo impide un cuestionamiento, siquiera
sea teórico Y reflexivo, de nuestro mundo real cercano, imposibilita
cualquier ejercicio de critica social relegando todo intento de
rebeldía al terreno de lo marginal, cuando no de la ilegalidad. Los
movimientos sociales, las mínimas organizaciones cívicas o políticas
que tratan de despertar las mentes adocenadas, o que simplemente
llaman la atención de muchos engaños ocultos por los discursos
invisibles, son entes cada vez más extraños al sistema. Lo hemos
visto en Praga, en Niza, antes en Washington y en Seattle, donde las
protestas contra la globalización han reunido a miles de personas
anti-sistema, calificadas por el poder y sus medios de desinformación
de terroristas, llegados muchos de Fuskadi (iqué casualidad!). La
solución para muchas de estas colectividades es, precisamente,
engrasar los engranajes del sistema, formar parte de el como otro
elemento más, con lo cual pierden su sentido y razón de ser —partidos
de izquierda, sindicatos, ongs...
La violencia que enmascaran tales discursos no es palpable para la
mayoría, salvo cuando les toca muy directamente: tanto en el ámbito
material —subida de Precios, trabajo precario, corrupción,
enriquecimiento ilícito, beneficios multimillonarios de la banca y
otras pocas empresas poderosas, etc.—, como en el inmaterial
—degradación de la cultura, deterioro de la educación, pensamiento
único o cero, exclusión o marginación de lo diferente, publicidad
engañosa, etc.—, los discursos enmascaran una suerte de violencia
que no se ve pero que late en un entorno viciado por no pragmatismo
envolvente. Es la violencia invisible que describe Pierre Bourdieu.
El sistema, oculto por una semántica virtual, se apropia del imperio
de la razón para hacer entender que fuera de él todo es barbarie, de
modo que no hay posibilidad alguna de plantear o proponer cualquier
alternativa encaminada al reparto equitativo de la riqueza, a la
conservación de nuestro planeta, al respeto a la dignidad y a los
derechos humanos, al bienestar de todos (no de la mayoría, que eso
también lo refieren los discursos invisibles, aunque no sea cierto),
etc. Todo cuanto está fuera, es, además de ajeno, peligroso.
En nombre de la cultura y de la civilización occidental, cuyo máxima
expresión son el liberalismo económico —rebautizado como
neoliberalismo— y el racionalismo, todo vale, y lo extraño, lo
foráneo, lo otro, hay que rechazarlo y destruirlo, pues pervierte el
sistema.
Tarea ardua la de descifrar les discursos invisibles. Pero no
imposible.
* Aparecido en El viejo Topo
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Néstor Miguel Gorojovsky
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Pedro Albizu Campos, compatriota puertorriqueño de todos
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