[R-P] Evita, testimonios

Bibiana Apolonia bibiapo en sinectis.com.ar
Jue Jul 25 20:41:07 MDT 2002


Eva Perón,testimonios
La Nacion

Tres de sus colaboradores más próximos, que LA NACION reunió hace pocos días
en Buenos Aires, cuentan cómo vivía y cómo actuaba la mujer más poderosa de
la historia política argentina en los tiempos del Palacio Unzué, la
residencia presidencial de Plaza Francia que compartió con Perón durante
seis años 

 Cae la tarde en el cálido living de un cómodo departamento cercano a Parque
Centenario. Allí, frente a un brumoso café, invocando los fantasmas del
pasado, se reunieron a comienzos de este mes tres hombres maduros, unidos
por la memoria de un tiempo para ellos inolvidable e irrepetible. Todos
pertenecieron al círculo íntimo que rodeaba a Eva Perón y a Juan Domingo
Perón en el ya lejano momento de su mayor poder, a comienzos de la década
del cincuenta. Los tres son hoy, todavía, fervientes peronistas y atesoran
con unción cada anécdota de aquel pasado que para ellos no terminó del todo.

El más activo y entusiasta es, sin duda, Andrés López, legendario custodio
de Juan Domingo Perón en los años de su segunda presidencia (y
posteriormente en el exilio del caudillo en Venezuela). Es él el que convoca
a sus viejos camaradas. Esta vez el motivo evidente de la reunión es la
cercanía de la fecha del cincuentenario de la muerte de Eva Perón.

Mientras el café ayuda a disipar la temperatura de un atardecer glacial, la
conversación se anima y las anécdotas se disparan a repetición. La
iniciativa del relato la toma Francisco Ernesto Molina, chofer personal de
Eva Perón. A los 88 años, este sanjuanino alto, cordial, afectado por una
creciente sordera que no le impide compartir del arcón de su memoria
anécdotas desconocidas de "la señora", como dice con inalterable respeto
cada vez que menciona a Eva Perón.

"Yo fui el chofer de la señora Evita -aclara- y después quedé con el general
cuando ella falleció, por un pedido especial suyo antes de morir. Primero
había estado con el general Edelmiro J. Farrell, al que en Presidencia le
decían ŒAlberto Castillo¹, porque le gustaba cantar. Claro que, aunque
hablando con respeto, ladraba más que cantaba. El pasaba parte del tiempo en
la residencia presidencial, el Palacio Unzué, en la calle Agüero (donde está
hoy la Biblioteca Nacional).

³Después de Farrell, seguimos trabajando en la Presidencia, porque nosotros
(conmigo trabajaba también Esteban Defilipi, ya fallecido) eramos como los
boy-scouts, íbamos adonde nos mandaban.² Recordando los autos oficiales que
se utilizaban por entonces, Molina menciona el Packard que manejaba en
tiempos de Farrell y luego de Perón. Ya en la época de las presidencias de
este último, en la cochera de la residencia presidencial convivían un Kaiser
Carabela que le habían regalado al general, celeste y blanco, además de un
³Pájaro de Fuego². Claro que Perón no salía con esos coches, y había una
persona que se encargaba exclusivamente de su cuidado. Por lo general, Perón
prefería utilizar en sus salidas un Chevrolet o un Cadillac.

Tras servir muchos años con el matrimonio Perón, y al producirse la
Revolución Libertadora, Molina tuvo innumerables problemas. Cinco comisiones
investigadoras no lo dejaron en paz. Lo investigaron especialmente por su
trabajo en el Palacio Unzué, por su intimidad con la pareja presidencial.
³Ellos tenían referencia -aclara- de que yo no utilizaba uniforme en los
últimos tiempos del gobierno peronista. El general Perón, en una oportunidad
me había dicho: Molina, usted no usa uniforme. Viene de particular.
Entonces, ese dato les dio la idea a los investigadores de la Libertadora de
que yo era la persona de confianza del general. En un sentido era así.
Cuando había algo reservado que hacer, me llamaba a mí.² Los autos oficiales
tenían calefacción, pero con Evita se la utilizaba poco porque, como aclara
Molina, a ella no le gustaba.

Justamente los momentos que el sanjuanino atesora más cuidadosamente en su
memoria son los que pasó como chofer de Eva Perón. ³El trato de la señora
-relata- era algo extraordinario. Les diré que era una persona de carácter,
muy dura cuando debía serlo, pero con nosotros, con su personal, el trato
era siempre cariñoso. A los miembros de la custodia los llamaba muchachos.
Nosotros, los choferes, éramos hijos (Molina habla siempre en plural,
recordando a su colega fallecido Defilipi). Y con la señora estuvimos hasta
el último momento.²

Un día de trabajo de Eva

³El día de trabajo de la señora -rememora Molina- comenzaba muy temprano.
Nosotros tomábamos servicio a las 8 de la mañana. Antes, a las 7, ya
estábamos revisando el coche y a las 8 debíamos presentarnos en la
residencia presidencial. A esa hora, la señora ya estaba con su peluquero,
Julio, que la peinaba bien temprano. Mientras la peinaba, ya atendía a la
gente humilde que llegaba con algún pedido. Los recibía en una habitación de
la planta baja. Los dormitorios estaban en el primer piso. Yo conocía el
dormitorio de Perón, porque cuando el general tenía que darme una orden me
llamaba a la habitación y me decía: ŒPase, hijo¹, y ahí nomás me atendía en
calzoncillos, y me daba las órdenes. El suyo era un trato familiar,
fraterno.² Recordando el trabajo junto a Eva Perón, Molina menciona cierta
ocasión en que habían salido muy temprano de la residencia: ³Le pregunté:
Œ¿Adónde vamos?¹. ŒA la bôite¹, me contestó seria. Yo la miré por el espejo,
perplejo. ŒSí, sí, a la bôite, al Ministerio de Trabajo y Previsión, porque
ahí los hago bailar a todos¹. La señora era recta, había que conocerla. A
veces se quejaba de la velocidad elevada con que manejaba. En otras
ocasiones, cuando la llevaba despacio me decía: ŒHijo, no ando paseando,
tengo que trabajar¹.

³Jamás nos llamaba por el nombre, siempre era: ŒHijo, vamos a tal lado¹.
Claro que el general también nos llamaba así y nos trataba con la mayor
cordialidad. De todas formas, por la señora sentíamos un afecto especial.
Teníamos por ella un gran fanatismo porque veíamos cómo se sacrificaba. La
señora quemó su vida, la quiso quemar. Pero la quiso quemar por el general.
Tanto que después que falleció Evita éste no tuvo más que contratiempos.²
Describiendo el afecto natural que Eva Perón tenía por los miembros de su
personal, Molina recuerda cómo se ocupó de sus choferes hasta poco antes de
morir. ³Cuando falleció la señora, el día en que la estaban velando en
Trabajo y Previsión, nos llamó el general: ŒMolina y Defilipi, vengan a
vernos¹. En ese momento no estábamos ninguno de los dos y todos se alarmaron
porque el general nos llamó por el apellido. ŒCuando lleguen, que me vengan
a ver de inmediato¹, dijo. Yo volvía de llevar a la madre de la señora Evita
a la calle Posadas, donde vivía ella. Finalmente nos presentamos con
Defilipi ante el general Perón, en el salón dorado del Ministerio de
Trabajo. El estaba rodeado de senadores, ministros, y embajadores. Se puso
de pie, se acercó a nosotros y nos puso las manos en la espalda. Œ¿Qué andan
haciendo ustedes?¹, dijo. ŒColaborando mi general¹, le contestamos. ŒVean -
afirmó-, yo los he llamado porque quiero cumplir un pedido que me hizo la
señora cuando estaba por expirar. Ella me dijo: ŒMirá Juan, no quiero que a
mis choferes me los manosee nadie. Así que ustedes -continuó diciendo el
general- a partir de este momento quedan al servicio mío.¹ El general ya
tenía sus propios choferes (Gilabert y Fierro), pero nosotros seguimos a su
lado hasta el momento en que marchó al exilio.² Volviendo al tiempo pasado
junto a Eva Perón, Molina recuerda que ella siempre subía al automóvil
acompañada con algún funcionario con el que hablaba de trabajo. No era de
arreglarse o mirarse por el espejo del auto. Ya salía de la residencia
presidencial totalmente arreglada, con su famoso sombrerito, muy prolija,
siempre.

³Un día -recuerda el chofer- la señora subió al vehículo muy nerviosa,
conversando con un funcionario de Cancillería. ŒEsto no se hace así -le
decía enojada-, esto debe hacerse en esta forma¹.

³Entonces, como observé que había un clima difícil, levanté el vidrio de la
visión para que le pudiera decir todo lo que quisiera y yo no tuviera que
oírlo. Pero ella enseguida, de su lado, lo volvió a bajar. Cada vez que
tenía que llamarle la atención a alguno bajaba el vidrio y los hacía pasar
vergüenza delante nuestro. Tenía eso la señora. A la hija del ministro Oscar
Nicolini, Irma, una vez que llegamos a Trabajo y Previsión, le hizo
saludarnos especialmente porque previamente nos había ignorado al llegar. Le
hizo pasar un verano tremendo. Eso no quiere decir que a veces no nos diera
un tirón de orejas porque íbamos muy ligero o por algún otro motivo.² Molina
recuerda que en un crudo invierno a comienzos de la década del cincuenta,
allá por el mes de julio, había trasladado a Eva Perón al Ministerio de
Trabajo y Previsión. En aquel entonces, en Plaza de Mayo y Reconquista
estaban todas las paradas de los colectivos. ³Cuando pasamos por el lugar
con Evita -señala-, ella empezó a decir: ŒAy, pobrecita esa gente, con el
frío que hace. Cuando me dejan a mí, vengan a buscar a estas personas y las
llevan a su casa. Y que esto mismo lo hagan todos los otros funcionarios que
vayan llegando (Cámpora, Méndez San Martín, etc.), como orden del día¹. Así
que una vez que dejamos a Evita, fuimos a invitar a los que hacían la cola
del colectivo a subir al automóvil oficial. Una señora del grupo no quería
subir. Le explicamos que era el coche de la señora y que un rato antes, al
pasar, ella misma la había saludado. Les dijimos que teníamos la orden de
llevarlos a su casa porque era un día muy frío. Finalmente subió y la
trasladamos hasta Villa Lugano. Esa gente, cuando se bajó en Lugano, nos
besaba el coche por todos lados.² ³Después -agrega Molina-, la señora ya
estaba muy golpeada, debilitada por la enfermedad. Cuando fue el acto del
Cabildo Abierto del Justicialismo, el 22 de agosto de 1951, celebrado en la
avenida 9 de Julio, en el edificio del Ministerio de Obras Públicas, había
gente hasta más atrás del Obelisco. Seguramente fue la concentración popular
más grande de aquella época. Vimos a la señora realmente emocionada ese día.
Cuando terminó el acto, Evita nos dijo: ŒVamos, hijos, vamos al Sanatorio
Podestá (allí estaba internado el vicepresidente, Hortensio Quijano). Voy a
visitar al doctor Quijano para informarle lo que pasó acá¹. Quijano quedó
muy emocionado con su gesto.² Recordando los tiempos de Evita en el Palacio
Unzué, Molina asegura: ³La señora no tenía Œnoches de gala¹. Todos los días
se terminaba acostando a las 3 de la mañana, pero porque se quedaba
trabajando en su oficina. A las 12 de la noche o a la 1 de la mañana, ella
estaba todavía en su despacho en el ministerio y la llamaba el general:
ŒVenite enseguida¹ -le pedía-. ŒSí, Juan, dentro de cinco minutos voy¹ -le
decía ella. Eran las tres y media de la mañana y todavía estaba ahí,
atendiendo gente.

Ella ni salía a almorzar. Trabajaba desde las 8 de la mañana hasta las 3 de
la mañana del día siguiente. Dormía poco. Una hora o dos horas, a lo sumo.
Quizás ella se sentía ya enferma y quería darlo todo.

³Cuando llegábamos a la residencia presidencial, a las cuatro y media de la
mañana, no ingresábamos por la entrada oficial del chalet. Lo hacíamos, por
atrás, donde actualmente está la Biblioteca Nacional. Evita se sacaba los
zapatitos (porque tenía pies muy pequeños) y se iba corriendo escaleras
arriba para que no la escuchara el general, que ya estaba dormido a esa
hora.² El día jueves, aclara el chofer, Evita no salía. Era la jornada (o
más bien la tarde) que le dedicaba por completo al general. A la residencia
de Olivos no le gustaba ir en lo más mínimo. En el Palacio Unzué, Perón y su
círculo más próximo veían películas en la planta baja. Estas eran enviadas
por el mismo Raúl Alejandro Apold. Un encargado llegaba dos veces por semana
con los films. Al respecto cuenta Molina: ŒHijo¹, nos llamaba Perón, Œvamos
al cine¹, y veíamos todos los estrenos. Yo me sentaba muchas veces al lado
del general, y después comentábamos las películas. Al general le gustaban
especialmente las americanas, no las románticas, sino las de guerra, y lo
entretenían mucho los documentales. Evita rara vez tenía tiempo para estas
funciones. Ella sólo disfrutaba cuando la llevábamos a la quinta de San
Vicente. En la residencia de Olivos, pocas veces salía a caminar.

Recordando el humor y las salidas inesperadas de Eva Perón, Molina agrega
que, en una ocasión, se había reunido con los principales dirigentes de la
CGT, entre los que se hallaban José Gerónimo Espejo e Isaías Santín. ³Evita
nos pidió que los lleváramos hasta la CGT. Ella se quedó en la residencia.
Yo los llevé en el auto oficial, y todos fumaban en el coche. Una falta de
respeto (porque la señora no fumaba). Cuando después le abrí la puerta del
auto para que Evita subiera, ella dijo: ŒHuy, pero qué olor a pata hay acá
adentro¹. ŒPero señora, -le aclaré- lo único que hice fue llevarlos a la
CGT.¹ ŒPero estos tipos no se bañan,- fue el único comentario de Evita-.
Ella, en cambio, era tan prolija, y siempre dejaba en el auto una fragancia
a perfume bueno, seguramente francés.² Posteriormente, a Molina le tocó
llevar a Eva Perón a internarse cuando estaba gravemente enferma. ³Ese día
se sentía muy mal -aclara-, íbamos con Méndez San Martín. La esperaba el
Œmaestro¹, como ella llamaba al doctor Ricardo Finochietto. Eran como las 9
de la noche. Eva me dijo: ŒVamos hijo, al Policlínico Presidente Perón¹.
Llegamos al portón y ya nos estaban esperando. Mientras aguardábamos que
abrieran las puertas, a Evita le salió de adentro una expresión: ŒAy, pensar
que hice esto para mis grasitas, y ahora tengo que venir yo acá¹. Llorando,
lo dijo, y nos hizo llorar a todos.² Como ya señalamos previamente, otro
testigo de lujo de aquellos años es el suboficial mayor (R) Andrés López,
porteño, de 79 años, nacido en el barrio de San Cristóbal, que fue custodio
del general Perón entre 1951 y 1955. Recordando a Eva Perón, a la que
conoció muy bien, y refiriéndose al trato que ésta tenía con su marido,
recuerda que: ³Hay gente que hablaba cada pavada acerca de la relación entre
Evita y el general. Ella era tan inteligente y tan bien ubicada que al
general lo trataba de acuerdo con la gente que lo rodeaba en cada momento.
Así, según con quien estaba, lo podía llamar Œpresidente¹, o Œmi general¹ o
simplemente ŒJuan¹. En la intimidad, ella le decía, cariñosamente, Juan. El
general, por su parte, era muy cuidadoso y sobrio en el trato matrimonial.
Cuando venían a la cochera, estando ella ya muy enferma y acompañada por la
enfermera, Perón la sacaba a pasear y uno podía percibir la cara de cariño,
y el profundo amor con el que la trataba el general. Con qué cuidado y con
qué atención la esperaba que llegara al coche².

Recuerda López que Perón se mostraba muy preocupado, muy apesadumbrado,
cuando la salud de Eva se agravó: ³Una noche -cuenta-, uno o dos días antes
de morir ella, yo me iba para la guardia de la custodia, ubicada al lado del
chalet presidencial. Y veo que por el pasillo, cerca de donde estaba la
famosa jaula donde Perón tuvo de inquilinos a varios pájaros y hasta un
puma, venía un tipo caminando cabizbajo, como pateando el piso con rabia al
andar, a veces arrastrando su paso. Me pregunté quién sería. Cuando me
acerqué a averiguarlo, veo que era el general, que a esa hora nunca andaba
fuera de la casa. Me presenté y le dije: ŒPermiso mi general, destacamento
sin novedad¹, y le pregunté por Evita. ŒCómo anda la señora¹ -le dije- .
ŒMuy mal, muy mal¹, me contestó. Y yo lo vi con una cara... Vivía todo el
tiempo muy preocupado y triste, por entonces².

 Fotógrafo oficial

Hilario Angel Farías era, en los primeros años de la década del cincuenta,
fotógrafo oficial en el despacho del general Perón. Este locuaz y cordial
reportero gráfico, nacido hace casi 83 años en Balcarce (remarca que se crió
junto con Juan Manuel Fangio, de quien fue amigo personal, y cuyos triunfos
deportivos registró en muchísimas oportunidades), fue adscripto a la
Presidencia en noviembre de 1948, en pleno período peronista, llegando
incluso posteriormente a capturar con su cámara las escenas del bombardeo de
Plaza de Mayo, el 16 de junio de 1955.

³Cuando entré a Presidencia, más o menos al mes, el jefe de fotografía, que
era Emilio Abras me dijo: ŒFarías, a partir de mañana, usted va al despacho
de la señora¹. Bueno, allí fui, y me encontré con el fotógrafo personal de
Evita, Francisco Caruso, el Gordo Caruso que murió hace varios años en Mar
del Plata. Cuando conocí a Evita quedé deslumbrado por su belleza. Era
terriblemente fotogénica. Su piel era una porcelana, el cabello, el peinado,
todo era tan armonioso. Nosotros, los fotógrafos, notábamos inmediatamente
todas esas cosas.

³Perón también era muy fotogénico. Eran dos cosas distintas. La belleza de
Evita era una cosa, y la simpatía y la elegancia de Perón eran otra. Los dos
eran totalmente naturales. Ella, como modelo femenina, era de primera. Nunca
se refirió a un ángulo que no le gustara, o a un perfil preferido.

³La primera foto que le saqué fue con un conjunto de mujeres que habían
llegado con chicos. Había un lugar grande donde se atendía a todo el mundo.
La gente lo primero que observaba era que estaban los fotógrafos allí.

Entonces decían: ŒSeñora, ¿nos podemos sacar una foto con usted?¹ Evita,
inmediatamente nos decía: ŒFotógrafos, a ver, una foto¹. Y entonces íbamos
Caruso, yo o el fotógrafo de El Líder, Alfredo Mazorotolo (pese al nombre,
nosotros le decíamos el Inglés, porque era alto, flaco y rubio). En aquellas
sesiones usábamos las cámaras Spike-Graphic. Ya teníamos los chasis puestos
con las películas, y las lámparas de flash.

Cada foto era una lámpara. Porque no había flash electrónico en aquella
época. Alguna vez usábamos el magnesio, pero en el despacho de la señora no,
porque dejaba mucho humo y para ella, que estaba todo el día allí, era muy
molesto.² 

Perón y Gina

Farías, además, sacó la famosísima foto de Perón y la actriz italiana Gina
Lollobrigida tomada el 27 de noviembre de 1954 durante una visita a la UES
en la residencia de Olivos, que sería posteriormente trucada, mostrando a la
sensual artista italiana desnuda, salvo por un cinturón y una cartera. ³Esa
foto -recuerda Farías- la tomé yo, con la Gina vestida. La saqué en la
quinta de Olivos. Ella estaba vestida de blanco con un cinturón negro y una
cartera negra. Después, cuando vinieron los de la Libertadora, el Œmonje
negro¹ (hace referencia a un alto personaje del gobierno militar), me llamó
a mí para ver si podía trucar esa foto, si la podía desnudar a la Gina. Yo
me negué y me echaron de Casa de Gobierno, y después me metieron en cana. El
trabajito lo hizo finalmente un fotógrafo del Correo Central. En la foto
trucada, Gina estaba desnuda con el cinturón y la cartera negra, que no
pudieron eliminar de la imagen. Dijeron que como la actriz llevaba ropa de
nylon y la foto fue sacada con placa infrarrojo, se veía directamente la
piel. No podía ser con placa infrarrojo, porque en aquella época la película
infrarrojo necesitaba un tiempo de exposición de por lo menos 5 a 6
segundos. En la imagen, Perón y Gina venían caminando en una marcha que
sería de una décima de segundo a cada paso. Esto quiere decir que cuando
pasaban esos 5 o 6 segundos necesarios, ellos ya habían pasado por el lugar.
Era mentira que la habían sacado con infrarrojo, porque con infrarrojo en la
imagen lo blanco hubiera salido negro. Era ridícula la explicación para
cualquiera que supiera fotografía.

³Ellos difundieron la foto trucada diciendo que se había sacado así por
expreso pedido de Perón.² Volviendo a sus tareas como fotógrafo de Eva
Perón, Farías afirma que daba lo mismo sacarla con ropa de calle o de gala.
³De gala -recuerda-, por lo general era en las veladas del 25 de Mayo o del
9 de Julio. Nosotros teníamos que ir de smoking, no como ahora que los
fotógrafos van de jean o campera. Yo siempre buscaba la expresión de Eva.
Uno tenía que tener el golpe de vista. Ella siempre estaba expresiva, era
natural, no posaba. Salvo en las fotos con otras personalidades públicas.
Cuando aparecía junto al general, ella le pasaba un poquito el hombro,
porque usaba zapatos con tacos muy altos. Todas esas fotos, nosotros las
llevábamos a la Secretaría de Prensa. Luego se revelaban y se entregaban
para todos los medios, quedando archivadas en la Secretaría. Cuando vino la
Revolución Libertadora, yo quise rescatar algo del material, pero la mayoría
se perdió, porque las fotos se tiraron o se quemaron.² Al preguntársele a
Farías si había podido fotografiar a Perón con Evita en la residencia
presidencial, contesta con una rotunda negativa. ³¿Solos, Evita y Perón en
la residencia? Jamás, porque eso no se pudo dar nunca. En el único lado
donde los dos estaban solos e íntimamente era en la quinta de San Vicente.
Pero los únicos fotógrafos que podían entrar allí eran Caruso y Abras. A
nosotros no nos dejaban trabajar en ese lugar.² Los relatos se superponen y
la emoción domina a los viejos camaradas, para quienes Eva Perón no es una
figura de manual de historia, sino una mujer de carne y hueso, cuyo recuerdo
desgarrado y entrañable los acompañará el tiempo que les toque vivir. Aun
para los que no compartan ese sentimiento, semejante devoción emociona, en
una época tan fría y tan carente de devociones como ésta.

 Por Ernesto Castrillón y Luis Casabal De la Redacción de LA NACION

  











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