[R-P] mas de lo mismo
leo cofre
lcofre en hotmail.com
Sab Jun 8 15:11:22 MDT 2002
ME VEO EN LA NECESIDAD DE ACLARAR QUE ESTE buen ARTICULO NO FUE ESCRITO POR
EL DIEGO AUNQUE PARECERIA, AL MENOS POR LA MEMORIA, PERO ES DE jOHN BERGER,
UN VIEJO Y BUEN ESCRITOR INGLES.
LOS OTROS DIAS VI "G" EN UNA DE ESAS CALLES DE SALDO QUE PROLIFERAN POR
ESTOS DIAS EN LA CIUDAD, A MODICOS 2 PESOS, VI UNA DE SUS PRIMERAS NOVELAS
EDITADAS POR SUDAMERICANA, EL ARTICULO ESTA EN EL DIARIO/LA JORNADA/
LeO>>>>>>>><><><><><><><><><>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>
¿Una guerra contra el terrorismo?
John Berger
La Jornada
Ahora que el número de civiles inocentes muertos colateralmente en
Afganistán a causa de los bombardeos estadunidenses iguala el número de
víctimas del ataque a las Torres Gemelas, quizá podamos situar los sucesos
en una perspectiva más amplia aunque no menos trágica, y encarar una nueva
cuestión: ¿es más monstruoso o reprensible matar deliberadamente que matar
ciega y sistemáticamente (sistemáticamente porque la misma lógica de
estrategia armada estadunidense se usó en la Guerra del Golfo)?
No sé la respuesta a esta interrogante. En el terreno, entre las bombas de
fragmentación arrojadas por los B-52 o en el sofocante humo de Church
Street, Manhattan, tal vez los juicios éticos no pueden ser relativos.
Cuando el 11 de septiembre del año pasado vi las tomas por televisión, me
recordaron instantáneamente el 6 de agosto de 1945. En Europa escuchamos las
noticias del bombardeo de Hiroshima por la tarde, el mismo día.
Las correspondencias inmediatas entre estos dos sucesos involucran una
centella que desciende del cielo claro sin aviso alguno; ambos ataques
fueron programados para coincidir con el momento en que los civiles de la
ciudad objetivo se dirigían a su trabajo, las tiendas estaban abriendo y los
niños en la escuela trabajaban sus lecciones. Es semejante la reducción a
cenizas, y que los cuerpos, lanzados por el aire, se tornaran escombro.
Son comparables la incredulidad y el caos provocados por una nueva arma de
destrucción, la bomba atómica, usada por vez primera hace 60 años, y por una
aeronave civil, el otoño pasado: en todas partes, en el epicentro, en cada
cuerpo y objeto, un grueso manto de polvo.
Las diferencias en contexto y escala son, por supuesto, enormes. En
Manhattan el polvo no era radioactivo. En 1945 Estados Unidos había
emprendido una guerra a escala total contra Japón, que duraba ya tres años.
Ambos ataques, sin embargo, se planearon como avisos.
Al observar ambos, uno supo que el mundo no volvería a ser el mismo; en la
mañana de un nuevo día sin nubes, los riesgos, de los que la vida es
heredera, se alteraron en todas partes.
Las bombas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki anunciaron que Estados
Unidos era la suprema potencia armada del mundo. El ataque del 11 de
septiembre anunció que esta potencia ya no tenía garantizada la
invulnerabilidad en su propia casa. Ambos eventos marcan el principio y el
fin de un cierto periodo histórico.
En torno al contragolpe del presidente George W. Bush el 11 de
septiembre -su llamada guerra contra el terrorismo, que primero bautizó
Justicia Infinita y después Libertad Duradera- no me he topado con
comentarios más agudos y angustiantes que los expresados o escritos por
ciudadanos estadunidenses. La acusación de antiamericanismo en contra de
aquellos de no- sotros que de manera inquebrantable nos oponemos a quienes
actualmente toman las decisiones en Washington es tan corta de vista como
las políticas en cuestión. Existen incontables ciudadanos estadunidenses
antiamericanos con los que nos mantenemos solidarios.
Hay también muchos ciudadanos estadunidenses que respaldan estas políticas,
incluidos los 60 intelectuales que recientemente firmaron una declaración
destinada a definir qué es una guerra "justa", en general, y porqué, en
particular, se justifican la operación Libertad Duradera en Afganistán y la
continuada guerra contra el terrorismo. Estos intelectuales arguyen que una
guerra justa se explica moralmente cuando su propósito es defender del mal a
los inocentes. Citan a San Agustín. Añaden que una guerra debe respetar,
hasta donde sea posible, la inmunidad de los no combatientes. Si su texto es
leído con inocencia (y por supuesto no fue escrito ni espontánea ni
inocentemente) sugiere que hubo un encuentro paciente de expertos eruditos y
de voz suave, que tienen acceso a una enorme biblioteca (y quizá entre
sesiones, a una piscina) y que con tiempo y quietud para reflexionar y
discutir sus dudas, llegaron finalmente a un acuerdo para después ofrecer un
fallo. Y sugiere que esta reunión tuvo lugar en las espaciosas instalaciones
de algún mítico hotel de seis estrellas (acceso únicamente por helicóptero),
rodeados de altos muros y guardias en los puntos de revisión. No hubo
contacto alguno entre los pensadores y la población local. No hubo
encuentros fuera de plan. El resultado es que se niega lo que realmente
ocurrió en la historia, que desconocemos lo que hoy ocurre detrás de los
muros del hotel. Etica de turismo de lujo en aislamiento.
Regresemos al verano de 1945. Sesenta y seis de las mayores ciudades de
Japón se habían consumido en los incendios producidos por bombardeos con
napalm. En Tokio había 100 millones de civiles sin techo y habían fallecido
100 mil personas más. En palabras del mayor general Curtis Lemay, quien
estuvo a cargo de las operaciones de bombardeo incendiario, los habían
"tostado y hervido y horneado hasta la muerte". El hijo y confidente del
presidente Franklin Roosevelt dijo que los bombardeos habrían de continuar
"hasta que hayamos destruido más o menos la mitad de la población civil
japonesa". El 18 de julio el emperador japonés telegrafió al presidente
Harry Truman, quien sucediera a Roosevelt, y de nuevo pidió paz. El mensaje
fue ignorado. Unos días antes del bombardeo de Hiroshima, el vicealmirante
Radford alardeó: "A la larga Japón será una nación sin ciudades, un pueblo
nómada".
La bomba, que estalló sobre un hospital del centro de la ciudad, mató a 100
mil personas al instante, 95 por ciento de las cuales eran civiles. Otras
100 mil personas murieron lentamente a consecuencia de las quemaduras y los
efectos de la radiación. "Hace 16 horas -anunció el presidente Truman- "un
avión estadunidense arrojó una bomba sobre Hiroshima, importante base
militar japonesa".
Un mes después el intrépido periodista australiano Wilfred Burchett
describió, en el primer reporte sin censura, el sufrimiento cataclísmico que
halló al visitar un im-provisado hospital en dicha ciudad.
El general Groves, quien fuera director militar del Proyecto Manhattan para
planear y fabricar la bomba, tranquilizó con ligereza a los congresistas
diciendo que la radiación no ocasionaba "sufrimiento indebido" y que "de
hecho, dicen, es una forma muy placentera de morir".
En 1946 un peritaje sobre los bombardeos estratégicos estadunidenses
concluyó que "Japón se habría rendido aun sin arrojarle bombas atómicas..."
Por supuesto, describir el curso de los acontecimientos, de la forma tan
breve en que lo he hecho, es simplificar de más. El Proyecto Manhattan
comenzó en 1942, cuando Adolfo Hitler parecía triunfar y había el riesgo de
que los investigadores alemanes pudieran fabricar primero bombas atómicas.
La decisión estadunidense de arrojar dos bombas atómicas sobre Japón cuando
el riesgo anterior ya no pesaba, debe situarse a la sombra de las
atrocidades cometidas por las fuerzas armadas japonesas en el sudeste
asiático, y del ataque sorpresa a Pearl Harbor en diciembre de 1941. Hubo
comandantes estadunidenses y ciertos científicos que, trabajando en el
Proyecto Manhattan, hicieron lo imposible por posponer o argumentar en
contra de la confiada decisión de Truman.
Finalmente, una vez dicho y hecho todo, la rendición incondicional de Japón,
el 14 de agosto, no podía celebrarse como la anhelada victoria (ciertamente
no lo fue). En su centro había una angustia y una confusión que cegaban.
Cuento esta historia para mostrar qué tan lejanos de su propia historia
estaban los 60 pensadores estadunidenses en su mítico hotel de seis
estrellas. Y mi relato quiere ser también un recordatorio de cómo comenzó,
en 1945, el periodo de supremacía armada de Estados Unidos, y de que comenzó
para todos aquellos que estuvieran fuera de la órbita estadunidense, con una
cegadora demostración de crueldad ignorante y remota. Cuando el presidente
George W. Bush se pregunta "por qué nos odian", debería meditar sobre esto,
pero claro, él es uno de los directores del hotel de seis estrellas y nunca
lo abandona.
Traducción: Ramón Vera Herrera
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