[Marxism] [Spanish] My last in Spanish for a while: Jorge Enea Spilimbergo on Raúl Alfonsín
Nestor Gorojovsky
nmgoro at gmail.com
Thu Apr 2 20:44:19 MDT 2009
[Most comrades somewhat interested in Argentina may have noticed that
Raúl Alfonsín died the day before yesterday. Too busy to give my own
appraisal of this man, I resend something that those who can read
Spanish may find interesting. Warning: it may be too idyosincratically
Argentinean. Sorry.]
ALFONSIN, EL PENSAMIENTO COLONIZADO Y
LA CRISIS SEMICOLONIAL ARGENTINA
Por Jorge Enea Spilimbergo (junio 1986)
A principios de noviembre de 1972, el doctor Raúl Alfonsín fue
interrogado por un periodista de Canal 13, quien le lanzó esta vulgar
pregunta: “¿Cuáles son los hombres políticos a los cuales usted más
admira?”
La respuesta no fue en cambio vulgar, sino asombrosa y reveladora:
—El doctor Balbín, los doctores Thedy y Américo Ghioldi.
Alfonsín reunía entonces, paradójicamente, la doble condición de delfín
y opositor interno del jefe de la UCR. Era lógico, pues, que don Ricardo
figurase a la cabeza de sus próceres.
Acaudillaba nuestro actual presidente, a la juventud dorada del
radicalismo bajo el estandarte de la “renovación” y el “cambio”. Cada
época acuña su léxico particular, su especial amaneramiento. El “cambio
social” era entonces la forma medida, cautelosa y académica de aludir a
la revolución popular de que la Argentina estaba preñada tras las
jornadas ardientes del Cordobazo.
Alfonsín aparecía allí como una dosificada versión “de izquierda” del
telúrico Balbín. Un Balbín “moderno”, sin la cautelosa guitarra del
prócer, inteligible —digamos— para el progresismo europeo y aquellos
estudiantes aún con cuello y corbata.
Sin embargo, este perfil universalmente aceptado del líder en ciernes,
resultaba altamente sospechoso. El drama del radicalismo fue su
satelización al sistema oligárquico tras la caída y muerte de Hipólito
Yrigoyen. Forja no pudo revertir la decadencia y hubo de disolverse en
la gran marea del 45. Esta ruptura histórica convirtió a la UCR en el
antiperonismo posible. En el último tramo de su vida, sin embargo,
Ricardo Balbín tuvo un gesto de grandeza y avizoró una “reconciliación”
con el“viejo adversario”.
Este golpe de timón merece varias interpretaciones, no necesariamente
contradictorias, que no podemos abordar aquí.
Una de ellas es que la convergencia entre la clase trabajadora y la
pequeña burquesía democrática que fue madurando a partir de 1966 y
estalló clamorosamente tres años después, encontraba un reflejo sin duda
moderado pero real en la aproximación de Balbín y Perón. Por diversas
vías, la crisis profunda de la Argentina semicolonial parecía empujar a
las grandes fuerzas sociales hacia un reencuentro en torno a banderas de
democracia y liberación nacional.
En este proceso, correspondió a Alfonsín el papel de opositor al
acercamiento con argumentos de “izquierda”. Su obsesión era la
burocracia sindical, categoría informe y deforme que le sirvió siempre
para marcar su extrañamiento agropecuario del gran movimiento social,
hijo de la industrialización, inciiado en 1945.
Este es el secreto que encierran las dos figuras que completaban la
trilogía de maestros escogidos por Alfonsín para definir su propia
estirpe intelectual.
“Renovación y Cambio” era una vertiente de la “intransigencia” que a
fines de la década del 40 reuniera en un haz a Balbín, Frondizi y Alende
contra el viejo “unionismo” de ráiz alvearista. Pretendía ser un retorno
a la tradición de Yrigoyen. Pero Alfonsín ignoraba que su segundo y
tercer maestros eran versiones degradadas de los dos enemigos mortales
que tuvo Hipólito Yrigoyen en el campo popular: Lisandro de la Torre y
Juan B. Justo.
Ambos lo habían combatido desde las plataformas europeizadas de las
principales ciudades-puerto: Buneos Aires y Rosario. Su “progresismo”
era antinacional pues no se ligaba estratégicamente a un proyecto de
liberación, aunque Lisandro de la Torre hiciera de algún modo su camino
de Damasco bajo la crisis de los años 30. Confluyeron,contra Yrigoyen,
en lo que éste lapidó como “contubernio”, digitado por las fuerzas
conservadoras. Pero así y todo eran gigantes comparados por sus
descendiente: ¡Horacio Thedy y Américo Ghioldi!
A esta altura de la historia —año 1972— ninguno de estos respetables
caballeros conservaban otra impronta que la de la mediocridad
perseverante y un antiperonismo que les pudría la sangre, aquel de “se
acabó la leche de la clemencia” de los fusilamientos del 56. Su
horizonte mental era un punto ciego en el espacio, sus “opera magna”
cabían en una cabeza de alfiler.
Se requiere en verdad un esfuerzo de imaginación gigantesco para
vislumbrar qué modelo de “renovación y cambio” tenía en mente el doctor
Raúl Alfonsín cuando escogía a estas dos ramas resecas del liberalismo.
Un esfuerzo que excede nuestras modestas aunque voluntarias posibilidades.
NOSTALGIA DEL 90
Trece años después, ya presidente constitucional, el doctor Alfonsín
tuvo varias oportunidades de explicar las coordenadas de su concepción
fundamental. Podría objetarse que no cumple aquí evaluarlo como filósofo
sino como político o estadista. Sabemos, sin embargo, que la
colonización ideológica es el nervio, la mediación necesaria de la
dependencia, especialmente en un país de relativo desarrollo capitalista
como la Argentina.
De ello son conscientes los grandes portavoces de la oligarquía (aunque
no hayan leído a Gramsci o a Jauretche), mucho más que cierta izquierda
enfeudada también ella a un liberalismo inconfeso pero medular. El
lanzamiento del Plan Austral fue precedido y acompañado por definiciones
“principistas” del doctor Alfonsín, que merecieron el justo aplauso de
aquellos voceros.
Así, en su Mensaje a la Asamblea Legislativa del 1º de Mayo de 1985,
dijo el primer magistrado:
“No se trata, como algunos pretenden, de que el gobierno elabore un
programa para seis meses o cuatro años. Se trata de que la Nación elija
un estilo de vida, porque todos queremos vivir de otra manera y entrar
en el siglo veintiuno con la misma gallardía con que traspusimos el
humbral del siglo XX".
En tono levemente irónico, el diario “La Nación” se apresuró a comentar
que Alfonsín había virado 180 grados en la interpretación
histórico-político del país. No era del todo cierto, tratándose de quien
se proclamara (o confesara) discípulo de Américo Ghioldi y Horacio
Thedy, pero sí lo es (y es lo que importa) si atendemos a la doctrina
tradicional de la UCR, al margen de las transgresiones
post-yrigoyenistas de su práctica política.
Lo que el presidente olvidaba era que contra las clases dirigentes bajo
cuyo imperio nuestro país había traspuesto “con gallardía el hombral del
siglo XX”, dos veces se levantó en armas Hipólito Yrigoyen —en 1893 y en
1905— y las llamó “Régimen falaz y descreído”, cimentando en esa lucha
la tradición democrática de la Argentina moderna.
Pocas semanas después, ala lanzar el Plan Austral el 14 de junio,
Alfonsín reiteraba sus convicciones de fondo:
“A los escépticos les digo que a finales del siglo pasado un país
lejano, desértico y pobre se levantó sobre sus propias dificultades para
convertirse en el quinto país del mundo por la riqueza de sus habitantes".
"¿Quiénes hicieron hicieron ese país? ¿Los escépticos, los fatalistas,
los tristes de la Argentina? A ese país lo construyeron con menos
cultura y más difultades, argentinos que fueron nuestros padres y
nuestros abuelos. ¿Y hoy les vamos a decir a ellos, a nuestros padres y
a nuestros hijos que no podemos?”
Si la Argentina fue el “quinto país del mundo por la riqueza de sus
habitantes” es por lo mismo que Kuwait o los Emiratos Arabes son hoy el
“el primer país del mundo por la riqueza de sus habitantes” delante de
Suecia, Estados Unidos, Japón o la Unión Soviética. Obviamente, hasta
que los pozos se sequen o el petróleo se desprecie o los mercados se
cierren. No por el desenvolvimiento de sus fuerzas productivas, no por
su integración orgánica como país moderno, no por haber emprendido su
revolución industrial, sino en función coyuntural, necesariamente
pasajera, de una dependencia privilegiada.
Nuestros abuelos lucharon con más o menos suerte por hacerse una lugar
bajo el sol en el país de Martín Fierro, y en eso rendimos todo nuestro
homenaje a la piedad filial del doctor Alfonsín. Pero la oligarquía
dilapidó la coyuntura agro-exportadora como si fuera eterna, y otras
fuerzas tuvieron que pugnar con despareja suerte para repechar la crisis
abierta por la quiebra del mercado mundial a partir de 1930.
La visión de Alfonsín es nostálgica de un ya imposible bucolismo
satélite, y nos sorprende que el presidente sea reiterativo en
interpretar la historia argentina posterior a 1930 como una contínua
decadencia, olvidando, por ejemplo, los esfuerzos de la década 1945-1955
por crear una estructura industrial independiente en el marco de una
justicia social participatoria. No de otro modo fabulaban los
doctrinarios del “proceso” cuando nos remitían a aquellas décadas
privilegiadas en que figurábamos “a la cabeza del mundo”.
EL APLAUSO OLIGÁRQUICO
Las sabias reflexiones presidenciales movieron enseguida el elogio del
señor Manuel Tagle. empernido columnista de “La Prensa”, cuyo panegírico
—por razones de espacio— resumimos: “Hay en el radicalismo —manifiesta
Tagle— dos tradiciones contradictorias. La primigenia, de raíz
‘liberal’, la de la originaria Unión Cívica, se simboliza en Mitre,
Alem, Bernardo de Irigoyen, Aristóbulo del Valle. Esta tradición da al
actual partido de gobierno, “el único estilo capaz de resolver el drama
de de su lamentable retroceso”.
Desgraciadamente, en 1916, “proyectando un manto de sombra sobre el
brillo de aquellos prohombres finiseculares, Hipólito Yrigoyen inaugura
la segunda tradición partidaria, la de la democracia a ‘secas’, (ese
‘personalismo’ desbordante que hizo decir a a su correligionario
Tamborini esta frase en el Congreso de 1924: ‘Se equivocan los que creen
que el título de radicales se obtiene castrando voluntades o cayendo
genuflexos ante la un caudillo todopoderoso“.
Para Tagle, derrotado el propio Tamborini en 1946, el radicalismo se
contamina del programa de Perón absorbiendo un sistema de pensamiento
“que el propio presidente ha fustigado cuando en su discurso del 14 de
junio trazó una línea de separación entre el periodo construcctivo de
‘nuestros padres y abuelos’ que elevó a la Argentina al quinto puesto
entre las naciones más adelantadas del orbe, y el que ‘en los últimos 40
años’ selló nuestra decadencia”.
“En buena hora —prosigue Tagle— si el Partido Radical... retorna a ser
lo que quisieron sus egregios fundadores”.
¡A esto se llama luchar ejemplarmente por la hegemonía ideológica como
resorte inexcusable de la hegemonía político-social! ¡Alfonsín bajo la
sombra de Mitre y su versión popular porteña, Alem! Los huesos de
Yrigoyen se revuelven en su tumba. Meditemos sobre la relación profunda
entre estas coordenadas de la filosofía presidencial y el PLan Austral
del señor Sourrouille.
Los planteos presidenciales arrancan arpegios de elocuencia en la
garganta de la pitonisa oligárquica. “Ojalá —dice— que el atavismo de
Mitre y Bernardo de Irigoyen ilumine la voluntad de cambio del
presidente, induciéndolo a derribar de su pedestal a los demagogos e
ídolos de barro que a partir de 1916 apartaron al partido (radical) de
sus más nobles tradiciones”
Toda la trayectoria del radicalismo histórico se cifra en la lucha
denodada contra esas “nobles tradiciones”, de las cuales procede en
cambio el recóndito y ahora explícito pensamiento del doctor Alfonsín,
como Eva de la costilla de Adan.
Jorge Enea Spilimbergo (Junio 1986)
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