[R-P] Cubanos redescubren la cuestión nacional en la cultura (Segunda de dos partes)
Gorojovsky
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Dom Feb 24 09:54:43 MST 2002
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Cultura de la resistencia en América Latina: ensayo
preliminar para su estudio
(M.del Rosario González Aróstegui - Cuba)
Colección Pensadores Cubanos de hoy
Cultura de la resistencia en América Latina: ensayo
preliminar para su estudio
Mely del Rosario González Aróstegui
Ensayo presentado al concurso "América Nuestra" de AUNA, La
Habana, 2000
enviar correo electrónico a la autora
[segunda de dos partes]
Cultura de la resistencia: conservar, asimilar, crear
Los momentos que contiene el proceso de conformación de una
cultura de la resistencia -la conservación, la asimilación y
la creación- son la expresión dialéctica de esa relación
entre lo general y lo particular que se da en todo proceso
cultural verdadero. Expresan una síntesis y, por tanto, no
deben verse separados en el proceso. En determinadas
circunstancias, no todos tienen el mismo nivel de madurez,
ni tienen las mismas manifestaciones (no podemos olvidar que
la cultura de la resistencia es un proceso en construcción
desde el punto de vista histórico). Aún así hay que
observarlos en estrecha relación, sin olvidar que estos
momentos dan coherencia a este proceso, por ellos transita
el pensamiento que rechaza la dominación y la opresión tanto
externa como interna. Este será un proceso ascendente, donde
cada momento depende necesariamente del anterior, dando
lugar, asimismo, de manera necesaria e inevitable al
posterior.
El momento inicial abarca la protección de lo "autóctono" y
lo "culturalmente apropiado". Es el intento del hombre por
conservar sus propios valores y debe desembocar en un
profundo conocimiento de las fuentes, de su historia, de su
cultura, convirtiéndolas en sólidos fundamentos para
defender su nacionalidad. Este intento de conservación puede
llevar a extremos reaccionarios originados por posiciones
aislacionistas, pero estos extremos no se contemplarían
dentro de una auténtica cultura de la resistencia. No se
puede revivir la autenticidad precolombina para alcanzar la
identidad cultural contemporánea. La identidad cultural es
el principio dinámico en virtud del cual una sociedad,
apoyándose en el pasado y acogiendo selectivamente los
aportes externos, prosigue el proceso incesante de su propia
creación, y por lo tanto las sociedades precolombinas se
convierten en símbolos y así deben ser asumidas. Lo mismo
puede decirse de lo auténtico de las culturas africanas que
se expandieron por América como consecuencia de la trata de
esclavos.
Explicando la conexión interna del pensamiento en un proceso
que lleva necesariamente a la creación, se parte de un
señalamiento de la herencia acumulada en el campo de la
ciencia y la producción espiritual, porque cada generación
tiene en cuenta esa herencia y la asume para entonces
desarrollarla. Toda la actividad de cualquier época consiste
en asimilar lo ya existente y formarse bajo este
presupuesto, elevándose a un plano superior, porque al
apropiarse de la herencia recibida y hacer de ella algo
propio, ésta ya no será lo que era antes: he aquí lo que
Hegel llamó "peculiar acción creadora".
El momento de conservación dentro del proceso de la cultura
de la resistencia revela la defensa de los valores
culturales propios, tratando de recobrar el pasado en sus
virtualidades transformadoras. La conservación se manifiesta
en el intento de preservar y defender las esencias de la
cultura nacional, las tradiciones, los valores propios, los
intereses que puedan llevar a la defensa de la nacionalidad.
No es el regreso que produce "enquistamiento", sino la
vuelta a los orígenes para encontrar nuevas respuestas,
buscar nuevos rumbos. Hegel alertaba que en estas marchas
"atrás", cuando se percibe la "nostalgia" de volver a los
comienzos para arrancar de un sólido punto de partida, este
punto debía buscarse "en el mismo pensamiento, en la misma
idea y no en una forma consagrada por una autoridad". No
coincidimos con la manera idealista en que Hegel aborda el
problema, pero sí consideramos lógica su alerta de que este
regreso a los comienzos puede ser la consecuencia de una
actitud impotente frente al rico material de la evolución
que el hombre tiene ante sí, y de allí la preferencia por
"regresar" a una fase anterior. Querer resucitar viejos
esquemas equivale a tratar de hacer regresar a una etapa
anterior al espíritu más desarrollado y formado. Se debe
aprender a distinguir entre lo progresista y lo reaccionario
de una época, así como alertar sobre el peligro de
liquidarlo todo, en un arranque de nihilismo, para
comenzarlo todo de nuevo.
El pensamiento latinoamericano ha insistido en la necesidad
de conservar y proteger los valores culturales propios.
Mariátegui se proyectó por el conocimiento profundo de lo
autóctono a partir de la conservación de lo propio sin caer
en extremos reaccionarios. El pensador peruano desarrolla su
polémica con algunas tendencias indigenistas, partiendo de
una defensa del pasado sin negar el presente. Su admiración
por el pasado incaico no lo lleva a una concepción
restauracionista, porque unido al reconocimiento de la
necesidad de conservar costumbres, tradiciones, observa el
carácter irreversible de ciertas conquistas de la
civilización occidental.
El momento de conservación se ha expresado en Cuba por la
búsqueda constante de la nacionalidad. Es así como todo lo
impuesto ha resultado ajeno, convirtiéndose los procesos de
rechazo a la dominación y la imposición de esquemas extraños
en corrientes ideológicas importantes dentro de la
conciencia nacional: antianexionismo, antinjerencismo,
antimperialismo. El desarrollo del conocimiento sobre
determinados hechos del pasado puede contribuir al objetivo
de elaborar una justificación válida acerca de la existencia
de una nación independiente, de aquí que en las primeras
décadas de este siglo fuera éste el eje alrededor del cual
giró el esfuerzo intelectual de numerosos pensadores.
El problema de la memoria histórica adquiere así importancia
cardinal. Se insiste en la revalorización crítica de la
herencia cultural que comprende un examen crítico de las
realizaciones cubanas en el campo cultural, tal y como
planteara Carlos Rafael Rodríguez. Alfredo Guevara realiza
este análisis apuntando hacia otra de sus aristas, cuando
señala la necesidad de determinar, dentro de la herencia del
pasado, la obra que sirve al pueblo y la que pretende
contribuir a su esclavización. Se detiene a demostrar la
importancia de aprender a discernir, a definir lo que hay de
avanzado en una época y separarlo críticamente de lo
reaccionario y lo caduco, como una condición ineludible para
la asimilación de la herencia cultural, nacional y
universal.
En el proceso de formación de una cultura de la resistencia
se trata de lograr la tensión dialéctica entre el pasado, el
presente y el futuro, enriqueciendo las esencias propias con
valores nuevos, en una constante asimilación e incorporación
de elementos culturales. Se trata de la asimilación de
valores de otras culturas, un momento de reelaboración de lo
propio y lo ajeno en una profunda interrelación. En
ocasiones, el hombre se ve obligado a asimilar otros valores
porque son más avanzados y coadyuvan a su desarrollo, pero
también por la necesidad de protegerse ante condiciones
adversas para su existencia social.
La asimilación es la transformación de elementos culturales
ajenos en elementos de la propia cultura, es la capacidad de
decisión sobre el uso de elementos culturales foráneos en
bien de la cultura nacional. También se da en sentido
inverso, cuando la cultura del dominador comienza a ser
influida por la dominada. Algunos autores, como Guillermo
Bonfill Batalla, le llaman a este proceso "apropiación",
pero hay que insistir en que más que una apropiación de
valores ajenos se efectúa un proceso de asimilación, porque
no solo se adquiere capacidad de decisión sobre estos
elementos culturales, sino que se alcanza la facultad de
transformarlos. Luego de la asimilación, los elementos
culturales ajenos ya no serán los mismos, habrán cambiado,
se habrán transformado en nuevos valores, pero en la
recepción del mensaje universal hay que cuidar que los
elementos nacionales no sean destruidos.
En el ámbito del pensamiento socio-político latinoamericano,
conceptos como "libertad", "igualdad", "fraternidad" han
adquirido nuevos matices en nuestra realidad, constituyendo
ejemplos concretos de una asimilación consecuente de valores
universales. Pero la asimilación también se da en sentido
inverso, en el sentido en que se manifiesta la asunción de
elementos de la cultura dominada por parte del dominador. La
cultura no es "impermeable", es más bien una cuestión de
apropiaciones, experiencias comunes e interdependencia de
todo tipo con culturas diferentes.
El momento de asimilación se trata de un caso típico de
contradicción lógica: ¿cómo entender que asimilando también
resiste una cultura? En situaciones concretas, en las que
median necesidades económicas reales, la asimilación de un
determinado elemento cultural ajeno puede significar la
preservación de los propios, aunque incorporándosele un
nuevo contenido. De lo contrario, estos valores
inevitablemente se perderían ante el embate de situaciones
nuevas que requieren de cambios. La asimilación es en este
sentido una forma de enriquecimiento cultural .
El tercer momento, dirigido a la creación dentro de la
propia resistencia, comprende la búsqueda de alternativas
emancipatorias que se manifiestan en acciones concretas en
todos los ámbitos de la vida de la sociedad. A diferencia de
la cultura de dominación, que manipula las mejores aptitudes
de los hombres y sitúa lo social como elemento subordinado,
una cultura de la resistencia, genera una síntesis de
profundas raíces populares, de sólidos fundamentos socio-
políticos para la emancipación de las masas oprimidas y, por
consiguiente, para las aspiraciones de justicia social. En
este momento, al que denominamos de creación dentro de la
cultura de la resistencia y que se extiende a todos los
ámbitos de la vida, se trata de concretar por diferentes
vías y en acciones bien definidas el rechazo a la
penetración foránea que sustenta una resistencia
consecuente. La búsqueda de nuevas alternativas de
enfrentamiento a la dominación adquieren un lugar
preponderante, radicalizándose las ideas para llegar a
momentos de ruptura con etapas anteriores.
La creación va mas allá de una "innovación" cultural, de
cualquier improvisación espontánea. La resistencia debe
convertirse en un problema de inteligencia y superación
constante. Se impone el desarrollo, el mejoramiento de lo
humano, porque la búsqueda de lo nacional en la cultura
(elemento esencial de una cultura de la resistencia), no
puede ser en realidad únicamente ejercicio de conservación y
rescate, sino también -y sobre todo- ejercicio de creación.
De aquí se desprende la relación entre la cultura de la
resistencia y la cultura de la liberación. La defensa de lo
propio y la rebeldía contra cualquier forma de penetración
que afecte la dignidad del ser humano (elementos presentes
en la resistencia) se realizan plenamente en la medida en
que pueda llevarse a efecto la liberación real del
individuo. Si la resistencia desemboca en una acción
concreta, cuyo objetivo sea rescatar aquellos principios
contenidos en la aspiración de acabar con la explotación del
hombre, la liberación que expresa este ideal, puede
coincidir con el proceso de resistencia, que tratará de
suprimir cualquier sujeción que impida el desarrollo y la
superación del individuo, manifestándose de las más
disímiles formas, desde las más sutiles y encubiertas, hasta
las más abiertas y radicales.
El momento de creación dentro de la cultura de la
resistencia comprende una denuncia de las conductas sociales
propias del colonialismo y el imperialismo, denuncia que de
hecho se refiere a la cultura oligárquica neocolonial
dominante, o implícitamente al Estado que en ella se
legitima. A partir de aquí pueden llevarse a efecto
determinadas acciones contra ese orden. En este momento de
creación, la sociedad portadora de una cultura de la
resistencia se acerca a las aspiraciones que se manifiestan
a través de una cultura de liberación, a pesar de que no
siempre llega a la comprensión de la necesidad de subvertir
el sistema imperante y de liberar a los pueblos de las
trabas que imponen a su desarrollo las relaciones de
dominación que generan las estructuras económicas y sociales
heredadas de la Colonia, (cuestiones que sí estarán
presentes en una cultura de liberación, al movilizar a las
masas para transformar esas estructuras retrógradas).
Marx expresa la esencia de la emancipación a partir de una
revolución radical, por eso, el desmonte de las estructuras
sociales explotadoras significa un paso en el camino de la
liberación, y todo el movimiento de ideas que se produce en
torno a este intento, aunque no siempre encuentra las
salidas correctas, abre el camino para tareas propiamente
constructivas, toda vez que se convierte en un resorte de la
conciencia nacional en permanente lucha contra todo lo que
rompa la armonía de su desarrollo.
Está claro que la enajenación del hombre (económica,
política, social, cultural) deberá superarse en el curso del
proceso de las transformaciones sociales que llevan al
comunismo. Es lo que Marx llamó "emancipación humana
universal" y su logro está condicionado por la abolición de
la enajenación en su propia base: la existencia de la
propiedad privada y la división social del trabajo. Debe
tenerse en cuenta que en este caso, Marx maneja el problema
de la enajenación como un problema social y no como un
problema nacional, que es el ámbito en que se mueve el
estudio que realizamos, pero indudablemente estas cuestiones
por él señaladas deben tenerse en cuenta en el análisis del
momento creador de la cultura de la resistencia . De esta
forma, el empeño por crear una identidad nacional será más
efectivo si se logra obtener la liberación real, porque toda
propuesta alternativa para un proceso desalienador asume la
emancipación como construcción socio-cultural que presupone
el rescate no sólo de la dignidad, sino también de las
riquezas nacionales, condición básica de la propia dignidad.
A la preocupación por crear una cultura que rompa con la
dependencia y la penetración dominadoras debe ser
incorporada la intención de revolucionar la sociedad y crear
un nuevo tipo de individuo.
La emancipación humana es un proyecto contextualizado, con
vías de ejecución y objetivación orientado por necesidades
materiales y espirituales. Este proyecto estará presente en
la cultura de la resistencia, como momento que manifiesta la
correlación entre lo espiritual y lo material dentro de la
misma. A partir de esta correlación es que ubicamos la
cuestión de una cultura de la resistencia como parte del
problema de "lo ideal" o de "la idealidad" presente en toda
la historia del pensamiento humano, pero desde su
interpretación marxista, que se basa ante todo en la
concepción materialista de la especificidad de la relación
social humana con el mundo y de su diferencia de principio
con respecto a su relación biológica, psíquica, etc.
Por eso, cuando abordamos la cultura de la resistencia como
esquema de pensamiento, como una concepción de oposición,
que expresa todo un movimiento de ideas, estamos teniendo en
cuenta las manifestaciones histórico-concretas de este
pensamiento en dependencia de las contradicciones propias
del momento sobre la base de las necesidades materiales (en
primera instancia) que tienen los individuos, pero también
de las espirituales, que en su relación con las materiales
le dan una carácter dialéctico a todo este proceso. Sólo de
esta forma el hombre puede alcanzar un desarrollo pleno y
tendrán sentido sus intentos de conservar y proteger sus
valores culturales. De igual manera, solo a través de un
proceso de profunda y consecuente resistencia cultural en
todos los ámbitos, puede el hombre aspirar a concretar su
ideal liberador.
El lado filosófico de la cultura de la resistencia: el
problema de lo ideal.
La identificación de una cultura de la resistencia en el
pensamiento social de una colectividad humana determinada
guarda estrecha relación con temas tales como el de la
definición de una identidad cultural, la conformación de la
cultura política de dicha colectividad, la concepción de
liberación que se cultive, etc. Pero sería una limitación de
cualquier estudio sobre el tema considerar la cuestión desde
la simple identificación empírica de manifestaciones
particulares dentro de los temas mencionados. Se necesita -y
no es imposible- un análisis de la forma del concepto de la
cultura de la resistencia por lo que representa para el
proceso anticolonialista y antimperialista la
sistematización del pensamiento revolucionario.
El término cultura dentro de este concepto es nuclear,
porque la resistencia va mucho más allá de una posición
política: abarca todo un complejo de ideologías, símbolos,
mitos, modos de pensamiento, maneras de ser y creaciones
culturales, que son en ocasiones contradictorias. En la
forma en que entendemos el concepto, cultura es la forma
típicamente humana de relación dentro del mundo. Este
concepto designa el proceso íntegro mediante el cual el
hombre, en la medida en que humaniza a la naturaleza, se
produce a sí mismo. La forma específica en que se da este
proceso es la asimilación progresiva de la experiencia
acumulada de generación en generación a través de la
práctica creadora del hombre; de aquí el carácter activo que
tiene la cultura.
Cada individuo se enfrenta a la cultura como a un mundo ya
dado de antemano, un mundo de reglas, esquemas y normas de
conducta que debe respetar para conducirse con éxito tanto
en sus relaciones con la naturaleza no humana, como en sus
relaciones sociales. Pero el acto de decodificación se
produce a través de la práctica humana. La actividad
anterior heredada de la cual depende cada generación nueva
tiene la peculiaridad de ser adquirida solo a través de una
actividad diversa y por los hombres inmersos en esa
actividad.
El carácter activo que le imprime a la cultura la actividad
práctica del hombre en sus relaciones sociales, siempre en
los marcos de determinadas relaciones de producción es un
elemento fundamental para comprender a la cultura de la
resistencia como un proceso cultural en construcción y
desarrollo, y no como una actividad pasiva del hombre, de
autodefensa y atrincheramiento.
La cultura de la resistencia se manifiesta en todas las
esferas de la vida social: en lo político, en lo económico,
en las diferentes formas de la cultura artística y
literaria, en la religión, etc., pero es en la esfera socio-
política donde debe profundizarse más, a partir de todo el
movimiento de ideas que se genera en ella, a través de
corrientes, tendencias y concepciones ideológicas. Se trata
en este caso de la resistencia cultural, el intento de
preservar y conservar valores, tradiciones, costumbres que
tienen que ver con la idiosincrasia de un pueblo, pero vista
a través del prisma de un fenómeno socio-político: el
rechazo a la dominación externa e interna, como una
constante en la búsqueda de la emancipación y la soberanía.
Entendiendo de esta manera el problema, consideramos que el
análisis debe incluir la consideración detenida del problema
de lo ideal. Bien vistas las cosas, el problema de la
cultura de la resistencia se somete a las reglas de
comportamiento de cualquier fenómeno ideal, como fenómeno
del pensamiento. La elección prioritaria del ámbito socio-
político de expresión obedece a la circunstancia de que es
en esta esfera donde el concepto de la resistencia encuentra
su esencia más nítidamente. Ciertamente, existen también
toda una serie de manifestaciones importantes que son obra
del pensamiento, como es el caso de las artes, las ciencias,
la historia política, la religión, etc., pero debe prestarse
mayor atención al esquema de pensamiento que se revela a
través del movimiento ideológico que rechaza cualquier forma
de dominación. Sin desatender absolutamente la historia y el
resto de las manifestaciones antes mencionadas, hemos de
fijarnos especialmente en el pensamiento por interesarnos en
particular el desarrollo de la idea que sustenta la
resistencia en el continente en la mayor parte del siglo XX:
el antimperialismo, a través del cual se va a manifestar, en
forma de ideología, el rechazo a la penetración foránea
dominador.
Hegel desde su óptica idealista veía la particularidad
fundamental de la actividad vital humana en el acto de
transformar los esquemas de su actividad propia en objeto de
sí misma. O sea, que la actividad humana es fijada en él
solo en la medida en que ella se ha transformado en esquema
de pensamiento. En este caso se produce un fenómeno natural:
al filósofo le interesan las cosas como conceptos más que
como cosas, le interesa las cosas en calidad de producto del
pensamiento, que es en definitiva la actividad que llevará
al concepto, objeto en este caso de un análisis filosófico.
Pero Hegel comprende la práctica de modo abstracto, al
considerar la actividad objetiva sensorial del hombre sólo
como criterio de la verdad, y por consiguiente, todos los
resultados de la actividad práctica de los hombres se toman
en cuenta sólo en cuanto a que en ella están cosificadas
unas u otras ideas. La idea cobra en este caso la vida de un
ser sobrenatural: "(...)una idea- plantea Hegel- vista en su
conjunto y en todos y cada uno de sus miembros, es como un
ser viviente, dotado de una vida única y de un pulso único
que late en todos sus miembros".
A pesar del idealismo que emana de este planteamiento, con
respecto a la lógica este punto de vista no solo ha sido
justificado, sino que es el único racional, al decir del
filósofo soviético Edwald V. Iliénkov. Por eso, acogiéndonos
a esa lógica, insistimos en la necesidad de centrar la
atención en el an de la evolución del esquema de pensamiento
que se manifiesta como cultura de la resistencia en
cualquier sociedad que se pretenda estudiar. La competencia
de la lógica en tanto disciplina filosófica es ver la
actividad humana como esquema racional, y Hegel tenía razón
al examinar el asunto exclusivamente desde el punto de vista
de los esquemas abstractos del pensamiento. El error aquí
puede estar en absolutizar el camino a la verdad, porque
considerando que toda la variedad de formas de la cultura
humana es resultado de la manifestación de la capacidad de
pensar que actúa en el hombre, Hegel no comprendió la
génesis del pensamiento. Esta premisa debe quedar muy clara,
porque ¿dónde quedarían entonces las relaciones sociales,
las relaciones de producción que marcan sustancialmente la
actividad humana? Si el pensamiento se observa como punto de
partida para comprender todos los fenómenos de la cultura,
entonces la historia sería interpretada como un proceso que
brota de la cabeza de las personas, cuestión que quedó
definitivamente superada por la concepción materialista de
la historia que brinda el marxismo.
Es por eso que el problema de lo ideal constituye un
presupuesto teórico de gran valor para un estudio del
proceso de la resistencia. Marx no pensó al hombre en unidad
inmediata con la naturaleza, sino únicamente al hombre que
se halla en unidad con la sociedad, con la actividad socio-
històrica que produce su vida material y espiritual, de aquí
que lo ideal no fuese visto como lo psicológico individual,
sino como un hecho histórico social, el producto y la forma
de la producción espiritual, que existe en formas múltiples
de conciencia social y de voluntad del hombre como sujeto de
la producción social y de la vida material y espiritual.
Marx dejó claro que todas las imágenes generales nacen no de
los esquemas del pensamiento, sino que se forman en el
proceso de su transformación práctica objetiva por la
sociedad. Por lo tanto, lo ideal existe solo como forma de
la actividad del hombre social dirigida al mundo exterior, y
la práctica (trabajo, producción) se convierte en el
"enlace" entre la naturaleza y el pensamiento. Todo estudio
sobre el pensamiento de una determinada etapa del desarrollo
de la sociedad debe tener en cuenta esta circunstancia.
Resulta necesario, además, comprender la esencia dialéctica
de lo ideal para adentrarse en un análisis objetivo del
problema a tratar. Lo ideal puede no existir en forma de
cosa exterior, pero sí como capacidad activa del hombre. De
modo que una idea puede no haberse concretado exteriormente,
y sin embargo estar en un proceso de desarrollo y evolución
que necesariamente la llevará a la formación del concepto.
Una tendencia ideológica, por ejemplo, puede representar "lo
ideal", manifestándose como un movimiento de ideas, que en
ocasiones no fluye abiertamente a la superficie de la
sociedad, no llega a divulgarse y conocerse suficientemente,
pero que puede darse en la actividad intelectual de un grupo
de individuos -no importa su número- que perciben con
especial sentido el contenido vital de la época.
Para Hegel, el llamado "espíritu de la época" debía ser
considerado por los estudios de pensamiento, aunque su
reflejo apareciera en aislados individuos. El ideal no puede
consistir en una "plácida identidad absoluta", privado de
contradicciones. Tal ideal sería "la muerte del espíritu y
no su cuerpo vivo". Marx desarrolla esta idea a partir de la
consideración de la manifestación de las contradicciones de
una etapa histórica en el pensamiento humano, aunque su
reflejo no se hubiera generalizado. Bastaba que surgiera una
vez para que las ideas comenzaran a moverse impulsadas por
esas contradicciones.
De ahí que no debe confundir la aparente "pasividad" de una
sociedad por la no aparición de hechos concretos que desde
el punto de vista "práctico" nos demuestren la existencia de
una cultura de la resistencia. Este proceso puede estarse
manifestando con más agudeza en el pensamiento, reflejándose
en las formas de la conciencia social (el arte, la política,
la moral, etc.) o de manera implícita en la producción
literaria, ensayística, en las leyes que se elaboran, aunque
no lleguen a aprobarse o generalizarse a escala de toda la
sociedad. Por ejemplo, en la sociedad cubana de las dos
primeras décadas del siglo XX, se consideraba adormecida la
conciencia nacional, sin visibles muestras de vitalidad y
lucha, sin embargo, se estaba llevando a efecto un fuerte
movimiento de ideas en defensa de la nacionalidad cubana y
en rechazo a la injerencia y la penetración yanquis.
El movimiento de ideas puede darse también sin cambiar por
un tiempo de modo especial el objeto real al cual va
dirigida su atención. Esto se explica en el hecho de que lo
ideal existe únicamente allí donde la forma misma de
actividad correspondiente a la forma del objeto exterior, se
transforma por el hombre en objeto particular sin tocar
exactamente el objeto real. Pero este presupuesto, que
constituye la raíz gnoseológica del idealismo, no debe
absolutizarse. Así como el movimiento real de la sociedad
(la producción, la base económica, las relaciones sociales
en torno al aseguramiento de las condiciones materiales de
vida) va dando lugar al movimiento ideal, a su vez el
movimiento ideal puede también, en un momento determinado
compulsar el movimiento real, fundamentado por el carácter
activo de lo ideal, y es que éste -lo ideal- no existe como
cosa, sino como actividad. "El desarrollo político,
jurídico, filosófico, religioso, literario, artístico, etc.,
-aclara Engels- descansa en el desarrollo económico. Pero
todos ellos repercuten también los unos sobre los otros y
sobre su base económica. No es que la situación económica
sea la causa, lo único activo, y todos lo demás, efectos
puramente pasivos. Hay un juego de acciones y reacciones,
sobre la base de la necesidad económica, que se impone
siempre en última instancia" (los subrayados son de Engels.
-M.G.A.)
Al descubrir las leyes reales de la historia social, el
marxismo reveló las fuentes del condicionamiento social de
la conciencia y descubrió las causas reales de su carácter
activo, efectuando un análisis de las diferentes formas de
la actividad espiritual como un aspecto inmanente a la
actividad productiva, como una función de la actividad en su
conjunto. La conciencia, como parte de lo ideal,
desarrollará en este caso su naturaleza en el seno de la
sociedad, y esto presupone necesariamente la revelación de
aquellas formas sociales por medio de las cuales se lleva a
cabo constantemente la interacción de la actividad práctico
material e ideal transformadora de los hombres.
De esta forma el tema que nos ocupa no puede ser abordado al
margen de estas concepciones alrededor del problema de lo
ideal. Solo así podremos determinar objetivamente cuestiones
claves para su comprensión como son las formas ideológicas
que se perfilan en todo el proceso de la resistencia, las
manifestaciones fenoménicas que de él emanan y los fenómenos
socio-económicos que se ocultan tras el predominio de cada
posición ideológica. Resulta necesaria además, una
exposición que ayude a comprender esencialmente la cultura
de la resistencia como elaboración ideológica y no verla en
la forma limitada de resistencia espontánea.
Resistir por la nación.
El problema de la defensa de lo nacional es un elemento
esencial dentro de la cultura de la resistencia, por eso nos
detenemos en algunas consideraciones al respecto, que van
desde el tratamiento del nacionalismo en el problema, hasta
la relación del mismo con la Historia.
El surgimiento de una cultura nacional requiere de un mínimo
de desarrollo de las relaciones capitalistas, y de
relaciones sociales de producción expresadas en estructuras
políticas de dominio bien definidas. Éstas deben promover el
desarrollo de las clases subordinadas cuya conciencia le
permita entender la necesidad de superar esa subordinación a
través de diferentes vías. (Es por esto que si no se
reconoce el fenómeno clasista no se puede penetrar en el
fenómeno cultural en aspectos como la crítica a la cultura
dominante en una sociedad específica).
En América Latina ese ordenamiento se empieza a lograr en la
segunda mitad del siglo XIX. El carácter tardío de nuestro
desarrollo capitalista marcó el proceso general de nuestro
desarrollo histórico, determinando conductas y tareas
sociales. Es por eso que los problemas relativos al proceso
de formación nacional y el enfrentamiento a la penetración
extranjera tienen tanto peso en la defensa de lo nacional y
se convierten en criterios de valor para la interpretación
de la herencia histórica de nuestros pueblos, aspecto
determinante dentro de la cultura de la resistencia.
El problema del nacionalismo y las diferentes posiciones de
su defensa guardan relación con el problema de la cultura de
la resistencia. Desde el punto de vista ideológico y
cultural el nacionalismo latinoamericano ha buscado una
confirmación de lo nacional y una base ideológica para el
logro de la unidad interna frente a los peligros de
dominación externos. Pero hay que distinguir un nacionalismo
de otro. Si el nacionalismo se traduce en restauración de la
comunidad, afirmación de la identidad, emergencia de nuevas
pautas culturales, encontraremos muchos puntos de
confluencia con una cultura de resistencia. Si cae en
concepciones chovinistas y en extremos reaccionarios, puede
convertirse en un obstáculo que impida el enfrentamiento a
las desigualdades económicas, haciéndole el juego
definitivamente a la dominación imperial.
Teóricamente, el nacionalismo puede expresar los intereses
de la nación en abstracto, defendiendo en el fondo los de
una clase (la burguesía) por encima del resto de la
sociedad, sirviendo así a fuerzas reaccionarias. Pero no
siempre es así, porque en países coloniales y neocoloniales,
el nacionalismo adquirió un carácter progresista y
patriótico. Puede darse el caso de un nacionalismo
patriótico, revolucionario, que no es atributo de la gran
burguesía. En Cuba se da esta particularidad en elementos
progresistas de la pequeña burguesía y en general de las
capas medias de la población, durante los primeros veinte
años de la República. Con la intervención norteamericana en
Cuba se generó el fortalecimiento del sentimiento nacional
en la defensa de la posibilidad de crear un estado nacional
independiente. No obstante, en Cuba tiene más relieve el
concepto de patriotismo que el de nacionalismo. El concepto
de "patria" tiene un sentido más popular, más vinculado al
individuo que al Estado.
La nación cubana es un producto de hondas transformaciones
sociales y de un largo proceso político e ideológico, cuya
integración se desarrolló en el marco de las luchas sociales
por la independencia que llevaron a la constitución de la
nación como totalidad. La cuestión nacional cubana se ha
tejido históricamente en una relación de dominio y
resistencia contra determinadas potencias. Es por ello que
Rafael Hernández considera que el nacionalismo cubano
responde, eminentemente, a un desafío externo, donde la
hostilidad de los Estados Unidos ha permanecido sobre la
vida cubana como "un factor adverso" al interés nacional. De
aquí que la autoconfirmación nacional frente a los Estados
Unidos no responda a impulsos momentáneos, sino a todo un
proceso ideológico donde se refleja el nacionalismo cubano.
Precisamos que cuando hablamos de "lo nacional", lo hacemos
en sentido amplio, refiriéndonos a su contenido histórico-
concreto, determinado por el carácter de las relaciones de
producción existentes.
El proceso de desarrollo de la cultura de la resistencia
implica un intento de conocimiento y profunda comprensión de
la identidad cultural para poder impulsarla creadoramente.
La primera condición que se necesita es la desmistificación
sistemática de toda una serie de falsos valores, de falsa
historiografía acerca de la realidad que rodea a la cultura
dominada. En el estudio de una cultura de la resistencia se
observa, evidentemente, un estrecho vínculo con el proceso
histórico y con la historia, concretamente. Como todo
proceso cultural e ideológico, la cultura de la resistencia
posee un carácter histórico-concreto y se manifiesta en
dependencia de las diversas situaciones y complejidades de
la historia de la sociedad y de la primacía que han tenido
en cada uno de esos momentos las distintas clases y grupos
sociales del proceso histórico. Juegan un papel fundamental
las contradicciones que surgen a partir de las relaciones
entre las clases, impulsadas por intereses de tipo material.
Recordamos que el nexo sociedad-pensamiento, históricamente
precisado, constituye la base de cualquier estudio de las
ideas.
Lejos de ser sólo una reacción a la dominación neocolonial
imperialista, la cultura de la resistencia es una manera
alternativa de concebir la historia buscando en ella un
lugar propio. De aquí la insistencia en el derecho a dar una
lectura continua y coherente a todo el proceso histórico en
la práctica de una cultura nacional que organice y sostenga
la memoria de esa nacionalidad. No es ya solo el debate de
las ideas por las ideas mismas, debe tratarse del estudio de
un problema que tiene que ver con el devenir nacional,
teniendo en cuenta los elementos sustanciales que explican
la historia.
La cultura oligarco-neocolonial ha procurado asumir la
historia de América como una mera extensión de la europea.
En pensadores latinoamericanos, como el caso de José Martí,
lo americano es visto como el producto genuino de una
historia dotada de sentido propio.
El proceso de formación de una cultura de la resistencia es
controvertido y heterogéneo, con contradicciones que le
imprimen un carácter de mucha movilidad y de constantes
búsquedas. Expresa todo un esfuerzo intelectual, un gran
movimiento de ideas cuyas manifestaciones pueden ser
diversas, desde las más abiertas hasta las más sutiles y
solapadas. De lo que se trata es de ponerlas en evidencia y
de sistematizarlas para que entren en la cultura nacional
con el carácter de fuerza espiritual arraigada, de "arma
material" que promueva transformaciones y cambios siempre en
función de preservar y desarrollar esa cultura frente a los
peligros externos e internos.
Néstor Miguel Gorojovsky
gorojovsky en arnet.com.ar
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Compañeros del exercito de los Andes.
...La guerra se la tenemos de hacer del modo que podamos:
sino tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos
tiene de faltar: cuando se acaben los vestuarios, nos
vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mugeres,
y sino andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios:
seamos libres, y lo demás no importa nada...
Jose de San Martín, 27 de julio de 1819.
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