[R-P] El discreto encanto de la oligarquía

Julio Fernández Baraibar julfb en sinectis.com.ar
Dom Feb 3 12:32:39 MST 2002


El "profesor" Grondona, como insiste en llamarlo el inefable Jorge Asís,
no tiene desperdicio. Este editorial de hoy de La Nación es imperdible.
Lo pone a Duhalde en la encrucijada de elegir entre la silla electrica y
la camara de gas.
Pero hay, sin duda, visión política en este hijo de puta.
Julio Fernández Baraibar

La Nación
  DOMINGO  3 de febrero de 2002
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La semana política I
De Justo a Duhalde, la crueldad de la misma opción
Por Mariano Grondona

PARA defenderse de la crisis económica mundial de 1930, el Reino Unido
creó un "corralito" comercial proteccionista dentro del cual cobijó a
sus colonias como Canadá, Australia y Nueva Zelanda a través del Pacto
de Ottawa.

Esta decisión hirió de muerte a la economía argentina, el 80 por ciento
de cuyas exportaciones se colocaba en el Reino Unido. El presidente y
jefe del Partido Conservador, general Agustín P. Justo, envió entonces
al vicepresidente Julio Roca (hijo del general Roca) a Londres para
gestionar el reingreso argentino en el mercado británico. Después de dos
meses de arduas negociaciones, Roca logró reabrir el "corralito"
imperial mediante grandes concesiones a los capitales ingleses en la
Argentina. Esta fue la esencia del famoso tratado Roca-Runciman, llamado
así en alusión a Roca y al ministro de Comercio británico Walter
Runciman, que negoció con él.

Lo que Roca obtuvo fue, en los hechos, el ingreso de la Argentina en el
Pacto de Ottawa. El 10 de abril de 1933, al hablar en un banquete que
había organizado el Club Argentino de Londres para celebrar el acuerdo,
Roca pronunció estas crudas palabras: "La República Argentina, por su
interdependencia recíproca, es desde el punto de vista económico, parte
integrante del Imperio Británico" (ver Rosendo Fraga, El hijo de Roca,
Emecé, 1994, págs. 98 y siguientes).

Cuando el Reino Unido cerró su economía detrás de las fronteras del
imperio, el general Justo enfrentó un cruel dilema. Si, para preservar
una imagen de independencia, se mantenía afuera del "corralito"
imperial, la economía argentina se hundiría. Si decidía entrar en el
Imperio para salvar la economía, pagaría un enorme costo político al
despertar al león dormido del nacionalismo.

Entre el costo económico y el costo político que lo amenazaban, Justo
eligió padecer el segundo. Salvó la economía, que se reactivó
prontamente. Pero abrió la brecha política por la cual diez años más
tarde llegaría al poder el nacionalismo populista de Juan Domingo Perón,
barriendo del mapa a los conservadores.

Puesto entre la espada del Fondo Monetario Internacional que representa
al nuevo imperio norteamericano y la pared del nacionalismo populista al
que hasta ahora perteneció, Duhalde enfrenta el mismo dilema que Justo,
a 69 años de distancia.

El ultimátum del Fondo

La Argentina económica cruje bajo el peso de una corrida interrupta. El
viernes negro del 30 de noviembre de 2001, los ahorristas se
precipitaron a retirar sus depósitos porque habían dejado de creer en el
sistema bancario argentino. En el trágico fin de semana que siguió, el
ministro Cavallo ideó el corralito para contener la avalancha. Suspendió
de este modo los efectos del viernes negro, pero no sus causas.

Cinco presidentes y dos meses más tarde, Duhalde no se anima a reabrir
el corralito siguiendo el fallo de la Corte, porque sospecha que, si lo
hiciera, la corrida interrupta se reanudaría con una intensidad que
anticipó en estos días la afiebrada búsqueda de dólares. Sabe, de otro
lado, que solamente cuando pueda reabrir el corralito sin que se reanude
la corrida bancaria, su mayor tribulación habrá pasado.

¿Pero cómo podría ocurrir este milagro? Sólo si la gente supiera que el
sistema bancario dispone de los recursos suficientes para responder a
sus demandas monetarias. Si se sabe que la plata está, no se la va a
buscar. Es por eso que no hay corridas en Nueva York, San Pablo o
Santiago de Chile: porque hay confianza en los bancos y, en última
instancia, en la solvencia de la Reserva Federal o los bancos centrales
que los respaldan.

Esa solvencia, nuestro Banco Central ya no la tiene. Sólo la tendría si
el Fondo Monetario Internacional lo respaldara. Sólo si el Fondo ingresa
en nuestro sistema financiero como su prestamista de última instancia,
es decir, como si fuera el Banco Central de nuestro Banco Central, los
ahorristas se calmarán y la Argentina económica se salvará.

Pero al igual que Runciman en 1933, el Fondo sólo nos haría este
servicio a cambio de duras condiciones, algunas de las cuales ya
conocemos: un severo presupuesto 2002 con descenso vertical del gasto
público y el gasto político, el veto de la flamante ley de quiebras que
castiga a los acreedores internacionales y la sustitución del dólar
múltiple de hoy por un dólar libre, flotante, convertido en nuestra
única referencia cambiaria.

Si Duhalde obedece a estas consignas, si traza al fin un programa
económico que el Fondo considere "sustentable", la economía argentina
podría iniciar su trabajoso retorno a la normalidad. Pero en tal caso,
la incorporación de la Argentina al imperio norteamericano quedaría de
manifiesto. ¿A cuánto ascendería en tal caso el costo político de
Duhalde?

Al igual que Justo hace 69 años, Duhalde enfrenta hoy el desgarrador
dilema entre dos costos al parecer inaceptables. Si, para salvar la
política, resiste al Fondo, la Argentina económica terminará de
hundirse. Si se inclina ante el Fondo, ¿correrá el peronismo una suerte
política semejante a la que castigó para siempre a los conservadores?

Horas cruciales

En 1933, la urgencia económica prevaleció sobre el costo político.
¿Ocurrirá lo mismo en 2002? Probablemente, sí. Ello no sólo porque
siempre se escoge evitar un mal inminente si el mal alternativo es más
distante sino también porque entre la situación de Justo y la de Duhalde
hay diferencias relevantes.

Una de ellas es que, si bien resignarse ante el Fondo acarreará fuertes
costos políticos en beneficio del nacionalismo populista que aún
alimenta a diversos sectores políticos, no hacerlo supondría, con la
consiguiente persistencia del corralito, otro costo político todavía
menos soportable.

En 1933 no había cacerolazos. Es probable que, si Duhalde se resigna
ante el Fondo, pueda compensar la crítica de los que le enrostrarán el
abandono de sus principios con el alivio de los ahorristas ante la
eventual desaparición del corralito. Por otra parte, en tanto los
conservadores de Justo eran un partido cuya situación minoritaria sólo
se compensaba ilegítimamente mediante el fraude electoral, el peronismo
continúa siendo el partido más votado por los argentinos.

El peronismo de Duhalde, en otras palabras, tiene más "espaldas" que el
conservadurismo de Justo para soportar el costo político. Aun así, la
dramática decisión que debe tomar el Presidente estará rodeada de
peligros. ¿Qué pasará por ejemplo si obedece a los dictados del Fondo
pero éste se equivoca como ya lo hizo otras veces y no consigue sacarnos
del pozo económico ni restaurar la huidiza confianza de ahorristas e
inversores? ¿Qué pasará si, contra viento y marea, la desesperación de
los argentinos insiste en buscar el dólar hasta llevarlo a niveles
astronómicos cuando venga la flotación? ¿Qué ocurrirá si el corralito se
abre caóticamente antes de tiempo, por vía judicial? ¿Estará el Fondo
decidido a acompañarnos aun en circunstancias extremas, o de nuevo nos
dejará caer? ¿No tendrán en tal caso los críticos de izquierda y derecha
su agosto político, beneficiándose de la virtual desaparición del
"centro", que Duhalde representa del escenario político argentino?

Se supone que el poder es siempre apetecible. El poder de Duhalde, sin
embargo, no lo es.









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