[R-P] EN LUCHA

Daniel N. Moser dnmoser en yahoo.com
Dom Jul 14 22:40:01 MDT 2002


Boletín semanal de www.izquierda_nacional

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Elecciones anticipadas

Una trampa para recomponer la hegemonía partidocrática 

Por Gabino Correa

 

El gobierno de Eduardo Duhalde, ungido por un contubernio
partidocrático para apagar el incendio que abrasó la Argentina a partir
del colapso de la Alianza radical-liberal-frepasista, fracasó en todos
los terrenos. El país está hoy en condiciones mucho peores de lo que
estaba en diciembre del año pasado. Esta es la razón del adelantemiento
de los comicios previstos originariamente para setiembre del año
próximo, y no la consecución de la “pacificación nacional”, como
insinúa tímidamente el Presidente.

 

Con la convocatoria anticipada a elecciones, el gobierno intenta ganar
tiempo del único modo posible: acortando su mandato. Espera, de una
parte, descomprimir la situación política derivando el descontento
popular hacia canales institucionalizados, y de otra, asegurar a la
usura internacional que en poco tiempo existirá un interlocutor válido,
legitimado por el voto, con el que replantear los términos de la
sumisión nacional.

 

El fin de un régimen
El 19 y 20 de diciembre de 2001 estalló el régimen político concebido
como reaseguro de la transferencia de recursos desde los sectores
productivos hacia la especulación financiera. Desde los tiempos de
Alfonsín hasta los de De la Rúa, la Argentina fue despojada, sin
solución de continuidad, de las palancas fundamentales para ejercer la
soberanía económica. Desde el petróleo y demás fuentes de energía hasta
las comunicaciones o el sistema financiero, el furor privatista y
extranjerizante penetró todos y cada uno de los poros del cuerpo
social. Simultáneamente, la soga al cuello del endeudamiento con el
exterior se ajustó progresivamente hasta cortar el paso de la menor
gota de oxígeno.

 

La cara social de este modelo económico está a la vista. La
polarización de la riqueza, considerada por Marx inherente al
desenvolvimiento del capitalismo, alcanzó un grado extremo. Los
indicadores oficiales señalan que nunca antes en la historia moderna
del país existió un abismo tan inmenso entre el ingreso de las elites
dominantes y el de las mayorías populares. Los 18 millones de
compatriotas que sobreviven bajo la línea de pobreza y el 30% de
desocupados transforman en un sueño paradisíaco el infierno de la
Década Infame.

 

Pero, ¿qué circunstancias explican que este programa antinacional y
antipopular haya podido sostenerse durante las últimas dos décadas y
que todavía siga en pié? Sin dudas, parte de esa explicación se
encuentra en el auxilio que le prestaron los aparatos ideológicos y la
casta corrupta de los políticos partidocráticos. Tanto desde la prensa
como desde el Parlamento, y también desde la universidad pública
capturada por el radicalismo, una pléyade de pequeñoburgueses
arribistas adoptó y difundió la ideología democratista y liberal que
procedía desde los centros imperialistas. De ese modo, las diferentes
formas de resistencia ensayadas por las franjas populares se
esterilizaron convirtiéndose en lo que los plumíferos llaman “protestas
sin propuestas”. ¿Qué propuestas podían ofrecerse si el horizonte
conceptual, aun el de aquellos que se llamaban a sí mismos
“progresistas”, estaba encorsetado en los marcos de la democracia
partidocrática y la economía de mercado?

 

Como muestra, un botón. En un país arrodillado ante el imperialismo, en
el que hasta el FMI tiene una oficina dentro del Banco Central, el
término “nacionalismo” se convirtió en una mala palabra. La sola
reivindicación de las Malvinas –esa parte de nuestro territorio ocupada
por una potencia extranjera- era motivo de sospechas por parte de una
“opinión pública” que consideró aquella gesta patriótica una “aventura
irresponsable”. Oponerse a la entrega del patrimonio público
significaba “haberse quedado en el 45”, y criticar la venalidad de los
políticos era prueba de desprecio a la democracia.

 

Pero los efectos perniciosos del programa antinacional, sintetizado en
la fórmula “democracia y mercado”, resultaron más fuertes que las
barreras ideológicas construidas para protegerlo. El levantamiento del
19 y 20 de diciembre marcó el final de un período sombrío en la
historia nacional.

 

Piquetes y asambleas barriales
La irrupción de las asambleas barriales durante el último verano
despertó las ilusiones más caras de la izquierda tradicional. Si el
levantamiento del 19 y 20 de diciembre puso de manifiesto el descrédito
que afecta a la democracia burguesa o partidocrática, entonces parecía
llegada la hora de la democracia directa. Esta última surgiría de la
convergencia entre piqueteros y caceroleros en el Agora moderna de las
asambleas vecinales.

 

Pero surgieron problemas. Los piqueteros, expresión legítima y
militante de la exclusión social y el desempleo, ensayaban sus propias
formas de protesta, consistentes en cortes de rutas y periódicas
marchas al centro de las ciudades. Los caceroleros, por su parte,
pronto concentraron sus energías en reclamar por sus ahorros
confiscados en las puertas de los bancos. Con la llegada del otoño, las
asambleas barriales perdieron su calor inicial, y sólo siguieron
animándolas los voluntariosos militantes de los partidos de izquierda y
algunos pocos vecinos que habían descubierto su sensibilidad social y
ampliado su horizonte ideológico trascendiendo el individualismo
pequeñoburgués. Estos vecinos eran sin duda los mejores de todos
quienes habían hecho tronar las cacerolas contra De la Rúa. Pero la
historia no la hacen los mejores sino las mayorías, o quienes mejor las
interpretan, que no son necesariamente los mejores.

 

A medida que las asambleas barriales perdían en extensión, ganaban en
profundidad programática. Muchas de ellas iban más allá del “que se
vayan todos” y formulaban un programa avanzado que planteaba el no pago
de la deuda externa, la ruptura con el FMI y la renacionalización de
las empresas privatizadas. Un programa justo y necesario, pero que en
la medida que perdía de vista al sujeto político capaz de realizarlo,
se condenaba a la impotencia.

 

La perspectiva de reemplazar la forma partidocrática de la democracia
por la forma “pura” de las asambleas barriales, denominadas
“populares”, carecía de viabilidad. La táctica de apostar a las formas
más o menos espontáneas de movilización popular resultaba incapaz de
empalmar con un horizonte estratégico superador del democratismo
partidocrático-burgués. Para que ello resultara posible, las
organizaciones de izquierda, que actuaron como eje vertebrador de la
espontaneidad popular, aprovechando el vacío dejado por las maquinarias
políticas tradicionales, deberían haberse planteado la articulación de
las movilizaciones piqueteras y de la clase media con dos actores
decisivos que permanecieron en silencio: el movimiento obrero
organizado y las corrientes nacionales de las fuerzas armadas. Para
esto hacía falta una política de carácter nacional, popular y
revolucionario, lo que la izquierda no tenía.  Sin la intervención de
la clase obrera y del nacionalismo militar, sólo quedaba abierta la vía
de la recomposición partidocrática. Es esa vía la que adquiere fuerza
con el llamado anticipado a elecciones de Duhalde.

 

Por un Frente Nacional y Antiimperialista
La partidocracia demoliberal repudiada en las calles el 19 y 20 de
diciembre ya está lanzada a la tarea de recomponer la crisis de
representatividad que ha puesto en jaque el orden semicolonial. 

 

Se ha instalado un escenario electoral para los próximos meses. En un
polo, las fuerzas más o menos conservadoras y de “centroderecha”
comenzarán a debatir cuál es su mejor candidato. ¿Reutemann? ¿De la
Sota? ¿Menem? ¿El tándem López Murphy-Bullrich? En el polo opuesto,
pero simétrico, el campo “progresista” debatirá en torno a Elisa Carrió
y Luis Zamora. ¿Qué sitio habrá para los radicales? La línea interna de
Storani ya está trabajando por la candidatura de Rodolfo Terragno.
También es posible que la oferta partidocrática encuentre un rostro más
o menos “nacional y popular”, como podría ser el de Adolfo Rodríguez
Saa o el de Kirschner, si es que este último no se suma al polo
“centroizquierdista”. Entre todos estos sectores el imperialismo espera
encontrar el próximo partido de gobierno y, al mismo tiempo, el partido
de repuesto que juegue el rol de oposición consentida.

 

En cualquier caso, ninguna de estas variantes expresa lo nuevo que
comenzó a alumbrar en las jornadas del 19 y 20 de diciembre. Por
definición, lo nuevo es aquello que hoy no tiene forma claramente
identificable en el mapa político nacional. Lo nuevo es una virtualidad
inscripta en el curso del desenvolvimiento ininterrumpido, con marchas
y contramarchas, de la Revolución Nacional emancipadora. Lo nuevo es
ese “quedarse en el 45” enriquecido con las luchas por el retorno de
Perón en 1973, contra la dictadura genocida del 76, por la gesta
patriótica de Malvinas, contra la socialdemocracia alfonsinista y
contra el neoliberalismo menemista. Lo nuevo es lo que hoy no es, pero
que ha sido y será: el Frente Nacional y Antiimperialista que una a
todos los patriotas, civiles y militares, tras las banderas del
nacionalismo económico, la soberanía popular y la justicia social n

 

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La crisis de hegemonía y el Frente Nacional 

Por Osvaldo Calello
 

El gobierno tripartito de justicialistas, radicales y frepasistas ya
tiene su ley electoral con su revolucionaria cláusula de internas
abiertas, obligatorias y simultáneas, verdadera llave al reino de la
democratización, la participación y la transparencia. Asi es. La vieja
y nueva partidocracia se prepara para garantizar una solución
continuista ante la profunda crisis de representatividad que ha
desacreditado el régimen político-institucional.

 

Precisamente esta crisis, que afecta no sólo a los partidos sino al
conjunto de la dirigencia, es el rasgo central de la presente situación
política. Las próximas elecciones, sean en marzo o en septiembre, no
solucionarán nada. El desprestigio del sistema partidario es la
manifestación de un proceso profundo que tiene origen en una crisis de
hegemonía, visible a la luz de las pujas internas que se han desatado
dentro de los círculos dominantes, y de la  pérdida de la influencia
ideológica que esos círculos han ejercido durante la década pasada
sobre amplias capas de la clase media. 

 

Sobre el primer aspecto basta recordar que el bloque de clases
dirigentes salió dividido de la convertibilidad a partir del
enfrentamiento entre el autoproclamado Grupo Productivo, encabezado por
la burguesía industrial exportadora y la rosca del capital financiero
anudada en torno al negocio de bancos, AFJP, bolsa, etc, en alianza con
la Sociedad Rural y la Cámara Comercio. En esta puja estaba en
discusión el reparto de los costos que traía aparejado el colapso de la
convertibilidad y, además, las reglas del modelo de acumulación que
habría de imponerse en las nuevas condiciones. El grupo de la Unión
Industrial, la Cámara de la Construcción y Confederaciones Rurales, se
ha disuelto de hecho, tras el fracaso del ministerio encabezado por el
representante de los fabricantes. A su vez los banqueros, respaldados
por el Fondo Monetario y el Departamento del Tesoro norteamericano, han
arrancado una a una sus exigencias a un gobierno débil y vacilante,
exponente cabal de la mezquindad y cobardía política que envuelve al
conjunto de la dirigencia argentina. Así y todo no han logrado aún
imponer una solución a la crisis. El problema sigue irresuelto, tal
como lo demuestra el intento de avanzar en la reorganización de los
círculos tradicionales del establishment desde la flamante Asociación
de Empresarios Argentinos, integrada por fracciones del capital
monopólico invertido en las empresas privatizadas, parte de los grupos
industriales y algunos bancos trasnacionales. La iniciativa es parcial
e insuficiente (no es tarea de lobbystas recomponer una dirigencia de
clase), pero señala el punto neurálgico del problema. 

 

El segundo aspecto de la crisis de hegemonía tiene que ver con el
colapso de la clase media y con el hundimiento del imaginario
neoliberal de la globalización, que se afirmó en los primeros años de
la década de los 90’. La manifestación significativa de este fenómeno
fue la ruptura de la pequeña burguesía democrática con el gobierno de
la Alianza, y la crisis político-institucional del 19 y 20 de diciembre
pasados. Lo que se quebró entonces fue una construcción “progresista”,
orientada a reciclar el descontento de las capas medias en los marcos
de una democracia formal, vaciada de soberanía popular y, en
definitiva, mecanismo institucionalizador de los intereses dominantes.
Ese “progresismo” de los Chacho Alvarez, Storani, Alfonsín, etc, se
afirmó en una operación simbólica que descargaba en la corrupción del
Estado el aspecto casi excluyente de la crítica al menemismo, velando
de ese modo la naturaleza de clase del régimen semicolonial y, en
consecuencia, poniendo fuera de foco los problemas de la dependencia.
Gatopardismo en el sentido más amplio del término. ¿Sin embargo hay aún
margen político para la reproducción de una experiencia similar en las
condiciones presentes?

 

La profundidad sin antecedentes de la crisis capitalista que se
prolonga desde los últimos años de la convertibilidad, y que se ha
agudizado de modo extraordinario durante los primeros seis meses del
corriente año, ha cerrado la posibilidad de reconstruir con cierta
amplitud el centroizquierda a partir del eje exclusivo del discurso
anticorrupción. Elisa Carrió y sus amigos han comprendido esta
dificultad, y por eso su discurso gira en torno al vínculo existente
entre la corrupción y la “matriz mafiosa” del capitalismo argentino.
Pero al mismo tiempo al fijar férreamente los límites del
cuestionamiento, oponiendo a ese tipo de capitalismo degradado el
“verdadero capitalismo”, clausuran de antemano la discusión sobre el
aspecto decisivo del problema: en la época de la globalización
imperialista opera en toda su intensidad la ley de hierro de la
acumulación capitalista, encaminada a la concentración, centralización
y transnacionalización del capital. En los países dependientes, como
Argentina, la transnacionalización significa extranjerización de las
principales empresas públicas y privadas. Por lo tanto, la matriz de
ese capitalismo periférico está determinada por la gravitación
dominante de las corporaciones extranjeras, a las que se ha asociado,
en múltiples negocios, la gran burguesía local.

 

Los trabajadores y el frente de clases
Pero si el bloque dominante no ha logrado aún reorganizarse y alinearse
en torno a alguna de sus fracciones en pugna y a un programa común para
imponer una solución a la crisis, el campo popular tampoco ha
encontrado, hasta el presente, un eje rearticulador de sus diversas
fuerzas. La revuelta popular de diciembre pasado y el período de crisis
que se abrió inmediatamente, sacó a la luz la profunda crisis de
dirección que afecta al grueso del movimiento obrero. La clase
trabajadora a través de sus organizaciones sindicales no ha incidido en
el desenvolvimiento de los acontecimientos que provocaron la caída del
gobierno de la Alianza, ni tampoco ha gravitado en la posterior lucha
que se libró (y se libra) con vistas a decidir la composición de poder
por todo un período. El cuadro es por cierto significativo: traición y
corrupción en la CGT de Daer; marchas y contramarchas, contradicciones
y vacilaciones en la CGT de Moyano, al punto de colocarla durante los
meses decisivos que sucedieron a la caída de De la Rúa a la retaguardia
del gobierno de Duhalde; limitaciones de centro izquierda de la CTA,
que la llevaron a apoyar en su momento el advenimiento del
“progresismo” frepasista, a pesar del oportunismo que desde sus
orígenes exhibieron sus principales dirigentes. 

 

El ciclo sindical que tiene origen  a mediados de la década del 40’
está definitivamente agotado. Ese sindicalismo se correspondió con la
situación de una sociedad capitalista, en la cual aún existía margen
para defender el salario y las condiciones laborales con cierto
resultado. En su momento de apogeo, los sindicatos peronistas obraron
como factor de presión, incidiendo a favor o en contra de algunas de
las fracciones que dirimían el poder, e imponiendo términos de
negociación. Se trataba de un movimiento altamente politizado, que sin
embargo nunca llegó a constituirse en dirección política de la clase
trabajadora. Sus límites fueron impuestos por la solución bonapartista
que prevaleció en octubre de 1945, en la cual las masas obreras,
organizadas sindicalmente, constituyeron la base de apoyo que le
permitió a Perón elevarse a una posición arbitral durante sus dos
primeros gobiernos, y sostener una política nacional-popular a pesar de
las presiones de la oligarquía y el imperialismo. Medio siglo más
tarde, las condiciones históricas que posibilitaron los equilibrios de
clase sobre los que se afirmó la política de reformas peronistas, han
desaparecido. Su lugar ha sido ocupado por una formidable polarización
social, cuyas reglas de hierro han quitado toda chance a las soluciones
intermedias, tanto en el plano político como en el sindical.

 

Este punto es clave. El Frente Nacional se reconstruye desde su ala
izquierda. No está de más advertir que la afirmación tiene un
significado unívoco. Necesariamente este desplazamiento del eje
estratégico afirma la centralidad de la clase trabajadora y señala el
centro de gravedad, desde el cual habrá de erigirse un nuevo principio
hegemónico de confrontación con el discurso dominante. Pero plantear
las cosas de este modo es poner en primer plano los problemas que hacen
a la organización de un sistema de cuadros políticos del movimiento
obrero, afirmados a partir de una posición autónoma de clase. Estos
problemas no se resuelven en la línea del clasismo abstracto. Los
cuadros avanzados de los trabajadores podrán progresar en esa dirección
en la medida que logren erigirse en representación alternativa del
interés general, y encontrar el lenguaje, el programa y la política en
condiciones de articular una diversidad de identidades, brutalmente
redefinidas por la presión de la crisis más profunda que ha vivido la
sociedad argentina. Se trata de un amplio campo social y político que
abarca a los trabajadores ocupados y desocupados, las franjas
radicalizadas de clase media, las capas arruinadas de pequeños
industriales, comerciantes y productores agrarios, las corrientes
populares del clero y las fracciones patrióticas de las Fuerzas
Armadas. Estas clases, fracciones, grupos y tendencias, constituyen el
basamento de un gran Frente Nacional Revolucionario. Su punto de
partida es la unidad de todas las fuerzas patrióticas enfrentadas al
imperialismo, y en su alcance más general y estratégicamente decisivo,
su destino se inscribe en las luchas populares en curso por la
liberación y la unidad antiimperialista de América Latina n

 

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 La “solución Carrió” 

Por Juan Alberto Barat
hartodelverso en yahoo.com

 

 Carrió encaja. Representa una “solución” que postula ideas que buscan
recrear un imaginario conservador del régimen, capaz de nuclear
sectores sociales de diversa procedencia política, imbuidos de la
convicción de que el drama argentino tiene su raíz en la
desnaturalización del capitalismo “verdadero”, prostituído por la
corrupción y las mafias. En consecuencia, una voluntad política
coherente permitiría restablecerlo con “todas sus virtudes”. En esa
perspectiva, el doctrinarismo de Lo Vuolo funciona a la perfección, en
tanto se basa en un “estado de bienestar mejorado”, es decir, en una
suerte de capitalismo ennoblecido. Es claro que no se les escapa con
qué profundidad la crisis ha calado, por lo que semejante
ennoblecimiento se declara progresivo, argumento esencial si habrá que
contar con una población cuyos dos tercios están en la pobreza, con
millones en el pauperismo abierto. Esto explica la contradicción entre
el volumen que imprimen al discurso de la denuncia y la moderación de
las políticas efectivas que proponen, formuladas con generalización
suficiente para eludir compromisos. Nótese la ausencia de afirmaciones
programáticas concretas orientadas a resolver realmente la cuestión
central de la reindustrialización, que en el nivel de degradación
económica y social a que hemos descendido requiere pisos mínimos:
control de cambios, nacionalización de los bancos y del comercio
exterior, recuperación del crédito, obra pública y empleo masivo,
salarios compatibles con los derechos declarativos del artículo 14 bis
de la Constitución Nacional, control de precios y abastecimiento. En
cambio, y de contrabando, ingresa el asistencialismo, las carencias
compartimentadas y regimentadas por el Estado, bajo la consigna
distribucionista de “ingreso ciudadano”. Es que hay que insuflar aire a
un régimen explotador agonizante, para que rescate la opción de un
capitalismo semicolonial tolerado. Esto es, rescatar al capitalismo en
el centro imperialista y en la periferia, en base a la fórmula de
impulsarlo a ceder una fracción del excedente del que se apropia. Es,
por un lado, una ilusión. El funcionamiento ciego y objetivo del
sistema sólo puede ser alterado por la decisión política de las masas,
que lo serán plenamente cuando la clase obrera ingrese activamente al
combate. Pero, y fundamentalmente, es un “bluff”, el “bluff Lilita” n

 

Para leer el trabajo completo: www.izquierda_nacional



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Daniel N. Moser
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