[Marxism] [Spa] Esa mujer, by Norberto Galasso

Néstor Gorojovsky nmgoro at gmail.com
Sun Jul 26 10:41:07 MDT 2009


Another take on Eva Perón, this time more "rational", by a Marxist historian

Esa mujer, Por Norberto Galasso
26-07-2009 /En Sur-ElArgentino.com

El 17 de mayo de 1919 nació en Los Toldos, provincia de Buenos Aires,
una niña que llamaron Eva María Ibarguren, denominación que ha
suscitado el comentario maligno de una escritora por anteponer el
nombre de una pecadora al nombre de la virgen.

Era la quinta hija de doña Juana Ibarguren y su concubino, Juan Duarte
(padre). Familiarmente, la apodarían Chola y pasaría a la posteridad
como una de las mujeres más importantes del mundo durante el siglo XX
con el nombre de Eva Perón, aunque en el rincón más cálido de las
emociones populares en la Argentina sería, como ella quiso,
simplemente Evita.

Desde su nacimiento, cargaba esta criatura con tres humillaciones: ser
hija extramatrimonial, no reconocida por su padre (que, en cambio,
había reconocido a sus cuatro hermanos), ser mujer, grave delito para
aquella sociedad machista para la cual sólo debería servir para la
cocina y la cama, y ser pobre, receptora, un 6 de enero, cuando tenía
7 años, de una muñeca con una pierna rota que era lo único que habían
podido regalarle unos Reyes Magos demasiado menesterosos.

Probablemente de estas humillaciones brotó su rebeldía y su
confraternidad con todos los desamparados de su tierra, marginados de
las instituciones, expoliados por los poderosos, víctimas también de
la discriminación por género. Trasladada con su familia a Junín, a los
once años, se ahoga en el ámbito aletargado de la ciudad pueblerina,
abrumado de prejuicios y rutinas, con la misa dominguera y la caminata
alrededor de la plaza en los atardeceres. Allí recita en el escenario
de la escuela para las fiestas patrias mientras remonta sueños,
proyectos, triunfos en el mundo del espectáculo, hasta que a los
quince años se lanza a la aventura de la Buenos Aires pletórica de
músicas y luces de neón donde –está segura– habrá de alcanzar el éxito
y dejará de ser la Chola para ser Eva Duarte en las carteleras de
teatros y cinematógrafos.

Llegan entonces los años difíciles para abrirse camino en el campo
minado de los productores, directores, representantes artísticos y
periodistas, hasta llegar a la tapa consagratoria de la revista Antena
(1939). Según algunos comentaristas, “mala en la cinematografía, era
mediocre en el teatro y alcanzaba lo mejor de sí misma en la
radiofonía”. Pero, a través de esas diversas vicisitudes mantiene una
consecuencia: “Tengo en el corazón un sentimiento fundamental: mi
indignación contra la injusticia”.

En 1943, antes de conocer a Juan Domingo Perón, ya interviene en la
creación de un gremio: la Asociación Radial Argentina, de la cual es
presidenta poco después. (Este suceso será sugestivamente olvidado en
la lucha política pues le imputarán a Perón hacer pareja con una
actriz –o cosas peores–, en vez de admitir que se une sentimentalmente
con una gremialista.)
Como es sabido, un día de enero de 1944, en el festival del Luna Park
para recaudar fondos para las víctimas del terremoto de San Juan, lo
conoce al Coronel y esto marca un hito fundamental en su vida. Su
rebeldía, su indignación contra la injusticia, inclusive su difusa
vocación por una sociedad igualitaria aprendida de un novio anarquista
de adolescencia, encuentra ahora cauce escuchando los proyectos que él
le confía en una Munich de la Costanera, con el río por telón de
fondo. No participa en el 17 de octubre –como pretende un mito
innecesario– pero crece con el movimiento popular hasta hacerse
símbolo de los descamisados y de los derechos femeninos. En esa época,
goza los mejores días de su vida en la quinta de San Vicente, de
enamoramiento y admiración por el líder que está emergiendo y el
movimiento nacional en marcha.

En él ocupa inicialmente el lugar de “La primera Dama” vengándose, con
los mejores vestidos, de las señoronas de la clase alta en las noches
de gala del Teatro Colón. Pero a partir de 1946 se convierte en algo
así como un ministro de Trabajo paralelo respecto del secretario de
Trabajo y Previsión José María Freire, recibiendo los reclamos,
anhelos y sugerencias de los trabajadores, que transmite al
Presidente. Armando Cabo, uno de los principales dirigentes gremiales
de la época, dirá que su labor fue fundamental “como puente entre
Perón y la clase trabajadora”. En el armado policlasista del frente de
liberación nacional, el General necesitaba un contacto directo con “la
columna vertebral” –los sindicatos– y esa tarea la realizó ella, que
ya empezó a ser “Evita” y dejó los vestidos lujosos por el traje
sastre y el peinado con rodete. Después, vino su viaje a Europa y al
regresar, la puesta en marcha de la Fundación, duplicando así la tarea
social de apoyo al movimiento.

Allí entregó su vida. “No era beneficencia –recordaba su confesor, el
padre Hernán Benítez–. Le llevaba remedios a un enfermo pero además lo
besaba sin importarle sus llagas. Yo, pastor de Cristo, daba un paso
atrás para no contagiarme y ella me reprendía: –No venimos a traer
remedios, padre. Venimos a dar solidaridad, afecto, al compañero que
sufre... Un día –recuerda Benítez– íbamos en el auto a la residencia
cuando ella advirtió que en la puerta de un Banco una anciana lloraba.
Hizo detener el auto y cuando se enteró que no le habían pagado la
jubilación por una cuestión burocrática, entró con ella al Banco –y yo
detrás, porque iba sin custodia– y dijo bien fuerte, en el medio del
salón: ¿Quién fue el hijo de puta que le dijo a esta señora que
viniera otro día? Esa era Evita”. (Así, los gobiernos populares
“violan las instituciones liberales” con escándalo de los gorilas.)

En esa tarea entregó su vida, cuando el cáncer comenzó a roerla
impiadosamente. Era preciso estarse hasta la madrugada para contestar
las cartas porque ningún argentino debía ser defraudado por una falta
de respuesta, superando la endeblez de los 38 kilos. El pueblo
entendió ese amor desenfrenado. La oligarquía también y por eso la
odió: “Viva el cáncer” escribieron en las paredes. Ella, consumida por
la enfermedad, dijo sus últimas palabras: “Gracias, Juan”. Los
evitistas de última hora jamás podrán comprenderlo, ese “evitismo
antiPerón” que, como dijo alguien, “es la etapa superior del
gorilismo”.

Luego vino la contrarrevolución y secuestraron su cadáver. Al
devolverlo, dieciséis años después, en 1971, en Puerta de Hierro,
abrieron el féretro y resultó evidente que la habían golpeado hasta
quebrarle la nariz y hacerle un tajo profundo en el cuello. Tal era el
odio, a niveles tan altos como, por contrapartida, la veneración de su
pueblo. Perón sólo dijo la palabra que correspondía a ese furioso
ensañamiento clasista: ¡Miserables!.


* Historiador



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Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría



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