[R-P] La Nación se suma a pagina 12 por la extranjerización

Jorge Garaventa jorgegaraventa en speedy.com.ar
Mie Abr 24 20:05:58 MDT 2002


Como era de esperar, los autores toman las encuestas truchas que publicó
Página 12


La batalla por la Argentina
Por Ricardo Caballero y
Rudi Dornbusch
Para LA NACION


CAMBRIDGE, Massachusetts. - Las negociaciones con el Fondo Monetario
Internacional ofrecen una oportunidad de crear una cabeza de playa para la
estabilización, pero también el riesgo de que cada una de las partes se
centre en sus preocupaciones políticas y no responda a la crisis argentina
en toda su dimensión. Las cuestiones centrales están claras: ambas partes
obviamente desean una recuperación de la Argentina. Pero dicho eso, el
presidente Eduardo Duhalde quiere el dinero que pueda aportar el FMI, mucho
y rápido, por favor, pero es renuente a realizar reformas profundas o no
puede concretarlas; tiene que resistir a gobernadores que se enfrentan a los
mismos problemas que él. Por el otro lado, el FMI tiene un gran dilema. No
puede darse el lujo de ser intransigente hasta el punto de que caiga
Duhalde. Pero, como durante muchos años ha aportado fondos para programas
argentinos que fracasaron, no puede cerrar los ojos y poner el dinero sobre
la mesa. Quizá termine poniendo exigencias máximas de un feroz recorte
hooveriano en medio de una depresión.

Si gana la estrategia máxima, la economía argentina se volverá ingobernable.
Si gana la estrategia mínima, nada habrá cambiado, excepto que desaparece un
elemento esperanzador más. Pero este debate no toma en cuenta un elemento
crítico. Los fondos del FMI y las reformas que deben acompañarlos no son un
fin en sí mismos. Sólo son la palanca para hacer volver el capital,
argentino y extranjero. El papel clave en la reconstrucción de la Argentina
lo tiene que cumplir el capital privado, no el FMI.

Entonces, ¿cómo pueden llevarse las negociaciones a una salida en la que
todos ganen? Está claro que deben lograr más que definir algunas metas
presupuestarias de corto plazo. Deben incluir reformas abarcadoras con pasos
específicos cuya implementación dé confianza y permita ver que no se trata
de otro programa que pronto será dejado de lado por las prioridades que
imponen las elecciones.

Hace unos días presentamos un plan para proveer el ingrediente preciso que
se necesita para este acuerdo: un programa por el que la Argentina acepta e
incluso solicita una comisión de estabilización extranjera que conduzca el
Banco Central y, a cambio del desembolso de un importante préstamo de
estabilización, tome control de la implementación del presupuesto.

Desde su publicación, nuestra propuesta ha atraído mucha discusión y no toda
favorable. Pero es un dato importante que dos encuestas de opinión en la
Argentina han revelado que cuenta con el apoyo de cerca del 50 por ciento de
la poblacion. Esto representa un apoyo sorprendente y munición política para
un plan que crearía las bases para una fuerte recuperación de la
credibilidad del país. Una mayor credibilidad trae como premio una menor
necesidad de medidas heroicas en materia fiscal, cuestión que el presidente
Duhalde no dejará de ver.

Identidad y orgullo nacional

Volvamos al plan y las reacciones. Dijimos que esta crisis es peor y más
peligrosa que cualquier cosa que la Argentina o cualquier otra economía
emergente grande haya visto en las últimas décadas. Están siendo destruidos
los cimientos mismos de una sociedad moderna. Lamentablemente muchos
argentinos pudieron reconocer los síntomas que describimos. Los que no lo
vieron se están convenciendo con el avance de los hechos.

Nuestra receta de que se renuncie a la soberanía financiera y económica de
la Argentina por unos años no fue recibida con el mismo consenso. Los que la
objetan ven en ella un ataque al orgullo nacional. Esta percepción es
equivocada: un país es mucho más que un conjunto de normas monetarias,
financieras y fiscales. No se renuncia a la identidad y el orgullo
nacionales al aceptar que unos cuantos extranjeros controlen la
implementación de un conjunto de normas cuidadosamente diseñadas para no
interferir con la soberanía política, y aprobadas por el Congreso argentino.
Dejemos la retórica y el orgullo de lado. La situación es demasiado grave.
Pedimos disculpas a quienes hayamos ofendido. Este es otro intento de
abordar un problema y su solución que tomamos muy seriamente.

El problema de la Argentina va mucho más allá de una crisis de liquidez
común. La solución no es una inyección temporaria de recursos por sí sola.
Debe comenzar por una visión clara de cómo arreglar lo que viene después, el
mediano y el largo plazos. Hay acuerdo significativo respecto de algunos de
los ingredientes clave de la reforma estructural, y gran parte de éstos se
pueden empezar a aplicar sin demora: una campaña contra la corrupción, sin
piedad para jueces, parlamentarios, funcionarios públicos y otros; una
reforma de los sistemas impositivo y de coparticipación que vaya mucho más
allá de la discusión pequeña de estos días; protección de los derechos de
propiedad y estabilización definitiva de las reglas de juego; una reforma
laboral más de acuerdo con las características del ciclo económico
argentino. Empiecen ahora y elijan en 2003 al candidato que haga de esta
propuesta su bandera.

Aunque lo anterior es una condición necesaria para llegar a algún lado, no
bastará para contener la caída libre de la Argentina. No hay esperanzas de
tocar fondo, o siquiera implementar muchas de las medidas urgentes
necesarias para volver a poner en marcha el sistema financiero y de pagos,
hasta que se recupere la confianza. Deben volver los capitales privados para
encontrar una salida a la crisis. En este momento, el flujo va en sentido
contrario. No hay fondos del FMI que puedan cubrir esta brecha. Por
desgracia, para recuperar la confianza no bastará el mero anuncio de una
estrategia de largo plazo sólida: tiene que ser creíble. Lograr esto último
es difícil para cualquiera que tenga el récord de la Argentina, y más aún
para un gobierno de transición, por buenas intenciones que tenga.

Dos caminos

El punto es simple, pero el debate se confunde con propuestas para salir del
paso que sólo postergan el comienzo de la reforma. El problema es
terriblemente real y hay que enfrentarlo. Y para esto hay sólo dos opciones:


Opción 1: la variante del ajuste brutal (tradicional). No hay mejor manera
de crear confianza en la implementación de un plan de largo plazo que
comenzar de inmediato, incluso pasarse de raya en el corto plazo para dejar
las cosas claras. En muchos casos, ésta es una estrategia adecuada, pero la
Argentina ya está demasiado enferma como para tomar esta medicina. Es
difícil creer que la Argentina puede reducir su déficit fiscal lo
suficientemente rápido como para alcanzar la tan necesaria meta de la
credibilidad sin provocar una explosión social. Una promesa de tal ajuste
simplemente no es creíble. Es aún más difícil creer que el Banco Central
puede encontrar una política monetaria lo suficientemente contractiva, que
no sea eliminar el peso, que pueda convencer a alguien de que se ha
encontrado un ancla nominal.


Opción 2: la variante de la credibilidad importada (el puente). Si el
problema no es la falta de convicción de la necesidad de una estrategia
viable de largo plazo, sino de falta de confianza durante la transición, la
manera más barata de conseguirla es alquilarla. Este principio es la base de
nuestra propuesta. Si la Argentina quiere tener acceso a una política
monetaria sólida, hay que traer a un banquero central internacional
reconocido para que la conduzca con un juego de normas estrictas acordadas
entre la Argentina y sus asesores. Si la Argentina quiere aumentar su
credibilidad sobre la base de una buena política fiscal, puede prometer un
ajuste menos pesado que en la opción uno, pero con un supervisor
internacional como testigo de las transacciones clave, que quizás incluso
esté a cargo de librar los cheques más gordos y que la chequera sea de
información pública junto con el acuerdo. Si la Argentina quiere tener
sistema financiero, necesita normas claras, permanentes y respetadas,
fiscalizadas por un regulador internacional, quizás alguien del Banco de
Conciliaciones Internacional. En todas estas áreas deben cumplir un rol muy
activo los expertos argentinos, que tienen que estar preparados para tomar
la batuta una vez que, pasados algunos años, la intervención ya no sea
necesaria.

Que no haya ilusiones: incluso la opción 2 tendrá costos y habrá tiempos
difíciles. El que diga lo contrario habla con deshonestidad o está
profundamente confundido. Tiene que haber algo positivo -el cumplimiento de
un programa estricto- que los supervisores extranjeros puedan informar al
resto del mundo y a los argentinos por igual. Tiene que haber algo de
ajuste, simplemente menos brutal que el de la opción 1.

Usar la oportunidad de construir instituciones y emplear expertos externos
respetados para sentar los cimientos y asegurar un éxito temprano y
sostenido reduce los costos económicos y políticos de la reconstrucción y
claramente mejora las posibilidades de alcanzar los objetivos. No es un
sustituto para Duhalde y quien venga después. De hecho puede ser la única
opción de Duhalde para mantenerse en el poder y para que la transición al
próximo gobierno se dé en un ambiente democrático y ordenado. Por supuesto
que los políticos pueden llegar a despilfarrar los logros: aparentar que
aceptan un programa serio buscando utilizar los recursos adicionales para su
propia satisfacción. Pero eso será más difícil, porque el público tendrá un
modo más efectivo de controlar qué es lo que se hace con su vida económica.
Esperemos que, dada una opción permanente para salir de esta terrible
crisis, los políticos finalmente se pongan a la altura de la ocasión.

Ricardo Caballero y Rudi Dornbusch son profesores de la cátedra Ford de
economía del MIT.


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