[R-P] Las Herramientas de la Patria
Ramón Vazquez
ramonmvazquez en yahoo.com.ar
Jue Dic 26 08:10:42 MST 2002
Compañeros:
La situación de Argentina no es, obviamente, la misma
de 1968, pero les envío este artículo de Leopoldo
Marechal porque en el está el espíritu de la Argentina
profunda, que siempre vuelve y que debería presidir la
nueva etapa que quizá podamos inaugurar en 2003. Caso
contrario, el "cacerolazo" del 20 de diciembre habrá
terminado como la "revolución del 90" (la de Alem
contra Juarez Celman).
Un fuerte abrazo y que en 2003 podamos iniciar un
nuevo rumbo.
Ramón Vázquez
ramonmvazquez en yahoo.com.ar
LAS HERRAMIENTAS DE LA PATRIA
por Leopoldo Marechal
Buenos Aires, 1968
Cuando un país vive las horas genéticas de su destino,
todas las actividades que contribuyen a esa inmensa
"promoción de la Patria" tienen un común denominador
que signa y une a los hombres lanzados a la empresa; y
ese común denominador está en todos los factores de la
Patria, desde un martillo a una sinfonía.
Los organizadores de la última exposición de máquinas
y
herramientas argentinas tuvieron sin duda esta noción
cuando nos invitaron a visitar esa muestra en sus
instalaciones de Palermo. Estábamos, entre otros,
Ernesto Sábato, Antonio Berni, Alberto Ginastera,
Astor Piazzolla y yo: las ciencias, las artes y las
técnicas que representábamos nos unieron allá en una
sola conciencia, la del que hacer nacional.
Y todos nos entusiasmamos como niños adultos:
niños en esta infancia de la Patria, y adultos en la
meditación de su destino.
Por mi parte no era ciertamente ajeno a la visión de
aquellas maquinarias ni al uso de aquellas
herramientas. Mi padre, Alberto Marechal, fue un
mecánico de excepción: toda máquina nueva se le
presentaba como un desafío a su ingenio, y toda
máquina enferma como una solicitud a su arte de curar
los humildes robots de principios de siglo.
Fue gracias a su habilidad que, pese a nuestra digna
pobreza, tuve yo en mi niñez los juguetes más
insólitos, los manomóviles más raudos, los más
certeros fusiles de aire comprimido y patines más
voladores, obra de sus manos inquietas y de su
invención que no dormía. Yo, un niño de diez años, lo
ayudaba tanto a aquellas maquinaciones ingeniosas como
en la reparación de relojes, máquinas de coser y
otros artefactos de los vecinos, a que mi padre se
daba gratuitamente por amor del arte y de sus
prójimos.
Al mismo tiempo, su afición a las técnicas nacientes
introdujo en el hogar la primera cámara fotográfica
con su laboratorio de revelación, el primer fonógrafo
a cilindros que conoció el barrio y la recuerda en la
primera instalación eléctrica que sucedió gas.
Cuando el primer aviador francés llegó al país, hizo
en Longchamps una exhibición de vuelo en su
máquina de varillas y telas, mi padre y yo asistimos a
ese milagro de volar cien metros, a cuarenta de
altura; y regresamos de Longchamps con un entusiasmo
que nos convirtió en aeromodelistas. Construimos
entonces una miniatura de biplano con su hélice, y mi
padre se desveló en el problema de darle motores. Le
falló un mecanismo de reloj: era excesivamente pesado.
E inventó al fin un sistema de gomas de honda
retorcidas, que al desenrollares nos ofreció un
despegue insuficiente pero consolador.
Fue la exposición de máquinas y herramientas la que
suscitó en mí esta serie de recuerdos infantiles; y me
pregunté allá si los ingenieros de aquellas máquinas
no serían los sucesores lógicos de mi padre, aquel
oscuro y genial mecánico de Villa Crespo.
Pero durante la visita, mis evocaciones continuaban en
aquel orden de ideas: yo siempre fui un desvelado
espía de los hechos nacientes que iban relacionándose
con la Patria. Cuando realicé mi primer viaje a
Europa, lo hice en un barco alemán de clase única y
naturalmente bajo el pabellón de aquel país. Yo tenía
veinticinco años; y durante toda la navegación,
adaptándome a los usos, alimentos y costumbres
germánicos, me pregunté si alguna vez me sería dado
cruzar los mares bajo el pabellón nacional y entre
hombres y cosas argentinos.
Más tarde, la creación de nuestra flota de ultramar
satisfizo aquel deseo de mi juventud. Pero una nueva
inquietud se apoderó entonces de mí: si viajaba yo
bajo los colores azul y blanco de mí patria, el buque
donde lo hacía era de construcción extranjera.
Y al punto soñé con los futuros astilleros
nacionales, instalados junto a nuestro río y nuestro
mar, donde mis compatriotas armarían las grandes naves
de nuestra expansión marítima.
Me digo aún que si es lícito y necesario "comprar" al
extranjero nuestras maquinarias de la paz y la guerra,
sería más lógico, y más de hombres, que las
fabricáramos nosotros. El mejor obrero es el que
maneja una herramienta de su propia factura y el mejor
soldado es el que esgrime un arma templada por él
mismo.
Aquella tarde, en las grandes instalaciones de
Palermo, y llevado por mis nunca silenciosas
inquietudes, le pregunté a un técnico que nos
acompañaba si la construcción y lanzamiento de un
vehículo espacial argentino entraba en lo posible.
Y me contestó, abarcando con sus ojos las criaturas de
metal que llenaban el recinto: "Aquí están ya todos
los elementos necesarios a esa obra".
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