[R-P] Más sobre San Martín
Julio Fernández Baraibar
julfb en sinectis.com.ar
Dom Feb 24 14:37:17 MST 2002
Aquí envío otro artículo del Clarin Cultural de ayer sábado, sobre el
mismo tema: el del papel de los héroes o de los personajes históricos
paradigmáticos en la construcción simbólica de una sociedad.
Insisto en mi afirmación de ayer, con respecto al artículo del plumífero
(ahora me entero que actual radical y alguna vez joven peronista)
Devoto, sobre el mismo tema: por lo menos la oligarquía quiso construir
un país para poder ser clase dominante.
Este artículo comete una serie de infamias. Una de ellas, aunque
secundaria, es la unilateralidad del análisis de la excelente novela de
Fogwill (para mi gusto, el mejor novelista argentino contemporáneo) Los
Pichigiegos.
Fíjense, por otra parte, la sibilina acusación de Kohan a San Martín
como "militar golpista" a raíz de su participación en la caída del
primer Triunvirato y su negativa a las autoridades constituidas de
desviar su ejército libertador para reprimir a los caudillos del
interior.
El señor Paul O'Neill declaró algo así como que "la Argentina era el
ejemplo viviente de una sociedad desorganizada".
Y, la verdad, tiene razón. El artículo de Kohan como el de Devoto son
expresión y causa ideológica de esa desorganización.
Julio Fernández Baraibar
LA HUMANIZACION DE SAN MARTIN
Entre el bronce y el maquillaje
MARTIN KOHAN.
Martín Kohan es autor de El informe: San Martín y el otro cruce de los
Andes, una parodia de la novela histórica. Su última novela es Los
cautivos, sobre Esteban Echevarría. Docente universitario, a fines del
2001 fue invitado especial en el coloquio "Héroes y antihéroes", en la
Universidad de Lille 3, Francia.
No son pocos los argentinos que consideran que José de San Martín sabría
y podría resolver los problemas actuales del país, y que también por eso
es de lamentar que se haya muerto tan pronto como en agosto de 1850. Así
lo demuestran las encuestas sobre personalidades con "imagen positiva" y
las técnicas de impugnación o estropeo de sufragios empleadas
masivamente en los últimos comicios nacionales: San Martín preside las
preferencias y los votos de confianza de los argentinos.
Las razones que justifican una adhesión tan persistente podrían
atribuirse acaso a la eficacia del discurso de la historia para fundar
sentidos y proyectarlos al presente, o tal vez deberían remitirse a
nuestra profusa mitología de héroes y heroínas inmortales, que vuelven y
son millones o que cada día cantan mejor. Lo cierto es que José de San
Martín, Padre de la Patria y prócer nacional por excelencia, sigue
sosteniendo la promesa indeleble de ese destino de grandeza que está
sellado en los orígenes de la nación, y que inexplicablemente no se ha
consumado todavía; y sigue detentando ese carácter de reserva moral que
tan propicio y tan aleccionador resulta, por contraste, para las
circunstancias de hoy. Por eso se lo invoca, como se invoca a un santo,
ya que no otra cosa que un santo es lo que Ricardo Rojas ha hecho de él
ya desde principios de los años treinta, y se diría que para siempre.
Es notable hasta qué punto estos valores de la nacionalidad siguen
siendo reconocidos y mantienen la eficacia simbólica de su poder de
cohesión, cuando por otra parte se verifica un grado tan alto de
desintegración de los lazos sociales y un quiebre tan severo en la
legitimidad de los sistemas de representación. A todo eso se le
contrapone la figura heroica de José de San Martín, en la certeza de que
la puesta en crisis de todo lo que es argentino no sólo no lo afecta,
sino que él, que es parte cabal de la fundación de la argentinidad, es
capaz de superar esa crisis y hasta podría remediarla.
Desmentir esta confianza actual citando determinados acontecimientos del
pasado histórico es una tarea accesible, pero probablemente inútil. Por
supuesto que la sola mención, por ejemplo, del episodio de la caída
política del Primer Triunvirato en 1812, con la inquietante presencia de
San Martín al frente de sus tropas en las calles de Buenos Aires, o la
sola mención de su cuestionada determinación de desobedecer la orden del
gobierno de regresar con las tropas a un país que, hacia 1820, era
ganado por la anarquía, deberían desalentar las esperanzas de quienes no
dejan de creer que, en caso de contar hoy con San Martín, sin requerirse
para ello más trámite que el de su resurrección, los problemas de la
Argentina habrían de solucionarse. Pero no es ése el punto, porque la
heroicidad de San Martín y el culto correspondiente -iniciado por Juan
María Gutiérrez y por Sarmiento a mediados del siglo XIX, consolidado
por Bartolomé Mitre hacia el final de ese siglo, completado por Ricardo
Rojas ya en el siglo XX, y llevado al paroxismo en 1950 por los ritos
peronistas-, han logrado imponerse siempre a ese tipo de señalamientos,
y volverían sin dudas a conseguirlo.
Un planteo más de fondo pudo darse a principios de los años ochenta,
concretamente después de la guerra de Malvinas. En una novela como Los
pichiciegos, escrita mientras la guerra duraba todavía, Fogwill supo
captar esa posibilidad al hacerle decir al narrador: "Una vez un
teniente habló en la isla de que los oficiales tendrían que hacer como
San Martín y un capitán le dijo que a San Martín, en las Malvinas, se le
hubiera resfriado el caballo". Esta frase por sí sola puede parecer no
más que una humorada de estudiantes, pero considerada en el contexto de
la novela adquiere un sesgo verdaderamente corrosivo: Los pichiciegos
propone una versión de la guerra de Malvinas en la que faltan por
completo los fundamentos de los valores nacionales. Socavados esos
valores, y tanto más los valores del heroísmo militar, la figura de San
Martín se vuelve profundamente insostenible. La revisión de las certezas
de su carácter heroico excede así el mero divertimento ocasional y
conlleva, necesariamente, una revisión de fondo de las propias bases de
nuestra identidad como argentinos, siendo que, como se sabe, esa clase
de identidad se configura en buena medida a través de la definición y la
exaltación de los grandes héroes.
Esta revisión cuenta con un lejano antecedente en la discusión que Juan
Bautista Alberdi le planteó a Mitre en un libro, El crimen de la guerra,
que sin embargo no habría de publicarse hasta después de su muerte. El
núcleo de la discusión era bastante preciso: qué clase de argentinidad
se estaba fundando al colocar a un militar de carrera, y no meramente a
un héroe de la guerra, en el sitio más alto del panteón de los grandes
hombres.
La guerra de Malvinas reabrió en cierto modo la cuestión, como se ve en
la novela de Fogwill, con su guerra sin héroes y sin los valores de la
nacionalidad. Pero el debilitamiento de la figura de San Martín resultó
tan transitorio como el resfrío que le servía de metáfora; y en
definitiva la cosa no pasó de las ironías, justas pero limitadas, acerca
de la inclinación a la bebida del comandante en jefe, y de la idea de
que la reconquista de las islas para el territorio nacional era un
propósito que se resignaba pero que no se descartaba, postergado en todo
caso para ocasión más oportuna.
No debe sorprendernos, entonces, que la figura de por sí enhiesta de
José de San Martín haya podido sostenerse tan perfectamente en pie, y
que no se deje de invocarla como expresión garantizada de una Argentina
más verdadera y más cabal que ésta que ahora parece descomponerse.
Lo que podría resultar curioso, eso sí, es que a la par de esta
corriente de reconocimiento al prócer se haya consolidado también un
reclamo genérico respecto de la necesidad de humanizar a los grandes
hombres de la historia. El planteo es bien conocido, porque se ha
convertido en un verdadero lugar común: se dice que la historia ha
deshumanizado a los héroes, ocultando tanto sus imperfecciones como las
lisuras mundanas de sus vidas íntimas. Y lo que se pide, no obstante
sostenerse la disposición venerativa, es un rescate de "los hombres de
carne y hueso" en detrimento del "bronce" deshumanizador.
Una de las consecuencias de este reclamo, o una de sus causas, es la
multiplicación clónica de diversos relatos que arteramente combinan
historia y literatura, sin que la historia o la literatura quieran
admitir el engendro como propio, y que aplican al pasado histórico esa
lógica chismosa que es tan propia de la farándula, pero que la cultura
menemista supo extender a todos los ámbitos. Son libros que se
multiplican como se multiplican todos los objetos fabricados
industrialmente, cuando los buenos comerciantes han detectado su
rentabilidad. Quizás se espera que, en los equívocos del río revuelto,
lleguen a confundirse con la larga tradición del género de la novela
histórica, aunque basta con leer por caso, para no ir más allá de la
narrativa latinoamericana, Yo el Supremo, de Roa Bastos, o Zama, de
Antonio di Benedetto, para que tal confusión resulte del todo imposible.
Pero la moda es moda, y como tal anuncia su novedad: una versión
humanizada de los héroes de la historia. San Martín tuvo en todo esto un
lugar preponderante, y no podía ser de otro modo. Ocurre, sin embargo,
que, como en todas las modas, la novedad es una falsa novedad. Los
libros de "humanización" de San Martín existen desde hace mucho, y en
cantidad. Todos dicen lo mismo: que llegó por fin el momento de hacer a
un lado la "estatua de bronce" para rescatar al hombre real, de "carne y
hueso". Cada uno anuncia ese propósito como inédito, nunca antes
efectuado. Es decir que no importa cuántas veces se "humanice" a San
Martín: esa empresa queda siempre por hacerse, y se la encara, cada vez,
como si nunca antes se la hubiese emprendido. Cada libro, en lugar de
sumarse a los precedentes, los suprime. Así, en la base de esta
modalidad de revelación está el ocultamiento, y en la base de esta
modalidad de memoria histórica está el olvido.
Tal olvido se ha visto sin dudas facilitado por los muchos libros
dedicados a la humanización de San Martín, porque son todos, antes que
nada, libros perfectamente olvidables. Pero las repetidas promesas de
revelación de defectos o de intimidades producen otro olvido, otro
ocultamiento. No es cierto que los relatos de la historia, esos relatos
que han hecho de San Martín un Padre de la Patria, un Santo de la
Espada, un Padre Fundador, hayan prescindido de las críticas o de las
objeciones, ni que hayan eliminado por completo las referencias a su
vida privada.
Los mitos escolares, por una parte, las simplificaciones de los
manuales, o una película como El santo de la espada, de Leopoldo Torre
Nilsson (tanto más precaria y tanto menos sutil que el libro que adapta)
pueden haber alentado este malentendido. También lo han hecho, por
cierto, esos libros que se proponen humanizar a San Martín y que para
hacerlo necesitan sostener que la historia antes lo ha deshumanizado.
Pero todo aquel que dedique algún tiempo a leer la Historia de San
Martín y de la emancipación sudamericana de Mitre descubrirá, no
solamente a uno de los mejores narradores argentinos del siglo XIX, sino
también que en sus páginas hay críticas muy directas y profundos
cuestionamientos dirigidos a San Martín. Y quien dedique algún tiempo a
leer un libro en su época muy leído, El santo de la espada, de Ricardo
Rojas, encontrará por ejemplo la hipótesis sobre la madre indígena de
San Martín, que Rojas descarta por insustancial pero sin hacer ningún
escándalo, y encontrará también las murmuradas y no tan murmuradas
historias de amantes que San Martín tuvo por aquí y por allá.
Todo esto, en los libros que han consagrado a San Martín como héroe
nacional de los argentinos. Se comprende así lo que hay de falso en el
reclamo de humanización; se comprende así por qué esa pretendida
revisión deja perfectamente intactas a las versiones más canónicas y más
estereotipadas de nuestro héroe nacional, cuya vigencia no tiene
entonces nada de paradójica: es, si se quiere, hasta obvia, pura
confirmación de lo que ya se sabía.
Son bien conocidas las posibilidades que la literatura de ficción tiene
de apelar a la historia para dar sentido al presente, para pensarlo de
otra manera y para imaginar en él otras alternativas que las ya
existentes. Durante la última dictadura y en los años que siguieron, fue
uno de los recursos principales de la literatura argentina, según lo
dejan ver algunos relatos y novelas de Andrés Rivera, Ricardo Piglia,
David Viñas, Libertad Demitrópulos o Martín Caparrós.
Lejos de eso, sin embargo, el entrevero apresurado de lugares comunes,
curiosidad de alcoba y falsas revisiones, sólo puede proporcionar al
presente un poco más de incomprensión y lo más trillado de los mitos
argentinos, que vuelven o permanecen sin dejar que nada se piense de un
modo distinto.
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