[R-P] Las Malvinas y Cartago

Gorojovsky Gorojovsky en arnet.com.ar
Lun Abr 1 09:43:58 MST 2002


En un reciente artículo, que mereció los honores de esta lista, Carlos Escudé 
escribió la genocida monstruosidad de que una buena bombita atómica sobre Gaza 
podría servir para que ningún palestino volviera a atreverse a levantar la 
mirada ante un israelí. Escudé tendrá que responder, seguramente, por sus 
dichos ante quien corresponda.

Pero a mí me quedó algo más sonando en la cabeza. Dónde la había escuchado 
antes, dónde la había leído antes? Y de pronto recordé. Prácticamente 
textuales, esas palabras constituían el núcleo central de la arenga dirigida 
por el Emperador de Alemania a las tropas que enviaba a China para vengar la 
muerte de sus agentes durante la rebelión de los bóxers.

Es que en el fondo lo que dice esa frasecita es el mensaje esencial del bloque 
imperialista al bloque colonial, o -en lenguaje más moderno- el bloque 
globalizador al bloque globalizado: "no se atrevan a levantar un dedo contra 
nosotros, porque los aniquilaremos".

No es una casualidad que haya sido Escudé el que pronunció en público las 
fatídicas palabras, ni es casualidad que haya sido un medio controlado por 
Daniel Hadad el que las haya difundido. Tanto el uno como el otro, en efecto, 
han actuado en la Argentina en función de esa misma premisa general.

Forman parte de la banda de buitres desmalvinizadores.

En efecto, la profundidad que se ha logrado con la destrucción de la Argentina 
después del Proceso no es en modo alguno explicable por meras consideraciones 
de orden económico. La decisión imperial respecto a nosotros fue, claramente, 
que jamás nos atreviéramos a levantarle la voz no ya a los Estados Unidos 
(deporte en el que nos habíamos especializado -para nuestro mérito y beneficio- 
a partir de 1880... y eso más allá de que lo hiciéramos, en parte, bajo el 
paraguas inglés), sino ni siquiera a los kelpers.

No esta vez hubo un senador romano que -como en el caso de Cartago- lo 
expresara abiertamente, pero es seguro que, así como Churchill afirmó en 1955 
que la caída de Perón había sido la mayor victoria inglesa después de la Guerra 
Mundial, algún miembro del Congreso de los Estados Unidos o de las Cámaras del 
Parlamento planteó, a consecuencia del disgusto malvinero, "delenda est 
Argentina", la Argentina debe ser destruida.

Contaron para ello, y esto será seguramente una carga de oprobio en nuestra 
historia, pero así son las cosas, con algo que Roma no tenía en Cartago: un 
abanico de partidos políticos completamente ignorantes (en el mejor de los 
casos) o cómplices (en el peor) de las consecuencias de una derrota contra el 
imperialismo.   Contaban con clases dominantes que creían poder salvarse en lo 
personal dentro del desastre general, y con otras fracciones de clase dominante 
que harían del desastre general la condición de su prosperidad.  En eso 
tuvieron más ventajas que los romanos: la "desmalvinización", a diferencia de 
la "descartaginización", se hizo con personal nativo, y no con legiones 
imperiales.

Así, no nos mandaron sus esclavos a sembrar de sal el país. Simplemente dejaron 
que el sistema político obrase en la convicción común de que había un límite 
que no debía superarse: el del desafío a los designios del imperio. La 
"desmalvinización" buscó imponer como sentido común popular la idea de que era 
imposible confrontar con el imperialismo, erradicando así, antes de que pudiera 
prender y fructificar, la razonable pregunta sobre si esa guerra se hubiera 
podido ganar, y en todo caso sobre cómo había que hacer para ganarla.

Ese "sentido común" era la convicción _previa_ de todos los participantes de la 
campaña desmalvinizadora, desde Alfonsín (su adalid máximo, por imperio de las 
circunstancias) hasta Eduardo Luis Duhalde. Todos, todos sin excepción creen 
que la guerra no se hubiera podido ganar. Todos, todos sin excepción aprovechan 
cuanta oportunidad les aparece a tiro para decir que "recuperaremos las islas 
por medios diplomáticos" (o sea, no las recuperaremos nunca: cuándo se ha visto 
a una potencia imperialista aceptar el retiro de una posición estratégica por 
el frufrú delicado de las cancillerías?). Todos, todos sin excepción alguna 
temen mirar con gesto desafiante a nuestros explotadores internacionales.

Cartago terminó con sus campos sembrados de sal, y la Argentina terminó con su 
economía al servicio de empresas imperialistas extranjeras cuyo único objetivo 
es el saqueo, que es el equivalente moderno de la siembra de sal.  En ambos 
casos, se logró el objetivo imperial o imperialista (más o menos el mismo, más 
allá de la diferente estructura social de cada uno): eliminar la amenaza, real 
o potencial, planteada por el oponente.

A veinte años de la recuperación temporaria de nuestros territorios australes, 
a veinte años de la derrota militar (que, ahora ya lo sabemos, tuvo origen 
político y no técnico, al punto que los Estados Unidos temían que la guerra 
reorientara a los militares argentinos hacia un acuerdo con el campo 
socialista), tenemos por delante no ya una sola sino dos tareas: recuperar las 
Malvinas, las Georgias y el mar austral en general, pero también recuperar la 
Argentina, limpiar de sal nuestro suelo, alzar desafiante la mirada ante el 
monstruo imperial.

Recuperar el continente, como decía Hugo Presman hace poco, para recuperar 
nuestro mar y nuestras islas.

Ya. Hemos perdido veinte años.
Néstor Miguel Gorojovsky
gorojovsky en arnet.com.ar

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Compañeros del exercito de los Andes. 

...La guerra se la tenemos de hacer del modo que podamos: 
sino tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos 
tiene de faltar: cuando se acaben los vestuarios, nos 
vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mugeres, 
y sino andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios: 
seamos libres, y lo demás no importa nada...

Jose de San Martín, 27 de julio de 1819.

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