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leo cofre
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Mar Abr 2 23:45:08 MST 2002
De Netania a Ramala
JUAN GOYTISOLO
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Juan Goytisolo es escritor. ©Parlamento Internacional de Escritores.
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Volver a los territorios ocupados de Palestina después de una larga ausencia
muestra con elocuencia la cruel reiteración de la historia. En junio de 1988
recorrí Cisjordania y la Franja de Gaza con un equipo de Televisión Española
para filmar la primera Intifada y en 1995, como enviado especial de EL PAÍS,
en aquel desalentador intermedio de ni guerra ni paz que siguió a los
paticojos Acuerdos de Oslo: algunas zonas habían sido evacuadas por el
Ejército israelí, pero éste mantenía un férreo control en torno a ellas y la
desilusión de la población palestina confirmaba mi apreciación pesimista del
futuro de la región. Siete años después, la situación es mucho peor que la
de 1988. En la primera Intifada había una sublevación popular y una
represión durísima. Desde el paseo de Sharon por la Explanada de las
Mezquitas nos hallamos ante una guerra, no entre dos Estados, sino entre un
Estado dotado de un ejército eficaz y ultramoderno y una nación fragmentada,
sin fronteras, escasamente armada y sometida a un cotidiano martirio de
humillaciones y castigos colectivos que originan a su vez un incesante goteo
de 'mártires' dispuestos a autoinmolarse en atentados mortíferos, no sólo
contra el poder militar del ocupante sino también contra inocentes civiles
dentro de las fronteras internacionalmente reconocidas del Estado judío.
El autobús que conduce a la delegación del Parlamento Internacional de
Escritores del aeropuerto de Te1 Aviv a Ramala deja a medio camino la
autovía que enlaza la capital con Jerusalén y tuerce a la izquierda por una
de las carreteras bien asfaltadas que comunican entre sí a los asentamientos
israelíes de los territorios ocupados en la guerra de los Seis Días. La que
une Jerusalén a Ramala ha sido cortada al tráfico -centenares de palestinos
a pie, con residencia o trabajo en Jerusalén, aguardan en silencio al
control de sus documentos- y debemos dar una gran vuelta por la telaraña de
viales que se extiende alrededor de las ciudades y poblaciones palestinas
sitiadas.
Como advertí hace años, el paisaje de Cisjordania y la Franja de Gaza ha
sido descompuesto y fragmentado como un tejido hecho con trozos de distintas
telas. Las alambradas rodean tanto los asentamientos de colonos y los
puestos militares como las áreas teóricamente bajo control de la Autoridad
Nacional Palestina: protegen y excluyen, unen zonas separadas y separan
zonas contiguas, entretejen un laberinto de ínsulas que mutuamente se
repelen e imantan. Un complejo sistema circulatorio con ramificaciones
capilares muestra la voluntad del ocupante de fragmentar el territorio en
porciones, retazos, partículas que parecen imbricarse no obstante su
ignorancia recíproca.
Cuando alcanzamos al fin el puesto de control israelí, en los antípodas del
infame gueto de Qalandia, ha anochecido. Tras varios minutos de espera somos
autorizados a entrar en Ramala y, guiados por un automóvil de la policía
palestina, llegamos a uno de los hoteles construidos en la euforia
subsiguiente a los Acuerdos de Oslo. En él se hallan el poeta Mahmud Darwish
y otros representantes del mundo cultural. Inútil precisar que nuestra
delegación y los periodistas que nos acompañan somos los únicos clientes del
lugar.
¿A quién se le ocurriría venir de vacaciones o para negociar a una ciudad
sitiada y maltrecha, que restaña a duras penas sus heridas recientes y
aguarda con aprensión nuevos y más temibles golpes?
Cuando amanece en Ramala -cuya abrupta configuración de colinas y hondonadas
evoca la de Ammán- la calma es idílica. Sólo al cabo de un rato descubro
desde mi ventana los sacos terreros de un retén israelí a 200 metros escasos
del hotel. Para trasladarse a 1a universidad palestina de Birzeit,
estudiantes, profesores y vecinos de las poblaciones cercanas deben cambiar
de vehículo, cruzar 500 metros de una carretera cortada por los israelíes y
apretujarse en alguno de los taxis y minibuses que aguardan al otro lado. No
se trata de una medida defensiva sino de un castigo colectivo impuesto a la
totalidad de la población. En las pausas entre dos incursiones militares, el
propósito de Sharon es infligir todo tipo de humillaciones a los palestinos
con la esperanza tan ruin como ilusoria de quebrar su espíritu de
resistencia y sofocar su rebeldía.
Este espíritu de resistencia a la injusticia se manifestó de forma clamorosa
en la velada musical y poética del teatro Alcasaba, en el centro de la
ciudad. El público que lo atestaba daba rienda suelta a las emociones
acumuladas durante el penúltimo cerco y ocupación. Las huellas de la guerra
son visibles en todas partes. En el campo de refugiados de Amira, las
consecuencias brutales del asalto a una escuela y la destrucción de una
veintena de viviendas mediante el procedimiento de dinamitar los tabiques
que 1as separan nos ofrecen una pequeña muestra del espectáculo que nos
espera en Gaza.
La entrevista con Yaser Arafat no estaba prevista en el programa y, cuando
nos fue planteada, manifesté con tibieza mi desacuerdo. Nunca me ha atraído
el contacto con los jefes de Estado, pues sé que el escritor y el político
se expresan en niveles distintos y nada de lo que digan puede interesarme.
Pero acaté la opinión de la mayoría y al tocarme durante la audiencia el
turno de la palabra dije que le visitaba por su condición de palestino
cautivo, privado como los demás de sus derechos y libertad de movimiento.
(Mientras redacto esta crónica contemplo las imágenes del asalto a la
residencia en donde nos recibió. El ensañamiento personal de Sharon le
devuelve paradógicamente su autoridad moral en entredicho. Como en Beirut en
1982, vivo o muerto, saldrá victorioso de la prueba. Lo que el general no
comprende es que Arafat se engrandece en las derrotas y renace como el Fénix
de sus cenizas.)
En el viaje de Ramala a Gaza, el paisaje de los asentamientos, construidos a
menudo sobre las ruinas de aldeas palestinas, evoca de nuevo el tablero de
ajedrez de exclusiones recíprocas entre aquéllos y lo que resta de las zonas
autónomas, al punto de confundir al visitante inexperto tocante a lo que
abarcan y vedan, lo 'interior' y 'exterior'.
El paso fronterizo de Erez, en donde estacionan varios vehículos del UNRWA
(siglas en inglés del Socorro de Naciones Unidas para los Refugiados
Palestinos), es un vasto espacio desierto rodeado de alambradas: los
palestinos que trabajaban en Israel no son autorizados ya a franquear la
frontera, con lo que la situación económica de la Franja de Gaza se ha
deteriorado aún más. Después de una larga espera penetramos en el territorio
misérrimo de la Autoridad Nacional Palestina. A causa del retraso, vamos
directamente, a través de Gaza, hacia los campos de refugiados de JanYunes y
Rafah. La carretera central ha sido cortada y debemos tomar el camino
costero hasta Dair el Balah. El cercano conjunto de asentamientos de Gush
Katif, con su vasta base militar ceñida de alambradas y cercas
electrificadas, abriga no sólo hangares, cuarteles, depósitos, radares
gigantes, torres emisoras, y un gigantesco parque de bulldozers y vehículos
de todo terreno, sino asimismo complejos turísticos, hoteles y playas
reservadas para los colonos. En los últimos siete años, dicho asentamiento
no ha cesado de extenderse: el ocupante ha dinamitado numerosas viviendas y
arrancado centenares de árboles frutales. Actualmente los israelíes
construyen un puente por encima de la carretera vedada para enlazar Gush
Katif con el asentamiento de Kfar Darom. El territorio en el que se hacinan
un millón y pico de palestinos se encoge como una piel de zapa. El número de
colonos que ocupa el 40% de la superficie cultivable de la Franja no llega a
a los tres mil. En el asentamiento de Netzarim residen tan sólo 76 personas.
A nuestra llegada a Jan Yunes el espectáculo es desolador: esqueletos de
viviendas, fachadas acribilladas, un campo de refugiados destruido por
misiles y helicópteros artillados, ruinas trituradas por los bulldozers, una
pared de cemento de una altura superior a la del antiguo muro de Berlín. Los
asentamientos agrandan su perímetro y recortan sin misericordia el espacio
vital de la población.
Pero la situación de Rafah es aún peor: el campo de refugiados contiguo a la
f'rontera egipcia -en la que el Ejército israelí se ha reservado un pasillo
de control a fin de sellar herméticamente la Franja- fue arrasado en menos
de dos horas en el curso de una supuesta operación antiterrorista que causó
docenas de víctimas.
Escribo estas líneas pocos días después del sangriento atentado de Netania
en el que perecieron veinte israelíes que celebraban en un hotel el comienzo
de la Pascua judía. Hace siete años, cuando redactaba también las crónicas
de mi viaje a Israel y a los territorios ocupados, otro hombre bomba realizó
una carnicería semejante en la misma ciudad e Isaac Rabín, entonces el
primer ministro israelí, declaró que, para acabar con estos ataques
suicidas, 'la única solución [consistía] en una total separación entre
Israel y los territorios [ocupados]'. Rabín fue asesinado más tarde por un
extremista israelí y otro fanático, responsable entre otras 'hazañas', de
las matanzas de Sabra y Chatila, dirige hoy con mano firme el timón de un
rumbo que conduce a Israel a una guerra sin fin y a la autodestrucción de
sus valores morales y de su propia existencia física.
Como escribí antes, la historia se repite y la venganza ciega de Sharon
contra la nueva carnicería de Netania augura un futuro sombrío. La irrupción
del Ejército en Ramala y el asalto a la residencia presidencial de Arafat
arreciarán todavía la concatenación de odio y de violencia. Sharon no quiere
interlocutores sino ilotas. Pero ninguna paz, ninguna tregua serán posibles
sin un acuerdo que garantice la vida, el trabajo y la dignidad de los
palestinos dentro de un Estado con las fronteras internacionalmente
reconocidas. De otro modo, como escribió Octavio Paz, hablando de la
fatalidad impuesta a los pueblos a lo largo de la historia, 'en un mundo
cerrado y sin salida, en donde todo es muerte, lo único valioso es la
muerte'.
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