[Marxism] [Spanish] The historic dilemma of the Cuban Revolution
Nestor Gorojovsky
nmgoro at gmail.com
Mon Jan 5 17:47:25 MST 2009
{Sorry if I can´t translate. Those who can read Spanish will, certainly,
enjoy this short essay on the 50 years of the Cuban Revolution. IMHO,
this is a masterpiece of political thinking.]
El dilema histórico de la Revolución Cubana
Por Enrique Lacolla
/Desgarrada entre la magnitud de su ambición liberadora y la exigüidad
de su base geográfica, la revolución cubana subsiste como precedente de
una ola popular latinoamericana que se apronta a tomar su relevo y que
debería elevarse a instancias superiores de realismo político y potencia
económica./
El primero de Enero la revolución cubana cumplió medio siglo de
existencia. No es poca cosa, en especial si se toma en cuenta que se ha
encontrado bajo asedio desde su nacimiento, y nada menos que por la
hiperpotencia del Norte. Es de destacar también que pocas son las
revoluciones –si es que hay alguna- que hayan conseguido mantener una
tónica radical a la vez que realista durante tanto tiempo. Desde luego
que ha habido un anquilosamiento parcial, una burocratización creciente
y que la fortuna del movimiento 26 de Julio sigue estrechamente asociada
a la vida de sus fundadores supervivientes; pero existe la posibilidad
que el ejemplo de su integridad y el prolongado trabajo de educación que
la revolución realizó sobre el cuerpo de la sociedad cubana, preserve lo
esencial de ese espíritu cuando el tiempo se tome revancha y las figuras
de Fidel y Raúl Castro desaparezcan.
La revolución cubana es un hito en la historia de América latina. Como
se lo ha señalado en otras ocasiones, nació de un equívoco: la
presunción norteamericana de que los jóvenes universitarios que se
habían subido a la Sierra Maestra eran buenos demócratas en la acepción
formal del término, y que resultaban por lo tanto asimilables a los
retoños de la pequeña burguesía siempre dispuesta a oponerse a los
regímenes corruptos, pero presta a asimilarse a las prebendas que da el
poder una vez que se lo alcanza. El autoengaño fue mutuo. Los
revolucionarios del Granma creían en los valores del democratismo
radical y en su posibilidad de cambiar el mundo a partir de ellos. Si no
hubiera sido así, Estados Unidos se hubiera ocupado de apretarles el
gaznate, en vez de dejarlos hacer y permitir incluso que desde Florida y
Centroamérica se los abasteciera con armas que servirían, en opinión de
Washington, para derrocar a un dictador al que su corrupción había
convertido en un socio incómodo. El reemplazo de Batista por un grupo de
jóvenes radicales podía ser, en el sentir del Departamento de Estado y
también de la CIA, una peripecia manejable, como lo fuera en otras
ocasiones.
Pero, al revés de lo que suele ocurrir cuando “los jóvenes se suben a un
caballo desde la izquierda y se bajan por la derecha”, aquí sucedió lo
contrario. La experiencia de la guerra civil y la práctica de la reforma
agraria sobre el terreno avivó la convicción de esos jóvenes, ya muy
arraigada entre ellos, de la necesidad de acudir a un cambio drástico
para solventar los problemas de la sociedad cubana. Esta convicción
justiciera se alió a un nacionalismo exasperado por las continuas
vejaciones sufridas en el curso de la historia “independiente” cubana de
parte de Estados Unidos y a la evidencia de que sólo a través de las
expropiaciones de las empresas norteamericanas y de una reforma agraria
a fondo se podían cumplir los objetivos que se habían fijado los dos
Castro, el Che Guevara y otros.
El choque sobrevino de inmediato. El desencadenamiento de la propaganda
adversa a la revolución en todos los medios de Estados Unidos y la fuga
–condicionada por la casi certidumbre de que ese grupo de locos no
tardaría en ser eliminado por el socio norteamericano- de la burguesía
terrateniente y empresarial cubana, fueron el anticipo de una seguidilla
de intentos de desestabilización del régimen, entre los cuales la
voladura de un barco cargado de armamento para la revolución, y el
desembarco en Playa Girón fueron los momentos culminantes.
A partir de allí se abrió un período de incertidumbres y asedios que
condicionó todo el trayecto de la revolución y desnudó su dilema, que es
lo que nos proponemos examinar aquí.
La ambición de los revolucionarios cubanos era grande. Aunque fundada en
el deseo de transformar su propia sociedad, la similitud entre las
condiciones de ésta y las de muchas otras de América latina, implicaba
que su ejemplo podía ser contagioso. La conciencia de este hecho en los
dirigentes cubanos y muy en especial en la del médico argentino Ernesto
Guevara, que se había transformado en el segundo jefe militar y en la
figura más inspiradora de la revolución después de Fidel Castro, abrían
un espectro de posibilidades que galvanizaba a muchos jóvenes en América
latina y que, paralelamente, determinaba a Washington a liquidar esa
amenaza. La expulsión de Cuba de la OEA y el total aislamiento en que
los gobiernos latinoamericanos la dejaron en ocasión del desembarco en
bahía de Cochinos imponían a los dirigentes cubanos la búsqueda de una
salida. La orientación ideológica de los dirigentes revolucionarios y la
naturaleza del momento internacional (se vivía en plena guerra fría)
hicieron que Cuba se decantara hacia el bloque comunista, lo que traería
aparejadas consecuencias que marcarían el decurso de la revolución por
décadas.
Esta evolución, sin embargo, se produjo por etapas y estuvo determinada
en principio por la inveterada hostilidad de Washington al nuevo
régimen. Cuando Cuba procedió a la expropiación de las empresas
norteamericanas y a la implantación de la reforma agraria sin que, a
entender de Estados Unidos, se suministrara una adecuada compensación,
la decisión norteamericana en el sentido de eliminar la cuota azucarera
desequilibró la economía de la isla. La Unión Soviética acudió en ayuda
del régimen revolucionario ofreciéndose a comprar, a precios ventajosos,
la misma cantidad de azúcar, retribuyéndola con petróleo, elemento del
que la isla estaba muy necesitada pues habían cesado los aportes de
combustible que antes provenían de Estados Unidos y de Venezuela.
La determinación norteamericana en estrangular la revolución,
atestiguada por las incursiones desde el mar, el sabotaje de las
cosechas, el activismo de grupos guerrilleros infiltrados desde Florida
y los intentos de asesinato de Fidel, no dejaba otra opción que bascular
hacia el bloque del Este. Y, puesto que se lo hacía, ¿por qué no dar ese
paso proveyéndose de un escudo misilístico que disuadiera a Estados
Unidos de cualquier intento de agresión? En toda operación de este tipo,
que requiere de la asistencia de un socio, el interés de éste debe ser
tomado en cuenta. Sobre todo si el socio posee un peso determinante
sobre los asuntos mundiales como el que la URSS tenía a principios de la
década del ’60. La crisis de los cohetes de 1962 se produjo no tanto por
el deseo cubano de protegerse de su enemigo del Norte, como por el
cálculo de los estrategas soviéticos en el sentido de que, con la
instalación de los misiles nucleares en Cuba podían lograr la remoción
de las bases norteamericanas, de similares características, que estaban
alojadas en Turquía. En esta negociación, jugada en el filo del abismo,
la voluntad cubana contó poco.
En definitiva, la partida se cerró con un trueque, en parte público y en
parte secreto. El público fue que la URSS retiró sus bases en Cuba a
cambio de la renuncia norteamericana a invadir la isla; y el secreto fue
el quid pro quo que determinó que, a la vuelta de seis meses más o
menos, los norteamericanos desmantelaran sus bases en Turquía.
*Realpolitik y revolución
Los dirigentes cubanos no estaban muy felices de tener que acomodarse a
las exigencias de la realpolitik. La dirigencia cubana estaba dividida
respecto de la tónica que había tomado la relación con la Unión
Soviética. Quizá no en el terreno práctico, pues todos entendían que no
existía otra opción que consintiera la supervivencia del fenómeno
revolucionario que su adhesión al bloque socialista, pero había quienes
se adecuaban más o menos incómodamente a la situación y otros que
deseaban experimentar otras salidas. A estar por los testimonios que se
han filtrado, el carácter fosilizado, burocrático y mezquino del régimen
soviético era rechazado en especial por el Che, quien propugnaba la
búsqueda de opciones que garantizasen la pervivencia de la premisa en la
cual se había inspirado la revolución: esto es, que el movimiento
irradiara hacia el conjunto del continente irredento de América latina,
para generar en él un cambio profundo, similar al operado en Cuba. “Que
los Andes sean la Sierra Maestra de América latina” era el precepto
–enunciado por Fidel Castro en primer término- de esta corriente.
Durante la década de los sesenta y parte de los años setenta se intentó
poner en práctica este principio.
La conciencia de la historia es indispensable a la acción política,
cuando esta se encuentra inspirada en algo más que en el oportunismo y
el afán crematístico. Representarse con claridad lo ocurrió en esos años
es, por lo tanto, un elemento esencial para evaluar las posibilidades de
liberación y los niveles en los que debe acomodarse un accionar
transformador en América latina. Manteniendo en todo caso que, aunque
Iberoamérica es un mismo cuerpo, tiene realidades que ofrecen opciones
no necesariamente idénticas en todo momento. “La revolución no puede
imponerse a punta de bayoneta” decía Robespierre, y sabía bien de lo que
hablaba.
Desde un principio la revolución cubana afrontó un problema esencial: la
contradicción que se establecía entre la ambición –o, si se quiere, la
esperanza- de quienes la animaban, y la exigüidad del territorio donde
se asentaba. Un territorio amenazado, aislado, sujeto al hostigamiento
implacable del coloso del Norte. Una isla como Cuba, con escasos
recursos, agrícolas en su mayor parte, y con una población pequeña,
tenía poca esperanza de expandir su movimiento al resto del continente,
enajenado como estaba por el fantasma de la guerra fría y por
preponderancia de los sectores económicos enfeudados al imperialismo.
Este dilema no podía ser solucionado a través de la alianza con la Unión
Soviética, que propendía justamente a mantener todos los movimientos
antiimperialistas dentro de una órbita que no interfiriese los intereses
de la política exterior rusa. Esa alianza, sin embargo, era
indispensable si se quería que el régimen se encontrara relativamente al
reparo de la amenaza norteamericana y contara con los recursos
energéticos e industriales necesarios para desarrollar en su propio
suelo una experiencia de rescate y superación sociales como la que
efectivamente ha tenido lugar a lo largo de estas cinco décadas, tanto
en el campo de la salud como en el de la educación.
La necesidad de encontrar las formas de superar este dilema condicionó
la experiencia cubana. Tanto Fidel Castro como el Che Guevara nutrían la
esperanza de una revolución iberoamericana que rescataría a Cuba de su
aislamiento, de la misma manera en que Lenin, Trotsky y los bolcheviques
esperaban que Rusia fuera rescatada de su atraso a través de la
expansión de la revolución de Octubre a Alemania primero, y a los otros
países de Europa después. Ambas expectativas no se cumplieron, aunque
hay que convenir que, en el caso cubano, a un costo mucho menor, tanto
por las dimensiones del escenario donde la experiencia se llevó a cabo,
como por una moderación inducida por la naturaleza en última instancia
abierta de estas sociedades, cuya elasticidad y tumulto han servido para
preservarlas en buena medida de la sombría ejecutoria de los procesos
revolucionarios verificados en potencias informadas por un pasado de
opresión feudal o bien totalitaria.
Como quiera que sea, la comprensión de los líderes del proceso cubano de
la necesidad de escapar al encerramiento insular haciendo contacto con
la tierra firme del continente, dio prueba de su intrepidez
revolucionaria, así como de su comprensión de su propia revolución como
parte constitutiva de la revolución iberoamericana. Esta inteligencia
estratégica, sin embargo, no encontró, en los años de auge del proceso
revolucionario, una correspondencia táctica que permitiese aplicar en el
terreno de los hechos esa creencia. El Che fue el exponente más definido
tanto de esa comprensión estratégica como de ese fracaso táctico. Este
último marcó, a un elevado coste, un límite al período heroico de esa
experiencia.
La búsqueda de una salida al encierro que significaban el bloqueo
norteamericano y el abrazo de oso de la URSS, llevó a la elucubración de
la __teoría del foco__, con la que los dirigentes cubanos entendieron
que podían llevar adelante su proyecto. Un escritor francés, Regis
Debray, que se aproximó a la isla muy en el talante del intelectual
progresista que se compromete en causas ajenas porque no está muy seguro
de tener una propia, fue el encargado de difundir el proyecto. Éste, sin
embargo, nacía no tanto de la mente de un progresista decidido a
encontrar la imagen del “buen revolucionario” en algún lugar para él
exótico, sino de las necesidades objetivas de la experiencia cubana. El
problema consistía en que esas necesidades requerían, más que del
voluntarismo que impregnaba a sus dirigentes a partir del éxito
alcanzado en Sierra Maestra -éxito que, como hemos dicho, era en buena
medida el resultado de un equívoco monumental-, sino de políticas
capaces de penetrar en las capas medias y bajas de nuestras sociedades
atendiendo a sus peculiaridades y a la experiencia proveniente del
pasado. No se puede fabricar a una revolución a partir de una fórmula
universal, no se puede reducir ésta a un militarismo que, por su misma
naturaleza, tiende a rechazar o a enfriar a los sectores populares, que
perciben la inadecuación de ese método en sus propios países, si en
estos ha florecido el capitalismo industrial, por deformado que su
crecimiento haya sido. El cambio por la vía bélica sólo es posible –y no
siempre- en el marco de una sociedad en descomposición, que requiera
__orgánicamente__ ese tipo de renovación quirúrgica.
*La aventura
Animado sobre todo por el Che, el experimento se puso en práctica, sin
embargo. Consistía, en teoría, en instalar un núcleo guerrillero en
algún lugar de difícil acceso para el ejército regular y, a partir de
allí, ir concitando la adhesión de la población rural hambreada y
humillada, sometida al pongaje y a los abusos de los terratenientes. El
movimiento no pudo engranar en ningún lado, fuera de Colombia, donde ya
existía una guerrilla campesina de poderoso arraigo. Los resultados de
la implementación práctica de esta teoría fueron catastróficos. El Che
Guevara, que condujo la primera tentativa de crear un foco
insurreccional en Bolivia, cayó al poco tiempo abatido por los Rangers
bolivianos, con asesoría de la CIA; el cura Camilo Torres Restrepo,
pionero de la teología de la liberación, murió en Colombia en
circunstancias similares y los restantes intentos de fomentar una
guerrilla rural fueron reprimidos unos después de otros.
La elección de Bolivia como primer objetivo por Ernesto Guevara, y la
entrega de éste en la empresa, dieron prueba de su heroísmo y de su
mirada estratégica, pero también de sus limitaciones como teórico de la
revolución latinoamericana. Bolivia, en efecto, es una zona nuclear de
la geopolítica suramericana, pero… ¡venía de cumplir su reforma agraria!
Con todo lo parcial, timorata y tramposa que ésta pueda haber sido, no
habían pasado muchos años desde que el gobierno del Movimiento Nacional
Revolucionario (MNR) la implementara después de la épica sublevación de
1952. Los campesinos no estaban en disposición al llamado guerrillero,
por lo tanto, y a poco de andar el grupo terminó abandonado y acorralado
en medio de la selva, hasta que se produjo el trágico desenlace.
Muerto Guevara no murió su teoría y otros jóvenes intentaron trasladar
sus principios de las áreas rurales a las urbanas, donde se puede
aprovechar el anonimato de la gran ciudad, la mayor capacidad que en
ella existe para disimularse y la probabilidad de acceder a fuentes de
dinero, sea por vía de los asaltos, de los secuestros extorsivos o de
las donaciones de un número más o menos importante de simpatizantes.
Pero el resultado fue el mismo, con la diferencia de que el traslado del
eje de la acción empeoró los costados más violentos de esta, haciendo
más subrepticias y sangrientas tanto las operaciones de la guerrilla
como la represión brutal que de ella efectuaron unas fuerzas armadas
autóctonas, no necesariamente desprovistas de nervio, como en cambio
sucedía en el caso de las “guardias nacionales”, consumidas por la
corrupción, que Estados Unidos había montado en el Caribe.
El ultraizquierdismo de esos núcleos guerrilleros y sus alas políticas,
pegó bien en unas juventudes nutridas por el ejemplo del Mayo francés,
una especie de sublevación de corte anárquico y lúdico de las juventudes
metropolitanas, que al ser transferido a escenarios donde las relaciones
sociales eran mucho más problemáticas que en Europa, se desdobló en un
activismo de corte militar. Al intentar estos movimientos enancarse al
ascenso popular que se estaba dando por esos años en varios países
suramericanos (Argentina y Chile entre ellos), terminaron minando desde
dentro a esas corrientes, al propiciar su división y suministrar a la
reacción el pretexto que necesitaba para poner en práctica un proyecto
represivo que contaba con el aval del imperialismo y con una
superioridad militar abrumadora, no contrabalanceada por un
cuestionamiento social que abarcase a capas importantes de la población.
Ésta más bien tendió a contemplar con indiferencia, pasmo o rechazo al
accionar subversivo, abriendo paso así a las técnicas demoledoras de la
guerra sucia, necesarias para romper la ya bastante exigua capacidad de
resistencia de estos países a la implantación del capitalismo salvaje,
atributo primario de la globalización neoliberal.
La matanza fue generalizada e hicieron falta dos generaciones para que
América latina empezase a intentar librarse de la morsa neoliberal. Hoy
la etapa por la que se está pasando registra diferencias notables
respecto de las que primaban en los años ’60 y ’70, cuando el intento
revolucionario patrocinado por Cuba se aventuró a buscar la Utopía. El
mundo bipolar se ha hundido y, para asombro de muchos, la implosión de
la URSS no significó el final de la revolución cubana. Más bien al
contrario: tras el “período especial” de transición a las nuevas
circunstancias, el régimen de Castro parece haberse reafirmado y, lo que
es aun más importante, su mensaje parece haber calado profundamente en
las masas latinoamericanas. El reclamo de igualdad social y la exigencia
de soberanía preexistían a la revolución cubana, desde luego, pero la
formulación original que le dio esta y el denuedo de sus jefes al
ponerlos en práctica son datos que no han caído en el vacío. El
escenario actual es complejo, el futuro esconde tantas oportunidades
como emboscadas y no será Cuba la que ejerza –ni pretenda ejercer- un
rol dirigente en la marcha de los acontecimientos, pero la isla ya no
está sola: ha ingresado al grupo de Río y de alguna manera es reconocida
como precursora por varios gobiernos iberoamericanos. Su espíritu,
después de tantas batallas, ha escapado de la cárcel insular y ha tocado
la Tierra Firme.
(www.enriquelacolla.com)
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