[R-P] Michel Löwy sobre la barbarie imperialista
Gorojovsky
Gorojovsky en arnet.com.ar
Vie Feb 1 22:29:55 MST 2002
Mientras se escribe esto, el presidente Eduardo Duhalde, el hombre menos a
propósito para esta tarea, enfrenta una conspiración del imperialismo
norteamericano a través de una Corte Suprema que, en una resonante acordada,
exige que se entregue a los ahorristas estafados por la banca imperialista el
dinero que la banca imperialista no está dispuesta a entregar. Si esto no es un
intento de golpe, se le parece mucho. Varios dirán que estoy chiflado, que el
imperialismo no puede sino estar contento con Duhalde y su bestial Rucucu. Pues
bien, están equivocados. Como lo demuestra la nota extraordinaria (no tengo
otras palabras) que sigue a continuación, se trata literalmente de bestias
sedientas de sangre. Qué se van a preocupar por un presidente más en la
Argentina...
Un comentario personal. A los veinte o veintiún años, leí los cuentos completos
de Kafka que, si no me equivoco, había publicado la editorial Orion. De todos
ellos el que más me llamó la atención, por su actualidad y modernidad (no sabía
que además tendría carácter premonitorio) fue _La Colonia Penal_, el cuento que
Löwy considera paradigmático del mundo bárbaro del siglo XX.
Socialismo o barbarie, no hay alternativa. Es exactamente así.
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Foro Social Mundial 2002 - Biblioteca de las Alternativas
BARBARIE Y MODERNIDAD EN EL SIGLO XX
Michael Lowy*
*Michael LÖWY, brasileño y sociólogo, investigador del Consejo
Nacional de Investigación Científica (CNRS) de Francia y autor, entre
otros, de _Sublevación de Melancolía: el romanticismo de contramano con la
modernidad_
La palabra "bárbaro" es de origen griego. Ella designaba, en la
Antigüedad, a las naciones no-griegas, consideradas primitivas,
incultas, atrasadas y violentas. La oposición entre civilización y
barbarie es, entonces, antigua. La misma encuentra una nueva
legitimidad en la filosofía de los iluministas y será heredada por la
izquierda. El término "barbarie" tiene, según el diccionario, dos significados
distintos, pero relacionados: "falta de civilización" y "crueldad del bárbaro".
La historia del siglo XX nos obliga a disociar esas dos acepciones y a
reflexionar sobre el concepto -aparentemente contradictorio, más de hecho
perfectamente coherente - de "barbarie civilizada".
¿En qué consiste el "proceso civilizatorio"?. Como bien demostró
Norberto Elias, uno de sus aspectos más importantes es que la
violencia no es ejercida de manera espontánea, irracional y emocional
por los individuos, pero es monopolizada y centralizada por el Estado,
más precisamente por las Fuerzas Armadas y la policía. Gracias al
proceso civilizador, las emociones son controladas, el camino de la
sociedad es pacificado y la coerción física queda concentrada en las
manos del poder político. Lo que Elias parece no haber percibido es el
reverso de esa brillante moneda: el formidable potencial de violencia
acumulado por el Estado...Inspirado por una filosofía optimista del
progreso, todavía podía escribir en 1939: "comparada con el furor del
combate abisinio (...)o de aquellas tribus de la época de las grandes
migraciones, la agresividad de las naciones más belicosas del mundo
civilizado parece moderada (...), ella sólo se manifiesta en su fuerza
brutal y sin límites en sueños y en algunos fenómenos que nosotros
calificamos de "patológicos".
Algunos meses después de que esas líneas fueran escritas, comenzaba
una guerra entre naciones "civilizadas" cuya "fuerza brutal y sin
límites" es simplemente imposible de comparar con el pobre "furor" de
los combatientes etíopes, tamaña es la desproporción. El lado
siniestro del "proceso civilizador" y de la monopolización estatal de
la violencia se manifestó en toda su terrible potencia.
Si nos referimos al segundo sentido de la palabra "bárbaro" -actos
crueles, inhumanos, la producción deliberada de sufrimiento y de
muerte deliberada de no-combatientes (en particular, niños)- ningún
siglo de la historia conoce manifestaciones de barbarie tan extensas,
tan masivas y tan sistemáticas como el siglo XX. Ciertamente, la
historia humana es rica en actos de barbarie, cometidos tanto por las
naciones "civilizadas" como por las tribus "salvajes". La historia
moderna, después de la conquista de América, parece una sucesión de
actos de ese género: la masacre de indígenas americanos, el tráfico de
negros, las guerras coloniales.
Se trata de una barbarie "civilizada", esto es, conducida por los
imperios coloniales económicamente más avanzados cumulación del
capital.
En El Capital Karl Marx era uno de los críticos más feroces de esos
tipos de prácticas maléficas y destructoras de la modernidad, que para
él están asociadas a las necesidades de a., especialmente en el
capítulo sobre la acumulación primitiva, se encuentra una crítica
radical de los horrores de la expansión colonial: la esclavitud o el
exterminio de los indígenas, las guerras de conquista o el tráfico de
negros. Esas "barbaries y atrocidades execrables" -que según Marx
(citado de modo favorable por M. W. Howitt?), no tienen paralelo en
cualquier otra era de la historia universal, en ninguna raza por más
salvaje, grosera , impiadosa y sin pudor que ella haya sido" -no
fueron simplemente interpretadas como ganancias y pérdidas del
progreso histórico, sino debidamente denunciadas como una
"infamia".(3). Considerando algunas de las manifestaciones más
siniestras del capitalismo, como las leyes de los pobres o los
worhouses - esas "fortalezas de obreros"-, Marx escribe en 1847 este
pasaje sorprendente y profético, que parece anunciar a la Escuela de
Frankfurt: "La barbarie reaparece, pero esta vez ella es engendrada en
el propio seno de la civilización y es parte integrante de ella. Es
una barbarie leprosa, la barbarie como la lepra de la civilización".
(4)
Pero con el siglo XX, un límite es transgredido y se pasa a un nivel
superior, la diferencia es cualitativa. Se trata de una barbarie
específicamente moderna, del punto de vista de su etos, de su
ideología, de sus medios y su estructura. Más adelante volveremos a
ese punto.
La Primera Guerra Mundial inauguró esa nueva fase de barbarie
civilizada. Dos autores, los primeros, dieron la señal de alarma en
1914: Rosa Luxemburgo y Franz Kafka. A pesar de sus evidentes
diferencias, tienen en común el hecho de a haber tenido la intuición
-cada uno a su manera- de que en el curso de aquella guerra estaba por
constituirse algo sin precedentes.
Al usar una frase del orden "socialismo o barbarie", Rosa Luxemburgo
en La crisis de la socialdemocracia , en 1915 (firmada con el
seudónimo "Junius"), rompe con la concepción -de origen burguesa pero adoptada
por la Segunda Internacional- de la historia como progreso irresistible,
inevitable, "garantizado" por leyes "objetivas" del desenvolvimiento económico
o de la evolución social. Esta frase está sugerida en ciertos textos de Marx o
de Engels, pero es Rosa Luxemburgo quien le da esa formulación explícita y
elaborada que implica una percepción de la historia como un proceso abierto,
como una serie de "bifurcaciones" donde el "factor subjetivo" -conciencia,
organización, iniciativa- de los orpimidos se tornan decisivos.
No se trata más de esperar que el fruto "madure", según las "leyes
naturales" de la economía o de la historia, sino de actuar antes de
que sea demasiado tarde.
Porque el otro término de la alternativa es un siniestro peligro: la
barbarie. En un primer momento ella parece considerar una "recaída en
la barbarie" como "la aniquilación de la civilización", una decadencia
análoga a aquella de la Roma antigua (5). Pero luego se da cuenta de
que no se trata de un "regresión" imposible a un pasado tribal,
primitivo o "salvaje", sino más bien de una barbarie eminentemente
moderna, de la cual la Primera Guerra Mundial brinda un ejemplo
sorprendente, mucho peor en su asesina inhumanidad que las prácticas
guerreras de los conquistadores "bárbaros" de fines del Imperio
Romano. Jamás en el pasado tecnologías tan modernas -los tanques, los gases
tóxicos, la aviación militar- habían sido colocados al servicio de una política
imperialista de masacre y agresión en una escala tan inmensa.
Las intuiciones de Kafka son de una naturaleza totalmente diferente.
Es bajo una forma literaria e imaginaria como él describe la nueva
barbarie. Se trata de una novela titulada La colonia penal : en una
colonia francesa, un soldado "indígena" es condenado a muerte por
oficiales cuya doctrina jurídica resume en pocas palabras la
quintaesencia de lo arbitrario: "la culpabilidad no debe ser jamás
colocada en duda!". Su ejecución debe ser llevada a cabo por una
máquina de tortura que escribe lentamente sobre su cuerpo con agujas
que lo atraviesan la frase "Honra a tus superiores".
El personaje central de la novela no es un viajero que observa los
acontecimientos con una hostilidad muda, ni el prisionero que no
reacciona de ninguna forma, ni el oficial que preside la ejecución, ni
el comandante de la colonia. Es la misma máquina.
Todo el relato gira en torno de ese siniestro aparato (Apparat), que
parece más y más, en el curso de la detallada explicación que el
oficial brinda al viajero, como un fin en sí mismo. El aparato no está
allí para ejecutar al hombre sino al contrario, el hombre está para la
máquina, para proporcionarle un cuerpo sobre el cual ella pueda
escribir su estética obra maestra, su sangrienta inscripción ilustrada
con "muchos adornos floridos". El oficial mismo es apenas un servidor de la
Máquina y, finalmente, él también se sacrifica a ese insaciable Moloch (6).
En qué "máquina de poder" bárbara, en que "aparato de autoridad"
sacrificador de vidas humanas pensaba Kafka?. La colonia penal fue
escrita en octubre de 1914, tres meses después de la eclosión de la
gran guerra. Hay pocos textos en la literatura universal que presentan
de manera tan penetrante la lógica mortífera de la barbarie moderna
como un mecanismo impersonal.
Esos presentimientos parecen perderse en los años de pos-guerra.
Walter Benjamin es uno de esos raros pensadores marxistas que entiende que el
progreso técnico e industrial puede ser portador de catástrofes sin
precedentes. De ahí su pesimismo -no fatalista, pero sí activo y
revolucionario. En un artículo de 1929 él definía la política
revolucionaria como "la organización del pesimismo" -un pesimismo en
todas las líneas: desconfianza en cuanto al destino de la libertad,
desconfianza en cuanto al destino del pueblo europeo. Y añade
irónicamente: "confianza ilimitada solamente en IG Farben y en el
perfeccionamiento pacífico de la Luftwaffe" (7). Ahora bien, el mismo
Benjamin, el más pesimista de todos, no podía adivinar hasta que punto
esas dos instituciones iban a mostrar, algunos años más tarde, la
capacidad maléfica y destructiva de la modernidad (8).
Se puede definir como propiamente moderna la barbarie que presenta las
siguientes cracterísticas:
· Utilización de medios técnicos modernos.
Industrialización del homicidio.
Exterminación en masa gracias a tecnologías científicas de punta.
· Impersonalidad de la masacre.
Poblaciones enteras -hombres y mujeres, niños y ancianos- son "eliminados"
con el menor contacto personal posible entre quien es el que toma la decisión
y las víctimas.
· Gestión burocrática, administrativa, eficaz, planificada, "racional" (en
términos instrumentales) de los actos de barbarie.
· Ideología legitimadora de tipo moderno: "biológica", "higiénica",
"científica" (no religiosa ni tradicionalista).
· Todos los crímenes contra la humanidad, genocidios y masacres del siglo XX
no son modernos en el mismo grado: el genocidio de los armenios en 1915, el
llevado a cabo por Pol Pot en Camboya, aquel de los tutsis en Ruanda, etc.,
asocian, cada uno de manera específica, características modernas y arcaicas.
Las cuatro masacres que encarnan de manera más acabada la modernidad de la
barbarie son el genocidio nazi contra los judíos y los gitanos, la bomba
atómica en Hiroshima, el Goulag estanilista y la guerra
norteamericana en Vietnam: Los dos primeros son probablemente los más
integralmente modernos: la cámara de gas de los nazis y la muerte
atómica norteamericana contienen prácticamente todos los ingredientes
da la barbarie tecno-burocrática moderna.
Auschwitz representa la modernidad no solamente por su estructura de
fábrica de muerte, científicamente organizada y que utiliza las
técnicas más eficaces: el genocidio de judíos y gitanos es también,
como observa el sociólogo Zygmunt Bauman, un producto típico de la
cultural racional burocrática, que elimina de las gestión
administrativa toda interferencia moral. Es, desde este punto de
vista, uno de los posibles resultados del proceso civilizador en
cuanto a racionalización y centralización de la violencia y como
producto social de indiferencia moral. "Como toda otra acción
conducida de manera moderna -racional, planificada, científicamente informada,
dirigida de forma eficaz y coordinada -el Holocausto dejó atrás todos sus
pretendidos equivalentes premodernos, revelándolos en comparación como
primitivos, antieconómicos e ineficaces(...) Se eleva muy por encima de los
episodios de genocidios del pasado, de la misma forma que la fábrica industrial
moderna está bien por encima de la oficina artesanal"... (9)
La ideología legitimadora del genocidio es también de tipo moderno,
pseudo-científico, biológico, antropométrico, eugenista. La
utilización obsesiva de fórmulas pseudo-médicas es la característica
del discurso anti-semita de los dirigentes nazis, lo cual puede ser
notado en sus conversaciones privadas. En una carta a Himmler en 1942,
Adolf Hitler insistía: "La batalla en la cual estamos comprometidos
hoy es del mismo tipo que la batalla liderada en el siglo pasado por
Pasteur y Koch. Cuantas dolencias tuvieron su origen en el virus
judío...Nosotros no encontraremos nuestra salud sin eliminar a los
judíos". (10)
En su notable ensayo sobre Auschwitz (11), Enzo Traverso destaca, con
palabras sobrias, precisas y lúcidas, el contexto del genocidio. No se
trata ni de una simple "resistencia irracional a la modernización", ni
de un residuo de antigua barbarie, sino de una manifestación
patológica de la modernidad, del rostro escondido, infernal, de la
civilización occidental, de una barbarie industrial, tecnológica,
"racional" (del punto de vista instrumental). Tanto la motivación
decisiva del genocidio -una biología racial- como sus formas de
realización -las cámaras de gas- eran perfectamente modernas. Si la
racionalidad instrumental no basta para explicar Auschwitz, ella es su
condición necesaria e indispensable. En los medios de exterminio nazis
se encuentra una combinación de diferentes instituciones típicas de la
modernidad: al mismo tiempo, la prisión descripta por Foucalt, la
fábrica capitalista de la cual hablaba Marx, "la organización
científica del trabajo", de Taylor, la administración racional/burocrática
según Max Weber.
Este último había intuído, de manera muy convincente, la
transformación de la razón occidental en fuerza destructiva. Su
análisis de la burocracia como máquina "deshumanizada", impersonal,
sin amor ni pasión, indiferente a todo aquello que no es su tarea
jerárquica es esencial para comprender la lógica reificada de los
campos de la muerte. Eso vale también para la fábrica capitalista, que estaba
presente en Auschwitz, al mismo tiempo que en las oficinas de trabajo esclavo
de la empresa IG Farben y en las cámaras de gas, lugares de producción de
asesinados "en cadena". Pero la "solución final" es irreductible a toda lógica
económica: la muerte no es ni una mercancía, ni una fuente de lucro.
Traverso critica, de manera muy convincente, las interpretaciones
-inspiradas, en un grado u otro, por la ideología del progreso- del
nazismo y del genocidio como producto de la historia del
irracionalismo alemán (George Luckás), de una "salida" de Alemania por
fuera de la cuna occidental (Jürgen Habermas) o de un movimiento de
"descivilización" (Entzivilisierung) inspirado por una ideología "pre-
industrial" (Norbert Elias). Si el proceso civilizatorio significa, ante todo,
la monopolización por el estado de la violencia -como lo muestran,
después de Hobbes, tanto Weber como Elias- es necesario reconocer que la
violencia del estado está en el origen de todos los genocidios del
siglo XX. Auschwitz no representa una "regresión" en dirección al
pasado, a una edad bárbara primordial, pero es realmente uno de las
caras posibles de la civilización industrial occidental. Constituye al
mismo tiempo una ruptura con la herencia humanista e universalista de
los Iluministas y un ejemplo terrible de las potencialidades negativas
y destructivas de nuestra civilización.
Si el exterminio de los judíos por el Tercer Reich es comparable con
otros actos bárbaros, no por eso deja de ser un evento singular. Es
necesario rechazar las interpretaciones que eliminan las diferencias
entre Auschwitz y los campos soviéticos, o las masacres coloniales, o
los progroms, etc. (12). El crimen de guerra que tiene más afinidades
con Auschwitz es Hiroshima, como comprendieron tan bien Günther Anders y Dwight
MacDonald: en los dos casos se delega la tarea a una máquina de muerte
formidablemente moderna, tecnológica y "racional". Pero las diferencias son
fundamentales. Inicialmente, las autoridades
americanas no tuvieron jamás como objetivo - como aquellas del Tercer
Reich- realizar el genocidio de toda una población: en el caso de las
ciudades japonesas, la masacre no era, como en los campos nazis, un
fin en sí mismo, sino un simple "medio" para alcanzar objetivos
políticos.El objetivo de la bomba atómica no era el exterminio de la
población japonesa como fin autónomo. Se trataba, sobre todo, de
acelerar el fin de la guerra y demostrar la supremacía militar
norteamericana frente a la Unión Soviética. En un informe secreto de
mayo de 1945 al presidente Truman, el Target Comittee - o "Comité
Blanco", compuesto por los generales Groves, Norstadt y el matemático
Von Neuman - observa fríamente: "La muerte y la destrucción no
solamente intimidarán a los japoneses sobrevivientes y los presionarán
para aceptar la capitulación, sino también (como una ganancia extra)
asustarán a la Unión Soviética. En síntesis, América podría terminar más
rápidamente la guerra y, al mismo tiempo, ayudar a moldear el mundo de
posguerra" (13).
Para obtener esos objetivos políticos, la ciencia y la tecnología más
avanzada fueron utilizadas en centenares de miles de civiles
inocentes; hombres, mujeres y niños fueron masacrados -sin hablar de
la contaminación por las radiaciones nucleares de las generaciones
futuras.
Otra diferencia con Auschwitz es, sin duda, un número muy inferior de
víctimas. Pero la comparación de las dos formas de barbarie
burocrática-militar es muy pertinente. Los propios dirigentes
americanos eran concientes del paralelo con los crímenes nazis: en una
conversación con Truman el día 6 de junio de 1945, el secretario de
Estado, Stimson, relataba sus sentimientos: "Le dije a Truman que
estaba inquieto con ese aspecto de la guerra...porque yo no quería que
los americanos ganaran la reputación de sobrepasar a Hitler en
atrocidades" (14).
En muchos aspectos, Hiroshima representa un nivel superior de
modernidad, tanto por la novedad científica y tecnológica representada
por la bomba atómica, como por el carácter todavía más lejano,
impersonal, puramente "técnico" del acto exterminador: presionar un
botón, abrir la escotilla que libera la carga nuclear. En el contexto
particular y aséptico de muerte atómica entregada por vía aérea, se
dejó atrás ciertas formas manifiestamente arcaicas del Tercer Reich,
como las explosiones de crueldad, el sadismo y la furia asesina de los
oficiales de la SS. Esa modernidad se encuentra en la cúpula
norteamericana que toma - después de haber pesado cuidadosa y
"racionalmente" los pros y las contras- la decisión de exterminar la
población de Hiroshima y Nagasaki: un organigrama burocrático complejo
compuesto por científicos, generales, técnicos, funcionarios y
políticos tan grises como Harry Truman, en contraste con los accesos
de odio irracional de Adolf Hitler y sus fanáticos.
En el curso de los debates que precedieron a la decisión de lanzar la
bomba, ciertos oficiales, como el general Marshall, manifestaron sus
reservas, en la medida en que ellos defendían el antiguo código
militar, o sea una concepción tradicional de la guerra que no admitía
la masacre intencional de civiles. Estos oficiales fueron derrotados
por un nuevo punto de vista, más "moderno", fascinado por la novedad
científica y técnica del arma atómica, un punto de vista que no tenía
nada que ver con códigos militares arcaicos y que no se interesaba
sino por el cálculo de ganancias y pérdidas, esto es, en criterios de
eficacia política-militar (15) Sería necesario agregar que un cierto
número de científicos que habían participado, por convicción anti-fascista, en
los trabajos de preparación del arma atómica, protestaron contra la utilización
de sus descubrimientos contra la población civil de las ciudades japonesas.
Una palabra sobre el Gulag estanilista: si bien tiene mucho en común
con Auschwitz - campos de concentración, régimen totalitario, millones de
víctimas - se distingue por el hecho de que el objetivo de los campos
soviéticos no era el exterminio de los prisioneros sino su explotación brutal
como fuerza de trabajo esclava. En otras palabras: se puede comparar Kolyma y
Buchenwald, pero no Goulag y Treblinka. Ninguna contabilidad macabra -como
aquella fabricada por Stéphane Courtios y otros anticomunistas profesionales -
puede negar esa diferencia.
El Gulag era una forma de barbarie moderna en la medida en que era
burocráticamente administrado por un Estado totalitario y colocado al
servicio de proyectos estalinistas faraónicos de "modernización"
económica de la Unión Soviética. Pero se caracteriza también por
trazos más "primitivos": corrupción, ineficacia, arbitrariedad,
"irracionalidad". Por esa razón se sitúa en un grado de modernidad
inferior al sistema de campos de concentración del Tercer Reich.
En fin, la guerra americana en Vietnam, el atroz número de víctimas
exterminadas por los bombardeos, el napalm o las ejecuciones
colectivas constituye, en varios aspectos, una interveción
extremadamente moderna: fundada sobre una planificación "racional"
-con la utilización de computadoras y de un ejército de especialistas-
moviliza un armamente muy sofisticado, usando tecnología de punta del
progreso técnico de los años 60-70: napalm, herbicidas, bombas de
fragmentación, etc. (16).
Esa guerra no fue un conflicto colonial como los otros: basta recordar
que la cantidad de bombas y explosivos lanzados sobre el Vietnam fue
superior a la utilizada por todos los beligerantes durante la Segunda
Guerra Mundial!. Como en el caso de Hiroshima, la masacre no era un
objetivo en sí, sino un medio político y si bien la cifra de muertos
es muy superior a la de las dos ciudades japonesas, no se encuentra en
Vietnam aquella perfección de modernidad técnica e impersonal, aquella
abstracción científica de la muerte que caracteriza a la muerte
atómica(17).
La naturaleza contradictoria del "progreso" y de la "civilización"
moderna se encuentra en el corazón de las reflexiones de la Escuela de
Frankfurt.
En la Dialéctica del Iluminismo (1944), Adorno y Horkheimer constatan
la tendencia de la racionalidad instrumental de transformarse en
locura asesina: la "luminosidad helada" de la razón proyectista
"acarrea la simiente de la barbarie".
En una nota redactada en 1945 para Minima Moralia, Adorno utiliza la
expresión "progreso regresivo" tratando de dar cuenta de la naturaleza
paradojal de la civilización moderna (18).
Entretanto, esas expresiones también son tributarias, a pesar de todo,
de la filosofía del progreso. En verdad, Auschwitz e Hiroshima no
constituyen para nada una "regresión a la barbarie" - o por lo mismo
una "regresión": no hay nada en el pasado que sea comparable a la
producción industrial, científica, anónima y racionalmente
administrada de la muerte en nuestra época. Basta comparar Auschwitz e
Hiroshima con las prácticas guerreras de las tribus bárbaras del siglo
IV para darse cuenta de que no tienen nada en común: la diferencia no
es solamente de escala, sino de naturaleza. ¿Es posible comparar las
prácticas más "feroces" de los "salvajes" -muerte ritual del
prisionera de guerra, canibalismo, reducción de cabezas, etc. -con una
cámara de gas o una bomba atómica?. Son fenómenos enteramente nuevos, que no
serían posibles fuera del siglo XX.
Las atrocidades en masa, tecnológicamente perfeccionadas y
burocráticamente organizadas, pertenecen únicamente a nuestra
civilización industrial avanzada. Auschwitz e Hiroshima no constituyen
"regresiones": son crímenes irremediable y exclusivamente modernos.
Existe entretanto un dominio específico de "barbarie civilizada" en la
que se puede efectivamente hablar de regresión: se trata de la
tortura. Como destaca Eric Hobsbawn en su admirable ensayo de 1994,
"Barbarie: una guía para el usuario": "A partir de 1782 la tortura fue
formalmente eliminada del procedimiento judicial de los países
civilizados. En teoría, no era más tolerada en los aparatos
coercitivos del Estado. Un preconcepto contra esa práctica era tan
fuerte que la misma no podría retornar después de la derrota de la
Revolución Francesa que la había abolido (...) Se puede sospechar que
en los reductos de la barbarie tradicional que resisten al progreso
moral -por ejemplo las prisiones militares u otras instituciones
análogas- la tortura de hecho no desapareció..." Ahora, en el siglo
XX, bajo el fascismo o el estalinismo, las guerras coloniales
-Argelia, Irlanda, etc.- y en las dictaduras latinoamericanas, la
tortura es empleada de nuevo a gran escala (19).
Los métodos son diferentes -la electricidad substituye el fuego y los
torniquetes- pero la tortura de prisioneros políticos se tornó en el
curso del siglo XX, en una práctica rutinaria -e igualmente oficial - de
regímenes totalitarios, dictatoriales y también, en ciertos casos (las guerras
coloniales), "democráticos".
En ese caso el término "regresión" es pertinente, en la medida en que
la tortura era practicada en innumerables sociedades pre-modernas, y
también en Europa en la Edad Media durante el siglo XVIII. Una
metodología bárbara que el proceso civilizador parecía haber suprimido
en el curso del siglo XIX retornó en el XX, bajo una forma más moderna
-desde el punto de vista de las técnicas-, pero no menos inhumana.
Considerar la barbarie moderna del siglo XX exige el abandono de la
ideología del progreso lineal. Eso no quiere decir que el progreso
técnico y científico sea intrínsecamente portador de maleficios -ni
tampoco lo inverso. Simplemente, la barbarie es una de las
manifestaciones posibles de la civilización industrial/capitalista
moderna -o de su copia "socialista" burocrática.
Tampoco se trata de reducir la historia del siglo XX a sus momentos de
barbarie: esa historia conoce también la esperanza, las sublevaciones
de los oprimidos, las solidaridades internacionales, los combates
revolucionarios: México, 1914; Petrogrado, 1917; Budapest, 1919; Barcelona,
1936; París, 1944; Budapest, 1956; La Habana, 1961; París, 1968; Lisboa, 1974;
Managua, 1979; Chiapas, 1994; fueron algunos de los momentos fuertes -y también
efímeros- de esa dimensión emancipadora del siglo. Ellos constituyen preciosos
puntos de apoyo para la lucha de las generaciones futuras por una sociedad
humana y solidaria.
Traducción Elena Raimondi, colaboración María Elena Saludas
1. Norbert Elias, La Dynamyque de
l´Occident, Paris, Calmann-Lévy, 1975, pp. 181-190. Una referencia al
combate abisinio suena extraña en el momento en que Etiopía combatía
por su libertad contra la invasión colonial del fascismo italiana,
portador de una pretendida misión "civilizadora".
2. Norbert Elias, La civilisation des
moeurs, Paris, Calmann-Lèvy, 1973, p.280.
(3) Marx, Le Capital, vol. I, p.557-558,563
(4) Marx, "Arbeitslohn", 1847, Kleine Ökonomische Schriften, Berlin,
Dietz Verlag, 1955, p.245
(5) R. Luxemburgo, A crise da social-democracia, 1915.
(6) Kafka, "In del Strafkolonie", Erzählung und kleine Prosa, N. York,
Schocken Books, 1946, pp. 181-113.
(7) W. Benjamin, "O surrealismo. O último instante de inteligência
européia", 1929. Mythe et violence, Paris, Letras Novas, 1971, p.312.
(8) Recordemos que el gran trust químico IG Farben no solamente
utilizó mano de obra esclava en Auschwitz sino que también produjo el
gas Zyklon B, que servía para exterminar las víctimas de los campos
de concentración nazis.
(9) Zygmut Bauman, Modernity and the Holocaust, London, Polity Press,
1989, p.15,28
(10) Citado por Zygmunt Bauman, op.cit,p.71.
(11) Enzo Traverso, L'Histoire dèchirèe. Essai sur Auschwitz et les
intellectuels, Paris, Cerf. 1997
(12) Sobre ese asunto, remito a la excelente contribución de Enzo
Traverso "La singularidad de Auschwitz. Hipótesis, problemas y
derivaciones de la pesquisa histórica". Pour une critique de la barbarie
modernes. Ecrits sur l'histoire des juifs e de l'antisémitisme, Lausanne, Ed.
Page deux, 1997.
(13) Citado de los archivos históricos recientemente abiertos al
público en Barton J. Bernstein, "The Atomic Bombings Reconsidered", Foreign
Affairs, febrero 1995, p. 143.
(14) Ibid, p. 146
(15) Sobre las reservas de Marshall, cf. Barton J. Bernstein, Op.cit,
p.143
(16) De hecho, es enteramente racional si "razón" significa
racionalidad instrumental, aplicar la fuerza militar norteamericana,
los B-52, el napalm y todo el resto en Vietnam "bajo dominación
comunista" (claramente una "causa indeseable") como un "operador" para
transformarlo en "causa deseable". Joseph Weizenbaum, "Computer Power and Human
Reason". From Judgemente to Calculation, S. Francisco, W.H.Freeman, 1976,
p.252.
(17) Otras guerras coloniales tuvieron lugar en el siglo XX -en
Indochina, Argelia, Africa colonial portuguesa, etc., pero ninguna
alcanzó el grado de modernidad de la de Vietnam.
En comparación parecen arcaicas, primitivas.
(18) T.W.Adorno, M. Horkheimer, La Dialectique de la raison, Paris,
Gallimard, 1974, p.48 y T.W. Adorno, Minima Moralia, París, Payot,
1983, p.134.
(19) E. Hobsbawn, Barbarism: An User Guide. On History, London,
Weidenfelds and Nicholson,
1997, pp.259-263
Néstor Miguel Gorojovsky
gorojovsky en arnet.com.ar
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Compañeros del exercito de los Andes.
...La guerra se la tenemos de hacer del modo que podamos:
sino tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos
tiene de faltar: cuando se acaben los vestuarios, nos
vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mugeres,
y sino andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios:
seamos libres, y lo demás no importa nada...
Jose de San Martín, 27 de julio de 1819.
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