[Marxism] [Spa] Georgia and the end of the post-Cold War era

Néstor Gorojovsky nmgoro at gmail.com
Wed Aug 13 09:29:29 MDT 2008


Sorry can't translate. This by a journalist in Córdoba, Argentina, may
be quite interesting for list members.

 Georgia o el final de la posguerra fría
 Por Enrique Lacolla

 /Para una opinión pública desinformada, el conflicto entre Rusia y
 Georgia producido en estos días contiene las claves para comprender el
 actual punto de inflexión que se está produciendo en la política
 mundial/

 No hay motivos para engañarse. Estamos asistiendo por estos días al
 retorno a la época en que las superpotencias se miraban con
 desconfianza por encima del Telón de Acero. Rusia ha alzado la cabeza,
 después del trauma que le significó el hundimiento de la URSS. Y
 Estados Unidos debería ser inducido a tomar conciencia acerca de
 cuántos y cuan gigantescos son los peligros en que expondrá a sí mismo
 y al mundo si sigue con la pretensión de explotar en forma inmoderada
 los márgenes que le dio su victoria en ese conflicto. Sus aliados
 principales, los países de la Unión Europea, deberían también extraer
 las conclusiones que cabe deducir del brusco calentamiento de la
 situación en el Cáucaso. La eficiente respuesta militar rusa a la
 agresión georgiana contra Osetia del Sur es una raya en el suelo. Es
 un límite puesto al hasta ahora incesante despliegue de agresividad
 occidental posterior a la caída de la Unión Soviética.

 Agosto es un mes de malos augurios. En 1914 vio el estallido de la
 primera guerra mundial, y en 1939 asistió a la acumulación de nubes
 que desencadenaron la tormenta de la segunda apenas un día después de
 que expirase su término. Por el momento es improbable que una cosa
 semejante suceda, pero los datos que configuraron al primero de esos
 dos acontecimientos están todos presentes hoy. Con la diferencia de
 que, de producirse ese tipo de desenlace, lo que se avizora hoy no son
 las trincheras ni los campos de concentración, sino el holocausto
 nuclear.

 El principal responsable de esta situación es Estados Unidos. Y si las
 cosas se agravan no será sino por la prosecución del curso de acción
 no sólo provocativo sino amenazante que la Organización del Tratado
 del Atlántico Norte (OTAN) ha tomado frente a la ex Unión Soviética.
 Lejos de evaluar el cuadro de situación que se ofreció en 1992 como
 una ocasión para establecer vínculos con el antiguo enemigo
 ideológico, Washington decidió aprovechar la debilidad pasajera de
 éste para empujar las fronteras hacia el Este, para recortar el poder
 ruso de sus tradicionales esferas de influencia, el Cáucaso y el Asia
 Central, y hasta para fomentar el divisionismo del antiguo Imperio
 (tanto el zarista como el soviético) arrancándole una de sus partes
 esenciales, Ucrania, y pretender atraer a ésta (como ya se lo ha hecho
 con Polonia y la República Checa, con Bulgaria, Lituania, Estonia,
 Rumania, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia y Albania) al marco de una
 OTAN ampliada, cuyo crecimiento coincide de manera manifiesta con el
 trueque de su carácter en principio defensivo a otro claramente
 ofensivo. La aspiración de Georgia en el sentido de adquirir el mismo
 estatus atlántico, pronunciada después de la "revolución naranja" que
 puso en el poder a Mijail Saakashvili, aunada al anunciado despliegue
 de una cortina de misiles antimisiles norteamericanos en Polonia y la
 República Checa, colmaron la paciencia rusa.

 * Una oportunidad perdida
 En vez de aprovechar la disolución del Pacto de Varsovia, que ligaba
 militarmente a los países del Este que configuraban el glacis
 defensivo de la ex URSS, para propulsar una simétrica y sistemática
 disolución de la OTAN, se ha hecho todo lo contrario y se ha empujado
 al gigante ruso contra las cuerdas. Y aunque los gobernantes
 moscovitas hayan estado interesados en un arreglo perdurable con
 Occidente, la letra de los hechos no les ha demostrado de parte de
 éste otra cosa que una hostilidad apenas disimulada por las bellas
 palabras. En esa perspectiva, Rusia habría de acomodarse como sea a
 los planes de la globalización anglonorteamericana, o atenerse a las
 consecuencias.

 Sin embargo, desde que la policía política (fuente tradicional de
 poder en Rusia y espina dorsal de un Estado que siempre ha requerido
 de una mano de hierro para salvarse del atraso y las tendencias
 centrífugas) se hizo con el poder a través de Vladimir Putin,
 empezaron a verificarse cambios notables. El alejamiento, del círculo
 áulico, de la neoburguesía mafiosa que había prosperado bajo Boris
 Yeltsin fue el síntoma de un acelerado rearme militar y diplomático, y
 de una concentración del poder económico en torno del Estado. La
 formación del Grupo de Shangai, que reúne a varios países en una
 suerte de comunidad económico-militar y de la cual China, Rusia y la
 India son los pilares, ha creado un polo de poder en evolución que
 involucra a la "isla mundial"; el factor decisivo, según el
 geopolítico británico Halford Mackinder, de las relaciones de poder en
 el planeta: __"Quien domina Europa Oriental controla el Corazón
 Continental; quien controla el Corazón Continental controla la Isla
 Mundial; quien domina la Isla Mundial controla al mundo"__.

 En la época de la guerra fría esta evaluación estaba ponderada por
 componentes ideológicos que se supone exhibían dos representaciones
 diferentes de las relaciones sociales, entre las cuales se infiltraba
 una suerte de aspiración a la armonía universal. En el presente
 contemplamos tan sólo al componente brutal de la ecuación original,
 que dibuja un escenario de confrontaciones determinado tan sólo por la
 voluntad de poder y por el instinto de supervivencia de unos Estados
 frente a los otros.

 En este tablero la política norteamericana respecto de su viejo rival
 de la guerra fría sólo puede definirse como irresponsable y criminal.
 En el conflicto georgiano, en la conducta de Washington en el Medio
 Oriente y el Asia central y en el despliegue antimisilístico previsto
 en Polonia y la República Checa, estos rasgos afloran de manera
 irrecusable. En Georgia se combinan muchos de estos elementos. Tras
 instalar a Saakashvili en el gobierno por medio de una de esas
 "revoluciones naranja" orquestadas por la CIA en base a explotar las
 diferencias étnicas y los nacionalismos de campanario,1 la cooperación
 militar hacia ese país se agigantó. Tanto Estados Unidos como Israel
 dotaron al régimen de Tiflis con un nutrido armamento de última
 generación. El Pentágono proveyó al ejército georgiano con ayuda
 militar y entrenamiento, y lo mismo, de manera aun más conspicua, hizo
 Israel, que asimismo proveyó, a estar por las mismas fuentes de
 inteligencia israelíes, cientos de consejeros militares abocados a
 dotar al ejército georgiano de know how en materia de comando y de
 tácticas de combate aéreo y blindado. A ello se añadió la abierta
 invitación de Condoleezza Rice al gobierno georgiano para que se sume
 a la OTAN.

 * Geopolítica del petróleo y primacía nuclear
 Ahora bien, el interés norteamericano e israelí por Georgia no se
 funda sólo en la posibilidad de hincar una espina en el talón ruso.
 Está presente la geopolítica del petróleo, que pone a ese país a
 horcajadas del oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan que lleva el gas y el
 crudo del Mar Caspio al Mediterráneo. Quienquiera domine el área puede
 obturar el flujo de esa provisión estratégica. Pero, para garantizarse
 contra esa posibilidad, Occidente, más que hostilizar a Rusia, debería
 más bien prepararse a cooperar con ella. No es así, sin embargo, y el
 aliento a las ínfulas georgianas respecto de la región, olvidando los
 complicados pero arraigados lazos que la han unido a Rusia (¿hará
 falta recordar que José Stalin era georgiano?) han empujado la
 situación a un nivel crítico que se hará difícil superar.

 Porque se tiene toda la impresión de que el frustrado ataque georgiano
 contra Osetia del Sur se va a constituir (si no cambian las
 coordenadas de la política exterior de Washington) en la primera
 batalla de una guerra por interpósita persona que remedará los peores
 aspectos de la guerra fría. Pese a que el público, desconcertado por
 un discurso mediático que aborda todo menos la raíz de los problemas
 cruciales, no termina de darse cuenta, estamos asistiendo al final de
 una etapa cuyas oportunidades para fundar un orden mundial más o menos
 razonable fueron desechadas por un imperialismo incapaz de moderar sus
 apetitos.

 En esta insensata carrera se columbra un tema de discordia inmediato y
 de carácter muy peligroso. La OTAN, haciendo caso omiso de las
 advertencias del Kremlin respecto de su rechazo a la instalación de
 bases misilísticas norteamericanas en Polonia y la República Checa
 –destinadas, dice Washington, a prevenir un eventual e improbable
 ataque proveniente desde el Medio Oriente contra Europa occidental–
 parece estar llevando adelante los preparativos para tal instalación.
 Los teorizadores de la guerra nuclear pueden explicar muy bien el
 trasfondo de la trama que existe en tal ecuación "defensiva". Desde el
 punto de vista de la "Primacía nuclear", doctrina que presume poder
 obtener la victoria en una lucha de tales características, es esencial
 disponer de un sistema antimisiles que sea operacional a corta
 distancia del territorio del enemigo. La existencia de ese sistema
 puede disminuir dramáticamente la capacidad de contraataque del rival,
 si se decide asaltarlo primero.

 Disparatada como es, tal es la política de todos los gobiernos
 norteamericanos posteriores al hundimiento de la URSS, política
 precisada y reforzada después de los episodios del 11 de Septiembre
 del 2001, que sirvieron de pretexto a Washington para desplegar todas
 las presunciones que consiente un concepto tan amplio y tan __flou__
 como es el de la "guerra preventiva".

 El potencial explosivo de estas líneas de acción nos ha devuelto, como
 decíamos al principio, a una situación parecida a la de 1914, cuando
 cualquier episodio podía gatillar una conflagración de carácter
 general. Uno diría que la magnitud del desastre que subyace a la
 posibilidad de que se produzca un episodio del género, debería
 refrenar a quienes lo fogonean. Hasta aquí no se percibe nada de esto,
 y es por ello que la fulminante respuesta rusa al ataque georgiano
 contra Osetia del Sur contiene un mensaje que va mucho más allá del
 problema circunstancial que la ha promovido. Rusia no está interesada
 en arrollar a Georgia, sino en marcar el terreno y dar a entender que
 no está dispuesta a tolerar ulteriores provocaciones. Bueno sería que
 las potencias de Occidente tomasen en cuenta este dato, antes de
 proseguir con el despliegue del escudo misilístico, que podría, habida
 cuenta de la reacción rusa en el episodio georgiano, generar un
 __casus belli__ de magnitud mucho mayor.

 La cuestión, sin embargo, pasa también por saber cuáles son las
 intenciones de Washington, en el fondo. ¿Desea la OTAN utilizar este
 tipo de provocaciones a fin de gatillar un conflicto aun mayor,
 presionando a Rusia para que se involucre en guerras regionales, a fin
 de debilitarla y favorecer las posibilidades occidentales en "el Gran
 Juego" en torno de las reservas energéticas y la significación
 geoestratégica del Asia central? Es sabida la influencia que las
 grandes corporaciones petroleras tienen en el actual gobierno
 norteamericano. ¿Se estará tratando de condicionar al futuro gobierno
 de Barack Obama para que no se aparte de las líneas de fuerza trazadas
 por la actual administración?

 Es difícil que la loca aventura de Mijail Saakashvili para apoderarse
 de Osetia del Sur haya tenido lugar sin al menos una luz verde de
 parte de Washington, o al menos de sus servicios de inteligencia. Todo
 lo cual pone a este reinicio de la guerra fría en una proyección no
 menos, sino quizá más peligrosa que la primera.

 N O T A S

 1 El primero y más sangriento ejemplo de esa voluntad disociadora fue
 el estallido de la ex Yugoslavia.


 (Fuentes recomendadas para ampliar la información contenida en este
 artículo: Asia Times, F.W. Engdahl, Global Research y The New York
 Times)

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Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría


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