[R-P] Lección francesa

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Lun Abr 29 13:32:42 MDT 2002


Lección francesa
Octavio Rodríguez Araujo


La reciente elección en Francia (primera vuelta) nos plantea serios
cuestionamientos. El más importante, obviamente, es por qué la derecha
(incluso la ultraderecha) ha ganado terreno en los últimos años en varios
países europeos.

El fenómeno más interesante es el del ultraderechista Jean-Marie Le Pen del
Frente Nacional (FN). Esta organización se formó con antiguos poujadistas
(dirigidos por Pierre Poujad en los años 50 del siglo pasado) y con quienes
fueron partidarios de una Argelia francesa (también en esa época) que
formaron Orden Nuevo (disuelto por el gobierno en 1973). El movimiento
poujadista fue de extrema derecha y surgió gracias a la capitalización del
descontento de capas sociales como los pequeños comerciantes y artesanos
amenazados por la modernización económica de Francia. Los defensores de una
Argelia francesa, como su nombre lo indica, estuvieron a favor de que ese
país del norte de África siguiera siendo colonia gala. Eran, obviamente,
racistas, además de colonialistas. Vale decir que los poujadistas obtuvieron
el 11.6 por ciento de las votaciones en 1956 a pesar de ser prácticamente
desconocidos unas semanas antes de las elecciones.

La primera expresión electoral del FN fue en los comicios municipales de
1983. Su crecimiento fue muy rápido, ya que en las legislativas de 1986
(¡tres años después!) obtuvo casi la misma votación que el viejo Partido
Comunista Francés (9.65 por ciento contra 9.78, respectivamente). Le Pen
supo capitalizar a los franceses desempleados, argumentando que los
extranjeros, principalmente del norte de África, los estaban desplazando de
sus puestos de trabajo además de incrementar la inseguridad especialmente en
los barrios pobres y marginados de Francia. Muchos jóvenes blancos
desclasados (lumpenproletariat) y sin perspectivas de empleo se sumaron al
FN. Este fenómeno, por cierto, no es exclusivo de Francia.

Contra los pronósticos de Duverger, quien decía que el FN desaparecería
(Cfr. La cohabitation des français, PUF, 1987), la votación a su favor
siguió en aumento. En la primera vuelta de la elección de 1988 Le Pen obtuvo
un alarmante 14.4 por ciento de la votación total, y en 1995 alcanzó el 15
por ciento mientras que el candidato del Partido Comunista bajaba a 8.6 por
ciento. Siete años después los comunistas apenas lograron el 3.5 por ciento
mientras que los neofascistas del FN quedaron en segundo lugar con 17 por
ciento. Es dudoso que en la segunda vuelta Le Pen gane sobre Chirac, pues
hasta la izquierda votará por éste para frenar a la ultra derecha, pero ésta
está ahí y ha crecido más que la izquierda y los partidos de centro. Esto es
lo preocupante, y más porque se empata con una tendencia que está
afirmándose en varios países de Europa.

El neoliberalismo y la Unión Europea no han demostrado bondad alguna con los
pobres de Europa, ni con los pequeños empresarios. El desempleo persiste y
la concentración de capital, como en el resto del mundo, es innegable. Lo
que ha planteado Le Pen, además de su oposición a las políticas migratorias,
es un fuerte rechazo a la globalización, una suerte de nacionalismo a
ultranza, libre de capitales extranjeros dominantes y de mano de obra no
francesa (léase no blanca). Este discurso se presenta en un país donde la
sindicación ha disminuido considerablemente, en el que el desempleo (datos
de 1999) era superior al 11 por ciento de la población económicamente activa
(PEA) y donde tanto los trabajadores agrícolas como los industriales
mantienen una tendencia a la baja (4 y 24 por ciento de la PEA,
aproximadamente).

La izquierda, por otro lado, ha mostrado una tendencia descendente desde
hace muchos años, además de que está muy dividida. Los comunistas, desde que
se socialdemocratizaron (el llamado eurocomunismo en su momento), aceleraron
su caída electoral. La izquierda radical no ha logrado sumar esfuerzos. La
socialdemocracia, representada en Francia por el Partido Socialista, tiene
el estigma, para los ultranacionalistas, de haber apoyado la idea de una
Europa unida que, al final, sólo ha favorecido a los grandes capitales,
tanto franceses como extranjeros o a ambos asociados. Y todas las corrientes
de la izquierda se encuentran ahora ante la disyuntiva de apoyar a la
derecha o, por omisión, permitir que puedan ganar los neofascistas. Vaya
paradoja.

Algo tendrá que revisar la izquierda. Mucho en realidad, pues ya ni siquiera
el reformismo y la moderación convencen; no por lo menos a quienes han sido
las principales víctimas del neoliberalismo que, en teoría, deberían de ser
sus principales seguidores. El PRD mexicano haría bien en interpretar la
lección.







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