[R-P] (Fwd) AYER, TEXAS. ¿HOY, LA PATAGONIA?

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Sab Abr 27 10:45:26 MDT 2002


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AYER, TEXAS. ¿HOY, LA PATAGONIA?
Por Roberto Bardini

En 1806, exploradores estadunidense dirigidos por
Zebulon M. Pike llegan a las montañas Rocosas,
cruzan el río Grande, se internan en territorio del
Virreinato de Nueva España (actual México) y
recorren lo que hoy es Texas. Al año siguiente
presentan en Washington detallados mapas de la
región.

En ese entonces no existía Argentina como nación
independiente. En el extremo sur del continente, la
Patagonia era un inmenso territorio prácticamente
despoblado. No se hablaba, como en la actualidad,
de “ceder territorio por deuda”. En el siglo diecinueve
no existían consultoras de riesgo ni firmas
encuestadoras. Lo que sí había era espías; siempre
los hubo a lo largo de la historia. Y también abundaban,
como hoy, los hijos de mil... bueno, digamos los
“vendepatrias”.

Hagamos memoria. El 4 de julio de 1776, las llamadas
Colonias Unidas –que entonces eran trece– habían
proclamado su independencia de Inglaterra. El 9 de
septiembre oficializaron su nueva denominación:
Estados Unidos de Norteamérica. La flamante nación
quedó integrada por Connecticut, Delaware, Georgia,
Maryland, Massachussets, New Hampshire, New
Jersey, New York, North Carolina, Pennsylvania,
Rodhe Island, South Carolina y Virginia.

La historia de cómo hoy Norteamérica se compone
por 50 estados –que incluyen la isla de Hawai– está
escrita en miles de libros pero se podría sintetizar en
una novela de piratas. O en un relato de política-ficción
que también incorpore al sur argentino como “estado
libre asociado”, al igual que la isla de Puerto Rico.

TOMAR TERRITORIO Y DESPUÉS NEGOCIAR

En mayo de 1812, una banda de pistoleros comandados
por un oficial del ejército estadounidense intenta ocupar
varios poblados de Texas pero son rechazados por las
tropas españolas. En agosto del año siguiente se
produce un nuevo intento, sin resultados.

Transcurren cinco años. En 1817, colonos anglosajones
se instalan en las cercanías de la ciudad texana de
Galveston pero son expulsados por el gobernador
del territorio. Por esa época, John Calhoum, cabecilla
de “Los Halcones de la Guerra”, expresa: “Estamos
creciendo grande y rápidamente. Este es nuestro
orgullo, nuestra debilidad y nuestra fuerza”.

El 4 de marzo, el presidente James Monroe asume
el gobierno de Estados Unidos. John Quincy Adams
es designado secretario de Estado.

En 1819, una numerosa banda  de buscavidas
provenientes de Louisiana invade Texas para
“independizarla”. Algunos son apresados y otros
expulsados por las autoridades españolas.

El 22 de febrero, los gobiernos de España y Estados
Unidos firman un tratado que modifica los límites de
la frontera norte del actual México. La Corona española
cede Florida. Según varios historiadores, se inicia el
modelo que seguirá Estados Unidos en su carrera
expansionista: “Tomar territorio por la fuerza, y después
negociar su cesión”. La ratificación del acuerdo se
efectuó poco antes de la independencia de México.
Ya antes de su emancipación, este país sufría la
presión de su vecino del norte.

En noviembre, el secretario de Estado John Quincy
Adams declara: “El mundo debe familiarizarse con la
idea de considerar como de nuestro dominio el
continente de América del Norte”. (…) Se hace aún
más necesario que el resto del continente pase
definitivamente a nuestras manos”.

El 17 de enero de 1821, las autoridades del
Virreinato de Nueva España autorizan a Moses
Austin para establecerse con 200 familias en Texas.
Los colonos no tienen experiencia rural y aprenden
las labores de ganadería a través de vaqueros
españoles y mexicanos.

Menos de una deécada después, en 1830, la
población del territorio será de 45 mil habitantes,
de los cuales 30 mil serán de origen estadunidense,
3 mil 500 mexicanos, 4 mil indios nómadas y 5 mil
negros esclavos o fugitivos.

El 25 de febrero, Agustín de Iturbide anuncia la
independencia de México con monarquía
constitucional y llega a su fin el Virreinato de Nueva
España. El 4 de marzo, James Monroe es reelecto
como presidente de Estados Unidos. John Quincy
Adams escribe  en 1822: “Sin discutir por ahora la
conveniencia de anexar Texas o Cuba a nuestra
Unión, debemos conservarnos libres para obrar tan
pronto como el momento lo exija”.

El 3 de abril, Iturbide ratifica a Stephen Austin, hijo
del fallecido Moses Austin, la autorización para
establecerse en Texas al frente de los colonos
estadunidenses.

UN “AGENTE 007” DEL SIGLO DIECINUEVE

El 3 de noviembre de 1822 llega a México Joel
Poinsett, “operador” confidencial del gobierno
estadunidense. Días después obtiene la libertad
de los aventureros apresados en 1819 por las
autoridades españolas en Texas. En diciembre,
Poinsett regresa a su país, donde informa que
considera “inconveniente establecer relaciones
con el usurpador”. El “usurpador” es Iturbide.

El 26 de ese mes, José Manuel Bermúdez, primer
embajador mexicano en Washington, informa a su
gobierno. “La soberbia de estos republicanos no
les permite vernos como iguales sino como
inferiores. Aman entrañablemente a nuestro dinero,
no a nosotros. Con el tiempo han de ser nuestros
enemigos jurados”.

Bermúdez no anda mal encaminado. En 1823, el
agente especial Poinsett se entrevista con el
general Andrew Jackson. Ambos estudian diversas
formas de apoderarse de Texas.

El 30 de junio, el gobierno mexicano envía a Texas
al general Manuel de Mier y Terán para observar la
situación en el terreno. El militar informa acerca de
la llegada de nuevos “colonos”:

“El territorio contra el cual se dirigen estas
maquinaciones, que ha permanecido habitualmente
sin poblar, comienza a ser visitado por aventureros y
empresarios; algunos de ellos establecen su
residencia en la región y simulan  que eso no tiene
nada que ver con los reclamos de su gobierno ni con
las disputas por la frontera; muy pronto, algunos de
estos precursores revelan un interés que complica la
administración del codiciado territorio, comienzan a
oirse quejas, incluso amenazas, que minan la lealtad
de los legítimos colonos, para poner en tela de juicio
la eficiencia administrativa de las actuales autoridades
(mexicanas)”.

En agosto de 1823, los estadunidenses Richard
Fields y Hayden Edwards inician gestiones para
colonizar más tierras texanas.

UN PROYECTO DE ESTADOS
UNIDOS HISPANOAMERICANOS

El 3 de octubre de 1823, el secretario de Relaciones
Exteriores mexicano, Lucas Alamán, firma con un
representante diplomático colombiano un acuerdo
con las bases para crear una futura confederación de
naciones al sur del río Bravo, integrada por las antiguas
posesiones españolas hasta la Patagonia.

“La causa que sostienen todos los países de América
que han sacudido el yugo de la España, los ligan de
tal manera entre sí, que puede decirse que aunque
divididos y reconociendo diversos centros de
Gobierno, forman partes homogéneas”, informará
Alamán dos años después.

Al igual que Simón Bolívar, el diplomático mexicano
proponía la unión de todos los países
hispanoamericanos. Cuatro años después, Joel
Poinsett le hará pagar caro esta idea.

“AMÉRICA PARA LOS (NORTE)AMERICANOS”

El 2 de diciembre de 1823, el presidente James
Monroe pronuncia un discurso en el Congreso, en
el que define la actitud de Estados Unidos frente a
las pretensiones de Europa hacia América Latina.
Posteriormente, el mensaje será conocido como
“la doctrina Monroe” y se sintetizará así: “América
para los americanos”. Muchos historiadores
interpretan que lo que el mandatario quiso decir fue
“América para los norteamericanos”.

En una de sus partes, el discurso afirma:
“Consideraremos peligrosa para nuestra paz y
seguridad cualquier tentativa hecha por ellas [las
naciones europeas], que se encamine a extender su
sistema a una porción de este hemisferio (…).
Cuando se trate de gobiernos que hayan declarado
su independencia y que hayan sido reconocidos por
Estados Unidos, la intervención de una potencia
europea, con el objeto de dirigir sus destinos, no
podrá ser vista por nosotros sino como
manifestación de hostilidad hacia Estados Unidos”.

MANOS LIBRES Y PLANES SUCIOS

El historiador Isidro Fabela escribe: “La doctrina de
Monroe, que, según creen todavía algunos espíritus
menos que sencillos, nació con una alta finalidad
altruista a favor de las repúblicas hispanoamericanas
recién emancipadas (...) preparó el terreno para que
la Unión tuviese algún día las manos libres en
América” (“Estados Unidos contra la libertad. Estudios
de historia diplomática americana”, Barcelona, 1921).

Por su parte, Samuel Flagg Bemis sostiene que la
doctrina Monroe “resultó inseparable de la
expansión continental de los Estados Unidos: fue
la voz del Destino Manifiesto” (“John Quincy Adams
and the Foundation of American Foreign Policy”, ed.
Alfred A. Knopf, Nueva York, 1949).

Y el historiador Dexter Perkins afirma: “Durante por
lo menos medio siglo se ha afirmado
persistentemente que la acción del presidente
Monroe salvó al Nuevo Mundo de un peligro mortal
y estableció las libertades de la América hispana
(…). Por desgracia, esta idea es pura leyenda; si
examinamos los hechos con sinceridad, tenemos
que admitir que el Mensaje de 1823 se dirigía contra
una amenaza imaginaria. Ni una sola de las potencias
continentales abrigaba propósito alguno de
reconquistas en el Nuevo Mundo en noviembre o
diciembre de 1823” (“La Doctrina de Monroe”, Editorial
Universitaria de Buenos Aires [EUDEBA], 1963).

En enero de 1824, el Congreso de México concede
gratuitamente 27 mil hectáreas de suelo texano a
Stephen Austin. Al respecto, informantes ingleses
advierten desde territorio mexicano a la cancillería de
su país: “Los norteamericanos han comenzado ya la
colonización de la provincia”.

UNA “VIGOROSA RAZA BLANCA”

El 4 de marzo de 1825, John Quincy Adams y John
Calhoun asumen la presidencia y vicepresidencia de
Estados Unidos. Adams, ex secretario de estado en
la administración de James Monroe, era el auténtico
creador de su “doctrina”. Calhoum,  su vez, había
sido el cabecilla de “Los Halcones de la Guerra”.

Henry Clay, nuevo secretario de estado, instruye al ex
espía Joel Poinsett para que negocie nuevos límites
“más ventajosos” entre México y Estados Unidos. El
ex operador encubierto se convertirá en el primer
embajador de Estados Unidos en México.

El 2 de mayo, Poinsett llega a México como enviado
extraordinario y ministro plenipotenciario. El ex agente
le escribe al secretario Clay y le comenta “la aprensión
que el gobierno mexicano experimenta hacia lo que
estima nuestros movimientos hacia Texas y Nuevo
México”.

El 5 de agosto, Poinsett redacta un nuevo informe
dirigido a Clay: “Creo importante extender nuestro
territorio hasta el Río del Norte (Bravo), hasta el
Colorado, siendo conveniente tener instalado sobre
la frontera un núcleo de colonos de la vigorosa raza
blanca”. El 25, el embajador ofrece cinco millones
de dólares al gobierno mexicano por el territorio de
Texas. La propuesta es rechazada.

LA COMPLICIDAD DE UN “VENDEPATRIA”

En “El porvenir de México”, Luis G. Cuevas, apunta:
“Nuestros vecinos son los que más sobresalen hoy
en este arte de corrupción, y los que no se han
parado, ni se pararán nunca, en la ruina y desastres
de pueblos enteros para agregar al suyo un palmo
de territorio (…). En este sentido puede decirse que
Poinsett hizo más servicios a la Unión Americana
que todos sus generales juntos en la guerra de
invasión”.

El embajador estadunidense cuenta para sus
propósitos con la complicidad de un poco patriota
mexicano, Lorenzo de Zavala, uno de los fundadores
de la logia masónica de York en el país.  El 21 de
octubre de 1826, Poinsett le escribe al secretario de
estado Clay: “Considero que la presencia de Zavala
es absolutamente necesaria aquí (…). Se trata de
uno de los directores más eficaces del partido
favorable a los Estados Unidos (los yorkinos)”.

En noviembre, el mercenario estadunidense Hayden
Edwards toma un poblado de Texas oriental y anuncia
la creación de la “República de Fredonia” (pésima
traducción de “Freedom Republic”). Marca uno de
sus límites en el río Bravo e iza una bandera propia,
con los colores rojo y blanco, un supuesto signo de
la unidad entre “pieles rojas” (indígenas) y
“carapálidas” (estadunidenses blancos). Ya  en
agosto de 1823, Edwards y su cómplice Richard
Fields habían  iniciado gestiones para colonizar
“pacíficamente” tierras texanas.

En junio, legisladores mexicanos expresan su
disgusto por las maniobras políticas y diplomáticas
de Poinsett; algunos piden al gobierno su expulsión
del país. Lorenzo de Zavala, en cambio, adula al
intrigante: “El nombre de usted es oído con
veneración y gratitud por los libres del país”.

En septiembre, los manejos de Poinsett provocan
una crisis en el gabinete mexicano. El resultado: la
renuncia obligada del canciller Lucas Alamán. En
diciembre, el gobierno mexicano aplasta con
dureza una rebelión dirigida contra el representante
estadounidense y los masones yorkinos. Los
frustrados patriotas insurrectos sostienen que el
Palacio de la Presidencia es “una oficina de un
gabinete vecino”.

El 31 de enero de 1828, Poinsett escribe: “He tenido
aquí un éxito sorprendente, y al partir dejaré un
poderoso partido americano y un sentimiento
americano donde no encontré sino inclinaciones
europeas y principios monárquicos”.

FUGITIVOS, VAGABUNDOS Y CRIMINALES

El 30 de junio, desde Texas, el general Mier y Terán
informa al gobierno mexicano: “Aquí, el conjunto de
la población es una extraña e incoherente mezcla:
numerosas tribus indias, fugitivos de la justicia,
honestos trabajadores, vagabundos y criminales”.
El militar pronostica: “Texas puede empujar a todo
el país a una revolución”.

En septiembre, es derrotado en elecciones
presidenciales el general Vicente Guerrero, miembro
de la logia masónica yorkina respaldado por Poinsett
y De Zavala. El embajador norteamericano escribe:
“Mi residencia en este país, siempre desagradable,
está a punto de tornarse peor”.

El 5 de diciembre de 1828, colonos texanos,
instigados por William H. Travis y Lorenzo de Zavala,
sitian San Antonio. El general Samuel Houston
organiza la sublevación con armas suministradas
por el presidente estadounidense Andrew Jackson.

TRAICIÓN A LA PATRIA

En enero de 1829, tropas mexicanas mal armadas y
sin experiencia, al mando del general Antonio López
de Santa Anna, marchan hacia Texas. El primero de
marzo, los texanos declaran su independencia y
nombran a David Burnett como presidente y al traidor
Lorenzo de Zavala como vicepresidente.

El 6, después de recorrer más de mil 500 kilómetros,
Santa Anna sitia y derrota a doscientos colonos del
Fuerte Álamo. Burnett y Zavala escapan hacia Galveston.

Sin embargo, Santa Anna es derrotado por las tropas
de Samuel Houston y capturado. El 18 de mayo el
ejército mexicano retrocede hasta el río Bravo. Al día
siguiente, Santa Anna y Burnett firman en Galveston
el Tratado de Velasco, por el que México se
compromete a respetar la independencia de Texas.

El documento firmado por Santa Anna, según la
mayoría de historiadores mexicanos, carece de
validez porque en ese momento no es presidente y,
por lo tanto, no tiene facultades para llegar a ningún
acuerdo oficial.

Tras siete meses de prisión, Santa Anna es
trasladado en ferrocarril a Washington y se
entrevista con el presidente Jackson, quien más
tarde pone un barco a su disposición y lo envía de
regreso a México.

CAE EL TELÓN

Luego de la derrota de Santa Anna, México no
emprende ninguna campaña para recuperar el
territorio perdido, pero rompe relaciones
diplomáticas con Washington cuando Texas es
reconocida como “nación independiente” por
Estados Unidos.

Francia reconoce a Texas como “Estado
independiente” en 1839 y al año siguiente
se suma Inglaterra.

El 4 de marzo de 1845, James K. Polk asume la
presidencia de Estados Unidos. El mandatario es la
personificación política de la ideología del Destino
Manifiesto, elaborada por James Monroe. En su
mensaje de toma de posesión anuncia que la
incorporación de la “república de Texas” es una
decisión mutua entre dos naciones independientes
–Estados Unidos y Texas– y no entre su país y México.

El ejemplo se extiende. El 14 de julio de 1846, el
topógrafo militar John Charles Fremont proclama en
territorio mexicano la República de California.

El 2 de febrero de 1848, después de la ocupación
militar norteamericana de la capital de México
durante diez meses y obligado por la fuerza de las
armas, el gobierno de ese país firma el Tratado de
Guadalupe Hidalgo. Mediante el acuerdo, las
autoridades ceden lo que es ahora Arizona, California,
Colorado, Nevada, Nuevo México, Texas y Utah. Es
decir, más de la mitad de su territorio.

¿Y la Patagonia? ¿Qué tiene que ver esa región del
sur argentino con lo que aquí se ha narrado?

Dejo las posibles respuestas a los lectores. La
consultora Jorge Giacobe y Asociados –según
informes provenientes de esa zona– está realizando
una encuesta entre sus pobladores acerca de la
conveniencia de “ceder territorio a cambio de deuda”.
Por otro lado, la empresa Zemic Communications,
dirigida por el ex secretario de estado norteamericano
Henry Kissinger, asesora al gobierno argentino en la
forma de pagar su deuda externa. Es como si el ratón
consultara con el gato.

El ex funcionario me recuerda a Joel Poinsett, pero
corregido y aumentado. Poinsett operó sólo en
México; Kissinger intrigó en todo el mundo.

El presidente George W. Bush, miembro al igual que
toda su familia de la Asociación Nacional del Rifle,
es nativo de Texas. Se dice que los políticos de ese
estado no leen libros de historia: ven películas del
Far West protagonizadas por John Wayne.

Esto podría resultar cómico, si no fuera porque
Kissinger y Bush cuentan en Argentina con la
complicidad de varios “Lorenzos de Zavala”. Es
decir, vendepatrias reciclados.


(*) Versión resumida del capítulo “La fiebre del oro”,
del libro inédito “David y Goliat – Crónicas de la
frontera norte”, México, 2002.

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...La guerra se la tenemos de hacer del modo que podamos: 
sino tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos 
tiene de faltar: cuando se acaben los vestuarios, nos 
vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mugeres, 
y sino andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios: 
seamos libres, y lo demás no importa nada...

Jose de San Martín, 27 de julio de 1819.

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