[R-P] Brasil, EE.UU., Roma... y los bárbaros

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Mie Jun 12 08:20:15 MDT 2002


El banquero intelectual George Soros (pobre Hungría, de Lukacs a 
Soros, qué mal te veo...) nos ha regalado con una muestra de brutal 
sinceridad.

Ante la perspectiva de que el pueblo brasileño vote a un candidato 
que le desagrada, expelió la siguiente definición: "Sólo el pueblo de 
los EE.UU. vota. Los brasileños [el Tercer Mundo, en general, NMG] no 
tienen derecho a votar".

La comparación con Roma -que hizo el propio Soros- es impecable. Pero 
va mucho más allá de sus cortas miras.

Que yo sepa, al primero que se le ocurrió la comparación es al Fito 
Terragno, en sus "Memorias del Futuro". En un buen artículo, el hoy 
senador argentino Terragno comparó a Reagan con Diocleciano. No sé si 
en su fuero íntimo sacó las consecuencias finales de esa comparación 
(a mi entender sumamente válida), pero en todo caso podemos tirar 
algunas líneas aquí.

El Imperio Romano -que en Occidente desaparece en el siglo V- había 
entrado en degradación final ya en el siglo III, y los gérmenes de 
esa degradación podían apreciarse incluso en el espectacular siglo 
II.  Se ha demostrado que bajo el reinado de Adriano (el emperador 
filósofo) ya podían percibirse todas y cada una de las tendencias que 
llevaban al desastre. 

Coronación natural del régimen esclaviasta mediterráneo, el Imperio 
se había transformado en una dictadura autocrática donde una alianza 
de jefes de tropas y poderosos propietarios de esclavos y del dinero 
sumían al conjunto de la población libre en una existencia cada vez 
más oscura, indigna y terrible. La difusión de las religiones 
mistéricas, y el triunfo final de una de ellas (el cristianismo), con 
sus promesas de una redención post-mortem del horror cotidiano, son 
quizás el mejor indicador del clima que se vivía en ese vasto orbe 
imperial. Toda la historia del Imperio, y en particular su historia a 
partir del siglo III, es la historia de la fusión entre las clases 
dominantes "civiles" y "militares" y de la instalación de una 
dictadura militar generalizada como régimen de existencia del 
conjunto de la sociedad.

La "crisis del siglo III" fue, para el Imperio, el equivalente al 
siglo XX para el capitalismo contemporáneo. Se descargó como un rayo 
en cielo sereno, pero no hizo sino mostrar la gigantesca carga de 
violencia contenida en el aparentemente arcádico gigante centrado en 
los grandes terratenientes romanos. De alguna manera, su equivalente 
fue el ciclo de guerras y alzamientos revolucionarios que se extiende 
desde Octubre de 1917 hasta la caída del muro de Berlín. Con esta 
caída se logra la restauración del imperio capitalista mundial (más 
allá de importantes excepciones, como el caso de China y Cuba) en 
condiciones bastante parecidas a las del período de auge del 
imperialismo. 

En el caso romano, tras el primer intento de los emperadores ilirios 
(la dinastía de los Severos), la crisis la resolvió Diocleciano, 
quien profundizando el burocratismo militar de los Severos impuso un 
orden férreo y "antiterrorista" a una humanidad libre aterida y 
rebajada a condición de rehén de sus propios oficios (los esclavos, 
por supuesto, no contaban). Los límites entre los libres y los 
esclavos, debido a las medidas que Diocleciano tomó y sus 
continuadores no hicieron sino profundizar, se tornaron cada vez más 
difusos.

Finalmente, todo eso terminó en las "invasiones" bárbaras del siglo 
IV y V, que derrumbaron todo el edificio del Imperio en Occidente (ya 
por entonces una sombra de sí mismo) y forzaron al Imperio de Oriente 
a reorganizarse de un modo radical, para sobrevivir al menos en la 
formalidad de los mapas. Pero fueron "invasiones" las invasiones? 
Habría que preguntarse, por ejemplo, quién abría a los "bárbaros" las 
puertas de las ciudades amuralladas (otra semejanza del ayer y el 
hoy: las abiertas y luminosas urbes mediterráneas se habían 
convertido en lúgubres madrigueras humanas encerradas por muros tan 
defensivos como opresivos, tal como hoy las rejas brotan por doquier 
en las ciudades argentinas). Las "invasiones" fueron, en realidad, 
una revolución popular contra un régimen que hacía por lo menos 
trescientos años que se sobrevivía a sí mismo. El ciudadano romano 
prefería al bárbaro antes que al imperio.

Todos los fenómenos del Imperio en decadencia pueden verse hoy, en 
este nuevo Imperio post-reaganiano. Lo que no tenemos son bárbaros 
"ad portas" que nos salven con una invasión. Sí los tenemos en la 
imaginería vulgar de Hollywood, donde siempre hay alguna raza 
marciana a punto de invadir la Tierra (no me parece que esta obsesión 
sea un rasgo menor de la cultura norteamericana actual). Pero la 
verdad es que el Imperio esta vez es planetario, y que la rebelión de 
los esclavos, colonos, siervos y desharrapados debe contar sólo con 
sus propias fuerzas.

A lo sumo, los bárbaros del Sur terminaremos haciéndole a los 
"civilizados" del Norte el favor de despenarlos del régimen opresivo 
que _también a 
ellos los liquida_ el día que reingresemos, victoriosos, al Primer 
Mundo del 
que nos quieren expulsar. Quién sabe: quizás la frontera del Río 
Grande la 
levante la mano de un negro norteamericano. Y por allí retornaremos, 
señor Soros.

Tenga usted la mayor seguridad.
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar

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Compañeros del exercito de los Andes. 

...La guerra se la tenemos de hacer del modo que podamos: 
sino tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos 
tiene de faltar: cuando se acaben los vestuarios, nos 
vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mugeres, 
y sino andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios: 
seamos libres, y lo demás no importa nada...

Jose de San Martín, 27 de julio de 1819.

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