[R-P] A 9 AÑOS DEL SANTIAGUEÑAZO
Domingo Schiavoni
domingoschiavoni en arnet.com.ar
Lun Dic 16 00:04:20 MST 2002
Dentro de pocas horas, exactamente cuando sean las 9.30 de la mañana,
comenzará cumplirse el noveno aniversario del santiagueñazo, aquella primera
pueblada popular argentina cuyos rasgos más sobresalientes fueron la quema
de la sede de los podes del Estado, el incendio, destrucción y rapiña de los
domicilios particulares de una veintena de funcionarios, la inmediata caída
del frágil e imperceptible gobierno de Fernando Lobo, desde entonces
convertido en juez nacional de Comercio con acelerado acuerdo del Congreso,
y la intervención federal de Juan Schiaretti y compañía.
Se impone una relectura de aquella "gesta", que no fue tal ni tampoco un
hecho pre-revolucionario. Yo en su momento, como periodista y desde la
televisión, califiqué al hecho como una iconoclastia en el programa de
Mariano Grondona, dandole el sentido de un significante revolucionario. Debí
revisar mis dichos apenas unos meses después.
Mantengo una larga como elevada discusión personal con mi dilecto amigo y
compañero Raúl Dargoltz sobre este tema crucial de nuestra historia
comarcana.
Sostengo que el santiagueñazo no fue gesta porque no intervino el pueblo en
su conjunto, y que tampoco fue revolucionario porque sus objetivos no fueron
la sustitución del sistema feudal aún vigente.
Fue, eso sí, la protesta más airada y violenta de la historia, de los
empleados públicos santiagueños y de algunos sectores de las capas medias de
la sociedad. Los primeros reclamaban el pago de cinco meses de sueldos
atrasados y reprobaban con el fuego la corrupción imperante en el Estado,
los sueldos de privilegio, el latrocinio institucionalizado, la compra-venta
de leyes, la siniestra gestión "componedora" del Chueco Mazón, que hoy
volvió limpiamente por sus fueros como asesor preferencial del presidente
Duhalde, y que en 1993 pretendía a cualquier precio mantener el status
institucional con el menor costo social posible.
Santiago no fue Chiappas, definitivamente, y ni siquiera su simiente. A los
tres meses, cuando Domingo Cavallo comenzó a oxigenar a su protegido, el
interventor pagó los sueldos, y con la panza llena nuestros hermanos se
olvidaron de la corrupción y de sus legítimos reclamos verbalizados con el
grito y el fuego.
Nadie aún hoy repara en la corrupción más espantosa, que no es el robo de la
plata pública, sino la de la exclusión social más espantosa del NOA, el
arrojar diariamente a miles de comprovincianos a la indigencia y a la
miseria, mientras se cantan loas a los caudillos "históricos", a los que en
su momento también se les quemó la casa, y el pueblo en su conjunto,
anestesiado por el culto a la personalidad y por la infatigable propaganda
oficial, adhiere al discurso ficcional de la provincia ordenada, con los
números al día, con una excelente administración y sin conflictividad
social.
¡Cómo si no se tratara del máximo conflicto social el de los chicos que
también aquí se mueren de hambre sin que ningún noticiero de la TV se
entere, porque el Estado y su gobierno pretendidamente peronista declina
obscenamente sus propias e indelegables responsablidades.
Un grupo de peronistas y algunos independientes del campo nacional y popular
suscitamos en aquel momento la intervención federal y caímos en la ingeniosa
trampa del menemismo, apareciendo como las nuevas caras, limpias,
prestigiosas e impolutas, de una administración que supuestamente iba a
terminar con las lacras del feudalismo.
Fuimos cómplices de la mayor mentira menemista de la que tengamos memoria.
Algunos sentimos mucha vergüenza aún por ello y ya hicimos nuestra
autocrítica, que acaso nunca será suficiente. Otros, los más, consideran que
fue una experiencia política más.
Los que entramos a la política en ese entonces (¡y cuán fugaz y amargo fue
nuestro paso!) con una ilusión engañosa, creíamos que aún desde el soporte
menemista, cuando se fuera la langosta federal, podríamos iniciar una nueva
construcción política, con libertad y democracia, primero en el seno del
peronismo, y más tarde dentro de la sociedad santiagueña toda, con cada
comprovinciano como protagonista.
Sabíamos que era una larga marcha, una transformación cultural que nos
llevaría décadas, pero nos animamos y fracasamos estrepitosamente en el
intento.
Con ésto intento explicar la duda de Julio FB acerca de un correo mío de la
semana pasada, sobre qué quería decir con aquello de que "el juarismo es la
única construcción política del pueblo santiagueño".
Hoy, el feudo sigue intacto. Juárez es el rey idolatrado por la mayoría de
los santiagueños, y su esposa Nina la nueva gobernadora, elegida por el voto
popular.
A veces, como en este amanecer, me siento vencido y sin fuerzas. Y recuerdo
una verdadera profecía del ex obispo Gerardo Sueldo, confesada en la
intimidad de mi propia casa: "Cuando un pueblo se siente cómodo como
esclavo, cuando nunca ha conocido lo que es la libertad, y cuando tiene
miedo de darse cuenta de que tiene miedo, casi no tiene sentido nuestra
lucha".
Pese a esa desazón, prometo seguir luchando y no claudicar un sólo instante
del resto de mi vida, aunque mis únicas armas sean la pluma y la palabra,
sólo en la red por ahora, porque la proscripción en los medios públicos es
un estigma muy doloroso de sobrellevar.
¡Saludos fraternales!
MINGO.
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