[R-P] Cubanos redescubren la cuestión nacional en la cultura (Segunda de dos partes)

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Dom Feb 24 09:54:43 MST 2002


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Cultura de la resistencia en América Latina: ensayo 
preliminar para su estudio 
(M.del Rosario González Aróstegui - Cuba)


Colección Pensadores Cubanos de hoy 


Cultura de la resistencia en América Latina: ensayo 
preliminar para su estudio

Mely del Rosario González Aróstegui
Ensayo presentado al concurso "América Nuestra" de AUNA, La 
Habana, 2000
enviar correo electrónico a la autora 

[segunda de dos partes]

Cultura de la resistencia: conservar, asimilar, crear

Los momentos que contiene el proceso de conformación de una 
cultura de la resistencia -la conservación, la asimilación y 
la creación- son la expresión dialéctica de esa relación 
entre lo general y lo particular que se da en todo proceso 
cultural verdadero. Expresan una síntesis y, por tanto, no 
deben verse separados en el proceso. En determinadas 
circunstancias, no todos tienen el mismo nivel de madurez, 
ni tienen las mismas manifestaciones (no podemos olvidar que 
la cultura de la resistencia es un proceso en construcción 
desde el punto de vista histórico). Aún así hay que 
observarlos en estrecha relación, sin olvidar que estos 
momentos dan coherencia a este proceso, por ellos transita 
el pensamiento que rechaza la dominación y la opresión tanto 
externa como interna. Este será un proceso ascendente, donde 
cada momento depende necesariamente del anterior, dando 
lugar, asimismo, de manera necesaria e inevitable al 
posterior.

El momento inicial abarca la protección de lo "autóctono" y 
lo "culturalmente apropiado". Es el intento del hombre por 
conservar sus propios valores y debe desembocar en un 
profundo conocimiento de las fuentes, de su historia, de su 
cultura, convirtiéndolas en sólidos fundamentos para 
defender su nacionalidad. Este intento de conservación puede 
llevar a extremos reaccionarios originados por posiciones 
aislacionistas, pero estos extremos no se contemplarían 
dentro de una auténtica cultura de la resistencia. No se 
puede revivir la autenticidad precolombina para alcanzar la 
identidad cultural contemporánea. La identidad cultural es 
el principio dinámico en virtud del cual una sociedad, 
apoyándose en el pasado y acogiendo selectivamente los 
aportes externos, prosigue el proceso incesante de su propia 
creación, y por lo tanto las sociedades precolombinas se 
convierten en símbolos y así deben ser asumidas. Lo mismo 
puede decirse de lo auténtico de las culturas africanas que 
se expandieron por América como consecuencia de la trata de 
esclavos. 

Explicando la conexión interna del pensamiento en un proceso 
que lleva necesariamente a la creación, se parte de un 
señalamiento de la herencia acumulada en el campo de la 
ciencia y la producción espiritual, porque cada generación 
tiene en cuenta esa herencia y la asume para entonces 
desarrollarla. Toda la actividad de cualquier época consiste 
en asimilar lo ya existente y formarse bajo este 
presupuesto, elevándose a un plano superior, porque al 
apropiarse de la herencia recibida y hacer de ella algo 
propio, ésta ya no será lo que era antes: he aquí lo que 
Hegel llamó "peculiar acción creadora".

El momento de conservación dentro del proceso de la cultura 
de la resistencia revela la defensa de los valores 
culturales propios, tratando de recobrar el pasado en sus 
virtualidades transformadoras. La conservación se manifiesta 
en el intento de preservar y defender las esencias de la 
cultura nacional, las tradiciones, los valores propios, los 
intereses que puedan llevar a la defensa de la nacionalidad. 
No es el regreso que produce "enquistamiento", sino la 
vuelta a los orígenes para encontrar nuevas respuestas, 
buscar nuevos rumbos. Hegel alertaba que en estas marchas 
"atrás", cuando se percibe la "nostalgia" de volver a los 
comienzos para arrancar de un sólido punto de partida, este 
punto debía buscarse "en el mismo pensamiento, en la misma 
idea y no en una forma consagrada por una autoridad". No 
coincidimos con la manera idealista en que Hegel aborda el 
problema, pero sí consideramos lógica su alerta de que este 
regreso a los comienzos puede ser la consecuencia de una 
actitud impotente frente al rico material de la evolución 
que el hombre tiene ante sí, y de allí la preferencia por 
"regresar" a una fase anterior. Querer resucitar viejos 
esquemas equivale a tratar de hacer regresar a una etapa 
anterior al espíritu más desarrollado y formado. Se debe 
aprender a distinguir entre lo progresista y lo reaccionario 
de una época, así como alertar sobre el peligro de 
liquidarlo todo, en un arranque de nihilismo, para 
comenzarlo todo de nuevo. 

El pensamiento latinoamericano ha insistido en la necesidad 
de conservar y proteger los valores culturales propios. 
Mariátegui se proyectó por el conocimiento profundo de lo 
autóctono a partir de la conservación de lo propio sin caer 
en extremos reaccionarios. El pensador peruano desarrolla su 
polémica con algunas tendencias indigenistas, partiendo de 
una defensa del pasado sin negar el presente. Su admiración 
por el pasado incaico no lo lleva a una concepción 
restauracionista, porque unido al reconocimiento de la 
necesidad de conservar costumbres, tradiciones, observa el 
carácter irreversible de ciertas conquistas de la 
civilización occidental.

El momento de conservación se ha expresado en Cuba por la 
búsqueda constante de la nacionalidad. Es así como todo lo 
impuesto ha resultado ajeno, convirtiéndose los procesos de 
rechazo a la dominación y la imposición de esquemas extraños 
en corrientes ideológicas importantes dentro de la 
conciencia nacional: antianexionismo, antinjerencismo, 
antimperialismo. El desarrollo del conocimiento sobre 
determinados hechos del pasado puede contribuir al objetivo 
de elaborar una justificación válida acerca de la existencia 
de una nación independiente, de aquí que en las primeras 
décadas de este siglo fuera éste el eje alrededor del cual 
giró el esfuerzo intelectual de numerosos pensadores.

El problema de la memoria histórica adquiere así importancia 
cardinal. Se insiste en la revalorización crítica de la 
herencia cultural que comprende un examen crítico de las 
realizaciones cubanas en el campo cultural, tal y como 
planteara Carlos Rafael Rodríguez. Alfredo Guevara realiza 
este análisis apuntando hacia otra de sus aristas, cuando 
señala la necesidad de determinar, dentro de la herencia del 
pasado, la obra que sirve al pueblo y la que pretende 
contribuir a su esclavización. Se detiene a demostrar la 
importancia de aprender a discernir, a definir lo que hay de 
avanzado en una época y separarlo críticamente de lo 
reaccionario y lo caduco, como una condición ineludible para 
la asimilación de la herencia cultural, nacional y 
universal.

En el proceso de formación de una cultura de la resistencia 
se trata de lograr la tensión dialéctica entre el pasado, el 
presente y el futuro, enriqueciendo las esencias propias con 
valores nuevos, en una constante asimilación e incorporación 
de elementos culturales. Se trata de la asimilación de 
valores de otras culturas, un momento de reelaboración de lo 
propio y lo ajeno en una profunda interrelación. En 
ocasiones, el hombre se ve obligado a asimilar otros valores 
porque son más avanzados y coadyuvan a su desarrollo, pero 
también por la necesidad de protegerse ante condiciones 
adversas para su existencia social. 

La asimilación es la transformación de elementos culturales 
ajenos en elementos de la propia cultura, es la capacidad de 
decisión sobre el uso de elementos culturales foráneos en 
bien de la cultura nacional. También se da en sentido 
inverso, cuando la cultura del dominador comienza a ser 
influida por la dominada. Algunos autores, como Guillermo 
Bonfill Batalla, le llaman a este proceso "apropiación", 
pero hay que insistir en que más que una apropiación de 
valores ajenos se efectúa un proceso de asimilación, porque 
no solo se adquiere capacidad de decisión sobre estos 
elementos culturales, sino que se alcanza la facultad de 
transformarlos. Luego de la asimilación, los elementos 
culturales ajenos ya no serán los mismos, habrán cambiado, 
se habrán transformado en nuevos valores, pero en la 
recepción del mensaje universal hay que cuidar que los 
elementos nacionales no sean destruidos. 

En el ámbito del pensamiento socio-político latinoamericano, 
conceptos como "libertad", "igualdad", "fraternidad" han 
adquirido nuevos matices en nuestra realidad, constituyendo 
ejemplos concretos de una asimilación consecuente de valores 
universales. Pero la asimilación también se da en sentido 
inverso, en el sentido en que se manifiesta la asunción de 
elementos de la cultura dominada por parte del dominador. La 
cultura no es "impermeable", es más bien una cuestión de 
apropiaciones, experiencias comunes e interdependencia de 
todo tipo con culturas diferentes.

El momento de asimilación se trata de un caso típico de 
contradicción lógica: ¿cómo entender que asimilando también 
resiste una cultura? En situaciones concretas, en las que 
median necesidades económicas reales, la asimilación de un 
determinado elemento cultural ajeno puede significar la 
preservación de los propios, aunque incorporándosele un 
nuevo contenido. De lo contrario, estos valores 
inevitablemente se perderían ante el embate de situaciones 
nuevas que requieren de cambios. La asimilación es en este 
sentido una forma de enriquecimiento cultural . 

El tercer momento, dirigido a la creación dentro de la 
propia resistencia, comprende la búsqueda de alternativas 
emancipatorias que se manifiestan en acciones concretas en 
todos los ámbitos de la vida de la sociedad. A diferencia de 
la cultura de dominación, que manipula las mejores aptitudes 
de los hombres y sitúa lo social como elemento subordinado, 
una cultura de la resistencia, genera una síntesis de 
profundas raíces populares, de sólidos fundamentos socio-
políticos para la emancipación de las masas oprimidas y, por 
consiguiente, para las aspiraciones de justicia social. En 
este momento, al que denominamos de creación dentro de la 
cultura de la resistencia y que se extiende a todos los 
ámbitos de la vida, se trata de concretar por diferentes 
vías y en acciones bien definidas el rechazo a la 
penetración foránea que sustenta una resistencia 
consecuente. La búsqueda de nuevas alternativas de 
enfrentamiento a la dominación adquieren un lugar 
preponderante, radicalizándose las ideas para llegar a 
momentos de ruptura con etapas anteriores.

La creación va mas allá de una "innovación" cultural, de 
cualquier improvisación espontánea. La resistencia debe 
convertirse en un problema de inteligencia y superación 
constante. Se impone el desarrollo, el mejoramiento de lo 
humano, porque la búsqueda de lo nacional en la cultura 
(elemento esencial de una cultura de la resistencia), no 
puede ser en realidad únicamente ejercicio de conservación y 
rescate, sino también -y sobre todo- ejercicio de creación.

De aquí se desprende la relación entre la cultura de la 
resistencia y la cultura de la liberación. La defensa de lo 
propio y la rebeldía contra cualquier forma de penetración 
que afecte la dignidad del ser humano (elementos presentes 
en la resistencia) se realizan plenamente en la medida en 
que pueda llevarse a efecto la liberación real del 
individuo. Si la resistencia desemboca en una acción 
concreta, cuyo objetivo sea rescatar aquellos principios 
contenidos en la aspiración de acabar con la explotación del 
hombre, la liberación que expresa este ideal, puede 
coincidir con el proceso de resistencia, que tratará de 
suprimir cualquier sujeción que impida el desarrollo y la 
superación del individuo, manifestándose de las más 
disímiles formas, desde las más sutiles y encubiertas, hasta 
las más abiertas y radicales.

El momento de creación dentro de la cultura de la 
resistencia comprende una denuncia de las conductas sociales 
propias del colonialismo y el imperialismo, denuncia que de 
hecho se refiere a la cultura oligárquica neocolonial 
dominante, o implícitamente al Estado que en ella se 
legitima. A partir de aquí pueden llevarse a efecto 
determinadas acciones contra ese orden. En este momento de 
creación, la sociedad portadora de una cultura de la 
resistencia se acerca a las aspiraciones que se manifiestan 
a través de una cultura de liberación, a pesar de que no 
siempre llega a la comprensión de la necesidad de subvertir 
el sistema imperante y de liberar a los pueblos de las 
trabas que imponen a su desarrollo las relaciones de 
dominación que generan las estructuras económicas y sociales 
heredadas de la Colonia, (cuestiones que sí estarán 
presentes en una cultura de liberación, al movilizar a las 
masas para transformar esas estructuras retrógradas). 

Marx expresa la esencia de la emancipación a partir de una 
revolución radical, por eso, el desmonte de las estructuras 
sociales explotadoras significa un paso en el camino de la 
liberación, y todo el movimiento de ideas que se produce en 
torno a este intento, aunque no siempre encuentra las 
salidas correctas, abre el camino para tareas propiamente 
constructivas, toda vez que se convierte en un resorte de la 
conciencia nacional en permanente lucha contra todo lo que 
rompa la armonía de su desarrollo. 

Está claro que la enajenación del hombre (económica, 
política, social, cultural) deberá superarse en el curso del 
proceso de las transformaciones sociales que llevan al 
comunismo. Es lo que Marx llamó "emancipación humana 
universal" y su logro está condicionado por la abolición de 
la enajenación en su propia base: la existencia de la 
propiedad privada y la división social del trabajo. Debe 
tenerse en cuenta que en este caso, Marx maneja el problema 
de la enajenación como un problema social y no como un 
problema nacional, que es el ámbito en que se mueve el 
estudio que realizamos, pero indudablemente estas cuestiones 
por él señaladas deben tenerse en cuenta en el análisis del 
momento creador de la cultura de la resistencia . De esta 
forma, el empeño por crear una identidad nacional será más 
efectivo si se logra obtener la liberación real, porque toda 
propuesta alternativa para un proceso desalienador asume la 
emancipación como construcción socio-cultural que presupone 
el rescate no sólo de la dignidad, sino también de las 
riquezas nacionales, condición básica de la propia dignidad. 
A la preocupación por crear una cultura que rompa con la 
dependencia y la penetración dominadoras debe ser 
incorporada la intención de revolucionar la sociedad y crear 
un nuevo tipo de individuo.

La emancipación humana es un proyecto contextualizado, con 
vías de ejecución y objetivación orientado por necesidades 
materiales y espirituales. Este proyecto estará presente en 
la cultura de la resistencia, como momento que manifiesta la 
correlación entre lo espiritual y lo material dentro de la 
misma. A partir de esta correlación es que ubicamos la 
cuestión de una cultura de la resistencia como parte del 
problema de "lo ideal" o de "la idealidad" presente en toda 
la historia del pensamiento humano, pero desde su 
interpretación marxista, que se basa ante todo en la 
concepción materialista de la especificidad de la relación 
social humana con el mundo y de su diferencia de principio 
con respecto a su relación biológica, psíquica, etc. 

Por eso, cuando abordamos la cultura de la resistencia como 
esquema de pensamiento, como una concepción de oposición, 
que expresa todo un movimiento de ideas, estamos teniendo en 
cuenta las manifestaciones histórico-concretas de este 
pensamiento en dependencia de las contradicciones propias 
del momento sobre la base de las necesidades materiales (en 
primera instancia) que tienen los individuos, pero también 
de las espirituales, que en su relación con las materiales 
le dan una carácter dialéctico a todo este proceso. Sólo de 
esta forma el hombre puede alcanzar un desarrollo pleno y 
tendrán sentido sus intentos de conservar y proteger sus 
valores culturales. De igual manera, solo a través de un 
proceso de profunda y consecuente resistencia cultural en 
todos los ámbitos, puede el hombre aspirar a concretar su 
ideal liberador.

El lado filosófico de la cultura de la resistencia: el 
problema de lo ideal.

La identificación de una cultura de la resistencia en el 
pensamiento social de una colectividad humana determinada 
guarda estrecha relación con temas tales como el de la 
definición de una identidad cultural, la conformación de la 
cultura política de dicha colectividad, la concepción de 
liberación que se cultive, etc. Pero sería una limitación de 
cualquier estudio sobre el tema considerar la cuestión desde 
la simple identificación empírica de manifestaciones 
particulares dentro de los temas mencionados. Se necesita -y 
no es imposible- un análisis de la forma del concepto de la 
cultura de la resistencia por lo que representa para el 
proceso anticolonialista y antimperialista la 
sistematización del pensamiento revolucionario. 

El término cultura dentro de este concepto es nuclear, 
porque la resistencia va mucho más allá de una posición 
política: abarca todo un complejo de ideologías, símbolos, 
mitos, modos de pensamiento, maneras de ser y creaciones 
culturales, que son en ocasiones contradictorias. En la 
forma en que entendemos el concepto, cultura es la forma 
típicamente humana de relación dentro del mundo. Este 
concepto designa el proceso íntegro mediante el cual el 
hombre, en la medida en que humaniza a la naturaleza, se 
produce a sí mismo. La forma específica en que se da este 
proceso es la asimilación progresiva de la experiencia 
acumulada de generación en generación a través de la 
práctica creadora del hombre; de aquí el carácter activo que 
tiene la cultura.

Cada individuo se enfrenta a la cultura como a un mundo ya 
dado de antemano, un mundo de reglas, esquemas y normas de 
conducta que debe respetar para conducirse con éxito tanto 
en sus relaciones con la naturaleza no humana, como en sus 
relaciones sociales. Pero el acto de decodificación se 
produce a través de la práctica humana. La actividad 
anterior heredada de la cual depende cada generación nueva 
tiene la peculiaridad de ser adquirida solo a través de una 
actividad diversa y por los hombres inmersos en esa 
actividad.

El carácter activo que le imprime a la cultura la actividad 
práctica del hombre en sus relaciones sociales, siempre en 
los marcos de determinadas relaciones de producción es un 
elemento fundamental para comprender a la cultura de la 
resistencia como un proceso cultural en construcción y 
desarrollo, y no como una actividad pasiva del hombre, de 
autodefensa y atrincheramiento.

La cultura de la resistencia se manifiesta en todas las 
esferas de la vida social: en lo político, en lo económico, 
en las diferentes formas de la cultura artística y 
literaria, en la religión, etc., pero es en la esfera socio-
política donde debe profundizarse más, a partir de todo el 
movimiento de ideas que se genera en ella, a través de 
corrientes, tendencias y concepciones ideológicas. Se trata 
en este caso de la resistencia cultural, el intento de 
preservar y conservar valores, tradiciones, costumbres que 
tienen que ver con la idiosincrasia de un pueblo, pero vista 
a través del prisma de un fenómeno socio-político: el 
rechazo a la dominación externa e interna, como una 
constante en la búsqueda de la emancipación y la soberanía.

Entendiendo de esta manera el problema, consideramos que el 
análisis debe incluir la consideración detenida del problema 
de lo ideal. Bien vistas las cosas, el problema de la 
cultura de la resistencia se somete a las reglas de 
comportamiento de cualquier fenómeno ideal, como fenómeno 
del pensamiento. La elección prioritaria del ámbito socio-
político de expresión obedece a la circunstancia de que es 
en esta esfera donde el concepto de la resistencia encuentra 
su esencia más nítidamente. Ciertamente, existen también 
toda una serie de manifestaciones importantes que son obra 
del pensamiento, como es el caso de las artes, las ciencias, 
la historia política, la religión, etc., pero debe prestarse 
mayor atención al esquema de pensamiento que se revela a 
través del movimiento ideológico que rechaza cualquier forma 
de dominación. Sin desatender absolutamente la historia y el 
resto de las manifestaciones antes mencionadas, hemos de 
fijarnos especialmente en el pensamiento por interesarnos en 
particular el desarrollo de la idea que sustenta la 
resistencia en el continente en la mayor parte del siglo XX: 
el antimperialismo, a través del cual se va a manifestar, en 
forma de ideología, el rechazo a la penetración foránea 
dominador.

Hegel desde su óptica idealista veía la particularidad 
fundamental de la actividad vital humana en el acto de 
transformar los esquemas de su actividad propia en objeto de 
sí misma. O sea, que la actividad humana es fijada en él 
solo en la medida en que ella se ha transformado en esquema 
de pensamiento. En este caso se produce un fenómeno natural: 
al filósofo le interesan las cosas como conceptos más que 
como cosas, le interesa las cosas en calidad de producto del 
pensamiento, que es en definitiva la actividad que llevará 
al concepto, objeto en este caso de un análisis filosófico. 

Pero Hegel comprende la práctica de modo abstracto, al 
considerar la actividad objetiva sensorial del hombre sólo 
como criterio de la verdad, y por consiguiente, todos los 
resultados de la actividad práctica de los hombres se toman 
en cuenta sólo en cuanto a que en ella están cosificadas 
unas u otras ideas. La idea cobra en este caso la vida de un 
ser sobrenatural: "(...)una idea- plantea Hegel- vista en su 
conjunto y en todos y cada uno de sus miembros, es como un 
ser viviente, dotado de una vida única y de un pulso único 
que late en todos sus miembros". 

A pesar del idealismo que emana de este planteamiento, con 
respecto a la lógica este punto de vista no solo ha sido 
justificado, sino que es el único racional, al decir del 
filósofo soviético Edwald V. Iliénkov. Por eso, acogiéndonos 
a esa lógica, insistimos en la necesidad de centrar la 
atención en el an de la evolución del esquema de pensamiento 
que se manifiesta como cultura de la resistencia en 
cualquier sociedad que se pretenda estudiar. La competencia 
de la lógica en tanto disciplina filosófica es ver la 
actividad humana como esquema racional, y Hegel tenía razón 
al examinar el asunto exclusivamente desde el punto de vista 
de los esquemas abstractos del pensamiento. El error aquí 
puede estar en absolutizar el camino a la verdad, porque 
considerando que toda la variedad de formas de la cultura 
humana es resultado de la manifestación de la capacidad de 
pensar que actúa en el hombre, Hegel no comprendió la 
génesis del pensamiento. Esta premisa debe quedar muy clara, 
porque ¿dónde quedarían entonces las relaciones sociales, 
las relaciones de producción que marcan sustancialmente la 
actividad humana? Si el pensamiento se observa como punto de 
partida para comprender todos los fenómenos de la cultura, 
entonces la historia sería interpretada como un proceso que 
brota de la cabeza de las personas, cuestión que quedó 
definitivamente superada por la concepción materialista de 
la historia que brinda el marxismo.

Es por eso que el problema de lo ideal constituye un 
presupuesto teórico de gran valor para un estudio del 
proceso de la resistencia. Marx no pensó al hombre en unidad 
inmediata con la naturaleza, sino únicamente al hombre que 
se halla en unidad con la sociedad, con la actividad socio-
històrica que produce su vida material y espiritual, de aquí 
que lo ideal no fuese visto como lo psicológico individual, 
sino como un hecho histórico social, el producto y la forma 
de la producción espiritual, que existe en formas múltiples 
de conciencia social y de voluntad del hombre como sujeto de 
la producción social y de la vida material y espiritual.

Marx dejó claro que todas las imágenes generales nacen no de 
los esquemas del pensamiento, sino que se forman en el 
proceso de su transformación práctica objetiva por la 
sociedad. Por lo tanto, lo ideal existe solo como forma de 
la actividad del hombre social dirigida al mundo exterior, y 
la práctica (trabajo, producción) se convierte en el 
"enlace" entre la naturaleza y el pensamiento. Todo estudio 
sobre el pensamiento de una determinada etapa del desarrollo 
de la sociedad debe tener en cuenta esta circunstancia.

Resulta necesario, además, comprender la esencia dialéctica 
de lo ideal para adentrarse en un análisis objetivo del 
problema a tratar. Lo ideal puede no existir en forma de 
cosa exterior, pero sí como capacidad activa del hombre. De 
modo que una idea puede no haberse concretado exteriormente, 
y sin embargo estar en un proceso de desarrollo y evolución 
que necesariamente la llevará a la formación del concepto. 
Una tendencia ideológica, por ejemplo, puede representar "lo 
ideal", manifestándose como un movimiento de ideas, que en 
ocasiones no fluye abiertamente a la superficie de la 
sociedad, no llega a divulgarse y conocerse suficientemente, 
pero que puede darse en la actividad intelectual de un grupo 
de individuos -no importa su número- que perciben con 
especial sentido el contenido vital de la época.

Para Hegel, el llamado "espíritu de la época" debía ser 
considerado por los estudios de pensamiento, aunque su 
reflejo apareciera en aislados individuos. El ideal no puede 
consistir en una "plácida identidad absoluta", privado de 
contradicciones. Tal ideal sería "la muerte del espíritu y 
no su cuerpo vivo". Marx desarrolla esta idea a partir de la 
consideración de la manifestación de las contradicciones de 
una etapa histórica en el pensamiento humano, aunque su 
reflejo no se hubiera generalizado. Bastaba que surgiera una 
vez para que las ideas comenzaran a moverse impulsadas por 
esas contradicciones.

De ahí que no debe confundir la aparente "pasividad" de una 
sociedad por la no aparición de hechos concretos que desde 
el punto de vista "práctico" nos demuestren la existencia de 
una cultura de la resistencia. Este proceso puede estarse 
manifestando con más agudeza en el pensamiento, reflejándose 
en las formas de la conciencia social (el arte, la política, 
la moral, etc.) o de manera implícita en la producción 
literaria, ensayística, en las leyes que se elaboran, aunque 
no lleguen a aprobarse o generalizarse a escala de toda la 
sociedad. Por ejemplo, en la sociedad cubana de las dos 
primeras décadas del siglo XX, se consideraba adormecida la 
conciencia nacional, sin visibles muestras de vitalidad y 
lucha, sin embargo, se estaba llevando a efecto un fuerte 
movimiento de ideas en defensa de la nacionalidad cubana y 
en rechazo a la injerencia y la penetración yanquis.

El movimiento de ideas puede darse también sin cambiar por 
un tiempo de modo especial el objeto real al cual va 
dirigida su atención. Esto se explica en el hecho de que lo 
ideal existe únicamente allí donde la forma misma de 
actividad correspondiente a la forma del objeto exterior, se 
transforma por el hombre en objeto particular sin tocar 
exactamente el objeto real. Pero este presupuesto, que 
constituye la raíz gnoseológica del idealismo, no debe 
absolutizarse. Así como el movimiento real de la sociedad 
(la producción, la base económica, las relaciones sociales 
en torno al aseguramiento de las condiciones materiales de 
vida) va dando lugar al movimiento ideal, a su vez el 
movimiento ideal puede también, en un momento determinado 
compulsar el movimiento real, fundamentado por el carácter 
activo de lo ideal, y es que éste -lo ideal- no existe como 
cosa, sino como actividad. "El desarrollo político, 
jurídico, filosófico, religioso, literario, artístico, etc., 
-aclara Engels- descansa en el desarrollo económico. Pero 
todos ellos repercuten también los unos sobre los otros y 
sobre su base económica. No es que la situación económica 
sea la causa, lo único activo, y todos lo demás, efectos 
puramente pasivos. Hay un juego de acciones y reacciones, 
sobre la base de la necesidad económica, que se impone 
siempre en última instancia" (los subrayados son de Engels. 
-M.G.A.)

Al descubrir las leyes reales de la historia social, el 
marxismo reveló las fuentes del condicionamiento social de 
la conciencia y descubrió las causas reales de su carácter 
activo, efectuando un análisis de las diferentes formas de 
la actividad espiritual como un aspecto inmanente a la 
actividad productiva, como una función de la actividad en su 
conjunto. La conciencia, como parte de lo ideal, 
desarrollará en este caso su naturaleza en el seno de la 
sociedad, y esto presupone necesariamente la revelación de 
aquellas formas sociales por medio de las cuales se lleva a 
cabo constantemente la interacción de la actividad práctico 
material e ideal transformadora de los hombres. 

De esta forma el tema que nos ocupa no puede ser abordado al 
margen de estas concepciones alrededor del problema de lo 
ideal. Solo así podremos determinar objetivamente cuestiones 
claves para su comprensión como son las formas ideológicas 
que se perfilan en todo el proceso de la resistencia, las 
manifestaciones fenoménicas que de él emanan y los fenómenos 
socio-económicos que se ocultan tras el predominio de cada 
posición ideológica. Resulta necesaria además, una 
exposición que ayude a comprender esencialmente la cultura 
de la resistencia como elaboración ideológica y no verla en 
la forma limitada de resistencia espontánea.

Resistir por la nación.

El problema de la defensa de lo nacional es un elemento 
esencial dentro de la cultura de la resistencia, por eso nos 
detenemos en algunas consideraciones al respecto, que van 
desde el tratamiento del nacionalismo en el problema, hasta 
la relación del mismo con la Historia.

El surgimiento de una cultura nacional requiere de un mínimo 
de desarrollo de las relaciones capitalistas, y de 
relaciones sociales de producción expresadas en estructuras 
políticas de dominio bien definidas. Éstas deben promover el 
desarrollo de las clases subordinadas cuya conciencia le 
permita entender la necesidad de superar esa subordinación a 
través de diferentes vías. (Es por esto que si no se 
reconoce el fenómeno clasista no se puede penetrar en el 
fenómeno cultural en aspectos como la crítica a la cultura 
dominante en una sociedad específica).

En América Latina ese ordenamiento se empieza a lograr en la 
segunda mitad del siglo XIX. El carácter tardío de nuestro 
desarrollo capitalista marcó el proceso general de nuestro 
desarrollo histórico, determinando conductas y tareas 
sociales. Es por eso que los problemas relativos al proceso 
de formación nacional y el enfrentamiento a la penetración 
extranjera tienen tanto peso en la defensa de lo nacional y 
se convierten en criterios de valor para la interpretación 
de la herencia histórica de nuestros pueblos, aspecto 
determinante dentro de la cultura de la resistencia.

El problema del nacionalismo y las diferentes posiciones de 
su defensa guardan relación con el problema de la cultura de 
la resistencia. Desde el punto de vista ideológico y 
cultural el nacionalismo latinoamericano ha buscado una 
confirmación de lo nacional y una base ideológica para el 
logro de la unidad interna frente a los peligros de 
dominación externos. Pero hay que distinguir un nacionalismo 
de otro. Si el nacionalismo se traduce en restauración de la 
comunidad, afirmación de la identidad, emergencia de nuevas 
pautas culturales, encontraremos muchos puntos de 
confluencia con una cultura de resistencia. Si cae en 
concepciones chovinistas y en extremos reaccionarios, puede 
convertirse en un obstáculo que impida el enfrentamiento a 
las desigualdades económicas, haciéndole el juego 
definitivamente a la dominación imperial.

Teóricamente, el nacionalismo puede expresar los intereses 
de la nación en abstracto, defendiendo en el fondo los de 
una clase (la burguesía) por encima del resto de la 
sociedad, sirviendo así a fuerzas reaccionarias. Pero no 
siempre es así, porque en países coloniales y neocoloniales, 
el nacionalismo adquirió un carácter progresista y 
patriótico. Puede darse el caso de un nacionalismo 
patriótico, revolucionario, que no es atributo de la gran 
burguesía. En Cuba se da esta particularidad en elementos 
progresistas de la pequeña burguesía y en general de las 
capas medias de la población, durante los primeros veinte 
años de la República. Con la intervención norteamericana en 
Cuba se generó el fortalecimiento del sentimiento nacional 
en la defensa de la posibilidad de crear un estado nacional 
independiente. No obstante, en Cuba tiene más relieve el 
concepto de patriotismo que el de nacionalismo. El concepto 
de "patria" tiene un sentido más popular, más vinculado al 
individuo que al Estado. 

La nación cubana es un producto de hondas transformaciones 
sociales y de un largo proceso político e ideológico, cuya 
integración se desarrolló en el marco de las luchas sociales 
por la independencia que llevaron a la constitución de la 
nación como totalidad. La cuestión nacional cubana se ha 
tejido históricamente en una relación de dominio y 
resistencia contra determinadas potencias. Es por ello que 
Rafael Hernández considera que el nacionalismo cubano 
responde, eminentemente, a un desafío externo, donde la 
hostilidad de los Estados Unidos ha permanecido sobre la 
vida cubana como "un factor adverso" al interés nacional. De 
aquí que la autoconfirmación nacional frente a los Estados 
Unidos no responda a impulsos momentáneos, sino a todo un 
proceso ideológico donde se refleja el nacionalismo cubano. 
Precisamos que cuando hablamos de "lo nacional", lo hacemos 
en sentido amplio, refiriéndonos a su contenido histórico-
concreto, determinado por el carácter de las relaciones de 
producción existentes.

El proceso de desarrollo de la cultura de la resistencia 
implica un intento de conocimiento y profunda comprensión de 
la identidad cultural para poder impulsarla creadoramente. 
La primera condición que se necesita es la desmistificación 
sistemática de toda una serie de falsos valores, de falsa 
historiografía acerca de la realidad que rodea a la cultura 
dominada. En el estudio de una cultura de la resistencia se 
observa, evidentemente, un estrecho vínculo con el proceso 
histórico y con la historia, concretamente. Como todo 
proceso cultural e ideológico, la cultura de la resistencia 
posee un carácter histórico-concreto y se manifiesta en 
dependencia de las diversas situaciones y complejidades de 
la historia de la sociedad y de la primacía que han tenido 
en cada uno de esos momentos las distintas clases y grupos 
sociales del proceso histórico. Juegan un papel fundamental 
las contradicciones que surgen a partir de las relaciones 
entre las clases, impulsadas por intereses de tipo material. 
Recordamos que el nexo sociedad-pensamiento, históricamente 
precisado, constituye la base de cualquier estudio de las 
ideas. 

Lejos de ser sólo una reacción a la dominación neocolonial 
imperialista, la cultura de la resistencia es una manera 
alternativa de concebir la historia buscando en ella un 
lugar propio. De aquí la insistencia en el derecho a dar una 
lectura continua y coherente a todo el proceso histórico en 
la práctica de una cultura nacional que organice y sostenga 
la memoria de esa nacionalidad. No es ya solo el debate de 
las ideas por las ideas mismas, debe tratarse del estudio de 
un problema que tiene que ver con el devenir nacional, 
teniendo en cuenta los elementos sustanciales que explican 
la historia. 

La cultura oligarco-neocolonial ha procurado asumir la 
historia de América como una mera extensión de la europea. 
En pensadores latinoamericanos, como el caso de José Martí, 
lo americano es visto como el producto genuino de una 
historia dotada de sentido propio.

El proceso de formación de una cultura de la resistencia es 
controvertido y heterogéneo, con contradicciones que le 
imprimen un carácter de mucha movilidad y de constantes 
búsquedas. Expresa todo un esfuerzo intelectual, un gran 
movimiento de ideas cuyas manifestaciones pueden ser 
diversas, desde las más abiertas hasta las más sutiles y 
solapadas. De lo que se trata es de ponerlas en evidencia y 
de sistematizarlas para que entren en la cultura nacional 
con el carácter de fuerza espiritual arraigada, de "arma 
material" que promueva transformaciones y cambios siempre en 
función de preservar y desarrollar esa cultura frente a los 
peligros externos e internos.



Néstor Miguel Gorojovsky
gorojovsky en arnet.com.ar

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Compañeros del exercito de los Andes. 

...La guerra se la tenemos de hacer del modo que podamos: 
sino tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos 
tiene de faltar: cuando se acaben los vestuarios, nos 
vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mugeres, 
y sino andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios: 
seamos libres, y lo demás no importa nada...

Jose de San Martín, 27 de julio de 1819.

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