[R-P] Seres de odio La Nación

leo cofre lcofre en hotmail.com
Mar Abr 16 01:03:18 MDT 2002


15 de abril del 2002


"La censura implícita es cada vez mayor en España" Joaquín Estefanía

Seres de odio

La ventana
La Nación




"No puedo imaginar a la Argentina con la cabeza baja", dijo Gabriel García
Márquez en el encuentro que unos treinta periodistas y escritores de América
Latina tuvieron en Monterrey, la primera semana de este mes.

"No puedo imaginar peor calamidad para el pueblo de Israel, después del
Holocausto, que tener a Ariel Sharon como primer ministro", dijo el
novelista nicaragüense Sergio Ramírez en la camioneta que iba desde uno de
los hoteles de esa impetuosa ciudad industrial del norte de México hacia el
Museo de Arte Contemporáneo.

Aunque el pretexto del encuentro era la primera entrega de premios de la
Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano a las mejores crónicas y
fotografías publicadas en el continente durante el año 2000, en todos los
diálogos informales se ensayaron explicaciones para el intrincado drama
argentino y conjeturas sobre otro callejón sin salida aún más trágico: el
duelo entre israelíes y palestinos, ahora dispar y desesperado.

A Monterrey acudieron Carlos Monsiváis, el eminente ensayista mexicano;
Joaquín Estefanía, director de las páginas de opinión de El País de Madrid;
el mítico periodista Julio Scherer García, ex director del diario Excelsior
y del semanario Proceso -ambos de México-, así como otros veinte o
veinticinco periodistas que llegaron a la ronda final del premio. En la
parte formal del encuentro, dos intervenciones llamaron la atención. Una fue
la del brasileño Claudio Cerri, cuya crónica "Un río en busca de un país"
fue elegida como la mejor. Cerri señaló que el neoliberalismo está
imponiendo un relato falso de la realidad, según el cual la destrucción
ecológica es sinónimo de progreso, y el enriquecimiento desmesurado de las
grandes corporaciones económicas desemboca en el bienestar de las mayorías.
Ese discurso -dijo- requiere que la prensa construya su propio relato
alternativo: el relato de lo que sucede en verdad.

La otra intervención fue múltiple. Varios de los participantes coincidieron
en que, pese a los feroces cerrojos impuestos a la prensa por una red de
intereses corporativos, hay ahora en América Latina más libertad para
expresarse que hace diez o quince años, aun en países con democracias
autoritarias como Venezuela. Y, a la inversa, la censura implícita es cada
vez mayor en España -lo confirmó Joaquín Estefanía-, donde el gobierno
domina la mayor parte de los medios de comunicación, y en los Estados
Unidos, donde hay un enorme temor a herir la susceptibilidad de la poderosa
comunidad judía.

Gloria y cenizas

Las conversaciones fuera de libreto no resultaron menos enriquecedoras.
Todos los participantes expresaron desasosiego por lo que pasa en la
Argentina, donde nadie ve salidas fáciles ni a corto plazo. "Durante más de
treinta años, mis amigos argentinos me han pedido con insistencia que vuelva
a Buenos Aires -dijo García Márquez-. Y ahora me piden por favor que no
vaya. No quieren que vea la ciudad postrada después de haberla conocido
llena de luz." No supongas que las cosas van a quedar así, le replicaron. La
Argentina se levantará de sus cenizas. Si no hubiera una secreta, poderosa
vitalidad que los malos gobiernos no han conseguido asfixiar, ¿cómo podría
explicarse el altísimo nivel de las crónicas periodísticas que llegaron a
las finales del premio? ¿Y de dónde, sino de un país inagotable -dijo
Joaquín Estefanía-, puede salir una colección de novelistas como la que
ahora está asombrando a España: Piglia, Saer, Aira, Fogwill, Birmajer?

Con las tragedias de Palestina, en cambio, hay pocas esperanzas. Casi todos
responsabilizan de lo que está sucediendo al instinto provocador y belicoso
de Ariel Sharon, incluyendo a los judíos más ilustrados. Desde hace veinte
años, Sharon ha logrado forjar un destino de odio. En septiembre de 1982
irrumpió en un campamento de refugiados, al sur del Líbano, y asesinó sin
piedad a decenas de inocentes, la mayoría de ellos mujeres y niños. Jamás
expresó arrepentimiento alguno. El único arrepentimiento que le pesa es no
haber matado a Yasser Arafat cuando pudo hacerlo, hace también dos décadas.
Ahora le sería fácil. Le bastaría entrar con veinte o treinta hombres bien
armados en el refugio del presidente palestino, en Ramallah, para doblegar
toda resistencia. Si no lo ha hecho todavía no es porque le inquiete el
oprobio internacional. La opinión ajena jamás le ha interesado. Teme, más
bien, que Arafat se convierta en un mártir, y que ese martirio encienda
todos los fuegos que aún no se han despertado en los humillados palestinos.

"Sí. Ser gobernado por Sharon es una desgracia para Israel", admite García
Márquez al oír el comentario de Sergio Ramírez. Un periodista norteamericano
que está sentado a la mesa apunta: "¿En qué consiste ser un terrorista hoy,
en Palestina? Eso es lo que Sharon debería preguntarse. Resulta falaz
comparar a Arafat con Osama ben Laden. Sería más justo compararlo con Ben
Gurion o con Golda Meir, que organizaron emboscadas de terror cuando Israel
debió luchar para que se creara un Estado judío, en 1947 y 1948. Los
ingleses los llamaban terroristas. Ahora son próceres".

Provocación intolerable

"Se sabe cuándo empieza una guerra, pero rara vez se sabe cómo", dice García
Márquez. "Esta vez también se sabe cómo", señala Sergio Ramírez. "Todo
empezó la tarde del 28 de septiembre de 2000, después que fracasaron los
acuerdos de Camp David para una paz negociada. Ninguna de las dos partes
quería perder sus derechos en Jerusalén. Los palestinos pretendían controlar
los barrios que estuvieron en manos de Jordania hasta la Guerra de los Seis
Días, y los israelíes no aceptaban ceder un solo palmo de la ciudad. Sharon,
entonces líder del ala más extrema del partido nacionalista Likud, visitó la
Explanada de las Mezquitas con un grupo de diputados de su sector y una
poderosa guardia policial. La mezquita de la Roca, en la que entró Sharon,
es uno de los lugares más sagrados del islam. Su gesto -innecesario,
arrogante- fue una provocación intolerable. Eso desató esta nueva intifada,
la guerra de los palestinos por la independencia."

Una violencia condujo a otra. El 6 de febrero de 2001, Sharon ganó las
elecciones presidenciales, apoyado por los grupos más reaccionarios y
fanáticamente ortodoxos de Israel, y ya nadie creyó en las sucesivas treguas
declaradas por los beligerantes. Después de los atentados a las Torres
Gemelas, George W. Bush agregó más leña al fuego. Aceptó la torpe
identificación de Yasser Arafat con Ben Laden, se dejó seducir por la
retórica antiterrorista de Sharon -que también tiene un pasado de terror- y
sólo a última hora, cuando la matanza era ya caudalosa en Hebrón, en Belén y
en Ramallah, intimó a Sharon a que retirara sus tropas de los lugares
ocupados. Pocas veces el ex general y actual presidente estuvo más duro de
oídos, y pocas veces Bush fue más tolerante con la sordera ajena.

Todas las mañanas, en Monterrey, los asistentes al encuentro de Nuevo
Periodismo leían la evolución del drama argentino en los diarios argentinos
y las matanzas de la guerra palestina en los diarios del mundo entero. La
gran prensa norteamericana no parecía compartir la indignación contra Sharon
de la gran prensa europea, pero dondequiera que se leyeran las historias
quedaba la sensación amarga de que Israel es una nación demasiado grande
para un líder tan pequeño y cruel como el que le ha deparado su democracia.

Nada peor puede pasarle a un país que ser gobernado por seres de odio,
interesados más en imponer sus intereses o su fanatismo que en proteger el
bienestar de sus compatriotas. Ellos se van un día, pero el odio y el daño
que dejan los sobrevive quién sabe por cuánto tiempo.








Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular